La escritura automática, según Juan José Arreola

Juan José Arreola fotografíado en 1978 por Enrique Villaseñor

Este fragmento de la novela El espía del aire, de Ignacio Solares, rememora las curiosas opiniones de Juan José Arreola sobre la puntuación, y fueron expresadas en su taller de escritura, al que acudía como alumno el propio Solares. 

Por aquel entonces estaba aún en boga la escritura automática (si es que existe eso), tendencia que Arreola observaba con sumo escepticismo.

La fotografía es de Enrique Villaseñor. 


El espía del aire

Ignacio Solares

(fragmento) 

El taller de Creación Literaria con Arreola fue, en especial, una revelación. La tarde en que lo instaló, agitó frente a nosotros su frondosa cabellera rizada –que le creaba como un halo– al tiempo que alargaba su flaco cuello de ganso, y decía:

–Sé que a nadie se le puede enseñar a escribir artísticamente, así como nadie puede ser violinista si no lo es desde antes de tener un violín entre las manos. Pero alego a la convicción, diariamente renovada por la experiencia, de que a un escritor se le puede abreviar el camino hacia sí mismo, hacia su técnica y su propio estilo, si se le ayuda a distinguir entre el lenguaje vivo y las palabras muertas.

Desabrochó su apretado chaleco de lana –estábamos en pleno verano– y se puso a pasear entre los pupitres, extendiendo hacia nosotros sus largos dedos de hipnotizador.

–Yo vengo a dialogar con ustedes, pero no en plan de maestro, sino de compañero interesado en la creación literaria, en lo que todavía hay de misterio en la ordenación armónica de las palabras, y en el trance espiritual que hace posible lo imposible: transmitir por escrito la experiencia más íntima de que seamos capaces.

Al escribir en mi cuaderno “transmitir por escrito la experiencia más íntima de que seamos capaces” sentí correr culebritas por la espalda.

–Aunque las creaciones del espíritu estén ya hechas, y sean previas a nosotros, no debemos verlas bajo ese aspecto, casi fatal, de las cosas consumadas en que ya no podemos intervenir, sino como criaturas vivas que están siendo y haciéndose en nosotros, que buscan nuestra materia para abandonar, siquiera sea transitoriamente, su mera condición de papel, de piedra, de lienzo. Por eso la verdadera cultura consiste en actualizar el pasado, haciendo de sus elementos vigentes una vivencia personal [20–21].

Ese estado de ánimo alteraba sin remedio la escritura, que empezaba a practicar. Pronto –influido por Jung y sus consejos para desentrañar nuestro “yo” más secreto a través de la escritura automática– advertí la necesidad de dejar imbricarse las cláusulas, cabalgarse entre sí por sobre el débil puente de la coma, o de plano sin ningún tipo de puntuación, directamente libres y sueltas. Que la prosa fuera como una especie de oleaje embravecido. Cuando se lo comenté a Arreola, torció la boca y me dijo:

–Prefiero la prosa de un mar en calma.

Luego de acabar con el orden de la puntuación, vino la necesidad creciente de sustituir cada vez más el orden narrativo por el atropamiento de una imagen cualquiera.

Cuando escribía un relato a vuelapluma, el impulso de crear los bloques de materia, me parecía, se plasmaba solo en el papel. El resultado eran páginas y páginas de prosa redundante y amazacotada, que desechaba enseguida.

Ah, pero qué experiencia de iniciación aquélla en que, con mi cuaderno entre las manos, me asomé a la ventana del cuartucho donde vivía e invoqué a la noche:

–¡Desciende. Hazte palabra. Pasa a través de mí como la luz por un vitral!

En ese cuartucho –paredes rajadas y con manchas, una cama sin hacer, ropa colgando de ganchos sujetos a la pared con clavos–, largas noches con Juan Ruelas y yo compartimos nuestros textos de escritura automática, buscando alguno de nuestros “yo” más íntimos, casi como en una sesión espiritista. En uno de sus textos, Juan entró en contacto con una voz de mujer, quien por cierto pronto empezó a tiranizarlo con unas exigencias como de novia celosa.

Pero íbamos más lejos:

–Dice Jung que cuando la escritura es a profundidad… una especie de cuerpo sutil que se desprende de ti, como en los sueños premonitorios, y viaja por el espacio astral…, ¿comprendes, Juan? Un lo que sucede en el momento de la muerte, según el Libro tibetano de los muertos. Mira, al fallecer, el Rey de la Muerte te enfrenta con un espejo, pero ese espejo es tu karma: la suma de tus actos. Y ahí ves reflejarse todas sus acciones, las buenas y las malas. Pero el reflejo no corresponde a ninguna realidad, sino que es la proyección de imágenes mentales… El Rey de la Muerte mira el espejo, pero lo que está haciendo en realidad es mirar en tu memoria. ¿Puedes suponer una mejor descripción de la escritura mecánica? El adelanto que le pegas al juicio del Rey de la Muerte [25–27].

El primer golpe fatal lo recibió mi aguerrida prosa cuando le mostré a Arreola uno de mis trabajos y, sin más, empezó a ponerle la puntuación que le hacía falta. Casi deja de latirme el corazón. Se lo había entregado con una actitud de enfurecido éxtasis, una actitud alusiva a un triunfo secreto, intransmitible, y en lugar de apreciarlo se ponía a corregirlo. Desesperado, le expliqué mi intento de practicar la escritura automática.

–¿Para qué quiere usted practicar la escritura automática? –preguntó al tiempo que llevaba uno de sus largos índices a la mejilla.

–Pues, para que se manifieste el inconsciente –respondí, ya francamente turbado.

–El inconsciente se manifiesta mejor por medio de una puntuación adecuada un correcta, amigo mío, se lo aseguro.

–¿Pero y la velocidad al escribir?

–Puede escribir lo más rápido que sea posible, que a usted le sea posible, sin renunciar a la puntuación. Haga la prueba.

Algo le comenté de Jung y contestó, seco, que de preferencia releyera Los sueños de Quevedo, libro del que nos acababa de encargar un minucioso trabajo.

Así que, resignado, volví a los triviales puntos y seguido, comas y puntos y coma. La verdad es que Arreola tenía razón y no había necesidad de alterar la puntuación para que se manifestara el inconsciente. Toda la literatura daba prueba de ello.
Ignacio Solares, El espía del aire, Alfaguara, México, 2001, [28, 29]

 

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