Cuento de Óscar Castro: Don Beño

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Escritor chileno Óscar Castro. Fuente de la imagen

Cuento de Óscar Castro: Don Beño

 

Si Cristo murió en la cru

con tres clabos solamente

¿cómo podré vibir yo

si me claba tanta jente?

 

Las letras del cartelito no se miran muy bien entre sí. Debe ser porque pertenecen a distinta familia. Mientras las “e” tiran a cursivas, las “l” y las “t” quieren caerse hacia la izquierda. De todas maneras, la advertencia luce bien en el boliche de don Beño. Está inscrita en un cartón de caja azucarera clavado sobre la estantería que se mantiene por costumbre de pie. El rojo y el azul se disputan, verso por medio, el espacio. Debajo de todo, como quedara un trozo en blanco, el pintor quiso figurar un par de clavos y le resultaron dos fémures cruzados.

En el boliche de don Beño hay de todo. Desde las escobas ensartadas en los barriles del maíz y los atados de cochayuyo, hasta las tiras de charqui colgadas en alambres para banquete de las moscas; desde las prietas de chancho y los broches de presión, hasta los aros de vidrio pintado “pa la novia”. También hay –así lo proclama afuera una pizarra desteñida– “chicha dulse de Doñihue resién yegada y chocolí blanco y tinto”.

Puede ser que don Beño tenga cuarenta y cinco años. También puede ocurrir que tenga sesenta. Hace quince que los parroquianos le conocen los mismos bigotes lacios y las mismas palabras gastadas. A sus espaldas la estantería ha ido envejeciendo. Hasta los cigarrillos y las botellas de cerveza parecen tener arrugas. Él, por contraste, prefirió quedarse igual. Tiene las manos grandotas y los ojos ladinos. Las primeras le sirven para hacerse respetar; los ojos, para que no se le vayan sin pagar los clientes.

El negocio está ubicado unos metros más acá de la vía férrea, límite municipal del pueblo. A una cuadra queda el cementerio. De la “línea” para allá, la calle, aburrida, opta por ser camino. No es mucha la diferencia: unas cuantas zarzamoras de más, y unos pocos chiquillos de menos. Por el camino de “El Trapiche” caen a la calle del Cementerio, los peones de los fundos próximos. Los sábados al anochecer, “lo de on Beño” se llena de parroquianos. Son muy pocos los que pueden resistir el aroma deleitoso de las sopaipillas y de los arrollados “calentitos” y picantes que el bolichero pone como una tentación sobre el mostrador en grandes fuentes de greda.

El día viernes es, generalmente, malo para el negocio Agotado el dinero de la semana, el vecindario no compra casi. Y las comadres que acuden allí traen muchas palabras y ninguna moneda.

Por eso es que ahora don Beño aguarda sin premura. A pesar de que los objetos apenas se divisan dentro del despacho, no ha encendido la lámpara de carburo. Espera que alguien entre para hacerlo. Mientras tanto, se ha acodado en un montón de sacos y mira los juegos de algunos rapaces en la calle terrosa. Sobre las cosas de afuera, caen los últimos fuegos de las nubes costeñas. Algunos murciélagos pasan ya, como telarañas volanderas. Las risas de los mocosos lavan el ambiente con un agua celeste y clara.

La paciencia de don Beño se prolonga, medio adormilada, sobre la espera. Un chiquillo entra a pedir un “atao de cigarros y un litro de chocolí a la cuenta del taita”. Lo despacha de mal humor y anota dos rayas en la ya larga lista de su cliente. No trabó nunca conocimiento con las matemáticas. Su contabilidad es un sistema de trazos cortos y largos, cuya clave es de su exclusiva propiedad.

A pesar del avisito en verso, el despachero abre créditos. Pero con límites y reticencias. Sabe que las deudas chicas no se pagan por insignificantes. Y las crecidas tampoco, porque en el barrio no hay gente rica… A veces fía por aburrimiento. Le cansa escuchar súplicas y lloriqueos de las vecinas:

“Este sinvergüenza’e mi marío, señor, por Dios, que no se le da niunita cosa por sus crías ni por naide. Too se lo toma, too lo bota por ahí con sus marditos amigos. Y lo pior es que abandona el trabajo y endespués no lo almiten más. Pero es inútil decirle ná, señor, porqu’está perdío y no le quea ni pizquita’e vergüenza. Ahora tengo a los chiquillos llorando de hambre…”, etc., etc.

“¡Qué diablos, toos tienen derecho a la vía!”, comenta después de cada rasgo de desprendimiento. “Y a lo mejor no sabe uno lo que le ha’e suceder mañana”.

La soledad y la noche penetran lentamente al negocio. Se sienten bien allí. Se vacían en el mostrador, en los sacos de papas, en los rincones más desconsolados de la pieza. Ayudan a los ratones en su tarea. Lustran el traje negro de las “baratas”. Permanecen allí hasta que el despachero se decide a arrojarlas fuera con la luz de la lámpara. Cuando la llama se alarga en forma de puñal, adquiriendo toda su intensidad, don Beño toma una revista grasienta y la hojea sin atención. Entonces, la calle empuja un hombre hacia la puerta.

La primera mirada del bolichero es de indiferencia para el visitante. Pero luego reacciona. La cara del hombre tiene una palidez de tiza. Una súplica inmensa se desborda de sus ojos. Da unos pasos y se apoya en lo primero que encuentra su mano: una barrica de maíz. Allí se queda, doblado, apretándose la parte baja del vientre.

–¡Ruperto! ¿Qué te pasa, hombre?

El recién llegado rompe el sufrimiento como una capa de hielo y en su rostro aflora una sonrisa desteñida, lamentable:

–Me fregaron, Beño. Vengo herío.

De dos trancos, el despachero se pone a su lado. Toma la mano izquierda del otro y quiere separársela del cuerpo. Pero está como soldada allí y no lo consigue.

–¿Es tajo?

–No…, balazo.

–¿Quién jué?

–Los pacos. Me traen cuspao. Escóndeme si querís librarme.

–Andale p’acá.

Lo conduce casi en vilo hasta la pieza contigua y lo sienta en su lecho. El forastero se agita un poco y aprieta las mandíbulas con fuerza para triturar los lamentos. Tendrá unos treinta y cinco años. Es todo músculos y huesos. El dolor le ha tallado las facciones a cuchillo. Sus pómulos, acusados con firmeza, tienen algo de cosa fríamente mineral e insensible. Pero sus ojos negros viven con ardorosa intensidad; allá, muy adentro de ellos, comienza a prender una hoguera de fiebre.

–Tengo sé, Beño; dame agua.

Don Beño le pone entre los dedos un vaso de aguardiente. El herido lo vacía de una vez, sin paladearlo, sin darse cuenta del fuego que cae a sus entrañas.

–¿Aónde te abrieron el boquete?

–Aquí.

El hombre retira lentamente su mano y aparece un hoyo negro cerca de la ingle derecha, por donde mana, sin premura, un líquido espeso y obscuro.

–¿Tenís aentro la bala?

–Sí. Parece que me topó en el güeso’e la caera.

–A ver, ábrete los pantalones.

–Anda primero a mirar si los perros me han perdío la güella.

Sale don Beño y regresa casi al instante:

–No, no hay ni un alma en la calle –informa. Y luego, interesado–: ¿Te pillaron en algo?

–No; es por el asunto’e la muert’el Vito, vos ya sabís. Me habían dejao tranquilo porque ni las habían parao siquiera; pero pillaron al Rocha y me vendió. ¡Puee ser que lo encuentre algún día pa enseñale a gente! ¡Chancho mal agradecío!

Mientras don Beño lava la herida del otro y la venda con un trozo sucio de camisa, desanda los años caminados hasta esa noche y se encuentra con Ruperto en un camino solitario. Están los dos agazapados entre la zarzamora, conversando en voz baja. Los une el odio y la ambición. Aguardan a un hombre. Han saltado los cercos de la ley para vengarse. El hombre que esperan es un “delgao’e verijas”, un “chupa”, un traidor. De aquello hace más de quince años. Pero don Beño tiene tatuada a fuego la escena en su imaginación. El “chupa” asomó en el camino. Venía de las minas. Traía su buena “billetá” en los bolsillos, porque era día de pago. Dos cuchillos cortaron la sombra y buscaron la espalda del caminante. Allí se quedó tendido “sin decir Jesús”. Nunca se supo quién lo había muerto. Con el producto de aquel golpe, y pasado un tiempo prudencial, don Beño instaló el boliche que ahora tiene. Ruperto, el compañero, siguió su vida. Hacía sus buenos años que no asomaba por allí. Y ahora…

–Pero ¿juiste vos entonces el que dio güelt’al Vito?

–No, cumpa; jue mi cuchillo. Solito vino a ensartarse el barbeta… Teníamos cuentas viejas. Y vos sabís, yo les doy soga no más; pero un día vienen aonde yo’stoy sin que los llame…

El despachero interrumpe su tarea para echar otro vistazo a la calle. En el mismo instante en que llega a la puerta, dos caballos se paran frente a ella. Hay un ruido de sables, y dos carabineros se desmontan sin decir palabra.

–Güenas noches, on Beño.

–Güenas, sargento.

–¿Qué le parece el friecito?

–Algo empalaora está la noche, pues sargento.

–¿Qué novedades tiene por aquí?

–Niuna. Usté sabe que por aquí raras veces hay cosas nuevas.

Mientras habla, el sargento González ha entrado en el boliche. Mira con disimulo a todas partes. Tras él penetra su otro acompañante.

–¿Quiere servise un trago, sargento?

–No. No’stoy pa’ esas cosas, on Beño. Vengo detrás de un zorro correorazo que agarró pa’ estos laos.

–¿Alguno qu’estaba metiendo rosca por ey?

–No, se trata de un gallo de cuidao. Venimos siguiendo al Rupa; ¿lo conoce?

–El Rupa…, el Rupa… ¿Será por casualidá uno grande, flaco, tirao a crespo?

–Ese mismo. ¿No ha venío por aquí?

–Tiempo atrás’tuvo con unos amigos, sargento.

–¡Ah! ¿Y no ha güelto?

–No. Creí que se había largao pa las minas. ¿Ha cometío alguna fechoría?

–¿Una? Una docena, diga mejor. Es roto malo sin güelta ése.

–Pa que vea. ¡Quién lo hubiera pensao, con la carit’e santo que se gastaba! La pura verdá que no hay que confiar en nadie, sargento.

Don Beño se ha ubicado estratégicamente entre el mostrador y la puerta que comunica con su habitación. Su asombro y sus palabras tienen una naturalidad absoluta. Habla fuerte para prevenir a su amigo. Pronuncia muchas veces la palabra “sargento”, a fin de que el otro se dé cuenta… Está presente en el despacho, pero con el oído conectado hacia el cuarto vecino. Es éste un sentido independiente de los demás. Lo aprendió a usar en otros tiempos, cuando su vida dependía de un rumor…

–Güeno, on Beño, dejémonos de pamplinas. Un chiquillo me dijo ahí en l’esquina qu’el Rupa se había metío aquí. Tengo que registrarle la casa.

–¿Cómo dice? ¿Que v’a registrame mis cosas pa ver si el bandío ése se ha colao puaquí sin que yo lo haiga visto? ¿También es brujo el mentao Rupa?

–L’estoy hablando formal, mi amigo. Tengo que cumplir mi deber.

–¡Ta güeno, sargento! ¿Así es que se figura que yo lo tengo escondío?

–Yo no pienso ná. Me dijeron eso y… ¡qué vamos’hacerle !

–¡Bien no más! Registre entonces, pues sargento. Cuando l’autoridá manda, tiene uno que agachar la cabeza no más. Pero me duele, porque yo lo creía mi amigo a usté, sargento. Siempre lo hey atendío como púe. Llevo quince años aquí y nunca hey tenío ná que ver con la justicia. ¡Tengo bien limpiecita mi frente, gracias a Dios!

El sargento González encoge los hombros y hace una seña a su subordinado:

–Por aquí vamos a comenzar.

Señala con un gesto la puerta que hay a la espalda de don Beño y avanza. Instintivamente el bolichero echa una mirada al mostrador. Allí hay un cuchillo que durante quince años ha cortado perniles y arrollados. Pero ese cuchillo conoció tiempo atrás el sabor de la sangre humana. Puede que lo haya olvidado ya y necesite recordarlo ahora…

Toma el arma y la desliza rápidamente bajo sus ropas. El sargento, la carabina preparada, ha abierto la puerta de un solo golpe, y antes de penetrar, echa una mirada rápida hacia todos los ángulos. Don Beño contiene la respiración, Inconscientemente aprieta el mango del cuchillo. Un movimiento brusco del policía, y él entrará en acción. Pero no es necesario. El sargento escudriña por todas partes y no encuentra nada.

Sin volverse hacia don Beño, le interroga:

–¿Y esta otra puerta, a dónde da?

–Al patio, sargento.

De una hojeada, don Beño ha dominado todo el cuarto. El corazón se le descarga un poco. Ruperto ha tenido la suficiente presencia de ánimo para borrar todas sus huellas antes de huir. De pronto, su mano va de nuevo al cuchillo. En el borde de la cama hay una mancha de sangre. El sargento la divisa al mismo tiempo que él. Vuelve sus ojos hacia el dueño de casa: encuentra su cara inmutable.

–¿Y esta sangre on Beño?

Entonces las facciones del bolichero se revisten de una picardía infinita, y responde con voz insinuante y entera:

–¡Tan amigo’e meterse en vías ajenas que lo han de ver, sargento!…

Es tanta la impudicia, tan picante el tono y tanta la gracia con que don Beño ha pronunciado las palabras, que los dos carabineros rompen a reír al unísono.

El sargento González hace entonces un guiño de complicidad, palmotea el hombro del bolichero y le dice todavía riendo, al salir:

–¡Lo aniñao no se le v’a quitar nunca al viejo éste!

La narrativa pueblerina y rural de Óscar Castro

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