Cuento breve recomendado: “La carne”, de Virgilio Piñera

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Escritor cubano Virgilio Piñera. Fuente de la imagen

El cuento “La Carne” se desarrolla en la tensión paradójica de dos contrarios: comer es morir. Cuando los personajes se engullen partes del cuerpo, se va destruyendo la posibilidad de sostener relaciones sociales y culturales: el bailarín se come los dedos de sus propios pies, las señoras no pueden ni hablar ni besarse, porque se han devorado los labios. Estas situaciones narrativas crean imágenes surrealistas que apuntalan un relato basado en el absurdo de la mutilación del propio cuerpo en búsqueda de la satisfacción carnívora.

Diana Álvarez Amell

 

LA CARNE

Virgilio Piñera (Cuba, 1912-1979)

(cuento) 

Sucedió con gran sencillez, sin afectación. Por motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de carne. Todo el mundo se alarmó y se hicieron comentarios más o menos amargos y hasta se esbozaron ciertos propósitos de venganza. Pero, como siempre sucede, las protestas no pasaron de meras amenazas y pronto se vio a aquel afligido pueblo engullendo los más variados vegetales. Sólo que el señor Ansaldo no siguió la orden general. Con gran tranquilidad se puso a afilar un enorme cuchillo de cocina, y, acto seguido, bajándose los pantalones hasta las rodillas, cortó de su nalga izquierda un hermoso filete. Tras haberlo limpiado, lo adobó con sal y vinagre, lo pasó –como se dice– por la parrilla, para finalmente freírlo en la gran sartén de las tortillas del domingo.

Sentóse a la mesa y comenzó a saborear su hermoso filete. Entonces llamaron a la puerta; era el vecino que venía a desahogarse… Pero Ansaldo, con elegante ademán, le hizo ver el hermoso filete. El vecino preguntó y Ansaldo se limitó a mostrar su nalga izquierda. Todo quedaba explicado. A su vez, el vecino deslumbrado y conmovido, salió sin decir palabra para volver al poco rato con el alcalde del pueblo. Éste expresó a Ansaldo su vivo deseo de que su amado pueblo se alimentara, como lo hacía Ansaldo, de sus propias reservas, es decir, de su propia carne, de la respectiva carne de cada uno. Pronto quedó acordada la cosa y después de las efusiones propias de gente bien educada, Ansaldo se trasladó a la plaza principal del pueblo para ofrecer, según su frase característica, “una demostración práctica a las masas”. Una vez allí hizo saber que cada persona cortaría de su nalga izquierda dos filetes, en todo iguales a una muestra en yeso encarnado que colgaba de un reluciente alambre. Y declaraba que dos filetes y no uno, pues si él había cortado de su propia nalga izquierda un hermoso filete, justo era que la cosa marchase a compás, esto es, que nadie engullera un filete menos. Una vez fijados estos puntos diose cada uno a rebanar dos filetes de su respectiva nalga izquierda. Era un glorioso espectáculo, pero se ruega no enviar descripciones. Por lo demás, se hicieron cálculos acerca de cuánto tiempo gozaría el pueblo de los beneficios de la carne. Un distinguido anatómico predijo que sobre un peso de cien libras, y descontando vísceras y demás órganos no ingestibles, un individuo podía comer carne durante ciento cuarenta días a razón de media libra por día. Por lo demás, era un cálculo ilusorio. Y lo que importaba era que cada uno pudiese ingerir su hermoso filete.

Pronto se vio a señoras que hablaban de las ventajas que reportaba la idea del señor Ansaldo. Por ejemplo, las que ya habían devorado sus senos no se veían obligadas a cubrir de telas su caja torácica, y sus vestidos concluían poco más arriba del ombligo. Y algunas, no todas, no hablaban ya, pues habían engullido su lengua, que dicho sea de paso, es un manjar de monarcas. En la calle tenían lugar las más deliciosas escenas: así, dos señoras que hacía muchísimo tiempo no se veían no pudieron besarse; habían usado sus labios en la confección de unas frituras de gran éxito. Y el alcaide del penal no pudo firmar la sentencia de muerte de un condenado porque se había comido las yemas de los dedos, que, según los buenos gourmets (y el alcaide lo era) ha dado origen a esa frase tan llevada y traída de “chuparse la yema de los dedos”.

Hubo hasta pequeñas sublevaciones. El sindicato de obreros de ajustadores femeninos elevó su más formal protesta ante la autoridad correspondiente, y ésta contestó que no era posible slogan alguno para animar a las señoras a usarlos de nuevo. Pero eran sublevaciones inocentes que no interrumpían de ningún modo la consumación, por parte del pueblo, de su propia carne.

Uno de los sucesos más pintorescos de aquella agradable jornada fue la disección del último pedazo de carne del bailarín del pueblo. Éste, por respeto a su arte, había dejado para lo último los bellos dedos de sus pies. Sus convecinos advirtieron que desde hacía varios días se mostraba vivamente inquieto. Ya sólo le quedaba la parte carnosa del dedo gordo. Entonces invitó a sus amigos a presenciar la operación. En medio de un sanguinolento silencio cortó su porción postrera, y sin pasarla por el fuego la dejó caer en el hueco de lo que había sido en otro tiempo su hermosa boca. Entonces todos los presentes se pusieron repentinamente serios.

Pero se iba viviendo, y era lo importante, ¿Y si acaso…? ¿Sería por eso que las zapatillas del bailarín se encontraban ahora en una de las salas del Museo de los Recuerdos Ilustres? Sólo se sabe que uno de los hombres más obesos del pueblo (pesaba doscientos kilos) gastó toda su reserva de carne disponible en el breve espacio de 15 días (era extremadamente goloso, y por otra parte, su organismo exigía grandes cantidades). Después ya nadie pudo verlo jamás. Evidentemente se ocultaba… Pero no sólo se ocultaba él, sino que otros muchos comenzaban a adoptar idéntico comportamiento. De esta suerte, una mañana, la señora Orfila, al preguntar a su hijo –que se devoraba el lóbulo izquierdo de la oreja– dónde había guardado no sé qué cosa, no obtuvo respuesta alguna. Y no valieron súplicas ni amenazas. Llamado el perito en desaparecidos sólo pudo dar con un breve montón de excrementos en el sitio donde la señora Orfila juraba y perjuraba que su amado hijo se encontraba en el momento de ser interrogado por ella. Pero estas ligeras alteraciones no minaban en absoluto la alegría de aquellos habitantes. ¿De qué podría quejarse un pueblo que tenía asegurada su subsistencia? El grave problema del orden público creado por la falta de carne, ¿no había quedado definitivamente zanjado? Que la población fuera ocultándose progresivamente nada tenía que ver con el aspecto central de la cosa, y sólo era un colofón que no alteraba en modo alguno la firme voluntad de aquella gente de procurarse el precioso alimento. ¿Era, por ventura, dicho colofón el precio que exigía la carne de cada uno? Pero sería miserable hacer más preguntas inoportunas, y aquel prudente pueblo estaba muy bien alimentado.

1944

Cuentos fríos, 1956

Cuentos completos, Madrid, Alfaguara, 1999

Comentario

La carne es un breve relato de Virgilio Piñera con fecha de 1944 que es parte de la colección que lleva el título Cuentos Fríos. El relato es una fábula feroz en donde la parodia revestida de humor negro revive el tema de la picaresca: que el ingenio vence la adversidad, ésta entendida en su sentido más concreto del apetito humano. En este cuento, se señala que por un motivo no dicho, la población carece de carne. Quien se niega a consolar su apetito con vegetales, como hacen los demás, resuelve el dilema de la carencia haciendo un hermoso filete de su trasero izquierdo. Una vez enterado el alcalde, entusiasmado organiza una demostración pública para que el señor muestre así al resto del pueblo cómo podrían resolver la apetencia por la carne. La antropofagia de uno mismo, convertida en moda, resuelve así el problema de la colectiva falta de carne. El cuento concluye con la pregunta mordaz: “¿De qué podría quejarse un pueblo que tenía asegurada su subsistencia?”. A pesar de que las partes del cuerpo pasan a ser bocados culinarios apetitosos, el resultado final es que las personas empiezan a desaparecer. Una madre al buscar a su hijo se encuentra con un montón de excremento en donde antes estaba su hijo quien, como debe concluir el lector, aunque no así su afligida progenitora, se ha auto-consumido y digerido.

     El cuento se desarrolla en la tensión paradójica de dos contrarios: comer es morir. Cuando los personajes se engullen partes del cuerpo, se va destruyendo la posibilidad de sostener relaciones sociales y culturales: el bailarín se come los dedos de sus propios pies, las señoras no pueden ni hablar ni besarse, porque se han devorado los labios. Estas situaciones narrativas crean imágenes surrealistas que apuntalan un relato basado en el absurdo de la mutilación del propio cuerpo en búsqueda de la satisfacción carnívora. Quien primero tiene la ocurrencia de satisfacer su apetito carnívoro, hace en la plaza central una demostración “práctica a las masas” de su hazaña culinaria en la que se fabrica una imagen surrealista ejemplar: “Una vez allí hizo saber que cada persona cortaría de su nalga izquierda dos filetes, en todos iguales a una muestra en yeso encarnado que colgaba de un reluciente alambre”. La auto-mutilación del cuerpo humano debe imitar la representación, artificial por antonomasia. La imagen construida, la burda figura de yeso encarnado pendiente de un alambre, se presenta como un modelo social para alterar el modelo natural del cuerpo.

        El relato adopta el estilo de la crónica social con su lenguaje rebuscado de afectación anacrónica en la que los personajes emplean “efusiones propias de gente bien educada”. La cortesía, código elaborado entre otras razones para facilitar la interacción social, se suma a la crueldad de los actos de canibalismo de uno mismo que tienen para los personajes un fin muy pragmático, proporcionarse el sustento de carne.

        El cuento juega también a ser divertido comentario sobre la avidez por la carne, ingrediente predominante en la cocina cubana, en la que es difícil preparar un plato criollo sin carne. Tal es así que, al desaparecer la carne de la mesa cubana, durante lo que se ha llamado “el periodo especial”, cuando disminuyó de forma radical el abasto de alimentos a los habitantes de Cuba, fue motivo de chistes populares la receta que propuso una conocida autora de libros de cocina cubana, cuando aconsejó que se confeccionaran filetes con cáscara de plátanos en lugar de carne de res. La carne, claro está, tiene su lugar privilegiado dentro de la jerarquía social; incluso en el siglo diecinueve, era el alimento sólo de las personas más adineradas. En la imaginación popular cubana alimentarse diariamente de un filete llegó a significar en cierto momento no sólo estar bien alimentado, sino disponer de una situación económica desahogada. Gran parte del humorismo del cuento de Piñera depende de esta fácil ecuación criolla entre comer carne y tener una buena posición económica, pues los lectores sabemos sin más que los personajes son buenos burgueses. 

     El cuento La carne pone en evidencia las implicaciones culturales del cuerpo humano como entidad que consume y destruye. El cuento de Piñera desmantela la rigidez de la relación, inseparable en La carne, entre el “adentro” del cuerpo humano y el “afuera” social. El cuento constituye una fábula sobre la destrucción, lo que ancla la narración en fundamentos éticos. La carne es una parábola de la autodestrucción colectiva en pos de la satisfacción personal que auto-consume a los miembros de un pueblo, a fin de cuentas, irredento. 

 Diana Álvarez Amell 

Fuente: Habana Elegante

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