Cuento de José Mancisidor: Mejor que perros

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Cuento de José Mancisidor: Mejor que perros

La noche se nos había venido encima de golpe. El coronel ordenó hacer alto y pernoctar sobre el elevado picacho de la intrincada serranía. Por valles y colinas y en el fondo de cercano barranco, disparos aislados acosaban a los dispersos. A mi lado, los prisioneros, arrebujados en sus tilmas, dejaban al descubierto los ojos negros y expresivos que se extraviaban en insondables lejanías.

Una racha de viento helado sacudió mi cuerpo y un lúgubre aullido hizo crujir entre mis dientes la hoja del cigarro.

El coronel, mirándome con fijeza, me preguntó:


―¿Cuántos muchachos le faltan?

Llamé al oficial subalterno, le di órdenes de pasar lista y quedé nuevamente de pie, sobre la cúspide pronunciada de la sierra, como un punto luminoso en la impenetrable oscuridad de la noche.

El coronel volvió a llamarme. Me hizo tomar un trago de alcohol y me ordenó:

―Mañana, a primera hora, fusile a los prisioneros…

Luego, sordo al cansancio de la jornada, me recomendó:

―Examínelos primero. Vea qué descubre sobre los planes del enemigo.

A poco rato, el coronel roncaba de cara al cielo, en el que una luna pálida trataba de descubrirnos.

Los prisioneros seguían ahí, sin cerrar los ojos, sumidos en un hermetismo profundo que se ahogaba en el dramático silencio de la noche.

Encima de nuestras cabezas pasaba el cantar del viento y tenue, muy tenue, el susurrar de los montes que murmuraban algo que yo no podía comprender.

Se avivaron los rescoldos de la lumbre y los ojos de los prisioneros brillaron en un relámpago fugaz. Me senté junto a ellos y brindándoles hoja y tabaco, les hablé, con el tono fingido de un amigo, de cosas intrascendentes.

Mi voz, a través del murmullo de los montes, era un murmullo también. Brotaba suave, trémula por la fatiga y parecía dotada de honda sinceridad.

Los prisioneros me miraban sin verme. Fijaban su vista hacia donde yo estaba para resbalarla sobre mi cabeza y hundirla allá, en las moles espesas de la abrupta serranía. De sus ojos como aristas aceradas, surgía una luz viva y penetrante.

―¿Por qué pelean? ―aventuré sin obtener respuesta.

El silencio se hizo más grave aún, casi enojoso.

Me enderecé de un salto, llegué hasta el coronel y apoderándome de la botella que antes me brindara, la pasé a los prisioneros invitándolos a beber. Dos de ellos se negaron a hacerlo, pero el otro, temblándole el brazo, se apresuró a aceptar. Después se limpió la boca con el dorso de la mano sucia y me dirigió un gesto amargo que quiso ser una sonrisa.

Volví a sentarme junto a los hombres como esfinges, y obedeciendo a un impulso inexplicable, les hablé de mí. De mi niñez, de mi juventud que se deslizaba en la lucha armada, y de un sueño que en mis años infantiles había sido como mi compañero inseparable.

A veces tenía la impresión de locura. De hablar conmigo mismo y de estar frente a mi propia sombra, descompuesta en múltiples sombras bajo la vaga luz de la luna que huía entre montañas de nubes. Y olvidado de mis oyentes continuaba hablando, más para mí que para ellos, de aquello que de niño tanto había amado.

De repente una voz melodiosa vibró a mi lado y calle sorprendido de escuchar otra voz que no fuera la mía.

El más joven de los prisioneros, aquél que había aceptado la botella, con mano temblorosa, ocultando los ojos tras los párpados cerrados, musitaba:

―Es curiosa la vida… Como tú, yo también tuve sueños de niño. Y como tú ―¡qué coincidencia!― soñé con las mismas cosas de que has hablado. ¿Por qué será así la vida?

Tornó a soplar una racha helada y el aullido se hizo más lastimero y más impresionante.

El joven prisionero quedó pensativo para después continuar:

―Me sentí como tú, peor que perro… Acosado por todas partes. Comiendo mendrugos y bebiendo el agua negra de los caminos.

Calló y luego, quebrándose su voz en un gemido:

―Ahora seré algo peor ―dijo―. Seré perro muerto con las tripas al sol y a las aguas, devorado por los coyotes.

―¡Calla! ―ordené con voz cuyo eco parecía tiritar sobre el filo de la noche. Guardé silencio y me tendí junto a los prisioneros que pensaban quizás en la oscuridad de otra noche más larga, eterna, de la que nunca habrían de volver.

Poco a poco me fui aproximando a ellos y al oído del que había hablado repetí:

―¿Por qué peleas tú?

―No te lo podría explicar… Pero es algo que sube a mi corazón y me ahoga a toda hora. Un intenso deseo de vivir entre hombres cuya vida no sea peor que la vida de los perros.

Saqué mi mano de la cobija que me envolvía y buscando la suya la apreté con emoción profunda. Y luego, acercando mi boca hasta rozar su oreja, le dije velando la voz:

―¿Quieres que busquemos nuestro sueño juntos?

Los otros prisioneros adivinaron nuestro diálogo. Nos miraron con interrogaciones en la mirada, y enterados de nuestros planes, se apresuraron a seguirnos.

Nos arrastramos trabajosamente. Cerca, el centinela parecía cristalizado por el frío de la hora, sobre la verde montaña. Burlamos su vigilancia y nos hundimos en el misterio de la noche. La luna se había ocultado ya y mi nuevo compañero y yo, dando traspiés, corríamos por montes y valles en busca de un mundo en que los hombres, como en nuestro sueño de niños, vivieron una vida mejor que la vida de los perros…

 

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