Cuento de Mely Rodríguez Salgado: Cartas

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cuento, mely rodríguez salgado, cartas
Cartas. Fuente de la imagen

CARTAS

Mely Rodríguez Salgado 

cuento

A veces recibía más de una carta, como dejadas en el buzón por casualidad. Ella las esperaba cada día impaciente. En cuanto el cartero se marchaba con su carrito por la acera en busca de otra casa donde dejar la correspondencia, bajaba a recoger el correo con el corazón sobrecogido por la emoción que le proporcionaba tan ansiado instante. Cuando cerraba el buzón, después de comprobar meticulosamente que estaba vacío, se sumía en la inquietud y dejaba pasar las horas, interminables, que eran como telarañas de tiempo adheridas a su única ilusión, esas que le mermaban el ánimo.

Pero también ese tiempo, como una paradoja, poco a poco le devolvía la esperanza y barría en un soplo la hojarasca de la impaciencia. Los días, y sus pequeñas cotidianidades, se le iban escapando veloces, le hacían guiños y desaparecían evaporándose con la tenue claridad de cada anochecer. 

Se acostumbró a esperar. Se movía lentamente entre sus geranios y nomeolvides que le ofrecían una visión optimista de la vida, una pequeña dádiva de juventud que se renovaba cada primavera mitigando su soledad. En la noche, después de encender la lamparita de la sala de estar, su mirada se posaba en los objetos vinculados a su vida a lo largo de los años; sentía, al contemplarlos, que estaba rodeada de un algo inamovible y cotidiano que le pertenecía por entero, como una seña de identidad del proceso en el que se desarrollaba el paso de sus días. Sus ojos cansados terminaban deteniéndose en el aparador donde reposaban apiñados los portarretratos con las fotos de los seres que un día estuvieron a su lado. Un ramillete marchito de nomeolvides. A veces, mientras las contemplaba, los recuerdos la sumergían en un mar azulado que trataba de arrastrarla para sí. Y ese mar le iba mostrando un fondo brumoso donde los miedos, formas indefinidas, supervivientes de lo profundo, la cercaban. Las confusas formas dentadas le salían al encuentro, como tiburones ciegos, entonces, estremecida, volvía en sí, y odiaba esa colección de muertos que la miraban desde su silencio perpetuo. 

Por la mañana, mientras se sumía en los quehaceres diarios, desmenuzaba el tiempo que le quedaba hasta la llegada del cartero y de nuevo se esperanzaba con esa especie de ilusión de enamorada que le devolvía la certeza de sentirse viva. Nunca le importó saber de quién eran las cartas, su procedencia o su contenido. La mayoría eran cartas publicitarias o de algún banco que contenían recibos del agua o la luz, o de organizaciones sobre enfermedades asociadas a la tercera edad; también, de tarde en tarde, recibía unas letras de algún pariente lejano que jamás iba a verla y le escribía por compromiso o lástima. Después de cerrar el buzón, las iba abriendo despacio, cautivada por aquel milagro que acababa de proporcionarle el día, y conforme leía la simpleza de sus líneas, comenzaba a sentir en sus venas el dulce veneno de la vida, donde, por unos instantes, palpitaba la emoción de la juventud, al ser consciente de que el mundo no la había olvidado.

 

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