Cuento breve recomendado: El cerezo de la nodriza

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El cerezo de la nodriza, leyenda japonesa
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El relato  “El  Cerezo de la Nodriza” –recopilado por el escritor  grecoirlandés nacionalizado japonés Lafcadio Hearn (1850-1904) en el libro Kwaidan, pronunciado kaidan, que es el nombre generalizado de los cuentos fantásticos y de terror japoneses– es una leyenda que me ha estremecido como pocas y, sin exagerar, me ha causado verdaderos escalofríos

Por cierto, una variante de esta misma leyenda también está incluida en el libro Kwaidan, con el título “Juuroku-zakura”, “El Cerezo del Día Decimosexto”.  En esta versión de la historia, es un anciano samurai de la provincia de Iyô quien  ofrece su propia vida mediante el ritual del Seppuku –la palabra que se utiliza comúnmente en Japón para denominar lo que nosotros conocemos como “harakiri–  para que el querido cerezo bajo el que jugaba en su niñez y que ya estaba marchitándose pudiera recuperar su esplendor. El espíritu del samurái entró en el cerezo, y desde entonces el árbol siguió floreciendo en el día decimosexto del mes primero cada año.

Según Lafcadio Hearn, este ritual de “transferir la propia vida” a cambio de la de otra persona, como sucede en la historia de la nodriza, o la de un árbol, como en la del samurai, o la de cualquier otra criatura, se denomina en japonés migawari ni tatsu, “actuar como sustituto” por intercesión de los dioses.

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EL CEREZO DE LA NODRIZA (Leyenda Japonesa)

Hace trescientos años, en la aldea de Asamimura, distrito de Onsengôri, provincia de Iyô, vivía un buen hombre llamado Tokubei. Este Tokubei era la persona más rica del distrito y el jefe de la aldea. La suerte le sonreía en muchos aspectos, pero alcanzó los cuarenta años de edad sin conocer la felicidad de ser padre. Afligidos por la esterilidad de su matrimonio, él y su esposa elevaron muchas plegarias a la diosa Fudô-myô-ô, que tenía en Asamimura un famoso templo, llamado Saihôji.

Fudô no desatendió sus plegarias, y al cabo de un tiempo la mujer de Tokubei dio a luz a una preciosa niña a la que llamaron O-Tsuyu. No obstante, como la leche de la madre era deficiente, tuvieron que contratar a una nodriza, llamada O-Sodé, para que alimentara a la pequeña.

Pasaron los años, y O-Tsuyu se convirtió en una hermosa muchacha. Por desgracia, a los quince años cayó gravemente enferma y los médicos juzgaron inevitable su muerte. La nodriza O-Sodé, que amaba a O-Tsuyu con auténtico amor materno, fue entonces al templo Saihôji y fervorosamente rogó a la diosa Fudô por la salud de la niña. Todos los días, durante dos semanas, acudió al templo y oró a la diosa; al cabo de ese lapso, O-Tsuyu se recuperó súbita y totalmente.

Hubo, pues, gran regocijo en casa de Tokubei, el cual decidió dar una gran fiesta para celebrar el feliz acontecimiento. Pero en la noche de la fiesta, O-Sodé cayó súbitamente enferma, y a la mañana siguiente, el médico que había acudido a atenderla anunció que la nodriza agonizaba.

Abrumada por la pena, la familia se congregó alrededor del lecho de la moribunda para despedirla. Pero ella les dijo:

–Es hora de que os diga algo que ignoráis. Mis plegarias han sido escuchadas. Solicité a Fudô-sama que me permitiera morir en lugar de O-Tsuyu, y la diosa me ha otorgado este favor. Por tanto, no debéis apenaros por mi muerte. Pero quisiera pediros algo: le prometí a Fudô-sama que si me concedía mi petición, haría plantar un cerezo en el jardín de Saihôji, en señal de gratitud y conmemoración. Yo no podré plantarlo con mis propias manos, así que os ruego que lo hagáis vosotros en mi lugar. Adiós, amigos míos, y recordad que me alegro poder morir en lugar de O-Tsuyu.

Después de los funerales de O-Sodé, los padres de O-Tsuyu plantaron un joven cerezo, el mejor que pudieron encontrar, en el jardín de Saihôhi. El árbol creció sano, y el día decimosexto del mes segundo del año siguiente, el aniversario de la muerte de O-Sodé, se cubrió maravillosamente de flores. Continuó dándolas durante doscientos cincuenta y cuatro años, siempre en el día decimosexto del mes segundo; y esas flores, blancas y rosadas, eran semejantes al pezón del pecho femenino y parecían rezumar leche. Y por eso la gente llamó a ese árbol  Uba-zakura, el Cerezo de la Nodriza.

Lafcadio Hearn, Kwaidan,  trad. Carlos Gardini, Madrid, Ediciones Siruela, 1989.

 

LA HISTORIA DE O-TEI. Cuento fantástico japonés)

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