Cuento breve recomendado: “La última noche”, de James Salter

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James Salter
James Salter. Fuente de la imagen

 

A James Salter, que era uno de los más grandes escritores americanos de la segunda mitad del siglo XX, el reconocimiento le llegó muy tarde. Una vez me contó que había dado una lectura en una librería de Denver a la que sólo habían asistido dos señoras mayores con pinta de haberse equivocado de sitio, y un viejo vagabundo que no dejaba de toquetear la bolsita marrón donde llevaba la preceptiva botella de licor. Mientras Salter leía fragmentos de sus cuentos y novelas ante aquellas dos señoras -el vagabundo ya se había quedado dormido-, le llegaban los aullidos del público que veía un partido de los Broncos en la televisión. «Así es la gloria literaria», sentenció al final del e-mail donde me contaba aquello.

Años antes, los pocos críticos que leyeron su novela «Años luz» la masacraron sin piedad, a pesar de que hoy en día está considerada una de las mejores novelas americanas del siglo pasado. Pero Salter no les daba importancia a estas cosas. Había sido piloto de combate en la guerra de Corea -un día de julio de 1952, pilotando un F-86, derribó un Mig soviético-, y sabía lo que significaba jugarse la vida cuando una escuadrilla enemiga se aparecía de pronto por detrás de un banco de nubes. En sus primeros tiempos como piloto, cuando era un simple cadete en la escuela de instrucción, su avión se perdió en la noche y acabó estrellándose contra una casa en algún lugar de Massachussets. Por suerte, ni Salter ni los habitantes de la casa sufrieron daño alguno, pero aquel accidente al intentar un aterrizaje de emergencia dañó su reputación de piloto. Y aun así, Salter colocó muchos años después, en un lugar muy visible de su casa de Bridgehampton, en Long Island, la foto que apareció en los periódicos con su avión empotrado contra una casa hecha pedazos. Poca gente tendría el valor de colocar un fracaso así a la vista de todos sus invitados.

A mediados de los años 50, cuando había alcanzado el grado de mayor de la Fuerza Aérea, Salter empezó a escribir una novela sobre un piloto de combate en Corea que no conseguía alcanzar la gloria, y cuando un editor se la aceptó, la publicó con el seudónimo de James Salter (su verdadero nombre era James Horowitz) para no comprometer su reputación de piloto. Por aquellos años Salter se sentía a disgusto con la vida militar, y cuando Hollywood le compró su primera novela, «Pilotos de caza», que fue llevada al cine con Robert Mitchum en el papel protagonista, el dinero ganado con la venta del guión le permitió dejar el Ejército, después de haber estado varios años destinado en las bases americanas en Alemania y Francia (de su estancia en Francia saldría el material que dio origen a su novela «Juego y distracción», que se ha convertido en una obra maestro del erotismo, aunque en su momento apenas tuvo ningún éxito).

A comienzos de los 60, Salter se encontró en Nueva York, sin trabajo y sin dinero y con dos hijos a su cargo que no sabía cómo iba a mantener. A partir de aquel momento tuvo que vender piscinas y casas en las riberas del Hudson, luego montó una panadería que no funcionó, escribió para revistas y periódicos (llegó a entrevistar a Nabokov en el Grand Hôtel de Montreux), y también hizo documentales deportivos y documentales sobre la vanguardia artística neoyorquina (fue uno de los primeros en descubrir a Andy Warhol). Al final terminó escribiendo guiones en Hollywood, algunos para Robert Redford, como el de «El descenso de la muerte», e incluso llegó a rodar en Francia una película propia, «Three», con Charlotte Rampling y Sam Waterston. Sin embargo, la desilusión seguía rondándole y Salter no se sentía a gusto con su trabajo. En su última novela, «Todo lo que hay», Salter ni siquiera se dignaba mencionar el mundo del cine, a pesar de que se pudo comprar su hermosa casa en Bridgehampton -«está a 250.000 dólares de la playa», decía con una sonrisa astuta- gracias al dinero que ganó en Hollywood.

Supongo que este contraste entre una vida a primera vista apasionante y unos resultados vitales muy poco satisfactorios marca por completo su obra narrativa. Porque debajo del mundo de las mujeres guapas, las casas en Manhattan y en los Hamptons, los vecinos agradables que toman un martini en el jardín y nadan en la playa hasta que entra el otoño, y la gente sofisticada que va y viene de Europa a América, se esconde la lenta carcoma de la destrucción y el fracaso. Muy poca gente ha escrito tan bien sobre el erotismo y el esplendor de la carne, y al mismo tiempo muy poca gente ha escrito tan bien sobre el reverso melancólico que tienen todos los placeres y todos los éxitos mundanos”.

Eduardo Jordá, ABC, 22/06/2015

 

Cuento breve de James Salter
Escritor James Salter. Fuente de la imagen

 

¿Por qué hay que leer a James Salter?

“En España, Salamandra ha publicado las novelas «Todo lo que hay», «Años luz», «Juego y distracción», el libro de cuentos «La última noche» y la autobiografía «Quemar los días». En ellas, Salter despliega una prosa elegante y lírica, desarmando al lector en cada frase. Juan Tallón, autor de «Libros peligrosos», empezó a leerlo «sin un motivo». Pero, «pasados los primeros párrafos», descubrió «una docena». Y es que «escribía desde el aire, como el aviador que era, y eso facilitaba una perspectiva amplísima sobre sus historias, cuyo aire te da en la cara. Porque, con Salter, «cuando caes en la cuenta tienes las manos con las que sujetas sus libros adheridas a la sutileza, inteligencia y belleza de su prosa». Su frase, de hecho, «impide que los hechos cojan polvo». Posee, en definitiva, «esa sencillez imposible de alcanzar: puede tomar una palabra, frotarla, y hacer salir de ella un misterio”.

  1. M. Rodrigo

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LA ÚLTIMA NOCHE

(cuento)

James Salter- James Arnold Horowitz- (Estados Unidos, 1925-2015)

Walter Such era traductor. Le gustaba escribir con una pluma estilográfica verde que tenía por costumbre dejar suspendida en el aire después de cada frase, casi como si su mano fuera un artefacto mecánico. Podía recitar frases de Blok en ruso y luego dar la traducción alemana de Rilke, resaltando la belleza de las palabras. Era un hombre sociable pero también quisquilloso, que tartamudeaba un poco al principio y que vivía con su mujer de un modo satisfactorio para ambos. Pero Marit, su mujer, estaba enferma.

Ahora estaba sentado con Susanna, una amiga de la familia. Por fin, oyeron bajar a Marit y la vieron entrar en la sala. Llevaba un vestido de seda rojo que la hacía parecer seductora, con sus pechos sueltos y su melena oscura. En las cestas blancas de alambre que tenía en el armario había pilas de prendas dobladas, ropa interior, de deporte, camisones, los zapatos remetidos debajo, en el suelo. Cosas que ya no iba a necesitar. También joyas, brazaletes y collares, y un joyero lacado donde guardaba todos sus anillos. Había estado revolviéndolo largo rato y elegido  algunos. No querrá que sus dedos, ahora huesudos, se vieran desnudos.

-Estas muy guapa -dijo su marido.

-Me siento como si fuera mi primera cita. ¿Estáis tomando una copa?

-Sí.

-Creo que tomaré algo yo también. Con mucho hielo -dijo.

Se sentó.

-No tengo energías -continuó-, eso es lo más horrible. Nada de nada. Me he quedado sin fuerzas. Ni siquiera me gusta levantarme y andar un poco.

-Debe de ser muy duro -opinó Susanna.

-Ni te lo imaginas.

Walter volvió con la copa y se la tendió a su mujer.

-Felices días -dijo ella. Luego,  como si de repente recordara, les sonrió. Una sonrisa aterradora. Parecía indicar justo  lo contrario.

Era la noche que habían elegido. En un plato, dentro de la nevera, estaba la jeringuilla. Su médico les había proporcionado el contenido. Pero antes una cena de despedida, si ella se veía capaz. Pero que no fueran ellos dos solos, había dicho Marit. Cosas del instinto. Se lo habían preguntado a Susanna en vez de a otra persona más próxima y afligida, como la hermana de Marit, con la cual, de todos modos, ella no mantenía buenas relaciones, o algún otro amigo de más edad. Susanna era más joven. Tenía la cara ancha y una frente alta y despejada. Parecía la hija de un profesor o un banquero, ligeramente díscola. Una guarra, había co­mentado de ella uno de sus amigos, no sin cierta admiración.

Susanna, que llevaba una falda corta, estaba ya un poco  nerviosa.  Era  difícil  fingir  que  sería  una  cena como  cualquier  otra. Le costaría  mostrarse  natural  y desenvuelta. Había llegado cuando empezaba a caer la tarde.  La  casa con sus ventanas  iluminadas -parecía que lo estaban todas las habitaciones- destacaba entre las demás como si allí se celebrase algún  festejo.

Marit contempló los objetos de la sala, las fotografías con marco plateado, las lámparas, los tomos grandes sobre surrealismo, paisajismo o casas de campo que siempre había querido sentarse a leer, las sillas, incluso aquella alfombra de bello color apagado. Lo miró todo como si estuviera haciendo inventario cuando, de hecho, no significaba nada para ella. El pelo largo de Susanna y su lozanía sí significaban algo, aunque no estaba segura de qué.

Ciertos recuerdos es lo que uno lleva consigo durante mucho tiempo, pensó, recuerdos anteriores incluso a Walter, de cuando era una niña. Su casa, no ésta sino la primera con la cama de su infancia, la ventana del rellano desde la que contemplaba las tormentas de invierno, su padre inclinado sobre ella para darle las buenas noches, la luz de una lámpara a la que su madre acercaba la muñeca para ajustarse una  pulsera.

Esa casa. El resto era menos denso. El resto era una novela larga muy parecida a su vida; uno pasaba por ella; sin pensar y, de repente, un  día terminaba: las manchas de sangre.

-He tomado muchos  de estos -reflexionó Marit.

-¿Te refieres a la bebida? -preguntó Susanna.

-Sí

-A lo largo de los años, quieres decir.

-Sí, de los años. ¿Qué hora es ya?

-Las ocho menos cuarto -dijo su marido.

-¿Vamos?

-Como quieras -dijo él-. No hay prisa.

-No quiero ir con prisas.

De hecho, tenía pocos deseos de ir. Era dar un paso más.

-¿Para qué hora reservaste  mesa? -preguntó.

-Podemos ir cuando queramos.

-Entonces, en marcha.

Era en el útero y desde allí había subido hasta los pulmones. Al final, ella lo había aceptado. Más arriba del cuello recto de su vestido la piel, pálida, parecía irradiar oscuridad. Ya no se parecía a sí misma. Lo que fue había desaparecido, le había sido arrebatado. El cambio era terrible, sobre todo en el rostro. Ahora tenía una cara que era para la otra vida y para quienes encontrara allí. A Walter le costaba recordar cómo había sido en otro tiempo. Era una mujer casi diferente de aquella a quien había prometido  asistir cuando llegara el momento.

Susanna ocupó el asiento trasero del coche. Las calles estaban desiertas. Pasaron frente a casas en cuya planta baja se veía una luz palpitante, azulada. Marit iba en silencio. Sentía tristeza pero también una especie de confusión. Estaba tratando de imaginar lo que pasaría el día de mañana, sin ella allí para verlo. No pudo imaginárselo. Era difícil pensar que el mundo seguiría existiendo.

En el hotel aguardaron junto a la barra, que estaba muy animada. Hombres sin chaqueta, chicas charlando o riendo ruidosamente, chicas ajenas a todo. En las paredes había grandes carteles franceses, viejas litografías en marcos oscuros.

-No reconozco a nadie -comentó Marit-. Por suerte -añadió.

Walter había visto a una pareja a la que conocían, los Apthall.

-No mires -dijo-. No nos han visto. Conseguiré una mesa en la otra sala.

-¿Nos han visto? -preguntó Marit cuando estuvieron  sentados-. No  tengo ganas de hablar  con nadie.

-Aquí estamos bien -dijo él.

El camarero llevaba un delantal blanco y una pajarita negra. Les pasó  el menú y una carta de vinos.

-¿Quieren que les traiga algo para beber?

-Desde luego, sí -dijo Walter.

Estaba mirando la carta con sus precios en orden más o menos ascendente. Había un Cheval Blanc por quinientos  setenta y cinco dólares.

-¿Tienen este Cheval Blanc?

-¿El de mil novecientos ochenta y nueve? -preguntó el camarero.

-Sí, tráiganos una botella.

-¿Qué es  Cheval  Blanc?  ¿Vino  blanco?  -preguntó Susanna cuando el camarero se hubo alejado.

-No, tinto -repuso Walter.

-¿Sabes?, has sido muy amable acompañándonos -le dijo Marit a Susanna-. Es una noche muy especial.

-Sí

-Normalmente   no  pedimos  vinos  tan  buenos -explicó ella.

Habían comido allí a menudo, los dos, habitualmente cerca de la barra, con sus relucientes hileras de botellas. Nunca habían pedido un vino más caro de treinta y cinco dólares.

¿Cómo se encontraba?,  le  preguntó  Walter mientras esperaban. ¿Se encontraba  bien?

-No sé cómo expresar cómo me siento. Estoy tomando morfina -le dijo ella a Susanna-. La cosa funciona, pero… -Dejó la frase sin terminar-. Hay muchas cosas que no tendrían que pasarle a una -concluyó.

La cena transcurrió casi en silencio. Era difícil hablar despreocupadamente. Sin embargo, tomaron dos botellas de aquel vino. Nunca volvería a beber nada tan bueno, pensó Walter sin poder evitarlo. Sirvió a Susanna lo que quedaba  de la segunda botella.

-No -dijo-, deberías tornado tú. Te toca a ti.

-Ya ha bebido bastante -intervino Marit-. Pero era bueno, ¿verdad?

-Fabuloso.

-Hace que te des cuenta de cosas … no sé, de ciertas  cosas.  Habría  sido  estupendo  beber  siempre  este vino. -Lo dijo de un modo que resultó tremendamente conmovedor.

Empezaban  a sentirse  mejor. Después  de estar un rato más a la mesa, fueron hacia la salida. En la barra aún había mucho  bullicio.

Marit  miró  por  la ventanilla  mientras  volvían en coche. Estaba cansada. Iban a casa. El viento agitaba la copa de los árboles en sombra. En el cielo había nubes azules, brillantes  como si fuera de día.

-Hace  una  noche  muy  bonita,   verdad?  -comentó Marit-. Estoy asombrada. ¿Me equivoco?

-No. -Walter carraspeó-. Muy bonita.

-Te  has  fijado?  -preguntó  ella  a  Susanna-. Seguro que sí. ¿Cuántos años tienes? Lo he olvidado.

-Veintinueve.

-Veintinueve  -repitió  Marit.  Se quedó  callada unos  momentos-. No  hemos  tenido  hijos  -prosiguió al cabo-. ¿Te gustaría tener hijos?

-Oh, a veces creo que sí. No he pensado demasiado en ello. Para eso supongo que primero tienes que casarte.

-Ya te casarás.

-Quizá.

-Podrías casarte cuando quisieras -dijo Marit.

Estaba cansada cuando llegaron a la casa. Fueron a sentarse al salón como si hubieran vuelto de una gran fiesta pero aún no quisieran acostarse. Walter pensaba en lo que se avecinaba, la luz de la nevera encendiéndose al abrir la puerta. La aguja de la jeringuilla era afilada, la punta de acero inoxidable cortada al sesgo y como una cuchilla de afeitar. Tendría que introducírsela en la vena. Trató de no pensar más en ello. Ya se las apañaría. Cada vez estaba más nervioso.

-Me  acuerdo  de mi  madre  -dijo Marit-. Al final  quiso  contarme  cosas,  cosas  que  habían  pasado cuando yo era joven. Rae Mahin se había acostado con Teddy Hudner. Anne Herring también. Las dos estaban casadas. Teddy Hudner no estaba casado. Trabajaba  en  publicidad  y jugaba  mucho  al  gol£  Mi  madre siguió habla que te habla, sobre quién se había acostado con quién. Eso fue lo que quiso contarme al final. Por supuesto,  en aquella época, Rae Mahin era un monumento.

Luego dijo:

-Creo que me voy arriba. Se levantó.

-Estoy bien -le dijo a su marido-. No subas todavía. Buenas noches, Susanna.

Cuando se quedaron  a solas, Susanna dijo:

-He de irme.

-No, por favor, quédate.

Ella negó con la cabeza.

-No puedo -dijo.

-Por favor, quédate. Dentro de nada voy a subir, pero cuando baje no podré estar solo. Te lo ruego.

Silencio.

-Susanna.

Guardaron silencio.

-Ya sé que le has dado muchas vueltas -dijo ella.

-Desde luego.

Minutos después, Walter miró el reloj; empezó a decir algo pero se calló. Al cabo de un rato, volvió a mirar el reloj y salió de la sala.

La cocina tenía forma de L, anticuada y sin criterio, con un fregadero esmaltado en blanco y armarios de madera pintados muchas veces. En veranos pasados habían hecho conservas cuando en la escalera de la estación vendían cajas de fresas, fresas inolvidables, su fragancia como de perfume. Aún quedaban unos tarros. Fue  a la nevera y abrió la puerta.

Allí estaba, con  sus rayitas  grabadas  en los costados. Contenía diez centímetros cúbicos. Trató de pensar la manera de no seguir adelante. Si dejaba caer la jeringuilla, si se rompía … podría decir que le había temblado la mano.

Sacó el platillo y lo cubrió con un paño de cocina. Así era peor. Retiró el paño y cogió la jeringuilla, sosteniéndola de varias maneras, para finalmente casi esconderla pegada a la pierna. Se sentía liviano como una hoja de papel, desprovisto de fuerzas.

Marit se había preparado. Se había puesto un camisón de raso color marfil, muy abierto en la espalda, y maquillado los ojos. El camisón que llevaría en la otra vida. Había hecho un esfuerzo por creer en un mundo después de este. La travesía se hacía en barca, algo que los antiguos sabían con certeza. Parte de un collar de plata descansaba sobre su clavícula. Estaba fatigada. El vino había hecho efecto, pero ella no se sentía  serena.

Walter se detuvo en el umbral, como si esperara autorización. Ella lo miró sin hablar. Vio que tenía la jeringuilla en la mano. El corazón le latía alocadamente pero estaba decidida a que no se le  notara.

-Bueno, cariño -dijo.

Walter intentó responder. Vio que se había pintado los labios; su boca parecía oscura. Había dispuesto sobre la cama algunas fotografías.

-Entra.

-No, ahora vuelvo -acertó a decir el.

Bajó corriendo. Iba a flaquear: necesitaba un trago. El salón estaba vacío. Susanna se había marchado. Nunca se había sentido tan absolutamente solo. Fue  a la cocina y se sirvió un vaso de vodka, inodoro y transparente. Lo bebió de un trago. Volvió a subir lentamente y se sentó en la cama al lado de su mujer. El vodka lo estaba emborrachando. Se sentía como si fuera otra persona.

-Walter -dijo ella.

-¿Sí?

-Esto que hacemos es lo correcto.

Le tocó la mano. Eso, de algún modo, lo asustó, como si pudiera ser una invitación a irse con ella.

-¿Sabes? -dijo Marit con voz serena-, te he querido tanto como jamás he querido a nadie en el mundo… Suena muy sensiblero, ya sé.

-¡Ah, Marit! -exclamó él.

-¿Tú me querías?

A Walter se le revolvió el estómago.

-Sí -dijo-. ¡Sí!

-Cuídate mucho.

-Sí.

En realidad gozaba de buena salud; estaba un poco más grueso de la cuenta, pero aun así… Su prominente abdomen de erudito estaba cubierto por una capa de suave vello oscuro, sus manos y uñas siempre cuidadas.

Ella se inclinó para abrazarlo. Lo besó. Dejó de sentir miedo durante un instante. Volvería a vivir, volvería a ser joven como lo había sido. Extendió el brazo. En su cara interna eran visibles dos venas gris verdoso. Él empezó a apretar para levantarlas. Ella no le miraba.

-¿Recuerdas cuando yo trabajaba en Bates y nos vimos por primera vez? -preguntó Marit-. Lo supe enseguida.

La aguja fluctuó mientras él trataba de situarla.

-Tuve suerte -añadió ella-. Tuve mucha suerte.

Él apenas respiraba. Esperó, pero ella no dijo nada más. Casi sin dar crédito a lo que estaba haciendo. Introdujo la aguja -no costó nada- y procedió a inyectar el contenido de la jeringuilla. La oyó suspirar. Tenía los ojos cerrados cuando se tumbó con expresión apacible. Había subido abordo. Dios mío, pensó él, Dios mío. La había conocido cuando ella tenía veintipocos años, las piernas largas y el alma inocente. Ahora la había deslizado bajo el flujo del tiempo, como un sepelio marino. Su mano aún estaba caliente. Se la llevó a los labios. Luego subió la colcha para taparle las piernas. La casa estaba increíblemente serena. El silencio se había adueñado de ella, el silencio de un acto fatídico. No oyó que soplara viento.

Bajó lentamente la escalera. Le sobrevino una sensación de alivio, de tremendo alivio y tristeza. Fuera las monumentales nubes azules llenaban la noche. Se quedó allí de pie unos minutos, y entonces vio a Susanna sentada en su coche, inmóvil. Ella bajó la ventanilla al acercarse él.

-No te has ido -dijo Walter.

-Era incapaz de quedarme en la casa.

-Ya está. Entra. Voy a tomar una copa.

Estuvieron en el cocina, ella de pie con los brazos cruzados, una mano en cada codo.

-No ha sido horrible -decía él-. Es solo que me siento… No sé.

Bebieron de pie.

-¿De veras quiso ella que yo viniera? -preguntó Susanna.

-Cariño, fue sugerencia suya. Ella no sabía nada.

-Me extraña.

-Créeme. Nada.

Susanna dejó su vaso.

-No, tómatelo -dijo él-. Te hará bien.

-Tengo una sensación rara.

-¿ Rara? ¿No tendrás ganas de vomitar?

-No sé.

-No vomites. Ven. Espera, te daré un vaso de agua.

Ella se concentró en respirar con regularidad.

-Estarás mejor si te tumbas un rato -afirmó él.

-No; me encuentro bien.

-Ven.

La llevó -ella con su falda corta, su blusa- a una habitación contigua a la puerta principal y la hizo sentar en la cama. Ella tomaba aire a inspiraciones cortas.

-Susanna.

-¿Qué?

-Te necesito.

Lo oyó a medias. Su cabeza estaba echada hacia atrás como la de una mujer que suspira por Dios.

-No debería haber bebido tanto -murmuró.

Él empezó a desabrocharle la blusa.

-No -dijo ella, tratando de abotonársela.

Ya le estaba desabrochando el sostén. Emergieron sus impresionantes pechos. No podía dejar de mirarlos. Los besó apasionadamente. Ella notó que la apartaba un poco para retirar la colcha que cubría las sábanas blancas. Intentó decir algo, pero él le puso la mano en la boca y la hizo tumbar. Empezó a devorarla, estremeciéndose como de miedo hacia el final y estrechándola con fuerza entre sus brazos. Los venció un sueño  profundo.

Muy de mañana, la luz era diáfana y de un brillo intenso. La casa, que obstaculizaba su paso, se volvió más blanca todavía. Destacaba entre las casas vecinas, pura y serena. La sombra fina de un olmo alto que había al lado parecía dibujada a lápiz en su fachada. Detrás estaba el amplio césped por el que Susanna había paseado durante un recorrido organizado de jardines particulares el día que él la vio por primera vez, alta y de buen talle. Una imagen que había sido incapaz de borrar, aunque lo otro había empezado más tarde, cuando Susanna ayudó a Marit a reorganizar  el jardín.

Se sentaron a tomar café. Eran cómplices, despiertos desde hacía poco, sin mirarse demasiado el uno al otro. Walter, sin embargo, la estaba admirando. Sin maquillar era todavía más atractiva. No se había peinado la melena. Se la veía muy accesible. Tendría que hacer algunas llamadas, pero él no pensaba en eso. Era demasiado pronto. Pensaba en días venideros. Mañanas futuras. Al principio casi no oyó el rumor a su espalda. Fue una pisada, y luego otra (Susanna palideció), a medida que Marit bajaba tambaleante por la escalera. El maquillaje de su cara estaba agrietado y el carmín mostraba fisuras. Walter se quedó mirándola sin dar crédito a sus ojos.

-Algo no funcionó -dijo ella.

-¿Te encuentras bien? -preguntó Walter estúpidamente.

-No; debiste de hacerlo mal.

-Oh, Dios -murmuró él.

Ella se sentó en el escalón inferior. No parecía haber reparado  en Susanna.

-Yo creía que ibas a ayudarme -dijo, y rompió a llorar.

-No entiendo qué ha pasado -contestó el.

-Todo mal -insistió Marit. Y a Susanna-: ¿Todavía estás aquí?

-Me iba a marchar ahora.

-No lo entiendo -dijo otra vez Walter.

-Tendré  que  empezar  de  nuevo -se  lamentó Marit.

-Lo siento -se disculpó él-, lo siento mucho.

No se le ocurrió decir otra cosa. Susanna había ido a buscar su ropa. Se marchó por la puerta principal.

Así fue como Walter y Susanna se separaron, tras ser descubiertos por Marit. Se vieron dos o tres veces con posterioridad, a instancias de él, pero no sirvió de nada. Lo que sea que une a las personas había desaparecido. Ella le dijo que no podía evitarlo. Que las cosas eran así.

La última noche (Last Night, 2005) trad. Luis Murillo Fort,   Barcelona, Salamandra, 2006, págs.. 143-156.

Texto breve de James Salter
Escritor James Salter. Fuente de la imagen

 

 Comentario

Si tuviera que escoger un puñado de los mejores relatos que he seleccionado para esta ya larga sección de “Cuentos breves recomendados, “La última noche” sería, sin ningún titubeo, uno de ellos. En él se encuentran todas las cualidades de este escritor tan tardíamente conocido y reconocido en nuestro país y, sin embargo, tan admirado por escritores como John Irving, Richard Ford, Susan Sontag o Harold Bloom, e incluso comparado con Camus y con Monet.

La crítica ha resaltado en la obra de Salter  “la maestría de los diálogos, lo mucho que dice en pocas palabras”,  “la sencillez con que narra lo misterioso de la realidad, pero con un extrema elaboración literaria”; “una prosa casi pictórica, en un juego de luces y sombras sin aparente solución”. “Nadie escribe como escribe James Salter: una escritura despojada que plasma intensos paisajes narrativos con pinceladas lacónicas y palabras precisas que se reúnen en oraciones casi perfectas, poéticas”. “La frase corta, la combinación de diálogos triviales y a cara de perro, el respetuoso zarandeo a sus personajes, la captura de la magia de un instante, todo eso determina el estilo del escritor neoyorquino”. “Lo que  hace a Salter un escritor es que tiene un estilo propio. Es como el trazo de un pintor, sabes que es él. Era inigualable”.

Sobre el relato titulado “La última noche” –escrito por Salter a los 81 años-  se ha escrito: “Una obra maestra, un relato cruel y lúcido sobre el amor y la enfermedad”. “Es el mejor cuento de Salter. No es fácil encontrar relatos sobre la eutanasia tan salvajemente conmovedores, tan devastadores y, sin embargo, tan lúcidamente hermosos como este”.

“Un amigo me escribió para recomendarme su libro de cuentos La última noche, y para alertarme sobre el último, el titulado así. Tiene unas pocas páginas y se lee en menos de diez minutos. Corta el aliento desde el principio y en la última página depara una descarga eléctrica. Terminé de leerlo y volví al principio, a las primeras líneas de transparencia engañosa. En esas pocas páginas, en una trama simple que se desliza hacia lo vergonzoso y lo atroz, Salter trata de frente la muerte, el deseo y la traición. “La última  noche” es ese cuento que uno da a leer de inmediato a la persona querida, urgiéndole a dejar de lado cualquier otra tarea; el cuento que si uno lo lee estando a solas quiere leer por teléfono a alguien, o tiene la tentación de contar en voz alta, como contaba de niño en el patio de la escuela una película a la mañana siguiente de verla.

Antonio Muñoz Molina

“La última noche” es una pequeña y terrible y crepuscular anécdota que otros narrarían como humorada color negro oscuro o como bestial leyenda urbana y doméstica. Salter, en cambio, opta por el camino en apariencia más sencillo pero en realidad más difícil: contar la historia con las palabras justas, un tono parejo y sin turbulencias, la calma de quien vuela por encima de las nubes de tormenta pero que también sabe que deberá volver a atravesarlas para poder aterrizar. Buenos reflejos y clase o, según Salter, “eso que llaman mi estilo y que no es más que la insistencia, por lo general inconsciente, en unas diez mil palabras que acaban configurando una suerte de huella digital y que determinan la naturaleza de lo que hago”.

Rodrigo Fresán

En fin, como se ha dicho, para quitarse el sombrero ante este extraordinario cuento, una demostración de maestría sólo reservada a los dioses genuinos del olimpo literario.

Miguel Díez R.

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