Cuento de Francisco Rodríguez Criado: El avión de Bukowski

Recupero uno de los primeros cuentos que escribí, hace siglos: “El avión de Bukowski”. Esta narración marcó en cierta manera mis inicios como narrador. Escribí el cuento en 1998, nada más llegar a Irlanda, donde pasé dos meses durmiendo en un viejo sofá, dos meses en los que consumé una huida de mí mismo. Llevaba muy poco tiempo alimentando el gusanillo de la escritura, pero ya estaba firmemente decidido a dejarlo todo para convertirme en escritor (en realidad no había mucho que dejar). (Pecados de juventud). 

Recuerdo que en el aeropuerto (iba a ser la primera vez que subía a un avión), por distraer al miedo y a mis pensamientos, compré un libro de bolsillo de Charles Bukowski, un escritor -entonces- para mí completamente desconocido. Lo demás está (tergiversado) en el cuento, un cuento que después de una travesía por el desierto de cinco años acabó formando parte de mi libro Siete minutos (La Bolsa de Pipas, 2003), publicado por Román Piña. 

Han pasado muchos años pero sigo sentado en la sala del aeropuerto, esperado mi avión. 

Cuento de Francisco Rodríguez Criado: El avión de Bukowski 

¿Os habéis enamorado alguna vez? No me refiero a conocer a alguien que os atraiga y con quien os encontréis a gusto. No. Estoy hablando de verdadero amor, de querer con pasión, locamente, de perder la cabeza sin que os importe, que veinticuatro horas sin él o sin ella sea un día malogrado; de despertar cada mañana pensando en la otra persona, de pasear por las calles y detenerte ante el escaparate de una tienda imaginando qué tal le sentaría ese vestido o esa corbata. A eso me refiero. Os repito la pregunta por si se os ha olvidado: “¿Os habéis enamorado alguna vez?” ¿No? Yo tampoco. Me di cuenta hace no mucho. Yo llevaba cinco años saliendo con Bea, con la que desde hacía pocos meses convivía. Aquel miércoles yo acababa de llegar del Hospital. A Bea la operarían al día siguiente. Algo sin importancia. Llegué a mi casa, saqué un par de cervezas del frigorífico y me tumbé en el sofá frente al televisor. Jugaban el Real Madrid y el Borussia de Dortmund. ¿Recordáis el partido, aquel en el que los ultra sur derribaron una portería? Justo cuando Karembeu marcaba el segundo gol (yo estaba celebrando el tanto con un grito de alegría), sonó el teléfono. Era mi madre. Preguntó por Bea. Estaba preocupada. Hablamos durante diez minutos sin decirnos nada importante. Recuerdo que estaba deseando que colgara para seguir viendo el partido. Pero nada más colgar, me quedé pensativo. Y llegué a una conclusión: ya no quería a Bea. Quedaba el cariño, la ternura, solo eso. Si hubiese estado realmente enamorado, no me hubiera sentado con los pies sobre la mesa esperando a que Suker despertase del letargo en que estaba sumido. Si hubiese estado enamorado, no me habría movido de la habitación 203 aunque hubieran enviado el Séptimo Regimiento de Caballería. No hay que darle más vueltas al asunto. Al mes lo dejamos. Sin entrar en detalles, os diré que fue una situación muy dolorosa. Para los dos. Me encontraba mal. Llamé a Chema, un amigo que trabajaba en París en un restaurante mejicano. Trató de consolarme: “Vente a París. Es una ciudad fantástica. Es la ciudad del amor. Aquí se enamora hasta una batidora”. No lo pensé demasiado. A los tres días me despedí del trabajo.

Madrugada fría de abril en la sala de embarque. Seis menos cuarto. Esperaba nervioso el vuelo 6904 de Iberia, con salida a las ocho desde Barcelona, destino París. Presentía que ese día mi vida cambiaría. No mucho tiempo atrás, apenas unos días, a la misma hora, estaba al lado de Bea en nuestra cama, agotando las últimas horas de sueño antes de levantarme para ir a trabajar.

Nunca había subido a un avión. No pude dormir en toda la noche, temiendo no despertarme a tiempo.

Entonces decidí acercarme a una de esas tiendas 24 horas y escarbar entre los libros de bolsillo para buscar alguno que me entretuviera. Me gusta leer, de hecho escribo relatos desde hace años. Cogí en mis manos uno de Charles Bukowski. Se titulaba Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. Había oído hablar de él, pero nunca había leído ninguno de sus libros. Goyo, otro de mis amigos, era un verdadero admirador de este escritor, incluso había publicado algún artículo sobre él en un periódico de provincias. Comencé a hojear el libro, pero al poco tiempo dejé de prestarle atención. No podía concentrarme. Finalmente decidí desayunar algo en la cafetería. Pedí un café y un cruasán a la plancha.

El avión de Bukowski
Charles Bukowski, padre del realismo sucio norteamericano.

Las seis media. Vuelvo a Bukowski. Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones… No estaba tan mal como había pensado. Y me sorprendió, porque yo había visto alguna foto suya y pensé que era un escritor serio, y no digo que no lo sea, pero no en el sentido que esperaba. Un tipo interesante, francamente. Diría que, de no ser porque él bebía como un cosaco, fumaba, echaba tres o cuatro polvos por relato y había nacido unos cincuenta años antes que yo, seríamos almas gemelas. Su primera historia la leí de un tirón, y la segunda, y la tercera. De vez en cuando levantaba la vista y miraba mi reloj esperando que llegara la hora de subir al avión. Al parecer, los demás pasajeros no tenían pensado madrugar tanto como yo. Es curioso, me sentía nostálgico y sentimental, y, aunque acababa de cortar con mi chica, no había perdido el deseo de conocer a otra mujer que me hiciera sentir algo especial. Soñaba con la mujer de mi vida, hermosa, sensible, con clase. Esos eran mis pensamientos, mientras que mi amigo Bukowski sólo hablaba de “chochos, putas, vómitos, cárcel o manicomio”. No tenía problemas para encontrar a su mujer ideal, aunque sólo fuese para una hora. Tan solo debería reunir un requisito: abrirse de piernas mientras él le penetraba su cosa. ¡Menudo tipo! Todos mis relatos estaban impregnados de grandes dosis de ternura (supongo que por eso no gustaban a nadie), y él, sin embargo, cuantas más obscenidades escribía, más éxito obtenía. En la contraportada del libro le comparaban con autores como Hemingway. Esto me sorprendió, pero que fuese norteamericano, aún más. Había supuesto que sería polaco, tal vez húngaro, pero jamás americano (en verdad nació en Alemania, pero sus padres habían emigrado a América cuando él tenía sólo tres años). ¿Tendría algún significado en su lengua materna aquel nombre, Bukowski? Quizás “taxi”, o “barra de pan”, o “casa de citas”. Ahora me viene una imagen a la mente… Una mujer y un hombre, en una cafetería. Él se levanta y pide dos bukowskis. A los cinco minutos la camarera les sirve dos hamburguesas, con su carne, su beicon, sus pepinillos, su jamón york. ¡Toda una auténtica bukowski especial! Una de esas a las que cuando metes el cuchillo y el tenedor se desparraman por todos los lados, y si lleva un huevo a la plancha no te quiero ni contar. ¡Marchando una Bukowski especial sin queso! ¿No os cuadra la idea? (No me extraña que gente con tan poca imaginación no se enamore nunca.)

Aquellas eran mis divagaciones antes de subir al avión. Noté frío. Cuando me desperté, miré el reloj: 8,35. Evidentemente, se había marchado ya. ¡Y sin mí! ¡Qué falta de educación! Así soy yo: no duermo en toda la noche para no perder el avión, llego más de dos horas antes al aeropuerto, y luego me quedo en tierra. Lo que sentí cuando vi la hora fue algo irrepetible (espero). El mundo se me vino encima. Pero no me moví; ni corrí pidiendo información a ningún empleado del aeropuerto. Triste, pensé en Bea, mi madre, Chema, mi infancia, Goyo (¡en su madre, también!). Le hinqué el diente a una manzana que llevaba en el bolso, retomé el libro por donde lo había dejado y continué leyendo hasta el final. Cuando recogí mis maletas para abandonar el aeropuerto, la sala de espera estaba llena y faltaban tan sólo unos minutos para el siguiente avión hacia Londres. Allí estaba yo, o lo que quedaba de mí, un tipo que no estaba enamorado y que no valía ni para tomar un avión.

En mi defensa he de alegar que Bukowski me engañó. Se aprovechó de mi debilidad, de mi fragilidad espiritual. Me atrapó con la red de sus palabras y luego me empujó hacia el sueño, tal como lo hubiera hecho un gran prestidigitador. Iberia me vendió el billete para París, la ciudad del amor, donde se enamora hasta una batidora y los niños vienen volando del pico de una cigüeña envueltos en aroma a Coco Chanel. Pero la Aduana de Bukowski lo rechazó.

He leído que es un genio, que está a la altura de Céline y Charlie Parker, que influyó en numerosas películas, que creó un estilo… Pero para mí Bukowski es y será el malnacido que me hizo perder aquel dichoso avión con destino a la felicidad.

Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de blogs de literatura y corrección lingüística.

El cuento Sopa de pescado, grabado en podcast por un grupo de actores de doblaje

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