Cuento corto de Ana Añón: Póquer (Ed. La Discreta)

Cuento de Ana Añón: Póquer
Días con erre, de Ana Añón (La Discreta, 2015)

Cuento de Ana Añón: Póquer

Conocí a doña Asunción el día de mi muerte. La suya era la tercera visita de aquel día y, por lo que recuerdo, mientras subía las escaleras volví a mirar la lista con la esperanza de haberme equivocado de altura. Llevaba una semana trabajando como revisor en una empresa de instalación de gas. No era un trabajo del que me sintiera muy satisfecho, todo lo contrario. Las instrucciones que recibí nada más empezar fueron como un jarro de agua fría; resultaron una retahíla de consejos sobre cómo estafar a una ancianita indefensa. Pensé en largarme de allí a los cinco minutos, pero estaba harto de que mis padres me llamasen vago y me animé a probar durante unos días.

Carlos, un compañero de la empresa, nos llevaba a todos en la furgoneta hasta los domicilios de las víctimas. El primer objetivo era conseguir por todos los medios que las señoras abriesen la puerta. Los monos de trabajo y las identificaciones de la empresa ayudaban bastante. Aun así, si no nos abrían, debíamos comunicar la obligatoriedad de la revisión y amenazar con cortar el gas (esto solía funcionar). Una vez dentro, cambiábamos las gomas y los reguladores, casi siempre antes de su fecha de caducidad o sin estar averiados —bastaba una patada—, la factura incluía, por supuesto, diversos trabajos de reparación, piezas nuevas y desplazamiento. Era duro, muchos de mis compañeros abandonaron el primer día, pero como mi miserable sueldo dependía de facturar mil euros semanales, decidí continuar al menos unas semanas.


Llegué sudoroso y sin aliento al rellano del quinto y llamé al timbre. Durante unos segundos creí que la señora no estaba en casa, pero al momento la puerta se abrió y pude ver tras ella a una anciana menuda y sonriente. Tenía un rostro amable, el de la víctima perfecta, bondadosa y confiada.

—Pasa, Martín —me dijo con familiaridad, como si me estuviera esperando.

Durante un momento tuve la extraña impresión de que así era, hasta que me di cuenta de que llevaba mi nombre prendido al mono y respiré tranquilo. Me identifiqué como el revisor del gas y pedí a la anciana que me indicara dónde estaba la cocina. Hacía mucho frío por toda la casa y la señora Asunción caminaba muy despacio, arrastrando los pies dentro de unas zapatillas con pompones. Tuve que armarme de paciencia: la espera bien valía los cuarenta euros que podía sacarle. En la mano derecha llevaba unas cartas de póquer y eso me hizo pensar que había interrumpido su solitario.

Mientras la seguía en dirección a la cocina, tropecé con algunas baldosas sueltas y advertí también que las paredes estaban agrietadas. Me fijé en los muebles, llenos de carcoma, y pensé que la casa no había sido actualizada en años, ni tampoco la música, ya que sonaba una curiosa versión de Angelitos negros interpretada por Nat King Cole. Por el salto de la aguja debía de ser en un viejo tocadiscos. Pero lo más sorprendente era una bañera repleta de rosas frescas que pude ver al pasar junto al baño.

Una vez en la cocina, doña Asunción me miró con ternura y comenzó a decir:

—Martín, no te molestes, en esta casa es mejor dejar todo tal como está…

La interrumpí rápidamente, no estaba de humor para aguantarle sus rollos de vieja, e insistí en que continuara con sus cosas mientras yo hacía mi trabajo. Me dispuse a cambiar la goma cuando advertí algo verdaderamente insólito: la fecha de caducidad de la goma era de 1970. Esta vez el cambio estaba más que justificado. Supuse que hacía tiempo que no utilizaba el gas y que, sencillamente, alguien le traía la comida. Cambié también el regulador y dejé pasar unos minutos antes de avisarla. Los Angelitos negros sonaron dos o tres veces más. Entonces observé que la pila estaba llena de platos y vasos con restos de comida, y además, junto al cubo de basura había unas botellas vacías de vino y envases de comida precocinada. No la escuché entrar y me sobresalté al verla de pronto a mi lado.

—Serán cuarenta euros, señora —dije nervioso—. El estado de la instalación era lamentable —traté de justificar.

—Escúchame, Martín…

—Lo siento, señora —interrumpí adivinando una excusa—, tengo mucha prisa.

Ella, con una sonrisa comprensiva, me indicó que la acompañara. Entramos en su dormitorio y encendió la luz. Se dirigió hacia una vieja cómoda que parecía un puesto del Rastro repleto de retratos antiguos, velas usadas, estampas de santos y botellitas de agua del Carmen. Se aproximó al espejo que había sobre la cómoda para arreglarse la redecilla que cubría su cabello. Después abrió con dificultad un enorme cajón repleto de ropa de cama que olía a naftalina. Me fijé entonces en un calendario de 1968 colgado en la pared. «Qué extraño», pensé.

 Doña Asunción me tocó en el hombro para reclamar mi atención y me entregó un bote metálico con una imagen desdibujada de unos niños con bombachos. Al mirar dentro descubrí que el bote estaba lleno de monedas… ¡de Franco! No podía creerlo.

—Señora —le grité exagerando mi enfado—, no quiero jugar al cinquillo con usted, sólo quiero cobrar la factura.

Me pidió entonces que la siguiera y cuando abrió la puerta de la sala quedé atónito: estaba llena de humo, el volumen de la música estaba muy alto y en una mesa redonda estaban jugando una partida de póquer en toda regla. Sobre la mesa había monedas y billetes de las antiguas pesetas. La señora Asunción me presentó a los jugadores:

—Martín, este es Luis —dijo señalando a un muchacho—. Antes trabajaba como vendedor del Círculo de Lectores.

Luis me sonrió sin dejar de juguetear con el mazo de cartas. Las pasaba de una mano a otra y parecía ansioso por continuar la partida. Doña Asunción se acercó a una joven morena muy atractiva y apoyó la mano sobre su hombro. Amalia, que así se llamaba la chica, se giró para mirarme. Doña Asunción me dijo que era testigo de Jehová. Junto a ella estaba Leonor, una mujer de unos cincuenta años que exhibía unos ostentosos anillos con cierto aire de superioridad. Doña Asunción me explicó que Leonor vendía unos sofisticados robots de cocina de la marca Thermomix. Leonor me miró con indiferencia y forzó una sonrisa. Los demás me saludaron muy cordialmente. Entre Leonor y Luis había un par de sillas vacías. Por seguirles la broma bajé la vista y pregunté si el repartidor de Telepizza estaba bajo la mesa, y Luis me contestó con ironía que, por suerte para él, no. Todos soltaron una carcajada.

En un rincón de la sala había un hombre gordo y calvo sentado en una mecedora fumando un puro. Llevaba una bufanda anudada al cuello y se abrigaba con una manta. Nos ignoraba a todos y leía el periódico ajeno a la partida. El gordo estaba rodeado de latas de cerveza, restos de comida y correo sin abrir. Me acerqué para saludarle esperando que doña Asunción me lo presentara también. A este ni siquiera le miró. Me sentí tranquilo al ver que el periódico que leía era del día.

Cuando volví la vista hacia la mesa, todos los jugadores estaban callados, permanecían inmóviles y me miraban expectantes. En el tocadiscos que había sobre el aparador la aguja seguía saltando aunque la música había cesado. Tragué saliva. La situación resultaba muy extraña para una vieja que, por lo que me habían dicho en la empresa, vivía sola. Aquel grupo que la acompañaba resultaba poco convencional.

Miré a doña Asunción y volví a insistirle en que me pagara, con la excusa de que mi compañero me esperaba en la calle. Necesitaba largarme de allí cuanto antes. Doña Asunción dio una calada a un cigarrillo a medio consumir y lo volvió a dejar sobre el cenicero. Pidió a sus compañeros que no continuaran la partida sin ella. Entonces me cogió de la mano y me llevó hasta una habitación que daba a la calle. Nos asomamos a la ventana y vi que, justo debajo, estaba la furgoneta de mi empresa, pero mi compañero, Carlos, no estaba dentro. Doña Asunción me señaló otro vehículo y entonces vi a Carlos ayudando al conductor a sacar algo de debajo de las ruedas. Parecía un accidente. El gentío no me permitía ver lo que sucedía. Se agolpaban alrededor del coche. Unos gritaban, otros apartaban la mirada. A juzgar por sus rostros, la imagen debía de ser terrible… Entonces llegó la policía y dispersó a la gente. Pude ver con horror que el cuerpo pisoteado bajo el coche era el mío. Me quedé estupefacto y la miré incrédulo.

—¿Cómo es posible? —pregunté.

—Todo es culpa de mi hijo, ese gordo del periódico.

 Por un momento guardó silencio y vi cómo se humedecían sus ojos. Después continuó:

—Para cobrar mi pensión, ocultó mi muerte y enterró mi cuerpo bajo la bañera. No estoy muy segura, pero tengo la impresión de que mientras siga en ese lugar, sin recibir sepultura, mis visitas y yo permaneceremos aquí.

Después continuó:

—He intentado decírtelo, Martín. Ocurrió antes de que subieras —me dijo ella cogiéndome de la mano—. No notaste nada, ¿verdad? Como los otros.

La miré aterrorizado y salí corriendo hacia la puerta tratando de huir de aquella casa de locos. Pero la puerta no se abrió.

—Te acostumbrarás a esto, Martín —me dijo—. ¿Sabes jugar al póquer?

Quedé mudo durante unos minutos y después tomé la mejor decisión que pude, me senté en la silla que quedaba vacía y pedí que me repartieran cartas.

Finalista Concurso de Relatos 21 de marzo de Tres Cantos

Incluido en Días con erre, La Discreta, 2015

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