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La violencia recurrente

Breaking Bad, Francisco Rodríguez Criado, la violencia recurrente
Breaking Bad. Fuente de la imagen

Este texto lo escribí con motivo del IV Encuentro de Escritores por Ciudad Juárez, celebrado el 5 de septiembre de 2014 en El Palacio de Carvajal de Cáceres, un acto literario y solidario que año tras año organiza nuestra colaboradora y amiga María Carvajal.

El lema del encuentro de este año ha sido: “Por el fin de los feminicidios en México”.

 


 

LA VIOLENCIA RECURRENTE

Francisco Rodríguez Criado 

Es sintomático que tres de las mejores series televisivas de todos los tiempos (las he visto en el último año y de ahí que ahora las traiga a colación) hayan conseguido seducir a los espectadores y a los críticos con un tratamiento hiperrealista de la violencia, sin doctrinas, sin mensajes, sin soluciones mágicas. Lo que estas series (The Wire, Los Soprano y Breaking Bad) nos enseñan, o al menos vienen a confirmar, es que la violencia es intrínseca al ser humano y que los victimarios que la ejercen con nocturnidad y alevosía –unas veces por alienante necesidad y otras por malvado capricho–, antes o después acaban siendo también sus víctimas. Pero, ojo, mientras tanto viven en aparente normalidad, exentos en la mayoría de los casos de dudas éticas, más volcados en lo que ganan (dinero y poder) que en lo que pierden (humanidad y en muchos casos sus propias vidas).

“La violencia engendra violencia”, nos enseñaron en la escuela. Lo que no nos enseñaron es que combatirla es tan necesario como ineficaz. Los narcotraficantes de The Wire, los cocineros de metanfetamina de Breaking Bad o los mafiosos de intereses variados de Los Soprano se han colado en los televisores u ordenadores de nuestras sosegadas casas para ofrecernos una seductora narrativa audiovisual pensada por equipos de talentosos guionistas e interpretada por excelentes actores. Yo podría tratar de seguir la estela de estos guionistas y, salvando las diferencias, escribir para estas jornadas a favor de Juárez un cuento, un microrrelato o una pieza de microteatro. Y sin embargo… la ficción se me rebela. Aunque siempre predispuesto a decir algo sobre el caos y la violencia que imperan en una de las ciudades más peligrosas del mundo, no experimento el deseo de fantasear negro sobre blanco (“Preferiría no hacerlo”, diría el Bartleby de Melville) sino de santiguarme, como solía hacer mi difunta abuela cuando alguien le contaba el último drama.

En fin, confieso que las estadísticas sobre Ciudad Juárez inhiben mi condición de narrador; esas estadísticas sobre asesinatos y violaciones de mujeres indefensas que movimientos ciudadanos, como este que hoy nos convoca, combaten con las armas de la concordia. Porque no todo en Juárez es narcotráfico y asesinatos, obviamente son muchos, muchísimos, los juarenses de bien, hombres y mujeres que no pretenden dinero sucio ni cuotas de poder a salto de tiros, sino simplemente vivir tranquilos. Hablo de esa suerte de héroes modernos que alzan su voz, esos a quienes no les puede consolar el éxito en su empresa de pacificación en un conflicto enquistado sino el noble acto de intentarlo.

La realidad supera a la ficción. Tristemente. En las calles de Juárez la muerte no es un recurso cinematográfico de una multipremiada serie televisiva americana. Ojalá. Por eso estamos hoy aquí, para pedir que los asesinatos conformen exclusivamente materia narrativa, no el drama real de una población que se desangra año tras año al dictado de una violencia cainita y recurrente.

 

 

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