Cuento yiddish de I.L. Peretz: El sastre

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Escritor yiddish I.L. Peretz. Fuente de la imagen

El cuento yiddish (o yidis) tiene como referencia a tres escritores que pusieron los pilares del género en el siglo XIX: Yitzchak Leibush Peretz, Mendele Mojer Sforim y Scholem Aleijem, autor de la famosa novela Tevie el lechero. El cuento yiddish se distingue por la sencillez, las tramas asequibles, el humor y cierta causticidad (no exenta de una mirada tierna hacia los personajes).

Para quienes aún no conocen la literatura yiddish doy un cuento de I.L. Peretz, “El sastre”, que destila bonhomía de principio a fin. Y de paso os invito a leer la obra del escritor yiddish más célebre de todos los tiempos (y uno de mis escritores preferidos), Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel de Literatura en 1968. Singer, en un intento de escapar de la persecución nazi, llegó a Estados Unidos siguiendo los pasos de su hermano Israel Yehoshua (otro escritor inmenso: si no me creéis, leed Los hermanos Askhenazi), y trabajó en el periódico judío Forverts, en el que está inspirado mi cuento Buscando a Alma Rosenberg. (Otro día os hablaré de la hermana de estos dos monstruos literarios, Esther Kreytman, también escritora, y de la alegría que me causó encontrar por fin uno de sus libros en una librería de viejo de Londres)

Y nada más por hoy. Disfrutad del encanto y la candidez de “El sastre”.



 

Cuento yiddish de I.L. Peretz: El sastre

Víspera de Iom kipur en la sinagoga de Berdichev, al anochecer.

Los ancianos concluyeron de enunciar su plegaria y regresaron a sus sitios. El rabino Leivi Itsjoc estaba de pie ante el atril. Tenía que entonar el Kol Nidre.

Todas las miradas estaban fijas en su espalda. Reinaba un silencio profundo en toda la sala; como la calma que precede a la tempestad. El público estaba pendiente de la voz del rabino. Probablemente comenzaría, como solía hacerlo, con un exordio. Haría una discusión previa con Dios; mano a mano.

El rabino callaba. Envuelto en el camisón y el talit, seguía en pie delante del pupitre, y guardaba silencio.

¿Qué significaba aquello?

¿Estarían cerrados todavía los portones de entrada de las plegarias? ¿A esa hora? ¿No podía llamar el rabino? Don Leivi Itsjoc permanecía inmóvil, con la cabeza inclinada hacia un costado, como si escuchara. ¿Estaría tratando de oír el ruido de los cerrojos?

De pronto se dio vuelta y llamó:

–¡Shames!

El sacristán de la sinagoga acudió corriendo.

– ¿Llegó Berel, el sastre? – le preguntó el rabino.

El público quedó estupefacto.

–No sé… –tartamudeó el Shames.

Comenzó a buscarlo con la mirada entre la concurrencia. El rabino hizo lo mismo.

–¡No! –dijo finalmente–. Se quedó en su casa.

–Vete a buscarlo. Dile que lo llamo yo, el rabino.

El sacristán salió. Berel vivía cerca, en la misma callejuela de la sinagoga. Al poco rato llegó, sin camisón ni talit, vestido con su capote de todos los días, la cara estirada, los ojos entre enojados y asustados. El sastre se aproximó al rabino.

–Usted me llamó, rabino; vine a verlo a usted–dijo, subrayando las últimas palabras.
Don Leivi Itsjoc sonrió

–Dime, Berele, ¿a qué se debe que se hable tanto de ti allá arriba? Por todo el dominio celeste resuena constantemente tu nombre. ¿Qué has hecho?

–¡Ajá!–exclamó el sastre con acento triunfal.

–¿Tienes alguna queja?

–¡Es claro que sí!–repuso Berel.

–¿Contra quién?

–¡Contra Dios!

El público se movió agitado pronto a lanzarse contra el sastre para destrozarlo. Don Leivi Itsjoc dejó ver una sonrisa más amplia.

–¿Por qué no me cuentas, Berel, lo que sucede?

–¡Cómo no, rabino! Se lo voy a contar. Le voy a presentar mi caso. ¿Puedo hablar?

–Habla.

–Me pasé todo el verano sin trabajar, sin recibir ni un solo encargo, de nadie, ni de los judíos de la ciudad, ni de los campesinos. Era desesperante…

–Bah… – dijo, incrédulo, el rabino–. Los hijos de Israel son campesinos. Te hubiera confiado…

–No, eso no, rabino. Yo no pido ni recibo favores de ningún hombre. Tengo tanto derecho al favor de Dios como cualquiera. Lo único que hice fue enviar a mi hija a otra ciudad, a servir. Yo me quedé en casa, esperando la decisión de Dios.

“Poco antes de la Fiesta de las Cabañas, se abrió de pronto la puerta. ¡Por fin! Un cliente. En efecto; era un enviado del terrateniente que me mandaba llamar para revestir una pelliza.”

“¡Muy bien! Dios provee de alimento a sus criaturas. Me trasladé al palacio, donde me llevaron a una salita y me dieron el género y las pieles.”

“¡Hubiera visto qué pieles, rabino, qué pieles, rabino, qué zorros! ¡De Zorrolandia!

Era la hora del Kol Nidre, y el rabino lo apremió.

–Bueno, cosiste la pelliza; cumpliste honestamente tu encargo, ¿Luego, qué pasó?

–Casi nada es lo que pasó: sobraron tres pieles.

–¿Te las llevaste?

–No tan fácilmente, rabino. En el portón del palacio hay un guardián receloso que revisa a todos los que salen. Hay que sacarse hasta las botas. Y si a uno le encuentran algo… El terrateniente tiene perros, y tiene látigos…

–Pues bien, ¿qué hiciste?

–Yo no soy un cualquiera. ¡Soy Berel, el sastre! Me fui a la cocina, rabino, y pedí que me dieran un pan, para llevármelo.

–¿Pan de goi, Berel?

–¡No era para comerlo, rabino, Dios me libre! Me dieron un pan enorme. Volví al cuarto de costura, abrí el pan, le saqué la miga, la amasé con las manos, hasta que se empapó de sudor, y tiré la masa al perro que estaba en el cuarto. A los perros les gusta el sudor de los hombres. Luego metí las tres pieles dentro del pan ahuecado, y salí.

“Al llegar al portón me detuvo el guardián.”

–¿Qué llevas ahí, judío, bajo el brazo?”

–Un pan –dije, y se lo mostré

“Me dejó pasar, y en cuanto me alejé un poco, apreté el paso, tomando, no por el camino, sino a campo traviesa, por los matorrales. Caminaba alegremente, casi bailando. ¡Qué pieles! Me alcanzaría para una cidra, una rama de palmera…”.

“De pronto Sentí que me temblaba la tierra bajo los pies. Inmediatamente reconocí el temblor. Detrás de mi venia corriendo un caballo. ¡Me perseguían! Se me cortó la leche que había mamado después de nacer. Habrán contado las pieles, pensé. Como primera medida, arrojé el pan entre las malezas, y dejé una señal para reconocer el sitio. Luego me detuve, aguardando a que llegara el jinete. Al rato:

“–¡Berco! –gritaron–. ¡Eh, Berco!

“Era el cosaco del terrateniente. Le conocía la voz. Por dentro temblaba, rabino, se lo aseguro. El alma se me había ido a los tobillos. Pero Berel no se acobarda así nomás. Me di vuelta, poniendo cara de inocente.”

“Fue un susto sin motivo. Me había olvidado de coserle el colgador a la pelliza. El cosaco me hizo subir al caballo y me llevó de vuelta al palacio. Dando gracias a Dios por mi salvación, cosí el colgador, y partí de nuevo. Llegué al lugar donde había dejado la señal: ¡Ni huellas del pan!”

“No era época de cosecha. Por aquel campo no pasaba nunca un alma. Ningún pájaro del mundo podría levantar ese peso. Ccomprendí enseguida quién había sido…

–¿Quién? –preguntó don Leivi Itsjoc

–¡Él! –replicó el sastre, señalando con el dedo hacia arriba–. ¡Dios! Fue cosa de él, rabino. ¿Y sabe por qué? El gran señor no quiere que yo, su siervo, Berel el sastre, hurte los sobrantes…

–Es claro –repuso don Leivi Itsjoc amablemente–, dice la ley…

–¡La ley, la ley! Bien sabe Dios que la costumbre cambia las leyes. Y yo no inventé eso de los sobrantes. ¡Es una costumbre que viene de muy antiguo! Además – prosiguió argumentando el sastre–, si Dios es un señor tan grande y tan altivo, y no quiere que Berel el sastre, el más humilde de sus siervos, hurte sobrantes, ¡Que le dé trabajo, como hacen todos los señores! ¡Pero él no quiere darme ni una cosa ni la otra! Por lo tanto, no quiero rendirle culto. He hecho un voto: ¡No le sirvo más!

Los asistentes a la sinagoga dejaron oír un sordo bramido. Varios brazos se alzaron en dirección al sastre. El rabino los detuvo.

–¡Silencio!

El público se aquietó.

–¿Y luego, Berel? –preguntó el rabino suavemente.

–¡Nada! –replicó Berel–. Volví a casa y no me lavé; comí sin lavarme. Mi mujer quiso abrirme la boca, ¡le descargué un sopapo! Me acosté sin pronunciar las oraciones. Los labios quisieron moverse para decirlas, pero los apreté con los dientes. A la mañana siguiente no dije las bendiciones, ni recé, ni me puse el taled ni las filacterias. Grité a mi mujer “¡Dame de comer!”. Salió corriendo de casa y se fue a la aldea, a la casa de su padre, el arrendatario de la posada. Me quedé sin esposa. ¡Mejor! Ella es una mujer débil. Es preferible que no intervenga en esto. Yo seguí con lo mío. No instale la cabaña. No traje la cidra. Nada de ramas de palmera. Los días de fiesta no dije la bendición del vino. En Simjat Torá hice lo que Mardoqueo después del decreto, me puse una bolsa en la cabeza.

“En la época de las slijes me sentí un poco triste, abatido. El shames llamó a la puerta y a mí me llamaba el corazón. Pero yo soy Berel el sastre. Soy un hombre de palabra. Me tape la cabeza. ¡Aguante! ¡No fui! Llego la fiesta de Año Nuevo, ¡yo no me moví! Cuando soplaron el cuerno, me tape los oídos con algodón. Sufro. Siento repugnancia de mí mismo. Ando sucio. Tengo un espejito en la pared: lo di vuelta. No quiero verme la cara. Todo el mundo fue a la procesión.”

El sastre se interrumpió, hizo una pausa y volvió a decir impetuosamente:

–¡Pero yo tengo razón, rabino! ¡Y no voy a ceder sin alguna compensación!

Don Leivi Itsjoc quedó un instante pensativo.

–¿Y qué es lo que quieres, Berel? –pregunto luego–: ¿Sustento?

Berel se ofendió.

–¡Sustento de mezquindad! ¡Sustento me hubiera dado antes! Por otra parte, todo el mundo tiene derecho al sustento. El pájaro del aire, el gusano de la tierra… El sustento es lo corriente. ¡Ahora quiero algo más!

–Di, Berele, ¿Qué quieres?

Berel hizo una pausa.

–En Iom Kipur –dijo luego– quedan perdonados los pecados cometidos por el hombre contra Dios, ¿verdad, rabino?

–Verdad.

–¿Y los pecados cometidos por el hombre contra el hombre?

–No.

Berel se irguió como un poste, y dijo con voz alta y firme:

–Pues bien; yo, Berel el sastre, no me rendiré, no volveré al servicio del señor hasta que Dios no perdone este año, por mí, esos pecados también. ¿Tengo razón, rabino?

–Tienes razón –respondió don Leivi Itsjoc–, y no cedas. Tendrán que aceptar tus condiciones.

El rabino se volvió hacia el pupitre, miro hacia arriba, inclino la cabeza un costado, escuchó un instante, y luego informó:

–¡Lo conseguiste, Berel! Vete a buscar el camisón y el talit.

El mundo perdido de Isaac Bashevis Singer, por Francisco Rodríguez Criado


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