Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “A la deriva”, de Horacio Quiroga

En 1999 la editorial Alfaguara hizo una encuesta entre escritores y críticos para que eligieran cuál era el mejor cuento argentino del siglo XX. “A la deriva”, de Horacio Quiroga, quedó en la octava posición.
Os ofrezco el cuento y, al final, un comentario del profesor Miguel Díez R.

Cuento de Horacio Quiroga: A la deriva

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración…
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves…
Y cesó de respirar.
 

 

Comentario del cuento “A la deriva”, de Horacio Quiroga

Además de excelente autor de cuentos, Horacio Quiroga fue también un importante teórico sobre este breve género literario. Es muy conocido su “Decálogo del perfecto cuentista”, cuyo quinto mandamiento dice: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. Y en un famoso texto de su artículo “Ante el tribunal” anota: “El cuento es, para el fin que le es intrínseco, una flecha que, cuidadosamente apuntada, parte del arco para ir a dar en el blanco. Cuantas mariposas trataran de posarse sobre ella para adornar su vuelo, no conseguirían sino entorpecerlo”.

Muchos de los cuentos de Quiroga tienen como tema principal la muerte, que cruza de cabo a rabo toda su narrativa, tal vez porque la vivió y sufrió muy de cerca en una cadena interminable de desgracias violentas de familiares y amigos.


La provincia argentina de Misiones es una región multifronteriza que limita con Paraguay, Uruguay y Brasil y allí, en donde el autor vivió gran parte de su vida, empezó a escribir desde 1912 los que llamó “Cuentos del Monte”, cuyos mejores relatos tienen como tema principal la muerte trágica, resultado de la lucha del hombre con el medio natural de la selva y el río Paraná. En esta selva y en este río se desarrolla el cuento “A la deriva”, una huida vertiginosa de la muerte y el inexorable encuentro con ella en “la tercera orilla del río” de la que nunca se puede volver, como en el cuento del brasileño Joao Guimaraes Rosa, también incluido en Narrativa Breve.

Algunos de los valores narrativos de este escritor de cuentos uruguayo-argentino se encuentran en este relato de merecida fama por la intensa brevedad, la pintura de personas, paisajes y situaciones con certeza y deslumbrante rapidez, el manejo del suspense como elemento motor de lo inevitable y el final que cierra tajantemente la narración. Pues bien, esto es lo que sucede desde el comienzo hasta el final en “A la deriva”, un cuento perfectamente planificado en el que nada sobra y nada falta. El lector avanza al mismo ritmo acelerado de los sucesos, llevado de la mano del autor e identificado con el protagonista hasta que en la última línea, y con sólo cuatro palabras, se informa indirectamente de lo que ha sucedido.

En un magnífico comentario (Horacio Quiroga, narrador americano, San Juan de Puerto Rico, Cordillera, 1963, págs. 88-91), que resumo a continuación, M.A. Feliciano Fabre señala la excelencia de este cuento entre los de su autor y lo califica como uno de los mejores ejemplos del género en las letras hispanoamericanas, porque es realmente una obra maestra de brevedad e intensidad. El tema es, de una manera muy general, la muerte y, visto más específicamente, la lucha inútil del hombre ante las fuerzas naturales, a través de uno de sus peligros mayores: la mordedura de una víbora.

Al igual que “El hombre muerto” –otro de los mejores cuentos de Quiroga-, es un cuento eminentemente dramático. Todos los elementos (narración de incidentes, personajes, diálogo, descripciones) responden a la necesidad de intensificar la acción concentrada en un hecho único y fundamental: el intento desesperado del hombre por salvarse de la muerte. Igualmente, la brevedad del cuento, así como su estilo preciso, directo, en el que cada palabra denota el pensamiento o la acción con la mayor exactitud, responden cabalmente a este tipo de narración.

La estructura es excelente. El cuento tiene una línea de acción doble. Por una parte, la descripción de las reacciones físicas provocadas por el efecto del veneno de la víbora; por la otra, la lucha del hombre por no dejarse morir. Ambas líneas, a modo de contrapunto, llevan progresivamente la acción hasta el final sin que se permita distracción alguna.

El ambiente del cuento está creado con acierto por las descripciones de la naturaleza (las precisas en todo instante), y por la sobriedad de la prosa, que contribuye a dotar al cuento de la mayor efectividad. El autor, atento como está al desarrollo dramático del asunto, cuando recurre a la descripción, como es el caso de la del río Paraná -la más extensa del cuento-, nunca se excede y, además la utiliza como un recurso adicional para la creación de atmósfera. Nótese, al efecto, en esa descripción, el empleo de términos y frases que acentúan el presagio de muerte cercana: “fúnebremente”, “eterna muralla lúgubre”, “silencio de muerte”, “sombría”…

Otro breve apunte sobre la naturaleza, muy hermoso, corresponde al momento en que el hombre moribundo se siente invadido por una sensación de bienestar. La belleza de la corta descripción, en vez de debilitar la acción dramática, se enlaza con ella al intensificar la sensación de placidez y bienestar que experimenta el hombre.

Me parece, asimismo, que el final del cuento es de sumo acierto. No es una sorpresa; lo esperamos así si nos atenemos a la lógica del asunto y a la atmósfera  que crea el autor. Pero Quiroga hace resaltar la nota dramática al concluir el relato con una caída fuerte del telón, con una frase cortante y de gran efecto. Todo el final se resume brevemente, sin que ningún apunte adicional desvíe en modo alguno la intensidad dramática de la acción.

Miguel Díez R.

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Cuento de Horacio Quiroga: El almohadón de plumas

 

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