El Diario Down: Un mastín con el síndrome de Down

 

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Betty. Fotografía: Francisco Rodríguez Criado

El Diario Down: Un mastín con el síndrome de Down

En el parque, converso con una chica sobre nuestros perros. Ella tiene un mastín blanco que hace buenas migas con Betty, quizá porque comparten edad, raza y aptitudes (o más bien negligencias) similares.

–Colette –me cuenta su propietaria– no es muy lista. Es algo torpe y lenta de reflejos. Como dice ni novio: parece que tiene el síndrome de Down.

–Mi hijo tiene el síndrome Down –digo asépticamente.

La chica me mira a los ojos y durante un par de segundos no sabe qué decir. Es un momento pletórico.

Volvemos a la carga: médicos y papeleos. Vacunas, revisiones médicas, informes, recetas… La pediatra le quita importancia al catarro del niño. Se acabará yendo, asegura. (Ay, eso nos dijeron los políticos de la crisis hace un par de milenios, y ahí sigue, haciendo estragos a este sufrido país, igualmente acatarrado y lleno de mocos).

En cuanto escucha el ascensor, Betty comienza a ladrar compulsivamente. A cada día su afán, y el suyo –el de todos los días– es ladrar. Se ha arrogado la misión de defender la casa de invisibles atracadores. Para solucionar el problema, le he comprado un collar antiladridos que le da pequeñas descargas cuando los ladridos suben de tono. De poco sirve: su instinto es más fuerte que el castigo. Pero, como tampoco es masoquista, lo que hace cuando escucha los supuestos tambores que auguran peligro (el ascensor, la vecina que saca de paseo a su galga, el empleado de la empresa de gas que toca el timbre porque viene a revisar el contador) es ladrar bajito, muy bajito. Así, Betty sigue protegiendo la casa al tiempo que evita la descarga del collar.

(Ladrar bajito no es mala forma de ir por la vida).

Hemos visitado a un otorrino para que le eche un vistazo a Francisco, que apenas puede dormir por la noche, congestionado por el catarro. Es una clínica de alto postín, ubicada en una calle muy conocida de la ciudad. Nos atiende el propietario de la clínica, un doctor que es toda una eminencia en su campo (Operó a un amigo mío y ahí sigue: vivo).

–Decidme –nos anima a hablar, pertrechado en su sabiduría de hombre de éxito.

–El niño tiene muchos mocos.

(¡He aquí otro momento pletórico!).

El doctor nos mira mohíno. Por su expresión me recuerda al doctor House, el gran especialista en las enfermedades más raras del mundo, cuando le castigan haciendo guardia y tiene que dedicarse a curar una otitis o una alergia. En fin, peccata minuta.

–Ay, los mocos… Es más fácil hacer una operación de laringe que quitar los mocos -nos dice.

(Este escueto pie de diálogo podría ser el de un galeno de obra Shakespeare).

Reviso todos los documentos que debo entregar para solicitar la Ley de Dependencia. (“Deber”, “solicitar”, “entregar”… Esto es lo que más me fastidia de la burocracia: la abundancia de verbos).

Pero qué demonios: mi futuro próximo está ya escrito. Iré a la oficina y me dirán que falta algún documento. Siempre lo hacen. En la vida, como en las oficinas del Estado, siempre falta algo que anula todo lo demás. Yo llevo todos mis papeles, y luego resulta que “todos” es insuficiente. El síndrome de Down es una alteración cromosómica y un laberinto burocrático. Pero hay que ser fuerte y no bajar los brazos. El objetivo es conseguir que el niño viva lo más feliz posible y que su padre no se vuelva loco en el intento. ¿Pero por qué es necesario entregar documentos en la administración pública si todo está informatizado? Te tiras un pedo (con perdón) y a los quince minutos recibes un correo electrónico con publicidad de medicamentos anti-flatulencia. Vivimos en un Gran Hermano… solo para lo malo.

Bien, la respuesta es fácil: si piden tantos documentos es para complicarles la vida a unos padres que ya la tienen de por sí bastante complicada.

Durante la cena, le cuento a Madre Coraje el episodio del mastín con el síndrome de Down.

–¡Y le has dicho que tenemos un bebé con el síndrome de Down!

–Sí, se lo he dicho.

–¡No me lo puedo creer! ¿Cómo haces esas cosas? La chica se habrá sentido fatal.

–Yo no me he enfadado en ningún momento. Me he limitado a darle información –me defiendo, el rabo entre las patas, las orejas gachas.

–Una información que le habrá hecho sentirse fatal. Pobre muchacha.

–Su ejemplo no fue muy bueno que digamos.

–Eso da igual. Ella no sabía que tú tenías un niño con el síndrome de Down.

–Ahora lo sabe.

–¡Mala persona! –protesta Madre Coraje. Pero disimuladamente sonríe.

A la una de la mañana, hace frío en el parque. O fresco, como diría Jaime, otro amigo perruno que suele pasear a su perro labrador. Es un tipo alto y fuerte a quien le gusta jactarse de lo bien que soporta las bajas temperaturas. Pero su fortaleza ante el frío no me impresiona: a mí me gustan las personas débiles (como yo). Los débiles somos los grandes pilares sobre los que se apoya este pesado mundo.

En fin, él dirá lo que quiera, pero en la calle hace un frío del carajo. Bien mirado, llevo toda la vida pasando frío. Desde que abandoné la placenta materna, no he hecho otra cosa que pasar frío, mucho frío.

Pero a lo que iba: estoy en el parque a la una de la madrugada. Para sortear las bajas temperaturas y los bajos pensamientos, le lanzo una pelota a Betty y a Vilma, que corren locas por hacerse con ella. Al otro lado del parque, un inmenso Rottweiler, una suerte de orco de El Señor de los Anillos, ladra furiosamente para asustar a los fantasmas de la noche.

Intimidado por su oscura presencia, ato a las perras y regreso a casa.

Quiero darle un beso a Francisco y ladrarle bajito (otro momento sublime, el más sublime de todos) que él no se parece a ningún mastín y que me encanta su cromosoma de más.

 

francisco rodriguezFrancisco Rodríguez Criado: escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. 

 

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