Cuento de Anatole France: Adriana Buquet

Se llamaba realmente Jacques Anatole Francois Thibault y es un escritor tardío. Publicó siendo ya mayor. Admiraba a Edgar Alan Poe. Anatole France es Premio Nobel de Literatura. Lo alcanzó el año 1921, cuando tenía más de sesenta años de edad. En el Caso Dreyfus solidariza con Emile Zola y también devuelve al gobierno de la época su medalla–condecoración “La Legión de Honor”. Fue un crítico tenaz de la Iglesia católica.

En el plano sentimental, vive una existencia algo similar a la de Zola. En 1877 Anatole France se casó con Valerie Guérin de Sauville. La pareja se divorció en 1893. Unos años antes había iniciado relaciones amorosas con Madame Arman de Caillavet, la mujer más importante de su vida, fuente de inspiración para muchos de sus libros. Su última acompañante fue su ama de llaves, Emma Laprévotte, con quien el autor parisino se casó en el año 1920. También anduvo en amores con una escandalosa ciudadana norteamericana. Falleció en Tours, el 13 de octubre de 1924. Tenía 80 años.

Una de sus citas más famosas es: “Sabiendo sufrir, se sufre menos”.


Este cuento que entregamos a continuación, encabeza un trabajo de ocho relatos catalogados como fantásticos, y que no son los mejores del autor, pero concentran al mismo tiempo, elementos coloquiales y entretenidas historias de salón y sobremesa.

Ernesto Bustos Garrido

 

Un relato corto de Anatole France: Adriana Buquet

Cuando acabamos de comer, me dijo Laboullée:

–Reconozco que todos los hechos relacionados con maneras de ser de nuestro organismo, aún mal definidas (doble vista, sugestión a distancia, presentimientos verídicos), no están comprobados la mayor parte de las veces de un modo bastante riguroso para satisfacer todas las exigencias de la crítica científica. Casi siempre se fundan en testimonios que, aun cuando sean verdaderos, dejan subsistir la incertidumbre acerca de la naturaleza del fenómeno. Esos hechos están mal definidos, lo acepto; pero acerca de su existencia no admito duda posible desde que yo mismo comprobé uno. Por una feliz casualidad, mis conocimientos me permitieron reunir todos los elementos de observación. Puedes creerme cuando te digo que procedí con método y tuve cuidado para evitar causas de error.

Anatole France, escritor, cuentoAl decir la última frase, el joven doctor Laboullée se golpeaba con las dos manos su pecho hundido, acolchonado con folletos, y adelantaba provocativamente por encima de la mesa su cabeza agresiva y calva.

–Sí, amigo –añadió–, por suerte inesperada, uno de esos fenómenos clasificados por Myers y Podmore bajo la denominación de fantasmas de los vivos, se ha desarrollado con todas sus fases en presencia de un hombre científico. He comprobado todo y he anotado todo.

–Te escucho –le dije.

–Los hechos –inició Laboullée– se remontan al verano de 1891. Mi amigo Pablo Buquet, de quien repetidas veces te he hablado, vivía con su mujer en su casa de la calle de Grenelle, frente a la fuente. ¿No has conocido a Buquet?

–Lo vi dos o tres veces: un mocetón robusto con una barba pobladísima. Su mujer más bien morena, pálida, de facciones pronunciadas y hermosos ojos grises.

–Exacto: temperamento bilioso y nervioso bastante bien equilibrado. Pero a una mujer que vive en París la dominan los nervios… y no te digo más… Se llamaba Adriana; ¿hablaste con ella alguna vez?

–La encontré una noche en la calle de la Paz, acompañada de su marido, delante de la vidriera de una joyería. Con ojos encandilados admiraba unos zafiros. ¡Era una hermosa mujer elegantemente vestida! No parecía la esposa de un pobre infeliz hundido en los subterráneos de la química industrial; Buquet no era hombre de suerte.

–Llevaba ya cinco años empleado en la casa Jacob, productora de reactivos y aparatos de fotografía, en el bulevar Magenta. Esperaba que de un momento a otro le dieran participación en los negocios. Sin aspirar a ganancias fabulosas podía soñar con un brillante porvenir. Era un hombre paciente, sencillo, laborioso, de esos que a la larga llegan a prosperar. Entre tanto su mujer no lo arruinaba, ni mucho menos. Como buena parisiense, se ingeniaba para descubrir por cualquier rumbo saldos maravillosos de ropa blanca, vestidos, encajes y joyas. Su marido la admiraba por el arte de saber vestirse maravillosamente con muy poco dinero. Pablo estaba orgulloso de verla siempre tan atildada y vestida con gran elegancia. Pero todo esto carece de interés.

–Al contrario, me interesa mucho, querido Laboullée.

–De todos modos, este tema nos aleja del tema principal. No ignoras que Pablo Buquet fue compañero mío en el colegio; nos conocimos cuando estudiábamos segundo año en Louis-leGrand; no habíamos dejado de vernos. A los veintiséis años, y sin tener una buena posición, se casó con Adriana, enamorado y, como se dice vulgarmente, sin más que lo puesto. Su boda no interrumpió nuestra amistad. Adriana me demostró bastante afecto y con frecuencia me invitaban a comer. Soy, como sabes, médico del actor Laroche y amigo de varios actores que de vez en cuando me regalan entradas para sus obras. Adriana y su marido eran aficionadísimos al teatro. Cuando yo tenía un palco, cenaba en su casa y después nos íbamos a la Comedia Francesa. Estaba seguro de hallar siempre dispuesto a Buquet, porque volvía puntualmente de su trabajo, a las seis y media, y conversaba, hasta que servían la comida, con su mujer y el amigo Geraud.

–¿Geraud? –pregunté–; ¿Marcel Geraud, empleado en un banco, y que lucía siempre unas corbatas preciosas?

–El mismo. Era un amigo inseparable del matrimonio; y como además de soltero era obsequioso y sin compromisos, solía convidarse a comer todas las noches: acostumbraba presentarse con mariscos, pasteles y otras golosinas. Era gracioso, amable y de pocas palabras. Buquet no sabía vivir sin él, y al ir al teatro lo llevábamos con nosotros.

–¿Qué edad tenía?

–¿Geraud? No lo sé. De treinta a cuarenta… Una tarde que Laroche me había regalado un palco, fui como de costumbre a la calle de Grenelle, a casa de los Buquet. Me retrasé un poco, y al llegar ya estaba la comida servida en la mesa. Pablo tenía un hambre terrible, pero Adriana había resuelto no comenzar hasta que llegara Geraud. “Hijos míos –dije–, tengo un palco para la Comedia; representan Dionisia”. “Muy bien– repuso Buquet–, comamos a prisa; no quisiera perder el primer acto…”.

“Comimos. A Adriana se la notaba muy preocupada, y cada vez que abría la boca le daba un vuelco el corazón; Buquet sorbía ruidosamente los fideos y limpiaba con la lengua los que se le quedaban adheridos al bigote.

“–Las mujeres son extraordinarias –exclamó–. Figúrese, Laboullée, que Adriana está inquieta porque Geraud no ha venido a comer esta noche. ¡Se crea unos problemas! Dígale que todo lo que imagina es absurdo. Geraud pudo tener algún compromiso o que le surgiera algo impensado; como buen soltero no debe darle a nadie cuenta de sus actos. Bastante incomprensible es ya que está con nosotros todas las noches. Yo se lo agradezco, pero me parece justo que de vez en cuando disfrute de su libertad. Tengo por sistema no preocuparse nunca por lo que hacen mis amigos, pero las mujeres piensan de otro modo.” La señora Buquet respondió con voz altiva: “Estoy intranquila; temo que le pasara algo desagradable.”

“Entre tanto, Buquet apresuraba la cena: “Sofía –gritó a la criada–, ¡el asado! ¡la ensalada! ¡el queso! ¡el café!” Pude observar que la señora Buquet apenas había comido. “Vamos –le dijo su esposo–. Arréglate de prisa; no nos hagas perder el primer acto. Una obra de Dumas no es como las operetas que pueden oírse a trozos. Una comedia es la sucesión lógica de bien encadenadas deducciones, de las cuales no se puede perder la más mínima. Anda, criatura, que ya es tarde. Yo sólo he de ponerme la levita”. Adriana se levantó y se encaminó hacia su habitación con paso lento, maquinalmente.

“Su marido y yo tomamos café fumándonos un cigarro. “Me molesta –dijo Pablo– que no haya venido esta noche Geraud; le hubiera gustado ver Dionisia; pero ¿tiene razón Adriana en preocuparse tanto por su ausencia? No he podido hacerle comprender que un hombre tiene a veces asuntos privados, aventuras amorosas. En fin, no atiende razones. Deme un cigarrillo, me dijo.

“En el momento de entregarle la petaca, escuchamos en la habitación de al lado un grito de espanto, seguido del golpe que produce la caída de un cuerpo que se desploma pesada e inarticuladamente. “¡Adriana!” –exclamó Buquet, corriendo hacia la alcoba. Lo seguí. Encontramos a Adriana tendida en el suelo, con el rostro pálido, los ojos en blanco, inmóvil. No mostraba ningún síntoma de un estado epiléptico o epileptiforme. No había en sus labios ni rastro de espuma. Sus miembros no presentaban rigidez; su pulsación era desigual y rápida. Ayudé a su marido a sentarla en un sillón. De pronto comenzó a normalizarse la circulación, y la cara de Adriana, por lo común de un blanco mate, adquirió un tinte sonrosado. “Ahí –dijo señalando al espejo de su armario–, ahí lo he visto. Mientras me abrochaba la chaqueta, lo he visto reflejado, y he vuelto la cabeza, segura de que estaba detrás de mí; pero al encontrarme con que no había nadie, me he asustado tanto que me desmaye.”

“Mientras ella hablaba, yo la examiné para comprobar si se había lesionado al caerse. Estaba bien. Buquet le daba agua de azahar azucarada. “Vamos, hijita –le dijo–, tranquilízate. ¿A quién has visto? ¿Qué dices?” Ella palideció nuevamente. –”¡Ah, he visto a Marcelo!” –”¿Viste a Geraud? ¡Es muy extraño!” –exclamó Buquet. “Sí; lo he visto– insistió ella con gravedad–, me ha mirado sin hablarme; me ha mirado así.” Y mostró una fisonomía cadavérica.

“Buquet me interrogaba con los ojos. –No se preocupe –le dije–, estos alteraciones visuales no tienen importancia; quizá estén producidos por algún trastorno del estómago. Ya lo investigaremos despacio. Por lo pronto no hay que darle importancia. He conocido en el Hospital a un sujeto gastrálgico que veía gatos debajo de todos los muebles.

“Algunos minutos después, la señora de Buquet se había repuesto completamente; su marido sacó el reloj, y dijo: –Si considera usted, amigo Laboullée, que no puede perjudicarla el teatro, ya es hora de irnos. Le diré a Sofía que nos busque un coche.

“Adriana se puso con rapidez el sombrero. “¡Pablo! ¡Pablo! ¡Doctor! Escúchenme. Vayamos primero a casa de Geraud. Estoy preocupada; más preocupada de lo que yo misma creo.” ¡Estás loca! –exclamó Buquet– ¿Qué puede haberle sucedido a Geraud? Ayer le vimos y estaba completamente bien.” Adriana me dirigió una mirada suplicante, cuyos ardientes destellos me traspasaron el corazón. “Laboullée, amigo mío, vayamos enseguida a casa de Geraud, ¿de acuerdo?”

“Trataba de complacerla: ¡Me lo había suplicado de tal modo!… Pablo murmuraba, temeroso de perder el primer acto. Yo le dije: “Vayamos a casa de Geraud, nos queda en camino.” El coche ya nos esperaba. Ordené al cochero: “Calle del Louvre, núm. 5. ¡Rápido!”

“Geraud vivía en el número 5 de la calle del Louvre, cerca de su oficina, un departamento formado por tres habitaciones y rebosante de corbatas. Ese era el lujo de aquel hombre. Aún no se había detenido el coche frente al portal, cuando Buquet se apeó de un salto, corrió hacia la puerta y preguntó: “¿Está el señor Geraud?”. La portera respondió: –”El señor Geraud ha venido a las cinco, recogió su correspondencia, y no ha vuelto a salir. Si desea usted verle, vive en el piso cuarto de la derecha, escalera interior.” Pero ya Buquet, agarrado a la portezuela del coche, decía: “Geraud está en su casa; ya ves que tus preocupaciones carecen de fundamento. ¡Cochero, a la Comedia Francesa!”. Pero Adriana cubrió con su cuerpo la entrada del coche para impedir que su marido entrara, y le suplicó: “¡Pablo, te lo ruego, sube a su casa! Procura verlo. ¡Quiero que lo veas!”

“¡Subir cuatro pisos!” –dijo asombrado–. ¡Adriana, no llegaremos al primer acto! Pero, en fin, cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza…”.

“Me quedé solo en el coche con la señora Buquet. Brillaban en la oscuridad sus ojos fijos en la puerta de la casa. Pablo apareció al fin: “Hijita: he llamado tres veces y nadie contesta. Sin duda tendrá motivos para no querer que lo molesten. Imagina que haya venido a verlo una mujer. ¿Qué habría de extraordinario en eso?”.

“Los ojos de Adriana tomaron una expresión tan horrible que yo mismo experimenté una sensación de inquietud, y además, no me parecía normal que Geraud estuviese a esas horas encerrado en su casa, contra su costumbre. “Espérenme aquí –dije al matrimonio–; hablaré con la portera.”

“También la portera juzgaba extraño que Geraud no hubiera salido a comer. Como se encargaba de hacer la limpieza del departamento, tenía la llave. La sacó del bolsillo y me dirigió para subir. Una vez llegados al descansillo, abrió la puerta y desde ahí gritó tres o cuatro veces: “¡Señor Geraud!” Como nadie respondió, entro más hacia el dormitorio y gritó más fuerte: “¡Señor Geraud! ¡Señor Geraud!” Esperamos inútilmente, con cierta angustia… Nadie respondía. El cuarto estaba oscuro y no teníamos fósforos. “Debe haber una cajetilla sobre la mesa de noche” –dijo la mujer, temblorosa, incapaz de dar un paso. Avancé hasta la mesa de noche, a tientas, y mis dedos se mojaron en un líquido viscoso. Era sangre.

“Encendí la vela; Geraud estaba echado en su cama, con la cabeza destrozada. De su mano derecha, colgante, se había caído un revólver. Sobre la mesilla vi una carta sin cerrar y con salpicaduras de sangre. De su puño y letra estaba dirigido el sobre al matrimonio Buquet. Y decía: “Mis bondadosos amigos, han sido ustedes el encanto de mi vida.” Les anunciaba su resolución de morir, pero no precisaba los motivos que lo llevaron a hacerlo, aunque daba a entender que la falta de recursos económicos era la causa del suicidio. Comprobé que había muerto casi una hora antes, en el momento preciso en que la señora Buquet lo vio reflejado en el espejo de su habitación.

“¿No es éste, como yo te decía, un fenómeno verídico de doble vista, o para hablar con más exactitud, un ejemplo de los extraños sincronismos psíquicos que la ciencia estudia en la actualidad con más entusiasmo que fortuna?”

–Quizá sea otra cosa– respondí–. ¿Estás seguro de que no tenían amores Marcelo Geraud y la señora de Buquet?

–Yo jamás observé nada, pero sobre todo no viene al caso…

 

Ernesto Bustos Garrido Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile) es periodista de la Universidad de Chile, donde impartió    clases así como en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha  trabajado en diversos medios informativos, fundamentalmente en La Tercera de la Hora. Fue editor y  propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar.

 Amante de los viajes y de la escritura, admira a Pablo Neruda, Gabriela  Mistral, Nicanor Parra,  Vicente Huidobro, Francisco Coloane, Ernest Hemingway, Cervantes, Vicente Blasco Ibáñez, Pérez  Galdós, Ramiro Pinilla, Vargas Llosa, García Márquez, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.

 

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