Cuento de Mely Rodríguez Salgado: Pasajeros sin identidad

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PASAJEROS SIN IDENTIDAD

Mely Rodríguez Salgado

(cuento)


Ahora es cuando creo que somos verdaderamente felices. Acordamos hacer el viaje por el eco romántico y el influjo glamuroso y antiguo que, como una estela, nos llegaba desde el Danubio. Hemos vivido estos últimos años alejados el uno del otro, perdidos en medio del ruido sordo de la vida, en una ciudad insignificante, en una casa sin rastros, buscándonos para matar la soledad.

Lo leo en sus ojos, en los de los demás, y lo que veo es pura euforia. Ellos, como nosotros, también decidieron hacer este viaje. Anhelamos llegar al río, mirar sus aguas, extasiarnos con esa corriente que no cesa, sentir la culminación del viaje atravesándonos con una dulce agonía y alcanzar la felicidad lejos de una existencia vulgar. Al igual que nosotros, también ellos se han reencontrado. Ya no caminan a ciegas, perdidos, nunca nos separaremos. Miro sus rostros satisfechos, su alegría por compartir amor. Palpitan a mi lado. Ellas, ellos, amantes. Todos reconociéndonos en las miradas como únicos. Hermanos e inseparables en el gozo, en la pasión. Él a mi lado retiene mis manos entre las suyas y las aprieta; siento el torrente de su sangre correr al mismo compás del mío. Qué importa el tiempo que perdimos, ahora ya es recuperable. Sus latidos vitales me reclaman más amor, insaciables nos entregamos el uno al otro.

A lo lejos veo la bruma elevarse cuando nos acercamos a las ciudades, miro los campos emanando paz, las aldeas al susurro de la noche, los niños que duermen y esperan y no saben, la serenidad de un campo húmedo de escarcha. Todo es nuevo a nuestros ojos a través de la ventanilla del autobús, diferente porque también lo somos nosotros y nuestra vida ahora mismo. Y una y otra vez observo al conductor que se refugia en un mutismo sombrío. Dice que nunca volverá a ser feliz; dice que no encontró lo que buscaba y que no tendrá otra oportunidad; dice que aceptó la propuesta como un ofrecimiento, con un alivio manso. Llegará al río como un ser solitario, sin apegos, por eso no mira más que a la carretera, no ve nada más que esa carretera y piensa en el río.

Estamos saturados de sensibilidad. Nos estremecemos ante la simple visión de una flor quebrada por el viento. Asimilamos la belleza infinita de mil posibilidades que nos puedan satisfacer. En las calles, en los bosques que vamos atravesando, en los monumentos que admiramos, todo es belleza. Bebemos vinos exquisitos, asistimos a espectáculos vanguardistas, nos amamos enloquecidos en las habitaciones de los hoteles más lujosos, adquirimos joyas bellísimas, adornamos nuestra desnudez con guirnaldas de rosas, conversamos acerca de la sutil armonía de un poema, ahondamos en lo divino. No existen los límites cuando se busca el placer. Después, en el autobús, alguien canta una melodía nostálgica que se confunde con el ruido del motor. Nos adormecemos bañados por una luz que nos envuelve y nos acerca a un mundo onírico. Yo toco su piel y sueño en sus brazos, antes de que, hastiados ya, rompamos este vínculo. Entonces sube la bruma del río, como suave gasa, y seguimos soñando, y de repente el autobús se pierde en la niebla y nos acerca y señala la estación líquida donde apearnos, pero antes nos lleva hacia las rosas, a la cúspide del amor, donde los destrozos del corazón pueden ser reparados, a los pasadizos secretos de las profundidades, al clamor de los violines y la brisa de las enredaderas acuáticas, a ese mundo que soñamos y a la magia de nuestros anhelos.

El inspector jefe de policía de la Comisaría Central de Budapest hojea unos documentos. El subordinado lo interpela y él, en actitud distraída y sin dejar de leer, le contesta casi con indiferencia:

“Sí, ya lo creo. Costó trabajo sacarlos. El Danubio tiene corrientes muy violentas. Algunos pasajeros salieron despedidos por las ventanillas a causa del impacto, otros estaban sentados o caídos en el suelo. Aún no se ha podido determinar la causa del accidente, la violencia con la que el autobús rompió el pretil del puente. En el informe se dice claramente que ninguno de los pasajeros llevaba equipaje ni ninguna clase de pertenencias, encontraron nada más que algunas botellas de champán descorchadas, joyas muy valiosas esparcidas aquí y allá, los tallos de unas rosas y hasta lo que pudieron ser unas anotaciones escritas en una libreta que apenas han podido salvarse. Espero que al ser analizadas en el laboratorio nos aclaren algo al respecto. Pero confío en que, cualquier día, el río arrastrará hasta sus orillas algún objeto personal que nos diga algo sobre estos pasajeros sin identidad.”

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