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Dos cuentos de César Klauer

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César Klauer (Lima, 1960). Fotografía cedida por el autor

Me llegan desde Perú dos relatos breves de César Klauer (Lima, 1960), escritor y profesor universitario, autor del libro de cuentos para adultos Pura Suerte (Altazor, 2009). Klauer se prodiga también en la escritura de microrrelatos y cuentos infantiles, algunos de los cuales han visto la luz en la citada editorial Altazor.

“Buena pesca” y “Grand Theft Auto” son dos relatos, diría yo, a la manera de Poe (no por la temática sino por la intención de dirigir la tensión dramática del texto hacia un final contundente), y ambos contienen además un “dato escondido” (que obviamente no voy a revelar en esta breve presentación). 

César nos recomienda “Cordero asado”, de Roald Dahl.

 

Buena pesca

La minúscula lluvia salada caía desde la proa del bote, Pedro manoteó las gotitas en el aire, se acercó para ayudar a Santiago a recoger la red. Ni bien la empezaron a subir, las espigas plateadas reflejaron el sol del mediodía; aún con vida, los peces luchaban por regresar al mar. Los hombres sonreían satisfechos, sus músculos hinchados con cada brazada que recogía la red: Buena pesca, compadre. Santiago ya pensaba en la celebración de esa noche en lo de Casimiro. En eso, sus rostros mudaron en sorpresa.

Atrapada en las enredaderas de la malla, una silueta, demasiado grande para lo acostumbrado en sus jornadas, llenaba sus ojos: ¿Y eso, compadre? Pedro soltó su lado de la red, la cola de destellos verdosos, chispazos anaranjados, centelleos violáceos se hundió salpicándolos levemente, ¡Agarra, agarra!, Santiago reaccionó. Entre los dos trabajaron duro para subirla al bote.

Sobre la cubierta descansaba la inverosímil figura. ¿Está viva?, Pedro fue el primero en atreverse a quebrar la magia del increíble momento. En sus veinte años de pescador, nunca había visto algo parecido, tampoco lo había escuchado narrar en serio, excepto donde Casimiro. Allí, las historias de pescadores borrachos siempre incluían serpientes marinas gigantes que envolvían los barcos y los apretaban hasta hacerlos añicos; tortugas monstruosas que hundían las embarcaciones de una patada bestial; inclusive, alguna vez alguien contó haber visto al Mostro del Lago Ness, ¿ese no es de Escocia?, Pedro enfrentó al fabulador, ¡estaría de turismo, pe! Las risas bendijeron la historia: el Mostro del Lago Ness de excursión por el Boquerón de Pucusana. Pero esto, sí que era nuevo.

Santiago se apoyó en el hombro de Pedro, entre ambos superaron el vaivén del bote, pero no el estruendo en sus corazones, ¿estaba viva o no?. No lo sé, Santiago alcanzó a murmurar. Él tenía otras preguntas que no dependían de eso: Compadre, ¿qué hacemos? Pedro no tenía idea. Entonces, la inmensa cola se agitó, Santiago lo atribuyó a la oscilación del mar, pero Pedro lo vio con claridad: Se ha movido, compadre. Su voz era una mezcla de temor, angustia, alegría, viva valdría más, ¿no, compadre? Santiago estiró el pie, con la punta le dio un empujón leve: no hubo reacción. Está muerta, suspiró sin saber bien si eso les convenía. Si estuviera viva la podrían vender a un circo marino; muerta, en cambio, habría que disecarla, ¿no, compadre?

De improviso, el bote empezó a zarandearse como si estuviera en una tormenta, las maderas de la cubierta resonaban como cañonazos, la red saltaba frente a sus ojos con vida, los reflejos plateados luchaban por liberarse. ¡Estaba viva!, Pedro y Santiago trastabillaron, se enredaron con la red, el movimiento epiléptico del bote aumentaba, los bordes llegaban a la altura del agua, los remos se hundieron en el agua, los pescadores no tenían como mantener el equilibrio. Entonces, una sacudida final volteó la embarcación.

Sus cabezas emergieron en el mar sereno, se agarraron del borde del bote tumbado, ¿qué fue eso, compadre? Santiago lo sabía bien, pero no quería aceptarlo él solo; quizás, guardaba la esperanza de haberse quedado dormido, haber vivido una pesadilla. Pedro comprendió: Se volteó el bote, compadre. En sus cabezas, los cabellos dorados, la boca carnosa, las facciones finas, el cuerpo mitad mujer, mitad pez, quedarían para siempre grabados, en secreto mejor. Sabían que nadie les creería.

Grand Theft Auto

El policía estaba detenido en la esquina. Montado en su motocicleta, se desperezaba con cara de aburrido. ¡Qué suerte la mía! De inmediato, pisé el acelerador hasta el fondo y enrumbé hacia la entrada de la carretera. El rugido del motor llenó la cabina, me entusiasmé. Pasé por su lado, alcancé a ver su expresión de asombro por la tormenta de humo que lo cubría y se largaba a correr por la autopista, a toda velocidad. ¿Me seguía? Estiré el cuello para mirar por el retrovisor. No alcanzaba, pero me lo imaginé con el rostro compungido, los dientes apretados, las maldiciones manando: la diversión empezaba. Seguro que ya estaba llamando a su central para cerrarme el paso. Por ahora, el camino estaba libre: la Panamericana era toda mía, hasta Arequipa.

No pasaron ni cinco minutos y el motorizado apareció por el espejo de la izquierda. ¡Ajá!, picó el anzuelo ¿Tenía la radio en la mano? La aguja temblaba entre 130 y 140, el timón vibraba lleno de vida, adrenalina, emoción; pero se me resbalaba por el sudor y el tamaño de mis manos. De repente, me topé con un ómnibus interprovincial. Lo pasé por derecha, y, ahí no más, tapado por el bus, había un automóvil viejo y lento que me hizo disminuir la velocidad. El policía me iba a alcanzar. Sorteé a la carcocha y traté de recuperar la velocidad de bólido que llevaba antes, pero el motor tosió, cascabeleó, se remeció, amenazó con detenerse. ¿Tenía gasolina? Claro que sí, mi Papi siempre tiene el tanque lleno. El acelerador respondió, reinicié la carrera. Examiné el espejo, ¿dónde andaba el tombo? No lo veía. No habría decidido dejarme ir, ¿no? Fijé la mirada en el asfalto recién reparado de la carretera, suave, parejo, perfecto, como cuando vamos a la playa con toda la familia.

En eso, la motocicleta del policía se materializó a mi izquierda. La mano enguantada me hacía señas para que me estacionara al lado de la autopista; las lunas oscuras de la camioneta de Papá le negaban una buena vista de mi cara de burla: la lengua lamiendo el aire, los ojos virolos. Resolví que no quería parar, ¿por qué hacerlo si no me daba la gana?, me estiré lo más que pude y metí acelerador a fondo mientras le mostraba el dedo medio erecto, apuntando al cielo. Pero el auto carraspeó, escupió humo, se remeció y, finalmente, se rehusó a seguir.

El policía bajó de la moto con cara de pocos amigos. Se acercó, me indicó con una seña que bajara la luna. Obedecí. La mandíbula del policía se desencajó, iba a salirse de su sitio. Sus ojos se agrandaron tanto que las órbitas casi duplicaron su tamaño. Me pidió las llaves. Obedecí de nuevo, a regañadientes. ¿Qué habrá pensado? Estoy seguro que nunca en su vida había detenido a un conductor prófugo de diez años.

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Cesar Klauer (Lima, Perú, 1960) es Licenciado en Educación y profesor universitario. Ha publicado el libro de cuentos “Pura Suerte” (Altazor, 2009), y los cuentos infantiles “El gigante del viento”, “El perro Patitas”, y “El delfín de arena” (Altazor, 2010). Además, sus crónicas de la vida de los años 70 en su barrio de Magdalena han aparecido en “La Revista de Magdalena”. También ha publicado en la revista digital Generacción ( http://www.generaccion.com ). Sus crónicas gastronómicas y de viajes han sido traducidas al inglés para “Living in Peru”, revista dirigida a los hablantes del inglés y que promociona al Perú (http://www.livinginperu ). Su trabajo también ha sido publicado en Letralia (http://www.letralia.com), Ónice, TXT, La Nave de los Locos y Uruz Arts Magazine. En el 2009 ganó el Primer Premio en Cuento en los XIV Juegos Florales de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), en el 2007 ganó Mención Honrosa. En el 2010 ganó mención honrosa en el 1er Concurso de Cuento Breve Jorge Salazar de Editorial Pilpinta con su colección de microrrelatos “Diez por cien”.

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