Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Mesa para dos”, de Lori Peikoff

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Restaurante parisino. Fuente de la imagen



Alejandro Pérez de la Torrente, licenciado en Derecho y fiel lector de Paul Auster, ha escogido este texto para la sección “Los mejores 1001 cuentos literarios”. El propio Pérez de la Torrente ha escrito unas líneas a modo de introducción en las que nos explica cómo nació el relato.

 

“En una entrevista que Rebecca Davis -productora del programa Weekend All Things Considered de la National Public Radio (RPN) de Nueva York- realizó a finales de 1999 a Paul Auster, director de dicho programa, el autor norteamericano pidió a los oyentes que le enviasen “relatos verídicos y breves, historias que revelasen las fuerzas desconocidas y misteriosas que intervienen en nuestras vidas, en nuestras historias familiares…”

El resultado fue sorprendente, pues se recibieron más de 4000. Paul Auster escogió 180 y las publicó con el título Creía que mi padre era Dios. Relatos verídicos de la vida americana (I Thought my Father Was God, Nueva York, 2001). El libro es sumamente interesante: testimonios breves y directos, escritos sin pretensión literaria, pero con gran eficacia, por personas de todas las clases sociales, de distintas edades y razas; fragmentos de vida que combinan sucesos divertidos, ordinarios o misteriosos y que, quizás, como se ha afirmado, al propio Auster le hubiera encantado escribir alguna de aquellas curiosas historias, como puede ser el caso de esta hermosa, sorprendente y verídica historia de amor”.


MESA PARA DOS

En 1947 mi madre, que se llama Deborah, tenía veintiún años y estudiaba literatura inglesa en la Universidad de Nueva York. Era una chica preciosa, vehemente aunque introvertida, y sentía una gran pasión por los libros y las ideas. Leía de una forma voraz y quería ser escritora algún día.

Mi padre, que se llama Joseph, era entonces un pintor en ciernes, que vivía de dar clases de arte en un instituto del West Side. Los sábados pintaba durante todo el día en su casa o en Central Park y después solía permitirse un pequeño lujo. La noche del sábado en cuestión decidió ir a un restaurante de barrio llamado La Vía Láctea.

La vía Láctea resultó ser el restaurante preferido de mi madre, y aquel sábado, después de estudiar toda la mañana y parte de la tarde, se fue allí a cenar llevando consigo un viejo ejemplar de Grandes Esperanzas de Dickens. El restaurante estaba abarrotado y mi madre ocupó la última mesa que quedaba. Se preparó para toda una velada de goulash, vino tinto y Dickens, y rápidamente perdió contacto con la realidad que la rodeaba.
Media hora después el restaurante estaba tan lleno que sólo se podía comer de pie en la barra. La agotada camarera se acercó a mi madre y le preguntó si podía compartir la mesa con otra persona. Mi madre dio su consentimiento casi sin apartar los ojos del libro.
“Una vida trágica la del pobre Pip” dijo mi padre al ver la gastada cubierta de Grandes Esperanzas. Mi madre levantó la mirada y en ese momento, según ella, vio algo extrañamente familiar en los ojos de aquel hombre. Muchos años después, cuando yo le suplicaba que me contara la historia una vez más, suspiraba y decía “Me vi a mi misma en sus ojos”.
Mi padre totalmente cautivado por la persona que tenía delante, jura hasta el día de hoy que oyó una voz dentro de él: “Esta mujer es tu destino”, e inmediatamente sintió un cosquilleo que le recorría el cuerpo de la cabeza a los pies. Sea lo que fuere lo que mis padres vieron, oyeron o sintieron aquella noche, ambos se dieron cuenta de que había sucedido algo casi milagroso.
Hablaron durante horas, como dos viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo. Más tarde cuando se despidieron, mi madre escribió su número de teléfono en el interior de la tapa de Grandes Esperanzas y le regaló el libro a mi padre. Él le dijo adiós, besándola dulcemente en la frente, después se alejaron, en direcciones opuestas, y se perdieron en la noche.
Ninguno de los dos pudo dormir, incluso después de cerrar los ojos, mi madre sólo veía una cosa: el rostro de mi padre. Y él, que no podía dejar de pensar en ella, se quedó toda la noche levantado, pintando el rostro de mi madre.
Al día siguiente, que era domingo, fue a Brooklyn a visitar a sus padres. Se llevó el libro para leerlo en el metro, pero estaba tan exhausto después de pasar la noche en vela que, tras leer algunos párrafos, le entró sueño. Así que metió el libro en uno de los bolsillos de su abrigo- que había dejado en el asiento junto a él- y cerró los ojos. No se despertó hasta que el tren se detuvo en Brighton Beach, en el extremo opuesto de Brooklyn.
Para entonces el tren estaba desierto y, cuando abrió los ojos y fue a coger sus cosas, el abrigo había desaparecido. Alguien lo había robado, y dado que el libro estaba en uno de sus bolsillos, también se había quedado sin él, lo que significaba que también se había quedado sin el número de teléfono de mi madre. Desesperado, empezó a buscar por todo el tren, mirando debajo de los asientos, no sólo de su vagón sino de los vagones anterior y posterior al suyo. Joseph se había sentido tan feliz de haber conocido a Deborah que no se había preocupado de saber cuál era el apellido. La única referencia que tenía de ella era su número de teléfono.
Mi madre nunca recibió la llamada que esperaba. Mi padre la buscó en varias ocasiones en el Departamento de Inglés de la Universidad de Nueva York, pero nunca la encontró. El destino les había traicionado a los dos. Lo que aquella primera noche en el restaurante había parecido inevitable pasó a ser algo claramente imposible.
Aquel verano los dos se fueron a Europa. Mi madre fue a Inglaterra a hacer un curso de literatura en Oxford y mi padre se fue a pintar a París. A finales de julio, mi madre tenía un descanso de tres días en sus estudios y voló a París, decidida a absorber toda la cultura que pudiese durante aquellas setenta y dos horas. En el viaje se llevó un nuevo ejemplar de Grandes Esperanzas. Después de la triste historia con mi padre, no había tenido la fuerza de volver a leerlo, pero una vez en París y sentada en un restaurante abarrotado, después de un largo día de visitas turísticas, lo abrió por la primera página y empezó otra vez a pensar en él.
Al acabar de leer unas pocas frases, el mâitre interrumpió su lectura para preguntarle, primero en francés y después en un inglés macarrónico, si le importaría compartir su mesa. Mi madre dio su consentimiento y volvió a la lectura: enseguida oyó una voz conocida, que decía:
“Una vida trágica la del pobre Pip”, ella levantó la mirada y allí estaba él otra vez.”
Lori Peikoff
Los Ángeles, California
 
Paul Auster (ed.), Creía que mi padre era Dios. Relatos verídicos de la vida americana, trad. Cecilia, Ceriani, Barcelona, Anagrama, 2004, págs.



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