Cuento de Mely Rodríguez Salgado: La despedida de Ollie McGee

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Fotografía de Francisco Rodríguez Criado en el cementerio de Montánchez (Cáceres)
De igual manera que el dinero llama al dinero, la literatura llama a la literatura. Después de una atenta lectura de Spoon River, Mely Rodríguez Salgado escribió este estupendo relato, “La despedida de Ollie McGee”, recreando los elementos narrativos del libro de Edgar Lee Master (considerado por muchos no un poemario sino una antología de relatos cortos).
Se trata, pues, de un relato-epitafio narrado por un personaje, Ollie, desde su tumba.
Como de cementerios va el asunto, he ilustrado el relato con una fotografía que hice en 2009 en el cementerio de Montánchez (Cáceres).

 

LA DESPEDIDA DE OLLIE McGEE


Mely Rodríguez Salgado

(cuento)

Es mi marido, que con secreta crueldad
 
que nunca se sabrá, me robó juventud y belleza,
 
hasta que, arrugada y con dientes amarillos,
 
perdida mi dignidad y avergonzadamente humilde,
 
bajé a la tumba.
 

 

(Antología de Spoon River. Edgar Lee Masters)


Con el sol de la tarde, que cae sobre mis huesos entumecidos, vagabundeo y dejo que su tibieza mitigue el dolor de mi cuerpo debilitado. Piso con desmayo la hierba pujante que centellea a los rayos cálidos y reverbera en mis ojos. Yo fui hermosa en tiempos, tenía bellos ojos y labios aún más bellos, y el pelo, oscuro y ensortijado, siempre lo adornaba con flores diminutas que en tardes como éstas recogía de las orillas del camino que se pierde hasta el aserradero. Yo iba en otros tiempos hasta la casa de mi padre por la vereda que atraviesa los bosques de hayas gigantes, y oía mis pisadas ligeras bajo los verdes y gimientes álamos que crecen junto al borde del río. Por aquellos días, cuando era feliz, y apresurada pasaba por las granjas cercanas, los perros corrían en pos de mí y ladraban alborotadores, y el viejo Frank Roberts me veía caminar erguida a lo largo de la empalizada y me miraba sonriente y nostálgico. Entonces yo le saludaba desde lejos con la mano, y deprisa, muy deprisa, me internaba por el bosquecillo que asciende suavemente antes de perderse en la loma, hasta donde llega el eco del cuco entre el ramaje; palpitante corría hacia el aserradero para encontrarme con los alegres muchachos que me esperaban para contarme las historias oídas ese mismo día a los pescadores del río a la hora del almuerzo.
Ollie me llamaban todos cuando tenía un nombre al que responder y era, según decía mi padre, el nombre de mujer más bonito que cualquier muchacha podía desear. Mi padre acariciaba mis bucles ensortijados y se miraba orgulloso en mis ojos, donde brillaba el fuego del hogar, pues entonces yo poseía vida y juventud y todo era hermoso en mi cuerpo hasta que él me entregó a Fletcher Mcgee, a quien nunca amé, y me fui de la casa de mi padre, del aserradero donde me divertía con los muchachos que inventaban historias para entretenerme y del dulce fuego del hogar que ardía también en mis ojos. Y dije adiós a lo que hasta entonces había amado.
Fue una tarde como ésta, con el sol entibiando los bosques bulliciosos, cuando los muchachos del aserradero me saludaron por última vez sin percatarse de mi tristeza. Y entre los manzanos la luz se tornaba dulce, igual que mi sonrisa, y brillaba en las ramas y en mis bucles adornados con flores blancas. Fletcher Mcgee me subió al carro, alegre y enrojecido por el vino de la fiesta, y chascó la lengua para que el caballo nos arrastrara por el camino del río hasta mi nuevo hogar.

¿Quién recuerda ya a Ollie Mcgee, quién? En los días apacibles, cuando yo era feliz en casa de mi padre y tenía el rostro bonito y el viejo Frank me saludaba sonriente desde la empalizada de su granja, y los muchachos del aserradero me esperaban para divertirnos juntos en las largas tardes del verano, todos me reconocían y, amables, me llamaban. Incluso en los primeros tiempos de convivencia con el fornido Fletcher me miraban con respeto y reclamaban mi presencia en sus casas, pues entonces aún era hermosa y buena.

Pero ahora arrastro mis pies por el camino del río y me oculto hasta que la luz se extingue y borra los contornos, ¿pues quién a estas horas puede verme y avergonzarse de mí? Bien sé que si alguien llegara a pasar a mi lado iría enseguida, como una sombra silenciosa, a contárselo a mi marido, también se lo diría, en voz baja y secreta, a las mujeres que suben a la iglesia a rezar todas las tardes, se acercaría a casa del reverendo Findlay para decirle que me había visto otra vez merodear cerca de las granjas próximas al río, y a los niños que juegan en la pradera los alentarían sus madres para que entraran en sus casas y no vieran el rostro de adúltera de Ollie Mcgee, la vagabunda que perdió belleza y dignidad, y que pronto bajará a la tumba con toda la rabia y el dolor en sus entrañas.

Ollie Mcgee, a la que todos conocen como la vagabunda del río, la que ronda cerca del aserradero que un día fue de su padre y que Fletcher Magee le robó, para después, borracho y con la conciencia perdida, dejárselo arrebatar por otro en la taberna, tiene siempre presente que él los arrastró a la ruina y a ella la marchitó y llenó de cólera su corazón inocente. Una noche, en la taberna de Jonás Arnett, su marido perdió el aserradero, que era el único sustento del que disponían, jugando a los naipes, que manoseaba con sus groseras manos, manos de borracho camorrista, mientras sostenía el cigarro entre la comisura de los labios, sin ser capaz de ver ni oír a la razón. Y así y todo quería que ella lo amase y le devolviera la paz a su alma y la templanza a su corazón egoísta con caricias y dulces palabras. Desde entonces, Ollie espera a que el sol se ponga por las quebradas y el ocaso escarlata lo cubra todo de rumores, espera a que lleguen los hombres de los cercanos aserraderos y la busquen, y alguno de ellos se la lleve con él a la casa de la loma donde de niña jugaba a esconderse con aquellos alegres compañeros de la escuela; en aquel lugar, muchas tardes, la sonriente maestra, Sally Todd, les enseñaba la Biblia y el respeto a todo lo creado. ¿Pero quién respeta a estas alturas a Ollie Mcgee? En aquella casa abandonada, que un día fue del viejo buhonero Bert, el que rondaba las granjas y ofrecía sus cacharros a la gente crédula, y desde donde se divisan los prados de antaño y el río serpentea por la llanura brillando a la luz de la luna, aquel remanso de los días felices cuando nunca se acababa el verano, ahora ella llora secretamente.

En la taberna envenenan a mi marido, y con las burlas de todos los borrachos del contorno a sus espaldas él ha olvidado mi nombre y reniega y dice que soy una vagabunda que busca en la noche a los hombres. Pero Dios sabe que solo busco consuelo para curar mi alma herida, aunque nunca lo encuentro. Mas por un solo instante de ternura olvidaría el dolor y la desesperación.
Ollie Mcgee, la que no puede entrar en la iglesia ni hablar con la gente honrada, ésa a la que las mujeres del pueblo llaman pecadora cuando miran su rostro de adúltera, las mismas que hacen sus tartas de grosellas y colocan lazos de bienvenida en el pórtico de la Iglesia el día de Acción de Gracias, pero que no permiten que Dios perdone sus pecados y alivie sus sufrimientos pues mancharía con su presencia el templo inmaculado, necesita encontrar el descanso. Quiere olvidar los golpes que las manos de Fletcher Magee descargaba sobre su rostro, que un día fue bonito, y en el vientre donde antaño se malogró un hijo; quiere borrar la violencia espantosa cuando le reclamaba amor y le pedía que alegrara su vida y volviera a ser joven y bella para él, porque Ollie lo que quiere es descansar y esperar desde su tumba, en los días templados del otoño, a aquellos que la empujaron a morir despacio; y a su marido, que quiso dominar su vida y la abocó a la desgracia, debatirse en lucha con su conciencia y sus remordimientos.
Allí, en el lugar solitario del descanso, a la sombra de la colina donde los pájaros anidan entre el ramaje de los castaños, esperaré a que se desvanezca el pasado por el que tanto lloré y me reencuentre con la muchacha que un día fui, aquella de los días templados recorriendo el camino de regreso a su casa cuando era querida y tenía fuerzas y esperanzas, aquella de la última tarde del sol entre los manzanos cuando los muchachos de antaño le cantaron la canción de despedida y su padre tenía lágrimas de felicidad en los ojos. Todos ellos le auguraron un tiempo de dicha interminable.
Cuando esté en la tumba, en los días en que la tormenta estalle detrás de la colina y azote con su furia los oscuros nubarrones y después se encalme el cielo y el sol haga brillar las gotas de lluvia sobre las telarañas, los veré pasear sosegadamente entre las tumbas de sus muertos, entonces yo maldeciré a Fletcher Mcgee y a todos los que me señalaron, renegaré de sus Biblias y sus iglesias donde oran apiñados, con sus rostros llenos de regocijo y beatitud fingiendo bondad. Y, ante Dios dolido, reclamaré paz para la mujer marcada por la desdicha, engañada y arrojada a los caminos, que jamás acaban, en busca de calor.
© del texto: Mely Rodríguez Salgado
© de la imagen: Francisco Rodríguez Criado

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