Cuento de Mely Rodríguez Salgado: Riesgo

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RIESGO

Mely Rodríguez Salgado

(cuento) 


Podría haberle dicho que no. Deshacerme de ella con cualquier pretexto, pero Marta es tenaz, manipuladora, envolvente, a lo largo de los años se ha acostumbrado a dominarme. Pero, sobre todo, Marta es demoledora cuando exhibe su agilidad en los deportes de riesgo. ¿Lo ves, incapaz?, me dicen sus ojos ebrios de triunfo mientras baja sudorosa la pendiente o se desata la soga que le sujeta el tobillo después de haber saltado desde el puente. Yo la recibo con una sonrisa de idiota para demostrarle, una vez más, mi admiración.

Mujer decidida, le digo, y ella, con unos brinquitos, como si estuviera calentando para empezar otra vez, en broma me da unos golpecitos con su puño en el pecho, en el estómago, y se ríe entre dientes cuando me llama cobardona con una actitud de superioridad. 

El trayecto resulta aburrido, ella también. La confianza, la costumbre, siempre es aburrida. Enciende la radio con la decisión que la caracteriza, y busca, con su mano ancha y morena, le emisora, y cuando la encuentra empieza a canturrear al compás de la melodía. Ha venido de la ciudad donde trabaja a pasar las vacaciones, es feliz, va a por su nuevo reto, un triunfo más. La miro, me fijo en que está más gruesa, la cara se le ha ensanchado, una mujer con apetito y problemas hormonales, es la edad. Se ha teñido el pelo de rojo anaranjado, una melena corta y rizada, me recuerda la peluca que se ponen algunos payasos. Canturrea, abstraída, se calla de pronto y me habla: 

-Varios meses sin vernos. Ya me contarás cómo van tus problemas en el trabajo, en tu casa. 

-Sí… –contesto, y cierro los ojos y aprieto los labios. Algún día tendrá que ser el primero para decirle adiós, para mandarla a la mierda. ¿Por qué acepté acompañarla? ¿Para seguir engordando su ego una vez más? ¿El hecho de ser amigas desde niñas nos obliga a seguir juntas cada vez que se tercia? En realidad no tenemos nada en común. Pero para ella es como un juego. Marta es fuerte, valiente. Cuando era más joven, tenía un cuerpo atlético, algo desgarbado, pero un cuerpo hecho para el deporte. Con los años, los defectos de su cuerpo se han ido acentuando cada vez más. 

-¿Estás segura de que quieres acompañarme y subir a la cima, Bea? –me pregunta, y, sin darme tiempo a contestarle, me da, risueña, un golpe condescendiente en el brazo, que lo tiene a mano, y me espeta–. Claro que sí, tonta. Lo puedes hacer, siempre te he dicho que te falta decisión. 

A los lejos ya se recorta la montaña. Llovió ayer, el musgo estará resbaladizo. La miro y ella está allí tan tranquila, con sus mofletes moviéndose al compás de la música, y su boca, de labios apretados, que frunce para coger el ritmo y seguir la letra. Llegamos. 

Como siempre, yo voy delante. Alma protectora, alma triunfadora, me sigue por si me resbalo. 

-¿Estás segura de que quieres hacerlo? –me grita. Asiento decidida sin girarme. La presiento cada vez más cerca de mí, esperando, acechante, a que resuelva por mí misma el peligro, a que afronte el riesgo o, en todo caso, le suplique que me ayude cuando esté a punto de caer en el precipicio o me aferre, desesperada, a la pared de la montaña. El corazón empieza a latirme, ella quizás ya no esté tan cerca, me siento desvalida, los pies buscan un lugar seguro de apoyo, me azota el viento y mis ojos se llenan de lágrimas. Y de pronto siento su mirada puesta sobre mí, esperando, aguardando a que ocurra algo, un fallo, un grito de socorro, y entonces su mirada gozosa ante mi reclamo, su yo salvador y eficaz imponiéndose frente a mi terror, la mujer araña dispuesta a saltar sobre su presa, cobarde, cobarde, a chuparle el mermado pundonor que aún le queda. Doy un último paso, un esfuerzo más, el precipicio a mi izquierda, no debo agacharme y seguir el trayecto arrastrándome, ella estaría allí enseguida sujetándome con decisión, titubeo un poco y me detengo, entonces escucho su respiración, el temblor convulso de su voz a punto de gritarme. Pero no lo permito. Debo alejar el pensamiento del precipicio, de mi propia inseguridad, pensar en ella… ¿Aún están abiertas todas tus heridas, esas que se precipitaban sobre ti en medio de la noche y te sacudían despiadadas y te hacían gemir de impotencia e incomprensión? ¿Recuerdas cuando me lo contabas con tanta desesperación? Nunca lo supiste afrontar, Marta. No aceptabas que ellos admirasen más a sus dos hijos. Se volcaban con tus hermanos porque eran buenos estudiantes. Tú supliste esa carencia con el deporte. ¿Todavía les sigues llamando “mequetrefes” mientras te ríes y les zurras con tus puños donde primero pillas? ¿Aún sigue tu madre lamentándose de tu falta de femineidad y comparándote conmigo de manera obsesiva y cruel…? 

Salto, cierro los ojos, piso segura la tierra horadada por la escarcha, he coronado la cima, respiro hondo, el viento sopla cada vez más fuerte, al mirar a la lejanía me invade un sentimiento de plenitud. Me giro. ¿Y ella? Aterrada miro el precipicio, ese vacío demoledor, y la imagino cayendo y cayendo, golpeándose contra las aristas de las rocas. Por fin la distingo. Está a mitad de camino. Un bulto rojo, apretado, que se mueve apenas. Sólo distingo un chubasquero rojo combinado con el cabello rizado y anaranjado de payaso, como una tela descolorida. Miro su corpachón desvencijado, sus ojos grises y saltones fuera de sus órbitas a causa del terror, se arrastra con dificultad por el estrecho y resbaladizo sendero. Voy a su encuentro y le alargo la mano. El viento sigue arreciando. La ayudo. Es la primera vez. 

Nos sentamos a descansar. El horizonte es inmenso, saturado de paz. Le paso el brazo por los hombros de manera fraternal, protectora. Entonces sus ojos empiezan a parpadear turbados, se sofoca, también para ella es la primera vez. Por fin su mirada se detiene, terrible, fija en el abismo.

 

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