Recuerdos de José Sánchez Rincón

 

Fotografía de Francisco Rodríguez Criado

Echando mano de la técnica del “Je me souviens” (en español: “me acuerdo”) de Georges Perec, José Sánchez Rincón ha conformado un álbum de nostalgias con esos pequeños momentos que con el paso del tiempo se revelan de vital importancia.


Recuerdos de José Sánchez Rincón

La cartera de cartón hecha trizas el primer día que asistí a la escuela.

La felicidad con la que recorrí otros barrios una mañana en la que no fui a clase.

Los partidos de fútbol junto al muro de la cárcel. ¿De dónde saldría tanta alegría en aquellas tardes?

Las madres sentadas en la acera ordenando el mundo.

Los sueños basados en las películas que veía en el cine donde trabajaba mi padre.

La mañana luminosa de domingo en la que un vecino lavaba el primer coche de la calle con la música de la radio a un volumen cósmico.

Los refrescos de cola cuando venían los primos de Barcelona.

La primera televisión del barrio a través de una ventana y todos los vecinos sentados en sus sillas como si fuera un cine al aire libre.

El sexo del que hablaban los muchachos mayores y que, para nuestra corta edad, era algo incomprensible.

El no saber qué era aquello de hacerse una paja y el daño que nos hicimos al intentar meternos una de ellas por el orificio de la orina.

Los noviazgos impuestos por las muchachas.

Los primeros besos experimentales y llenos de miedo.

A mi abuela convencida de que la llegada del hombre a La Luna era una mentira.

Las peleas de almohada en la siesta y la zapatilla de mi padre.

La magia de un libro entre las manos.

Los dedos amarillos de mi abuelo con el cigarro y las cartas sobre la camilla.

Las tardes antes de los exámenes en la cancha de baloncesto del Instituto.

Los suspensos y el arrepentimiento por no estudiar.

El choque psicológico de ver en los años setenta a dos compañeros de clase agarrados de la mano en el recreo.

El nerviosismo de leer en público y la imposibilidad de hablar en público.

Al cura diciéndonos: “Haced lo que yo os diga, no lo que yo haga”.

El afilador y su bicicleta.

El tapicero y su retahíla de objetos tapizables.

El frío de las calles y los sabañones.

El brasero de picón y el dolor de cabeza.

La merienda de pan y aceite en casa y el chocolate en la de la abuela.

El circo de Gredos y el agujero en la nieve que me pudo tragar para siempre.

Mi estado de ánimo en una calle cualquiera de una ciudad desconocida.

El sobresalto de mi cuerpo adolescente al ver el desnudo de Dominique Sanda en la película Novecento.

La ciudad al anochecer, de regreso de alguna marcha, cuando se van llenando de luces los edificios.

Las cañas al mediodía y los insultos cariñosos entre los amigos.

Las ilusiones del viernes y la desolación del domingo por la tarde.

La muerte de Félix Rodríguez de la Fuente.

La lucidez de Francisco Rivera hablando al médico poco antes de morir.

La cabeza de Omaira fuera del agua; su tranquilidad, sin saber que no podrían salvarla.

Las palabras de la gente cuando están delante y sus palabras por detrás.

El prodigio del amor y la nada sorprendente cuando acaba.

A un amigo tomando pasta de dientes el día que lo dejó la novia.

A las dos catequistas del pueblo embarazadas en la discoteca.

Los encuentros con mi novia en los rincones de una calle mal llamada “De la amargura”.

Los momentos previos a hacer el amor.

La primera vez que vi el mar, en los acantilados de Asturias.

La fuerza de Macbeth y lady Macbeth.

La naturalidad de los diálogos de cualquier cuento de Chejov.

La mala baba de algunos escritores que conozco.

La primera vez que vi conducir la pelota a un desconocido Zidane.

Los varios suicidios que hubo durante la mili en Ceuta y cómo, el capellán militar, cabreado, nos pedía que antes de suicidarnos nos lleváramos por delante a quien nos estuviera haciendo la vida imposible.

A Mercedes llorando junto a una cabina el día que tuvo un aborto y la sangre corría por sus piernas.

Las quejas de Mercedes, que se tenía que quedar en la habitación del hospital mientras yo me iba a comer a un restaurante de pura felicidad por el nacimiento de nuestros hijos.

Cuando me llamaron de una clínica para dar mi consentimiento de trasladar a Rubén a otra mejor porque allí no tenían el material quirúrgico necesario para curarle una herida en la cabeza que se había hecho en el colegio.

El grito que le di a Javier para que se detuviera en las estrechas calles de Jarandilla para que no lo atropellara un coche.

Una mañana en la que entrábamos a bañarnos en Las Lagunas de Ruidera y surgió a nuestro lado una mancha oscura, un buzo que se levantó de repente y nos asustó.

La resaca del mar una tarde en la que tuvimos que luchar durante quince minutos para poder salir del agua.

Los paseos al atardecer en cualquier playa.

El circo de casas de colores en Cudillero.

El miedo que pasé al tirarme por el tobogán gigante de un acuapark o al subir a la atracción “Estampida” en Port Aventura por no desilusionar a los muchachos.

La nostalgia que me entró la primera vez que mis hijos fueron solos a la feria.

La vergüenza de perder los nervios.

La sorpresa de ver a mis amigos cambiar de pareja entre ellos.

A Gutiérrez Mellado erguido frente a un guardia civil con un arma en la mano que trataba de echarle la zancadilla.

A una avioneta aterrizar en el Kremlin por amor.

A un hombre de pie delante de un tanque en una plaza china.

La imagen surrealista e hipnótica de un avión al chocar contra un rascacielos.

El documental donde unos monos trapecistas, colgados de unas lianas, le daban collejas a un tigre.

A Montgomery Clift sin defenderse de los disparos de su padre, John Wayne, en “Río Rojo”.

A Hugt Grant descubriendo su corazón a Emma Thompson en “Sentido y sensibilidad”.

El trato amable de la nuera hacia sus suegros en “Cuentos de Tokio”.

A un androide recitando bellas palabras poco antes de su muerte.

Salir del cine henchido, pletórico, como si la vida pudiera ser perfecta.

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