Entrevistas en la mochila: Manuel Neila

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Manuel Neila, entrevistas en la mochila, Editorial Renacimiento
Manuel Neila firmando libros. Fotografía: Gloria Díez

 

ENTREVISTAS EN LA MOCHILA, por Gloria Díez

¿Tiene un minuto..? Me parece que llevo unas preguntas en la mochila.

Hoy con Manuel Neila

Dicen que Manuel Neila es un poeta “cauteloso” y lo es. No busquen en sus poemas confidencias, ni historias, porque no las prodiga. Lo suyo es la alusión, la búsqueda y sobre todo la luz, (“la claridad acoge las fábulas del tiempo”, dice). Una luz que le hermana con el gran Claudio Rodríguez. Como él, Manuel Neila quiere ser “voz de las cosas”.

Aunque Manuel nació en Cáceres, Asturias le crio entre verdes y nieblas. Filólogo, traductor, poeta, profesor, Neila acaba de publicar en la editorial Renacimiento El camino original, una antología con prólogo de Luis Alberto de Cuenca, que recoge poemas de los libros escritos entre 1980 y 2012.

Esta entrevista tuvo lugar en Madrid, en la cafetería del Círculo de Bellas Artes. Al fondo, perdidas en un cuadro, impasibles, desnudas, dos mujeres sestean.

 

-Habla Luis Alberto de Cuenca de “la logia mayor de la poesía contemporánea”. Si los poetas se reunieran en una logia, ¿qué se buscaría en ella? ¿El conocimiento, la belleza o, simplemente, los laureles?

-Bueno, la expresión de Luis Alberto a mí me chocó. Por una parte creí que era excesiva, pero, por otra parte, como él tiene esa propensión hacia lo medieval lo entendí como natural.

 

-El término evoca las logias masónicas, el conocimiento, el secreto.

-Sí, pero se utiliza también para otro tipo de logias, no solamente para la masónica. Me siento cerca de lo que dice Luis Alberto, pero en otro sentido. Creo que la poesía es un concierto de voces, es una orquesta y si los poetas son buenos, se armonizan. Por eso uno puede admirar a Vicente Aleixandre y a Cernuda. Supongo que la “logia” de la que habla Luis Alberto es ese coro de voces que interpretan una melodía, la melodía de la vida. En la melodía de la vida hay un “solo” de pensamiento, un “solo” de sentimiento y otro “solo” de ética, que, por cierto, usted no ha nombrado. Digamos que hay tres pivotes sobre los que se mueve el pensamiento humano cuando es ambicioso: el conocimiento, la belleza y la ética. Habría que echar mano de los tres y ponerlos a funcionar al unísono.

 

-Bien, replanteo la pregunta, porque creo que usted se me “escapa”. ¿Los poetas buscarían antes el conocimiento, la belleza o la gloria?

-Hay poetas que buscan la exhibición, hay poetas que buscan el conocimiento y otros que buscan la belleza.

 

-¿Van unidos la belleza y el conocimiento?

-Yo creo que no, de hecho, cuando uno de los tres elementos de los que hablamos adquiere un volumen más grande, puede llegar a ocultar a los otros dos. Eso no es lo mejor que puede suceder, por eso hay que armonizar el conocimiento con la belleza y con el comportamiento o la moral.

 

-Le voy a dar tres nombres: Dámaso Alonso. Claudio Rodríguez y Gerardo Diego. ¿Con quién se queda?

-Por este orden: Claudio Rodríguez, Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Claudio Rodríguez tiene un aparato conceptual menor que el de Dámaso Alonso, pero, en cambio, tiene una impronta poética que Dámaso no tiene. Claudio tiene una “ingenuidad poética”, podríamos decir, que no tienen los otros dos. Dámaso Alonso es una persona con un conocimiento de la Literatura enorme, y, además, Hijos de la ira es uno de los grandes libros del siglo XX. En cierto sentido, quizá lo que predomina en él es lo ético, sobre lo poético y sobre el conocimiento. (Manuel Neila se detiene un momento antes de continuar). En cambio, Claudio Rodríguez administra el sentimiento de compasión por la condición humana, la belleza de la mirada, (porque la belleza reside en la mirada) y el conocimiento profundo de la vida. Yo creo que hay más sabiduría profunda en Claudio que en Dámaso. Y la verdad es que Gerardo Diego, es un poeta al que me ha costado trabajo llegar… es demasiados poetas a la vez, es un poeta experimental, vanguardista, y también un poeta clásico, es un poeta, a veces, colegial, yo le veo a él solo como a una pequeña orquesta de cámara. No tengo una imagen suya tan perfilada como la de Claudio Rodríguez.

 

-¿Podría decirse que en su obra hay “trazas” de alguno de ellos? En concreto, ¿hay huellas de Claudio Rodríguez?

-Sí, sin ninguna duda. A Claudio Rodríguez lo he leído y releído y continúo leyéndolo, porque a Claudio Rodríguez no lo lees, a Claudio Rodríguez, lo piensas, lo sientes. No he querido seguir su estela, he intentado adaptar a mi voz algunos aspectos de su voz. O, al menos, he intentado educar mi voz en algunos aspectos en los que Claudio es un indiscutible maestro: esa pureza, esa perfección, esa mirada sin dueño, o que no quieren tener dueño, para mirar libremente. En ese sentido, sí, Claudio Rodríguez me ha influido.

 

-Comparte usted algunas palabras “claves” con él: la luz, el raso, la intemperie. ¿Son restos de una infancia campesina? ¿O es una forma de visión común?

Si pensamos en el poeta dentro de un paisaje, un paisaje con figura, yo me situaría dentro de uno de esos que se ven en toda la zona de Castilla. Yo los veía desde el tren, cuando “subía” desde Extremadura a Asturias y se me ha quedado grabada la cúpula de cristal que es el cielo castellano y la nimiedad del hombre bajo ese cielo azul. Realmente sí, estoy en su mundo, y cuando estás en su mundo hay cosas, palabras…

 

-En sus poemas predominan los versos de 11 y 7 sílabas ¿Esa es su métrica? ¿Su música?

-Cuando tenía unos diecisiete años, leí a uno de los poetas “novísimos”, que decía: “Ya está bien del endecasílabo, y del heptasílabo, hay que salir de ahí”. Supongo que se refería a “derramarse” en el verso libre. Efectivamente, el verso libre tiene un ritmo distinto al del endecasílabo y el heptasílabo,  pero yo creo  que mi música estaría en esa combinación de heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos. Decía Juan Ramón Jiménez que el idioma español “habla” en octosílabos, y que el primer capítulo del Quijote comienza en octosílabos. Sin embargo en mi caso, quizá por influencia lectora de los clásicos, ha tenido más influencia el endecasílabo y heptasílabo.

-Dígame, ¿en su poema ocurre algo alguna vez? Porque la anécdota se diluye, usted no se confiesa nunca.

-Bueno, alguna ocasión hay…

-De acuerdo… en alguna ocasión.

-Hay dos o tres poemas en los que sí hay una pequeña historia detrás, pero son los menos, efectivamente.

-Son la excepción, no la regla.

-La regla es que no desarrollo historias dentro del poema, desarrollo impresiones, sugestiones, momentos, yendo un poco a lo cursi, “epifanías”. Tiendo más a la epifanía que al discurso, aunque, últimamente, me estoy abriendo más a lo narrativo.

El camino original, Manuel Neila, Renacimiento
El camino original, de Manuel Neila. Renacimiento, 2014

-Cambiado de asunto, su antología se titula El Camino Original. ¿El camino original, tiene que ver con el origen o con la originalidad? En usted, sospecho que con ambos.

-Es que no hay originalidad sin recurso al origen, es más, creo que la mayor originalidad está en la exploración de los orígenes. La originalidad de Alejo Carpentier, ese “viaje a la semilla”, que hace también García Márquez, lo demás son elucubraciones, son enredos. Lo verdaderamente “original” y etimológicamente la palabra nos lleva a origen, está en los orígenes de cada uno.

 

-Le gusta sacar todo el partido a las palabras, que brillen con distinta luz. Y esto es especialmente visible en sus aforismos. 

-Sí, generalmente se escribe sin conciencia del lenguaje, pero hacerlo con la mayor precisión posible, es lo que se les exige a los poetas y a los escritores, para que el lector no pierda el tiempo con hojarasca. Yo creo que en mi poesía y en mi obra aforística hay una “aquilatación” del lenguaje, pero eso no quiere decir que rebusque las palabras, que ponga las palabras más difíciles, o más sonoras. Creo que buscar la palabra exacta es todo lo contrario de buscar la palabra deslumbrante. La palabra exacta, a veces, es una palabra sencilla, una palabra del pueblo, que te retrotrae a la infancia, a los abuelos, pero es una palabra con brillo propio. El defecto del escritor cuando comienza, es buscar lo difícil, los conceptos extraños, porque uno busca lo que ignora y entonces,  esas palabras extrañas que acabas de aprender son las que quieres poner en circulación. Luego, vas soltando ese lastre y te das cuenta de que la palabra aquilatada, es la palabra exacta, la palabra justa y no la otra, no la palabra brillante, no la palabra de exhibición.

 

-Hablemos del tiempo. Un verso suyo lo resume: “El dolor del ser y el existir entre el nunca y el siempre todavía”.

-Estos dos adverbios son fundamentales en el hombre, el nunca encierra aquello que jamás vas a poder conseguir, pero que puedes añorar, anhelar, y en el siempre tenemos todo nuestro pasado y todo nuestro futuro. El “siempre” y el “nunca” son absolutos. Un náufrago entre el siempre y el nunca podría ser una definición del hombre.

 

-Usted debe caminar “mirando sin aliento”. ¿Qué aprende de la naturaleza?

-Cuando uno va por la naturaleza… esto se siente más en algunos lugares, en el desierto y en la montaña, pero también en las eras de Castilla, sientes que no eres más que eso, los órganos, los ojos, los oídos de la naturaleza, pero luego, puedes escribirlo, y eso no puede hacerlo la naturaleza, lo hace el hombre. Estás en un lugar y das testimonio de ese lugar. Lo realmente maravilloso es sentir como tú eres los oídos, los ojos, el tacto de la propia naturaleza, que a través de ti, tiene conciencia de sí misma, además de los ojos o los oídos, eres también su conciencia.

 

 

El Camino Original (Antología poética, 1980-2012). Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Renacimiento. Sevilla. 2014

Otras entrevistas en la mochila. 

[/vc_column_text][vc_message color=”alert-info” style=”rounded”]Poeta, Manuel Neila

Manuel Neila Lumeras (Hervás, Cáceres, 1950) es poeta, crítico y traductor. Su obra poética incluye: Clamor de lo incesante (1978), Las líneas de la vida (1996), Cantos de Frontera (2003), Huésped de la Vida. Poesía 1980-2005 (2005) y El camino original. (Antología poética 1980-2012). Es autor de dos libros de aforismos: El silencio roto (1998) y Pensamientos de intemperie (2012) Entre sus traducciones destacan las de Nerval y Baudelaire.

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