Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Mientras ella duerme”, de Norberto Luis Romero

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Mujer leyendo en la cama, de Fernando Botero

 

Jesús Esnaola Moraza, autor de narraciones como “SOS”, nos recomienda el cuento “Mientras ella duerme”, del escritor argentino Norberto Luis Romero, ganador del Premio Tiflos por el libro de cuentos Canción de cuna para una mosca doméstica (ONCE, 1995). Otros de sus libros son El momento del unicornio (1996 y 2009), Signos de descomposición (1996), La noche del Zeppelín (1999), Ceremonia de máscaras (2003) o Bajo el signo de Aries (2005).

(Más información sobre Norberto Luis Romero en su web).

Norberto Luis Romero, por su parte, nos recomienda el cuento “Consecuencias”, de Rosalba Campra.  

Mientras ella duerme

Norberto Luis Romero

(cuento)

Hasta aquel jueves maldito, ella ni siquiera había imaginado que cada noche, durante mis paseos por la casa, insomne y fumando como un murciélago, desvelado por sus ronquidos poderosos, yo tejía y destejía el crimen; urdía la única forma posible para el asesinato perfecto, que me permitiera enviarla a mejor vida y librarme de su carga, de sus ciento treinta kilos de entonces (ahora son más), y de su agresividad y violencia descontroladas y crecientes.

El sueño se le volvió pesado, con la contundencia del plomo, desde que engordó, y ni una salva de cañonazos o una estampida de búfalos pasando a su lado podría interrumpir su dormir profundo, oculto en simas inaccesibles cuya entrada clausura con sus párpados hinchados. Su dormir era para mí, en aquel entonces, una ventaja, un salvoconducto para andar a mi antojo por la casa, leer varias horas, tomar apuntes, trazar esquemas y diagramar las etapas de mi plan con precisión. Una tarea ardua y meticulosa ahora sin esperanzas, malograda por culpa de Charo.

Urdía el plan perfecto para deshacerme de tanto hastío a su lado, de una desilusión insalvable cuya envergadura y solidez parecían aplastarme como una lápida; y para liberarme de los reiterados, constantes malos tratos a los que todavía hoy me somete, y que arrecian a medida que su amistad con Charo se consolida, se hace más íntima, se enlaza con esa especie de telaraña pegajosa que las une en la confidencia y la risa, mientras mi mujer engorda su cuerpo agregando paulatinas cortezas de tejido adiposo hasta desbordar del lecho, embotarle el sentido común, entorpecerle la movilidad y agriarle el carácter.

Todavía hoy, a pesar de lo ocurrido, sigue internándose en los laberintos sagrados del sueño, en ellos se extravía y disfruta cada noche como una reina, dédalo misterioso desde donde emite sus ronquidos emponzoñados, sirena poderosa y sincopada que atruena en la noche y me impide dormir. Ciento cincuenta y ocho kilos ahora son demasiado volumen, demasiada mujer que satisfacer cuando ya no me interesa, cuando la náusea y el odio suplantaron a la ternura y me dominan cada vez más, tanto, que no soporto el roce de su piel grasienta. Sé que mi mujer no tiene la culpa de su patética transformación, sino una extraña e incurable enfermedad que llegó de repente; pero tampoco tengo yo la culpa. Y lo más demoledor, lo más patole, la juzga como un regalo de la naturaleza, e incluso se siente atractiva, cuando no irresistible; se maquilla con exageración los labios y los ojos, se perfuma con agua de rosas poco antes de que llegue su amiga y me pide que le ponga un picardías rojo extremadamente vulgar. Se siente orgullosa, íntimamente halagada con sus ciento cincuenta y ocho kilos, con su incapacidad para abandonar la cama en la que yace tumbada a la bartola desde hace más de un año mirando televisión, leyendo revistas de moda y cotilleos de estrellas de cine, hablando por teléfono con quien yo me sé, comiendo golosinas a todas horas, arrojando al aire sopores fétidos e invadiendo todo el cuarto con sus ventosidades ruidosas. Y ahora, claro, desde que Charo la visita con regularidad los jueves está mucho más contenta, más feliz.

Su gordura, hedores y ronquidos no fueron los únicos motivos que me produjeron esta espantosa repulsión que todavía hoy persiste y se acentúa día a día; lo es también su carácter, pues desde que brotó esta extraña enfermedad, se le volvió áspero como la carne de un membrillo, acre a medida que pasaban los días, y ahora arbitrario y violento. El problema se acentuó, se duplicó cuando, a mi preocupación por hallar soluciones, tuve que añadir la busca de una manera de deshacerme de semejante mole sin levantar sospechas ni dejar huellas, y sin contar con un cómplice que me echara una mano (ni remotamente se me ocurrió pensar en Charo, es obvio, afortunadamente, hubiera sido el error de mi vida), aun conociendo los inevitables riesgos que entraña compartir un delito de tal calibre: jamás tuve fe en el trabajo a medias, en las sociedades, que siempre acaban en enemistad y con la pérdida de alguna de sus partes.

En aquellos días, que hoy rememoro a pesar de todo con cierta nostalgia, a primera hora de la mañana ponía a buen recaudo mis apuntes, mis croquis, arrojaba a la basura las colillas testigos de mi insomnio y escondía las novelas donde había subrayado en rojo algunos párrafos clave. De estos actos rutinarios, el único que mantengo es el de volver a meterme en la cama a su lado muy temprano, antes de la salida del sol, mientras ella todavía duerme y, haciendo equilibrio en el filo del colchón, me arriesgo a perecer bajo el alud adiposo si a ella le diera por volverse en sueños. Cuando abre los ojos, convencida de que he pasado la noche junto a su gigantesca presencia, bostezo fingiendo que despierto y le doy los buenos días, a la par que le estampo un beso baboso en la mejilla rechoncha, un beso de venganza cuya esencia malvada ella ignora. Es entonces cuando comienza a quitarse las telarañas del sueño expulsando ostentosas ventosidades que le alivian el vientre y, acto seguido, me ordena el suculento desayuno que debo llevarle a la cama, compuesto generalmente de café negro, galletas de chocolate, zumo de frutas y tortadas con mantequilla y mermelada de fresas. Cuando acaba, se chupa los dedos y eructa tan ostentóreamente, que los muros parecen a punto de derrumbarse, me mira fijamente y me recuerda que me ponga la bata y de comienzo a las tareas domésticas que ella dejó a un lado desde que engordó y dio por comenzada la hora de gratificarse de los sacrificios del matrimonio con un largo descanso, mientras que yo, en justa equidad, la relevo de esas fatigosas labores. Las cumplo a rajatabla y, contrariamente a lo que podría pensarse, no son mi mayor motivo de irritación, como tampoco lo son su gordura, su soberbia, sus gritos y olores; sino el hecho de que se dirija a mí en femenino y con indignos modales, incluso de dar a una sirvienta. No me subleva tanto que me llame cabrón, cerdo y otras lindezas, como lo hacía en los primeros tiempos, sino “cabrona”, “cerda”…, escarnios de los que abusa desde que su íntima amiga Charo comenzó a visitarla los jueves por la tarde.

Al principio me rebelé a su trato injusto y la increpaba, discutíamos y peleábamos hasta desgañitarnos y enronquecer. Después me pareció más decorosa la indiferencia y opté por responder a sus órdenes con un melodioso “sí, mi amor”, “sí, cariño”, mientras paladeaba en silencio la semilla de mi hoy frustrada venganza. También me resultaba humillante que arreciara sus malos tratos delante de Charo, íntima de la infancia, según ella, y para mí surgida como por arte de magia; la cual, aunque mantuvo la boca cerrada delante mío hasta aquel jueves aciago, aprobaba en todo momento la conducta de mi mujer, y me consta que, además, la acicateaba en mi ausencia para enardecerla aún más con alguna de sus malsanas fantasías.

Cada jueves yo llamaba a la puerta del dormitorio con tres golpecitos discretos; una vez dentro, ellas callaban ante mi presencia y se dirigían miradas cómplices cargadas de suspicacia. En silencio y diligentemente, yo les servía el té con pastas en una de esas mesitas especialmente hechas para colocar sobre la cama, que adquirí cuando empezó todo este desagradable asunto de la gordura. Allí las dejaba a solas, parloteando y riendo como hienas, hasta que un grito de mi mujer: “Ven aquí, guarra, que ya hemos terminado”; me obligaba a recoger el servicio, las migas de la colcha y la alfombra (actualmente a esta rutina alterada se le agregan otras más dolorosas), y a acompañar a Charo hasta la puerta, justo hasta el instante en que ella se volvía y, mirándome con sus ojos de pescado, se despedía de mí con un “Hasta el jueves, cerdita”, como todavía hoy lo hace, mientras yo me quedo allí, parado en la escalinata, viéndola atravesar el jardín en equilibrio sobre las piernas flacas como de alambre, llevando bajo un brazo la caja de cartón alargada con que apareció el primer día, que es poco más pequeña que una de zapatos, cuyo contenido era un misterio para mí y que hoy está un poco destartalada por el uso. No me faltan ganas de mandarla a freír espárragos y cerrar la puerta de un golpe para no abrírsela nunca más …, pero ella se lo contaría todo a mi mujer, que me increparía por mi falta de tacto y gentileza, y me reprocharía que espanto a sus amigas con mi mal carácter, según dice, agriado desde que nací.

A diario acometo mis tareas: limpiar el polvo, pasar el aspirador, recoger y ordenarlo todo, seleccionar la ropa para la colada, preparar la comida, hacer la compra…, con la misma dignidad y responsabilidad con las que pergeñaba el crimen… Pero no puedo evitar sentir cierta humillación cuando voy a la compra con el carro de loneta floreada, sobre todo por lo de la bata boatiné (que era suya, de cuando nos casamos y estaba delgada, y que por obligación llevo casi a todas horas), porque desde la ventana grande del dormitorio, que me hace abrir a primera hora de la mañana, me vigila y controla, y como perciba un vago ademán de quitármela, me organiza un follón, me monta una escenita que se oye desde la manzana vecina. De todas formas, ya no se ríen abiertamente de mí como antes, se habituaron a verme así, sentado en un banco del parque, con el carro a rebosar, haciendo tiempo bajo el sol y dando de comer a las palomas. Tampoco soy el único, hace días vi a un señor también en bata rosa. Comentarios a mis espaldas sé que los hay; y risitas, pero todavía mantengo la esperanza de reír el último. Antes, en el fondo del carro siempre traía oculto algún libro de última adquisición; invariablemente una novela policial en la que inspirarme, desbrozar de espinas el camino hacia mi liberación. Tal vez cometí un error aquel jueves cuando Charo reparó en la creciente voluminosidad de la biblioteca y me lanzó, tras echar una mirada rápida a los lomos de los libros, un comentario irónico que creí esquivado: “Cuantos libros policiales tiene usted, cerdita”; y le contesté que sí, que había heredado esa predilección de mi padre, y que si le gustaban podría prestárselos cuando quisiera; en un gesto espontáneo de debilidad, y deseoso de agradarle. Charo siempre me llama únicamente “cerdita”; mi mujer, en cambio, utiliza todo un abanico de apodos, la mayoría extraídos del reino animal: “burra”, “lagarta”, “vaca”, “foca”, “gallina”, “gusana”… y cuando su enfado supera los límites estrechos de su paciencia (cosa muy frecuente): “puta” o “frígida”.

Pero de todos los insultos a los que me somete, el que más me molesta es el de “estúpida”; acaso porque mi madre me llamaba así cada vez que me resistía o me negaba a llevar aquellos horribles vestiditos llenos de volantes y lazos, que habían sido de mi pobre hermana muerta prematuramente. No sé, son inusitadas y múltiples las maneras de disolución del amor e inescrutables las heridas de la infancia.

Desde ese día, cada libro que compraba lo escondía en el altillo, dentro de un viejo baúl con candado, pero sólo los que podían serme de utilidad, porque cuando no tenían nada interesante que pudiera servir a mis planes, en invierno los quemaba en la chimenea durante la noche, y en verano los arrojaba hoja por hoja a las aguas del inodoro.

Y un jueves ocurrió lo imprevisible. O acaso lo que estaba escrito que debía ocurrir.

El caso es que llegó Charo sobre las cuatro de la tarde con las pastas de té y esa otra caja bajo el brazo, esa caja tan extraña que hasta esa tarde había constituido un misterio, y se encerró en el dormitorio con mi mujer a merendar, reírse y murmurar del vecindario. Mientras limpiaba el polvo del salón las oí más animadas que de costumbre: no paraban de hablar y reír, cacareaban como gallinas en celo y también -y esto fue lo más extraño- había largos silencios. De pronto se abrió la puerta, apareció Charo y me ordenó:

-Cerdita, haga usted el favor de ir a la pastelería por más pastas. Estamos más hambrientas que nunca- y reprimió una sonrisa.

En el camino a la pastelería, vi a lo lejos al individuo con bata rosa que salía de la misma librería donde yo compro y me compadecí de él.

Cuando regresé, nada más trasponer la puerta de calle, oí los gritos de mi esposa llamándome. Entré en el dormitorio y vi mis libros desparramados por el suelo y encima de la cama, y a Charo, muy envarada en la silla, junto a la ventana abierta de par en par, con los ojos más saltones y brillantes que nunca.

-¿Quieres que la cierre?-balbuceé, tratando de desviar su cólera.

-¿Esto qué significa, guarra?- fueron las palabras de mi esposa, instalada cómodamente en el borde peligroso de la ira, agitando en alto uno de los esquemas de mi plan.

-Los hombres son todos iguales -apostilló Charo-. Unas cerdas. Y sin darme tiempo a articular una excusa, mi mujer comenzó a arrojarme a la cabeza un volumen tras otro. Charo no pudo reprimirse, cogió “Extraños en un tren” (mi preferido), e hizo otro tanto, con tan buena puntería, que me dio en un ojo con una arista. Y al ver mi ojo amoratado y lloroso, las dos soltaron al unísono una carcajada sonora y prolongada que les arrancó lágrimas. Hoy deduzco, entiendo la forma en que mi mujer se enteró de la existencia de los libros en el altillo, aunque no sé en qué momento obtuvo la llave del baúl donde oculté los más comprometedores, con frases subrayadas por mí y los croquis y apuntes guardados entre sus páginas: Charo lo había sospechado al advertir el baile constante de títulos en las estanterías y me había delatado.

-¡Ven aquí, cerda! -me ordenó mi mujer, cuando arreciaron sus carcajadas, pero sin perder la sonrisa maliciosa. Y vi con insalvable nitidez las espinas afiladas de la indignación perfilándose en su cara fofa y enrojecida, a punto de lacerarme. Temblando, al igual que cuando mi madre me amenazaba con castigarme si no me dejaba poner aquellos primorosos vestidos, le obedecí; me acerqué a ella como si anduviera sobre cristales o entre un campo minado. De soslayo vi a Charo que no dejaba de observarme, quieta como una mantis, con una sonrisa húmeda colgándole de la boca apretada, los ojos de pescado muerto iluminados por la repentina e íntima alegría de una malicia desatada, dispuesta a arrojarla sobre mí con la misma puntería que la novela.

-¿Qué quieres, cielo? -llegué a articular entre lágrimas, un instante antes de que me agarrase por el cuello de la bata boatiné con sus enormes manos hasta dejar mi cara pegada a la suya, enrojecida de ira, sudorosa y grasienta.

-¿Así que quieres deshacerte de mí, no, estúpida?

Usaba el insulto más doloroso y creí estar oyendo la voz de mi pobre madre; tuve la sensación de llevar puesto uno de los vestidos pespunteados de rojo; hasta sentía el peso de sus volantes, el crujir de las faldas almidonadas, la rigidez de las enaguas de armar rozándome los muslos con su aspereza de mosquitero. Atiné a negar con la cabeza antes de enmudecer estrangulado por sus manos poderosas y rechonchas, que en nada se parecían a las finas y elegantes de mamá. Y oí a Charo a mis espaldas azuzándola: “Sujétala, querida. Sujétala fuerte”. Mi mujer le obedeció en el acto, me cogió por la nuca arrojándome sobre la cama, dejándome tendido prácticamente encima de su cuerpo, arqueado sobre su enorme vientre, con las piernas colgando fuera de la cama y la cara sepultada entre sus pechos descomunales hasta casi ahogarme.

-¡Sujétala bien! -volvió a sonar la voz metálica y afilada como una navaja. Y sentí unas manos frías, terriblemente heladas, que me manoseaban aquí y allá buscando descaradamente en mi entrepierna.

-¡Frígida -volvió a resonar la voz aguda, de loca histérica, un tono que sólo a mi madre le hubiera consentido.

-¡Estúpida zorra, te vas a enterar! -gritó mi mujer, y me oprimió con más fuerza a su cuerpo grasoso, obligándome a percibir todos sus olores-. ¡Ahora, Charo, querida! -ordenó.

Y la cara de pescado desabrochó con pasmosa pericia la hebilla de mi cinturón, de un tirón certero me bajó los pantalones y las bragas rojas de encaje que me obliga a usar la gorda los jueves, me subió la bata boatiné y la sujetó atándomela a la cintura.

Mientras intentaba recomponer en mi cabeza lo que estaba ocurriendo, todo ese cúmulo de desagradables sorpresas que se mezclaba anacrónicamente con los recuerdos de mi infancia, miré por la ventana hacia el jardín y vi al individuo de la bata rosa, con el carro de la compra sujeto a una mano, observando la escena con misericordia. Oí un fru-fru urgente que me indicó que Charo se estaba despojando de su ropa. Quise darme la vuelta, pero las tenazas de mi mujer me lo impidieron, y en ese mismo instante, el desagradable tacto de una piel helada y áspera se pegó a la mía, y unas manos voraces y torpes me hurgaron los sitios más íntimos con inusitada premura. Mi mujer arreció su abrazo mortífero y me mantuvo inmovilizado, con la cara sepultada entre sus enormes pechos azulados y agrios. Por el miserable espacio que ese horizonte cóncavo dejaba libre, vislumbré una mano de Charo palpando a ciegas el revoltijo de mantas y de libros en busca de su emblemática caja de cartón, y más allá, en el jardín, al individuo que se cubría los ojos con una mano.

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