La técnica literaria de Pío Baroja

Pío Baroja, técnica literaria

Pío Baroja revisando un manuscrito en su escritorio de trabajo

Pío Baroja (1872-1956) es uno de los autores más destacados de la generación del 98. Además de ser conocido por sus novelas, entre las que destacan El Árbol de la Ciencia o La busca, cultivó el cuento, la novela corta, los libros de viajes, biografías o el ensayo… El siguiente es un breve fragmento ensayo Pío Baroja, técnica, estilos, y personajes, del académico chileno Juan Uribe Echeverría, donde es posible apreciar las fortalezas y las debilidades del escritor vasco, con su estilo vital, a veces parco y un poco volátil, pero por encima de todo auténtico.

El libro fue publicado por Ediciones Anales de la Universidad de Chile, en 1957.

Ernesto Busto Garrido

El método de composición novelística de Pío Baroja

Juan Uribe Echeverría

“Dejemos las conclusiones para los idiotas”.

Pío Baroja

Baroja es el más espontáneo y el menos artificioso entre los novelistas españoles nuevos, y sin duda, el de la personalidad más vigorosa, el más original y el de mayor potencia creadora. Al parecer escribe sin preocupación literaria y compone con un mínimum de plan.

En el prólogo a su novela La dama errante (Edición de la Biblioteca Nelson) en Juventud, Egolatría, y sobre todo en el prólogo a sus Páginas escogidas (1918), Baroja precisa sus conceptos sobre la técnica de la novela. No acepta una preceptiva fija para el género novelesco, ni cree que la novela esté llamada a desaparecer.

Dice: “La novela se acortará, se alargará, se hará episódica, sentimental, puramente episódica, (pero) no desaparecerá ya jamás. Es un saco donde cabe todo. Claro que hay una clase de novela que pasa y la substituye otra, pero el género no desaparece, no puede desaparecer”.

“Creer que hay reglas para producir el interés, para producir el interés del lector, es una candidez. Es como suponer que puede haber reglas para que una persona sea simpática… Los preceptistas nos dirán que el interés procede de la unidad del plan, de la perfección y gradación de la fábula y del arreglo de las partes. Hay libros de acción bien compuesta y bien desarrollada y que no son interesantes; hay otros, en cambio, que no tienen acción apenas, y son interesantísimos.

El términos semejantes se ha expresado hace poco el famoso novelista americano William Faulkner:

“El escritor que se preocupa de la técnica vale más que se haga cirujano o albañil. No existe ningún procedimiento, mecánico ni ningún manual, para aprender a escribir. Un escritor sería loco si se propusiera seguir una teoría. La gente aprende únicamente gracias al error. Un buen artista no considera a nadie con capacidad suficiente para darle consejos”. (Jean Stein: Conversación con W. Faulkner. Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Culura. septiembre-octubre de 1956).

Baroja no acepta la unidad en el relato novelesco. Sostiene que sólo puede haberla en un trabajo corto. Una novela larga es, para él, siempre una sucesión de novelas cortas. Con el objeto de conseguir alguna unidad de efecto en las novelas largas, Baroja recomienda los capítulos cortos, concentrando toda la acción en los accidentes. Cree, como Stendhal, que la originalidad y el interés están en los detalles.

En lo que se refiere a la composición de la novela, a la distribución de los personajes y capítulos, Baroja afirma que la habilidad para urdir una trama es el resultado de la imaginación, y que ésta, o sea la facultad de inventar, es muy escasa.

Distingue, en forma concreta, tres maneras de comenzar una novela: por el principio, por el medio, o por el fin.

“Empezar por el principio es el sistema natural de una narración estilo Lazarillo de Tormes, o El Buscón de Quevedo, etc… Por el medio comienzan muchos novelistas franceses modernos como Zola, Daudet, etc… sacando un capítulo del centro y llevándolo al principio; y por el final, los que han hecho la novela jeroglífica, como Poe y sus discípulos.

Yo, como he dicho antes, generalmente no compongo; sólo intentaría componer queriendo hacer unos de estos cuentos a lo Poe, que son como aparatos de relojería”.

En cuanto a las descripciones, Baroja sostiene que Huysmans y Zola abusaron de la descripción paisajística. Prefiere a Rudyard Kipling, más breve y sugestivo:

“La descripción sola, llegando a cierto grado de perfección, dice, es algo artístico que interesa y atrae. Así son algunas páginas descriptas de Pierre Loti, de Azorín…”

“Yo siempre he tendido a hacer descripciones por la impresión directa y, sea amaneramiento o costumbre, no podría hablar de un personaje cualquiera si no supiera dónde vive y en qué ambiente se mueve”.

El ensayista francés Edmond Jaloux, al criticar en 1924 “La sensualdiad pervertida” advierte la tendencia de Baroja a la confidencia personal a través de la ficción novelesca:

“Apenas si se puede contar el libro de Pío Baroja; no es una novela, sino el resumen de una vida, una colección de memorias. El autor describe un gran número de incidentes y un gran número de personajes; se comprende de una manera visible que se esfuerza por ser verídico, profundamente verdadero, a la manera de un escritor inglés, o ruso; pero esa realidad no la encuentra jamás más que en la pobreza cotidiana, y entonces se ve cuán lejos está del realismo inglés o ruso…”.

Salvador Madariaga en su libro Semblanza literarias contemporáneas (1924) dedica algunas páginas al análisis del estilo y la técnica novelesca de Pío Baroja.

“Baroja se limita a declarar. Hay páginas enteras en sus novelas que no son sino ristras de hechos apuntados en frases cortas que caen con monótona regularidad como paquetes descargados. Ni la menor tentativa para explicarlos, relacionarlos o explotarlos para fines emotivos, críticos o históricos, dentro de la novela. Las cosas vistas y hechas desfilan sueltas ante el lector, sin que la voz del narrador tiemble o se eleve. A no dudarlo, en esta impasibilidad hay algo de escrúpulo de veracidad. Baroja, el Caballero de la Verdad, teme que el menor desarrollo estético de los hechos destruya la frescura de la primera impresión”.

Al fin y al cabo, el estilo Baroja es al tradicional de la novela, lo que el de la música contemporánea al de la clásica. Hoy en día la construcción clásica, por medio de temas desarrollados y entretejidos de manera continua, ha cedido terreno ante una expresión más directa por medio de frases que surgen de la masa armónica para volver a sumergirse en ella en cuanto han terminado su misión. Así Baroja, probablemente, sin haber parado mientes en esta analogía con la música, vino a escribir sus novelas como series de cortos episodios sueltos, sin ritmo ni forma especial, que empiezan de cualquier modo y acaban de cualquier manera.

*** (Del libro “Pío Baroja, técnica, estilos, y personajes”. Juan Uribe Echeverría. /Ediciones Anales de la Universidad de Chile/ 1957, 74-78).

Juan Uribe Echeverría
Juan Uribe Echeverría

Semblanza de Juan Uribe Echeverría (1908-1988)

Juan Uribe Echevarría mostró desde sus primeros escritos literarios interés por la cultura española, país en el que nació y transcurrió su infancia. Así lo demostraron sus primeras investigaciones, realizadas en la Universidad de Chile mientras cursaba la carrera de pedagogía y sus colaboraciones sobre teoría literaria y literatura española en la revista Atenea.

En 1936 con la publicación de su memoria de grado, titulada La novela de la revolución mexicana y la novela hispanoamericana actual, se hizo conocido como escritor. Por otra parte, se trasladó a Valparaíso, donde se estableció con el fin de ejercer su profesión. Empezó su labor docente en escuelas de la zona, pero debió interrumpir su trabajo en dos ocasiones tras obtener becas de especialización en Brasil y Portugal. De regreso a Chile, en 1950, fue nombrado profesor de literatura en el Instituto Pedagógico de Valparaíso. En los años siguientes se vinculó a la investigación literaria y educacional, elaborando textos de circulación interna para los estudiantes del Instituto.

Juan Uribe tuvo gran devoción por Valparaíso. No sólo se dedicó a indagar en la historia de esta ciudad, sino que también escribió dos ensayos inspirados en ésta: Contrapunto de alféreces en la provincia de Valparaíso (1958) y Yo soy dueño del Barón (1966), un estudio sobre el poeta y pintor Arturo Alcayaga. Asimismo, su segunda novela publicada, Sabadomingo (1973), la ambientó en este puerto. En su paso por este lugar impulsó el teatro popular y universitario, organizó encuentros de escritores y creó revistas.

A partir de 1960 comenzó a interesarse por el folclor nacional y se entregó casi por completo a la observación de las costumbres chilenas. Desde entonces, la mayoría de sus ensayos y libros tuvieron por objeto difundir las raíces culturales del pueblo. Sus principales temas fueron la poesía popular, las fiestas religiosas, las riñas de gallos, el boxeo y la cueca urbana. Uno de sus grandes méritos fue dar a conocer a payadores y poetas populares.

En el ámbito académico, junto a Guillermo Feliú Cruz, dirigió los Anales de la Universidad de Chile desde 1954 hasta 1962. Al año siguiente, ambos fundaron la revista Mapocho de la Biblioteca Nacional, la que adquirió gran prestigio nacional y extranjero. El 12 de junio 1973 fue designado miembro de la Academia Chilena de la Historia, reemplazando a Julio Vicuña Cifuentes.

En 1980 recibió el Premio Ricardo Latcham por su notable trayectoria literaria. Murió en Santiago, el 25 de diciembre de 1988.

Fuente: Memoria chilena/ Biblioteca Nacional de Chile

Ernesto Bustos Garrido Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile) es periodista de la Universidad de Chile, donde impartió    clases así como en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha  trabajado en diversos medios informativos, fundamentalmente en La Tercera de la Hora. Fue editor y  propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar.

 Amante de los viajes y de la escritura, admira a Pablo Neruda, Gabriela  Mistral, Nicanor Parra,  Vicente Huidobro, Francisco Coloane, Ernest Hemingway, Cervantes, Vicente Blasco Ibáñez, Pérez  Galdós, Ramiro Pinilla, Vargas Llosa, García Márquez, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.

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