Cuento breve recomendado: «La última noche», de James Salter

A James Salter, que era uno de los más grandes escritores americanos de la segunda mitad del siglo XX, el reconocimiento le llegó muy tarde. Una vez me contó que había dado una lectura en una librería de Denver a la que sólo habían asistido dos señoras mayores con pinta de haberse equivocado de sitio, y un viejo vagabundo que no dejaba de toquetear la bolsita marrón donde llevaba la preceptiva botella de licor. Mientras Salter leía fragmentos de sus cuentos y novelas ante aquellas dos señoras -el vagabundo ya se había quedado dormido-, le llegaban los aullidos del público que veía un partido de los Broncos en la televisión. «Así es la gloria literaria», sentenció al final del e-mail donde me contaba aquello.

Años antes, los pocos críticos que leyeron su novela «Años luz» la masacraron sin piedad, a pesar de que hoy en día está considerada una de las mejores novelas americanas del siglo pasado. Pero Salter no les daba importancia a estas cosas. Había sido piloto de combate en la guerra de Corea -un día de julio de 1952, pilotando un F-86, derribó un Mig soviético-, y sabía lo que significaba jugarse la vida cuando una escuadrilla enemiga se aparecía de pronto por detrás de un banco de nubes. En sus primeros tiempos como piloto, cuando era un simple cadete en la escuela de instrucción, su avión se perdió en la noche y acabó estrellándose contra una casa en algún lugar de Massachussets. Por suerte, ni Salter ni los habitantes de la casa sufrieron daño alguno, pero aquel accidente al intentar un aterrizaje de emergencia dañó su reputación de piloto. Y aun así, Salter colocó muchos años después, en un lugar muy visible de su casa de Bridgehampton, en Long Island, la foto que apareció en los periódicos con su avión empotrado contra una casa hecha pedazos. Poca gente tendría el valor de colocar un fracaso así a la vista de todos sus invitados.

A mediados de los años 50, cuando había alcanzado el grado de mayor de la Fuerza Aérea, Salter empezó a escribir una novela sobre un piloto de combate en Corea que no conseguía alcanzar la gloria, y cuando un editor se la aceptó, la publicó con el seudónimo de James Salter (su verdadero nombre era James Horowitz) para no comprometer su reputación de piloto. Por aquellos años Salter se sentía a disgusto con la vida militar, y cuando Hollywood le compró su primera novela, «Pilotos de caza», que fue llevada al cine con Robert Mitchum en el papel protagonista, el dinero ganado con la venta del guión le permitió dejar el Ejército, después de haber estado varios años destinado en las bases americanas en Alemania y Francia (de su estancia en Francia saldría el material que dio origen a su novela «Juego y distracción», que se ha convertido en una obra maestro del erotismo, aunque en su momento apenas tuvo ningún éxito).

James Salter

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