Escribir. ¿Cuándo, por qué y para qué?

Según José Hierro, “se escribe poesía para decir aquello que no puede decirse”. Al leer la cita, he sentido envidia y frustración de que alguien haya podido condensar en una sola frase lo que significa escribir poesía. Yo voy a necesitar al menos una página entera para intentar explicar por qué escribe uno en prosa.

Para favorecer el tránsito de las ideas, me he puesto a recordar mis primeros balbuceos frente al folio en blanco, allá en el otoño del 98. Y es así como me he dado cuenta de que en mis inicios literarios yo había elegido la narrativa en detrimento de la poesía porque entonces no podía permitirme el lujo de “escribir aquello que no puede decirse”. Yo necesitaba contar, cantar al mundo mi existencia, celebrarme, como diría Walt Whitman.

Ahora, en frío, reconozco que no había demasiado que contar o cantar. En aquellos tiempos “mi circunstancia y yo” estábamos en lo de siempre: tenía una novia (o no la tenía), tenía un trabajo (o no lo tenía), tenía una escuálida cuenta bancaria escrita en números rojos o –y aquí cierro el capítulo de posesiones y carencias– tenía una familia cuyos lazos afectivos yo me esforzaba obstinadamente en cortar una y otra vez. Apremiado por la sensación de vacío, y con esa pesadumbre de joven rebelde (que ya no era tan joven ni tan rebelde), comencé a escribir relatos. Eran textos ingenuos, desmañados, torpes ejercicios carverianos escritos con pulso vacilante años antes de que yo escuchara hablar por primera vez de Raymond Carver. Eran –lo diré ya– ejemplos palmarios de cómo no se debe escribir.

Así que a los treinta años, como le ocurriera a Gabriel Celaya, yo “sentía en el pecho un pájaro encerrado”. Pero ahora no estaba solo: sobre mis hombros descansaba –ahí es nada– el brazo amigo de la literatura. Por suerte y quizá por primera vez en mi vida, en una huida hacia delante decidí luchar contra la adversidad. Escribir, que había nacido como un capricho más, acabó por convertirse en toda una vocación. Vendría poco después la amistad con Julián Rodríguez, que me inculcó el amor por la lectura y me dio numerosos consejos que nunca agradeceré lo suficiente; vendrían un par de premios en certámenes literarios; las tertulias improvisadas en la librería El Buscón; las primeras lecturas en público –lecturas que, confieso, siguen provocándome un nudo en el estómago; vendría el apoyo incansable de quien ahora es Madre Coraje, incomprensiblemente todavía al pie del cañón; o el de mi hermana Maite, que pasaba abnegadamente mis textos al ordenador cuando yo aún no me había familiarizado con la informática; vendría ese primer libro, Sopa de pescado, publicado en 2001 en la Editora Regional de Extremadura por Fernando Pérez, hombre generoso y entrañable de quien guardo un grato recuerdo magnificado por su prematura desaparición, y a quien quiero hoy dedicar esta declaración de intenciones.

Queda, pues, expuesta mi condición de escritor y de lector tardío. De escritor “por accidente”. Hace años el redactor de un diario mallorquín comenzó la reseña de Siete minutos, otro de mis hijos bastardos, con la siguiente frase: “Pocos escritores se atreverían a confesar en público, y tal vez ni siquiera en privado, que se iniciaron en el mundo literario, esto es a leer y escribir, más allá de los 30”. Y a continuación mencionaba como supuesto acto de valentía el hecho de que yo admitiera no haber estado interesado en la literatura hasta ese instante.

Podría haberme iniciado en las Letras mucho antes, es cierto. A veces me pesa no haberlo hecho. Pero ya no hay vuelta atrás: uno no puede enmendar su pasado. En compensación, la escritura y la lectura me han ayudado en estos últimos años a crecer como persona, me han llenado de contenidos –si se me permite la petulancia. En estos momentos no podría imaginar mi vida sin esa pulsión que me lleva a repensar la obra de Isaac Bashevis Singer o Knut Hamsun mientras friego los platos, rememorar ciertos pasajes de Viaje al fin de la noche de Céline cuando mudo las sábanas, o recordar los versos de José Agustín Goytisolo, Jaime Sabines o José María Fonollosa durante mis paseos por el parque que hay frente a mi casa. La literatura, aceptada en su máxima dimensión, es decir, cuando instruye además de entretener, se ha convertido para mí en un vicio. Un vicio en el buen sentido de la palabra.

escribir, Francisco Rodríguez CriadoDesde los grabados de Altamira, escritor y lector han mantenido abierta una ruta de la seda para intercambiar mercaderías afectivas y culturales. Mi esperanza al afrontar el folio en blanco es que mis escritos puedan ser de alguna utilidad a alguien, que le acompañen de algún modo.

Pero a esos motivos supuestamente loables que me empujan hacia la escritura (alivio de la soledad, búsqueda de cierta paz interior, enriquecimiento de contenidos, apertura de nuevas vías de comunicación) hay que añadir otros menos saludables, para los que no aún no he inventado excusa, y que ponen en evidencia una vez más que el hombre no está hecho de un solo material. Cómo negar que busco en la literatura alimentar aspiraciones económicas, reconfortar a mi vanidad o, ya puestos, hacerme un huequecito junto a los dioses del Olimpo. Lo que quiero decir es que he llegado a una situación en que no solo vivo la literatura, sino que también aspiro –cada vez menos– a vivir de la literatura, con todos los defectos secundarios que ello conlleva. Estas motivaciones tan prosaicas, se quejará mi querido redactor de periódico, tampoco suelen ser confesadas por los escritores en las entrevistas o en las conferencias. No, no suelen hacerlo. Lo más habitual es afirmar que uno escribe por necesidad. Necesidad espiritual a secas, se entiende. Lo cual no tiene por qué ser cierto –ni falso– del todo.

Francisco Rodríguez Criado

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francisco rodriguezFrancisco Rodríguez Criado: escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down.

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