Fragmento de La luz de la mesita de noche, de Juan Pardo Vidal

 

Fragmento, La luz de la mesita de noche, Juan Pardo Vidal
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Fragmento de La luz de la mesita de noche, de Juan Pardo Vidal

Si jamás anocheciera ella no sabría lo que es la soledad. Pi reconoce que ese instante de meterse dentro de la cama –independientemente de que las sábanas estén frías o calientes– es el único momento en el que duda si realmente ha sido una buena idea vivir así, sola.

Ha pensado en tener una mascota, quizás un gato que le haga compañía. Los gatos son seres independientes y no dan demasiado la lata. Trece tiene un gato. A Pi, más que los gatos, le gustan los hombres que tienen gato. Es una buena característica en un hombre el tener gato. Eso habla bien de ellos –la verdad es que todo lo que hagamos habla de nosotros– pero la cuestión es que haber elegido libremente el compromiso de cuidar a un animal indica determinadas cosas. Pi cree que eso es un síntoma de que son hombres hogareños, a la vez que independientes. Dice que todos los hombres deberían haber vivido en una casa con gato y con un único cuarto de baño (eso forja un carácter más empático). Sólo hay dos tipos de hombres, los que tiene gato y los que tiene  perro.

Se mete dentro de las sábanas y están frías, hoy también. Le gusta imaginar cómo dormirá Trece con su gato cuando están solos –el único día en el que ella estuvo en su cama, en Detroit, al pobre gato lo echaron, como a un perro, de la habitación. Le gustaría saber si para dormir él abraza la almohada o al gato, y si lo hace con interés o con el poco afecto con el que nos agarramos a las bolsas de agua caliente en invierno.

Por teléfono le ha preguntado a Trece por el gato pues apenas lo vio aquel día. Trece le ha contado que el felino es el dueño del piso donde vive. En un principio ha pensado que se trataba de una broma, que Trece hablaba en sentido metafórico, o simplemente que era una tontería que se le había ocurrido en ese momento, pero no, parece ser que el gato es, legalmente, el dueño el piso. El Sr. Carver –que así se llama– es el propietario de su apartamento. Heredó la propiedad de su dueña, propietaria de la casa y del propio gato. Es algo que está permitido en el estado de Michigan. En realidad, el Sr. Carver es el dueño del apartamento solamente mientras viva, porque cuando éste fallezca, la vivienda pasará a ser parte de los fondos de la parroquia de Saint Andrews, que está en su misma manzana. El apartamento está situado en la planta 23 de un soberbio rascacielos art decó, no demasiado lejos de la universidad donde ella acudía a los seminarios.

Afirman que los gatos sufren mayor ansiedad si los cambias de residencia que si los cambias de dueño, por lo que la anciana Sra. Turner dejó claramente estipulado en su testamento el deseo expreso de que, mientras el gato viviera, éste permanecería en el apartamento que había sido su hogar desde que era un cachorro. Estaba situado muy cerca del centro comercial de Detroit, y el precio que se pedía por él era irrisorio, se trataba de una ganga, así que, obviamente, le llovieron los candidatos. Para quedarse con aquel apartamento una gestoría hubo de hacer entrevistas y revisar el currículum de los candidatos –entre los cuales estaba el de Trece– como si se optase a un puesto de trabajo de directivo en una empresa importante. Buscaban a un varón de clase media, soltero y con experiencia en la atención a animales de compañía. El inquilino debía comprometerse a cuidar con esmero a un gato, esa era una condición sine qua non para optar a aquel chollo de apartamento. Afortunadamente, no se presentó ningún veterinario y él, por ser médico, fue la mejor opción y lo más parecido que encontraron. La empresa gestora que controla la herencia de la vieja le envía mensualmente un supervisor, al cual entrega un informe basado en un modelo que ellos mismos han elaborado, y en el que se recoge el estado anímico del gato, el color de las deposiciones, la actitud general y demás tonterías felinas. Todo esto estaba ya contemplado en el primer contrato de alquiler. También ha de presentar las facturas de las latas de comida para gatos y la factura quincenal de la revisión del veterinario. Todos estos son requisitos para seguir disfrutando del apartamento.

Así que Trece, aunque no en la práctica, técnicamente se siente parte del servicio. No lleva cofia, pero atiende con diligencia al Sr. Carver. Todos los gatos piensan que los humanos con los que conviven son, en realidad, sus mascotas, y no al contrario. La relación que establecen con ellos no es la de sumisión, como les pasa a los perros. Cuando se frotan contra sus piernas no los acarician, los marcan.

Durante la primera reunión el supervisor le pidió encarecidamente que tuviera cuidado con las ventanas abiertas, porque el Sr. Carver tenía, al parecer, tendencias suicidas. Siendo un cachorro se tiró por la ventana, y por el impacto de la cabeza contra el suelo se mordió parte de la lengua, amputándose un buen trozo. Parece mentira, pero no se mató, quedó conmocionado y deslenguado, pero vivo, ni siquiera se rompió un hueso. Desde entonces toma ansiolíticos disueltos en la comida. Le cuesta trabajo comer, beber agua y, sobre todo, lavarse. Un gato sin lengua es, obviamente, un gato muy sucio. Tal vez por eso –y por el amor que la Sra. Turner sentía por la poesía– lo bautizó con el nombre de Raymond Carver, en honor al poeta norteamericano, padre del realismo sucio. Claro.

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