Cuento de Francisco Izquierdo Ríos: El muerto

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Cuento de Francisco Izquierdo Ríos: El muerto

En Tayén, ciudad serrana del Perú, vivía hace algún tiempo un hombre muy amigo de la holganza como la cigarra de la fábula. Su mujer día y noche tejía mantas de lana. No tenían hijos.

Aquel hombre era barbudo y usaba siempre poncho bayo terciado al pecho, sombrero de paja alón a la pedrada y toscas botas.

Al influjo de copas ligeras recorría la ciudad pronunciando discursos en las esquinas y plazuelas, bailando huaynos y marineras, diciendo versos galantes a las mozas, o se sentaba en el poyo de un corredor a imitar con la boca y las manos un fogoso bordoneo de guitarra.

Recorría también la ciudad en su caballejo blanco y crinado, dándose ínfulas de consumado chalán.

Agotaba todos los temas de la Historia del Perú en sus discursos.

Esta clase de vida, por supuesto, no era del agrado de su consorte, sentimiento que, sin embargo, no preocupaba en lo más mínimo al atorrante de don Lucas, que así se llamaba nuestro personaje. “La vida no es para estar con enojos, linda palomita”, le decía graciosamente a su mujer.

–¡Eres peor que el shiuín!– le reprochaba aquella, aludiendo al pájaro holgazán de ese nombre, que no tiene nido, que vive andando en la noche y durmiendo durante el día en cualquier parte.

El viejo Lucas, por toda respuesta, le decía una galantería o un verso. Y se salía a su mundo: la calle.

Un día decidió comprobar si le amaba o no le amaba su mujer. Cuando ella fue al mercado, se proveyó de cuatro grandes cirios y un crucifijo, tendió al medio de la sala una manta, a cuya cabecera ubicó el crucifijo, encendió los cirios, los colocó en los extremos superiores e inferiores de la manta, y calculando que su mujer ya iba a llegar se acostó en el cobertor, haciéndose el muerto. En verdad, entre los cirios llameantes y el Cristo, parecía un cadáver el viejo.

Doña Liboria, que así se llamaba su mujer, al abrir la puerta de la casa se dio de bruces con el lúgubre cuadro; lanzó un grito, arrojó su cesta de vituallas, se abalanzó sobre su marido, y cogiéndole de la barbilla le dijo llorando: “Luquitas, Luquitas de mi vida. ¡Por qué te has muerto! ¡Ahora qué será de mí!”. “No te aflijas, mujercita. ¡Estoy vivo!” le habló el socarrón, levantándose y corriendo, a saltos como un cabro, a la calle.

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