Cuento de Anacleto Soriano: El espejo

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Cuento de Anacleto Soriano: El espejo

Antes de repartir los periódicos de aquel día, Ana se incorporó ante el espejo y vio su rostro lánguido por el desvelo. Había tenido una noche de insomnio, las fiebres de su hijo la preocupaban. Pero no había tiempo más que para el trabajo.

Generalmente para Ana los días iniciaban apurados. Siempre iba por la calle principal del pueblo ofreciendo el periódico desde su bicicleta.

Frases como “Buenos días, don Casimiro; ¿va a querer el periódico hoy?”, “Adiós, doña Victoria, gracias por comprar el periódico”, entre otras, formaban parte del discurso cotidiano de aquella distribuidora de información.


Así se ganaba el dinerito que le permitía comprar el alimento para su retoño.

Era madre soltera, pero su fe la acompañaba y la inducía a creer que no estaba sola. Dios siempre estaba a su lado.

Ana solía decir que su hijo no necesitaba a nadie más que a ella. Pero aunque un niño tenga suplidas las necesidades básicas, una persona jamás cubre el puesto de dos.

El pueblo entero la juzgaba por tener un hijo sin padre. La acosaban con preguntas para averiguar quién era el responsable del niño.

Y aunque ella jamás dijo nada al respecto, algunas personas decían que el infante era hijo de don Camilo, el dueño de la ferretería del pueblo. Esto lo suponían porque Ana Marín había trabajado un año en esta empresa.

Cuando salió embarazada, don Camilo la despidió. Ana, viéndose en aquella mala posición, visitó la “Oficina de la Mujer del Pueblo”  donde se consideró su situación como un caso discriminatorio. Este ente se dispuso a investigar al señor Camilo pero el empresario se defendió alegando haber visto a un trabajador de la ferretería a solas con la chica. Ante esta acusación, el muchacho aludido alegó que no tenía nada que ver con Ana, pues casi ni la conocía. Así que, no hubo respuesta favorable para la futura madre. Desde entonces aquella inocente mujer recorría las calles, vendiendo el periódico.

A pesar de tantas peripecias, Ana soñaba con ver a su hijo convertido en un hombre. Por eso todos los días rezaba a Dios para que la bendijera. El señor cura, su consejero espiritual, la había hecho muy devota. Lo que ella nunca pudo decir a nadie, es que el fraile además de piadosa, también la había hecho mujer.

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