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El acento emboscado

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Interesante este breve estudio de Álex Grijelmo sobre el acento emboscado; no se refiere al acento de palabra sino el de frase, que resulta de gran ayuda para comprender el sentido de la cadena de palabras que componen una frase. Grijelmo, como suele ser habitual en sus libros de divulgación gramatical, adereza estas líneas con ejemplos extra-gramaticales.

 Fuente: Álex Grijelmo, La gramática descomplicada, Taurus, 2008 


 

 

EL ACENTO EMBOSCADO

El idioma español puede sentirse orgulloso de todo este sistema de acentos, porque le permite una ventaja de la que carecen otras lenguas: es capaz de indicar la pronunciación exacta de una palabra, y por tanto su significado exacto.

A eso contribuye también la diéresis, que sirve para resaltar una u que sin ella pasaría inadvertida: averigüe, lingüístico. Es otra suerte de multa.

Pero el acento de palabra no es el único que posee nuestra lengua.

 

Tenemos otro tipo de acento: el acento de frase, la entonación con la que expresamos un grupo de vocablos para darles sentido. Es el acento musical de nuestro idioma, que marca cada grupo de palabras.

 

En español no pueden pronunciarse más de ocho sílabas sin que entre ellas se encuentre al menos una palabra cuya entonación se imponga a los demás.

Ese acento musical se puede percibir muy fácilmente en las frases interrogativas. No pronunciamos igual Está lista la cena que ¿Está lista la cena? Y además notamos mucha diferencia -en las palabras iniciales- respecto a este otra doble posibilidad: Esta lista viene a cenar (frente a ¿Está lista la cena?). En el anterior caso –Está lista la cena-, pronunciamos con más fuerza la palabra está, que se sitúa por encima de lista. En el segundo sucede al revés.

 

“Está lista lacéna.

“Estalísta viéne acenár”.

 

A veces, un tenista arroja la bola hacia el público y siempre hay algún aficionado que la agarra. En otras ocasiones es un futbolista el que regala el balón para regocijo de los aficionados. También se les tiran calcetines, guantes, camisetas y otros diversos objetos sudados. Incomprensiblemente, la gente se paga por hacerse con ellos. En la vida real, unos consiguen el preciado objeto y otros se conforman con haberlo intentado. Curiosamente, todos agradecen a su ídolo el gesto como si la prenda le hubiera correspondido a cada uno de ellos.

Hay personas que, por mucho que lo intenten, jamás alcanzan el regalo. Y otras que se lo llevan siempre, nadie sabe cómo se las arreglan.

Lo mismo sucede con los acentos de frase. Uno tiene un acento de frase sobre la mesa, cerca del papel donde estamos escribiendo; y si lo arroja sobre el folio, pasa igual: hay palabras que se lo llevarán siempre, y otras que no lo conseguirán nunca.

Algunas palabras, puestas a competir con las demás, ganan sin fallar (se llevan el acento, y por tanto la fuerza de la frase); y otras no ganan nunca. Las palabras que vencen siempre se llaman tónicas (con tono o acento); y las que pierden un día sí y otro también, átonas (sin tono). No hay categoría intermedia, las que a veces ganan y a veces pierden: ahora estamos hablando de gramática, no de la realidad. Y a lo largo de esta obra observaremos que en muchos casos las normas de la gramática no van parejas con las reglas de la realidad.

Se ve claramente la diferencia entre palabras derrotadas y vencedoras cuando pronunciamos te doy y doy. Está claro que en el segundo caso nos referimos a la bebida. En el primer ejemplo, la fuerza prosódica recaen en doy; pero en el segundo gana . Y por eso obtiene el acento diferenciador. Una palabra como se llevará siempre los calcetines usados del tenista.

A veces el sonido de las palabras puede ponernos trampas. Sin embargo, el idioma se ha reorganizado bien para salir de ésa. Una gran sutileza en el ritmo de las sílabas nos ayuda hasta el punto de que, por increíble que parezca, podemos percibir diferencias como éstas, si las oímos con naturalidad en su contexto:

 

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No es lo mismo bar Ajo que barajo.

No es lo mismo bar Río Nuevo que barrio nuevo.

No es lo mismo barrio nuevo que Barrionuevo.

No es lo mismo No se aburra que No sea burra.

No es lo mismo Ése nos sirve que Ése no sirve.

No es lo mismo un comisario culto que un comisario oculto.

No es lo mismo Qué tal ves a Romero que Qué tal besa Romero.

No es lo mismo un barco chino que un bar cochino.

 

Esa entonación de frase nos permitirá distinguir unos tipos de palabras de otras. Para abrir boca, veamos estas diferencias:

 

Me pregunto cuando llego

Me pregunto cuándo llego

Me preguntó cuándo llego

Me pregunto cuándo llegó

 

Sé ama.

Se ama.

 

Té vendo

Te vendo 

 

Álex Grijelmo, La gramática descomplicada, Taurus, 2008

 

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