Oasis Pub 1994-1999, de Sonia San Román

 

Oasis Pub, Sonia San Román
Sonia San Román. Fotografía cedida por la autora.

 Oasis Pub 1994-1999, de Sonia San Román

Vive tu memoria y asómbrate.
Jack Kerouak 

 

He visto un caracol.
Se deslizaba por el filo de una navaja.
Ese es mi sueño, más bien mi pesadilla:
arrastrarme, deslizarme por todo el filo de una navaja de afeitar
y sobrevivir.

Coronel Walter E. Kurtz. Apocalipse Now

 

Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.

Dante. Divina Comedia. Infierno III:9

 

 

[FOTO. Desenfocada y amarilla. Risas.
Sonando: Estoy muy bien de Extremoduro.  Verano 1994].
Conocí conocí a V. cuando tenía el pelo largo y hacía deporte.
Me prometió llevarme lejos y yo, que aún no sabía que sí sabía andar sola, le creí.
Me llevó a un Oasis no apto para adultos adaptados.
Me di cuenta una noche, cuando vi a la policía pasando por delante del local y los dos perros del dueño corrieron hacia ellos ladrando poseídos como un Cerbero bicéfalo en la misma puerta del Infierno.

[RECORTE DE PERIÓDICO. Doblado en cuatro partes.
Sonando: No woman, no cry de Bob Marley. Otoño 1994]
Al Oasis Pub no llegaban las caravanas de mercaderes de especias sino los perros abandonados y los camellos.
Como si el viejo Borroughs moviera los labios de nuestros pensamientos, nos sentíamos los gatos encerrados, los que no podían caminar solos. Para nosotros sólo quedaba aquel lugar.
Las botas altas de Susana se alzaban como palmeras en un suelo repleto de cucarachas sin filtro.

[PEGATINA 1. Sin adhesivo. Conserva lema y dibujo.
Sonando: No hay tregua de Barricada. Enero 1995]
G. daba la paz con una mano en forma de cerveza y con la otra pegaba adhesivos en la caña apoyando diferentes formas de destrucción humanas.
En el fondo todos esperábamos ser los primeros en morir.

[AMULETO TURCO CONTRA EL MAL DE OJO.
Sonando: Losing my religion de R.E.M. Primavera de 1995].
El soldadito R. había salido de la prisión militar hacía dos meses.
Su traición fue sodomizar a un superior en el gimnasio.
Ahora se centraba en su respiración, intentaba ser el gurú del barrio.
Daba un trago a su vaso y lanzaba una mirada lasciva al hermano de G. que ponía una cerveza para su novia.
R. aspiraba humo, sonreía, volvía a beber y te ofrecía un masaje ayurvédico o un trío para dentro de un rato.
En el minarete del Oasis, Axl Rose llamaba a la oración.

[PAÑUELO PALESTINO BLANCO Y NEGRO.
Sonando: Mustapha de Queen. Verano de 1995]
I.
había venido de Argelia en los bajos de un camión con su túnica galabiya amarillenta y nada más.
Tenía muy claro que estaba aquí para vivir como un califa.
Había superado los obstáculos más difíciles y estaba dispuesto a prácticamente cualquier cosa que le propusieran para conseguir dinero.
Cuando llegó a la ciudad localizó el Oasis sin dificultad y se dedicó a vender la mercancía de la que le proveían sus compatriotas.
A pesar de que otros ya lo hacían antes que él, pronto consiguió una clientela fiel y habitual que valoraba la calidad de su género y su seriedad. Nunca hablaba demasiado ni perdía la compostura.
Las cosas le fueron yendo bien y en seguida cambió su galabiya por tejanos de marca, chaquetas de cuero y zapatos italianos, lo que le proporcionó un pluriempleo como muchacho de compañía de las mujeres casadas más ricas y aburridas de la ciudad.
I.
era tan profesional como ambicioso y al poco tiempo de iniciar su segunda actividad hizo una serie de advertencias que sus clientas comprendieron enseguida.
Mes a mes, las señoras financiaban el silencio y las ropas de marca de I.
Durante muchos meses él fue el califa del Oasis y sólo los domingos sacaba su galabiya blanca y un cigarro aromático de la mejor calidad para recordarse a sí mismo de dónde venía.
Se le veía en la cara que la vida le trataba bien. Bromeaba con la temperatura de su entrepierna, colgando libre de las costuras occidentales entre su túnica musulmana.
Esa noche, al volver a casa se desnudó a oscuras. Se deslizó en su cama y notó un cuerpo dentro. Dio un respingo y encendió la luz.
Susana, que solo llevaba puestas sus botas blancas, le sonreía entre las sábanas. Le había robado la llave en el Oasis.
La invitó a irse, estaba cansado y Susana le producía una mezcla entre asco y compasión.
Ella le hizo una advertencia que él comprendió enseguida pero no cedió.
De pronto un grito histérico, gatuno y terrible salió de la garganta de Susana. Él le tapó la boca para hacerla callar.
Seguían los gritos.
El vecino de arriba, al fin, con la excusa perfecta, descolgó el teléfono sonriendo.
A los diez minutos la policía entraba sin llamar.
Fin del califato.

[OSO DE PELUCHE EN MINIATURA. Posible llavero en su origen.
Sonando: The hands of small children de Marilyn Manson. Enero 1996].
El hijo de M. tenía cinco años y jugaba al fútbol solo en el estadio internacional del Oasis Pub.
Su balón, un gran vaso de cachi vacío.
Hacía ruido, molestaba, salpicaba con los restos de bebida que aún le quedaban dentro, pero nadie tenía valor de decirle que parara.
Su madre entornaba los ojos, sonreía a las palmeras pintadas sobre el gotelé de la pared y se escurría en el asiento obsequiando a toda la clientela con la ausencia terrible de su ropa interior.

[PEQUEÑO TROZO DE HACHÍS. Endurecido y envuelto en film alimentario.
Sonando: About a girl de Nirvana. Enero 1996].
M.
vendía pasajes para viajar sin salir de casa.
Se sentaba en el pub con una cerveza, su hijo y un cigarro, a esperar a los viajeros.
Cada vez eran menos, la competencia empezaba a ser grande y la ciudad se llenaba de mercaderes de otros lugares lejanos.
Una tarde la policía decidió entrar al Oasis a buscar dátiles aprovechando que los perros estaban de paseo.
M.
se tuvo que tragar todos sus remedios y se fue muy lejos.
Todos sabíamos que, aunque su cuerpo siguiera allí cada noche, tambaleándose como un papel de fumar, ella se había alejado entre gritos que nuestros propios aullidos no nos dejaban sentir.
Las mejores mentes de mi generación devoradas por los chacales del desierto.

[GARABATOS EN UNA SERVILLETA ARRUGADA.
Sonando: The man who sold the world de David Bowie. Primavera 1996].
Se corrió el rumor de que había un ladrón de almas en el Oasis.
Por precaución se reservó el derecho de admisión a las sonrisas.

[POSTAL CON PAISAJE SIN USAR.
Sonando: Ode to my family de The Cranberries. Verano 1996].
Me hubiera gustado escribir a mis padres desde el Oasis pero nunca lo hice.
Pedirles un rescate, enviarles un S.O.S. en un botellín de cerveza.
Seguro que pensaban que yo no merecía estar en aquel sitio, que no era un lugar para señoritas.
Estaban en lo cierto.
Por eso yo nunca salía de allí.

[ANILLO DE BISUTERÍA ENNEGRECIDO.
Sonando: Flaca de Andrés Calamaro. Verano 1997]
En el Oasis la cola del baño masculino estaba muy concurrida a cualquier hora.
Mientras V. guardaba fila para sentir que se comía el mundo, el mundo me comía la boca que él nunca me permitía pintarme en el lavabo de chicas y me mostraba que aquél no era el único vergel en el desierto.

[GOMA DE PELO GRANATE.
Sonando: Lola de The Kinks. Enero 1998]
L. era un hombre encerrado en el cuerpo de una mujer aunque tenía el respeto de los patriarcas del Oasis como si se tratara de uno de ellos.
Nunca se quitaba la gorra por miedo a que el sol lo quemara al salir de la sombra de las palmeras.
Intentó hasta el final ser un hombre completo pero se lo tragaron las dunas.
Él sabía que pasar la prueba no iba a ser sencillo pero nunca se conformó con soñar.
Cuando no regresó, los tuaregs más jóvenes aprovecharon para lamer las heridas de su novia que se dejaba abrazar, como una farola que no puede evitar la orina de los perros.
Nunca se quitó la gorra de L. para besarles.

[PIEDRA BLANCA. Arrancada de un collar de cuerda.
Sonando: Free bird de Lynyrd Skynyrd. Agosto 1999]
Los profetas nos hablaron de la venida de un sol negro en el último verano del último año del siglo y del milenio.
Y así fue.
A aquel eclipse lo acompañó una tormenta de arena en forma de redada policial.
Despegaron los adhesivos de la caña, tiraron de la cadena, barrieron las cucarachas, detuvieron a los buenos, soltaron a los malos de una patada y fregaron las huellas de las botas blancas de Susana que llegaban hasta todas las camas de la ciudad, incluida la de V.
Deportaron a I., enterraron a L., internaron a M., su hijo fue entregado en acogida, detuvieron a G., y R. se fue a la India a seguir a su nuevo maestro espiritual.
Despintaron las palmeras, encendieron las luces, apagaron la música y V. y yo nos alejamos sin darnos tiempo ni a mirar atrás, como si fuéramos las partículas resultantes de un choque violento y poderoso ajeno a nosotros mismos.
El espejismo se esfumó y la arena lo cubrió todo.

[COLISIÓN: REENCUENTRO CON V., SUSANA Y CARRITO DE BEBÉ EN EL SUPERMERCADO.
Sonando: Smells like teen spirit de Nirvana. Febrero 2010]
He tardado más de diez años en volver a reunir el valor de mirar dentro de mi vieja caja de zapatos y ahora me tiemblan las piernas como quien busca los huesos de su padre muerto entre la urna de las cenizas.
Después del exorcismo puedo manteneros la mirada sin bajar la cabeza. Pero no podéis impedir que vea que en la cara inocente de vuestra hija están reflejados todos nuestros rostros y que tarde o temprano aparecerán, como las marcas de humedad, como la silueta de los fantasmas.
Como el viejo Jack demando que la raza humana cese de multiplicar la especie, saluden con una reverencia, se retiren.
Aunque ya nada importa. Vuestro rastro brilla como la baba de un caracol camino del fuego.

Arde el siroco.

Texto publicado en BEATITUD: Visiones de la Beat Generation.
Selección & Prólogos: Vicente Muñoz Álvarez e Ignacio Escuín Borao. Baladí Ediciones, 2011.

(Escucha aquí los temas musicales que se mencionan).

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Sonia San Román. Logroño 1976. Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado los libros de poesía De tripas, corazón (Ed. del 4 de agosto, 2004); Planeta de poliuretano (Asociación cultural Crecida, 2005); Punto de fuga (Ed. Eclipsados, 2008); Anillos de Saturno (Baile del Sol, 2014) y Nosotros, los pájaros (Poética y peatonal. Ejemplar único. Gabriel Viñals ed.).

 

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