Los inicios literarios de Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez

Casa paterna de Gabriel García Márquez (en Arataca)Mapa de Macondo

Los inicios literarios de Gabriel García Márquez

Por Ernesto Bustos Garrido

La confesión es clara y no deja resquicios para dobles o triples lecturas. Gabriel García Márquez ha dicho que cuando tenía 23 años realizó un viaje a Aracataca con su madre y que dicho viaje fue crucial para él. Durante el viaje o a su regreso a Barranquilla donde vivía, decidió que sería escritor o nada más. En ese momento ya había publicado dos o tres relatos, con relativo éxito de crítica y la algarabía de sus amigos, entre ellos Álvaro Cepeda Samudio, Plinio Apuleyo Mendoza, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y el librero catalán –su maestro y su tabla de salvación en los apuros económicos– Ramón Vinyes. Estudiaba derecho sin mucho afán porque lo suyo era la lectura de todo lo que caía en sus manos, los café y las camas ardientes donde ya se había condecorado con un par de purgaciones. Es un joven que viste vaqueros, camisas floreadas, calza sandalias de peregrino como él mismo lo describe, lleva el pelo ensortijado, bigote de cimarrón y fuma sesenta cigarros al día. De pronto decide abandonar o congelar sus estudios para hacerse periodista y concentrarse en la tertulia y el dolce far niente.

Sin embargo, en ese momento se produce un episodio que cambiará para siempre su vida y pondrá fin a su falta de proyectos: el viaje a su natal Aracataca. El viaje surge un día de febrero de 1950, cuando inesperadamente su madre se aparece por Barranquilla y lo encuentra en la librería de Vinyes.

El siguiente es el testimonio del propio Garbriel García Márquez, consignado en las primeras páginas de su autobiografía Vivir para contarla (Editorial Sudamericana-Buenos Aires- 2002).

Padres de Gabriel García Márquez
Luisa Márquez y Gabriel Eligio García, los padres del Gabo

Vivir para contarla

Gabriel García Márquez

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla

Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa. Había llegado a Barranquilla esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia y no tenía la menor idea de cómo encontrarme. Preguntando por aquí y por allá entre los conocidos, le indicaron que me buscara en la librería Mundo, o en los café vecinos, donde iba dos veces al día a conversar con mis amigos escritores. El que se lo dijo le advirtió: “Vaya con cuidado porque son locos de remate”.

Llegó a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de libros en exhibición, se me plantó enfrente, mirándome a los ojos con la sonrisa pícara de sus días mejores, y antes que yo pudiera reaccionar, me dijo:

–Soy tu madre.

Algo había cambiado en ella que me impidió reconocerla a primera vista. Tenía cuarenta y cinco años. Sumando sus once partos, había pasado diez años encinta y por lo menos otros tanto amamantando a sus hijos. Había encanecido por completo antes de tiempo, los ojos se le veían grandes y atónitos detrás de sus primeros lentes bifocales, y guardaba un luto cerrado y serio por la muerte de su madre, pero conservaba todavía la belleza romana de su retrato de bodas, ahora dignificada por un aura otoñal. Antes de nada, aun antes de abrazarme, me dijo con su estilo ceremonial de costumbre.

–Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa.

No tuvo que decirme cuál, ni dónde, porque para nosotros sólo existía una en el mundo: la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la buena suerte de nacer y donde no volví a vivir después de los ocho años.

Acababa de abandonar la facultad de derecho al cabo de seis semestres, dedicado más que nada a leer lo que me cayera en las manos y recitar de memoria la poesía irrepetible del Siglo de Oro español. Había leído ya, traducidos y en ediciones prestadas, todos los libros que me habrían bastado para aprender la técnica de novelar, y había publicado seis cuentos en suplementos de periódicos, que merecieron el entusiasmo de mis amigos y la atención de algunos críticos.

Iba a cumplir veintitrés años el mes siguiente, era ya infractor del servicio militar y veterano de dos blenorragias, y me fumaba cada día, sin premoniciones, sesenta cigarrillos de tabaco bárbaro. Alternaba mis ocios entre Barranquilla y Cartagena de Indias, en la costa caribe de Colombia, sobreviviendo a cuerpo de rey con lo que me pagaban por mis notas diarias en El Heraldo, que era casi menos que nada, y dormía lo mejor acompañado posible donde me sorprendiera la noche. Como si no fuera bastante la incertidumbre sobre mis pretensiones y el caos de mi vida, con un grupo de amigos inseparables nos disponíamos a publicar una revista temeraria y sin recursos que Alfonso Fuenmayor planeaba desde hacía tres años. ¿Qué más podía desear?

Más que escasez que por gusto me anticipé a la moda en veinte años: bigote silvestre, cabellos alborotados, pantalones de vaquero, camisas de flores equívocas y sandalias de peregrino. En la oscuridad de un cine, y sin saber que yo estaba cerca, una amiga de entonces le dijo a alguien: “El pobre Gabito es un caso perdido”- De modo cuando mi madre me pidió que fuera con ella a vender la casa, no tuve ningún estorbo para decirle que sí. Ella me planteó que no tenía bastante dinero y por orgullo le dije que pagaba mis gastos.

En el periódico en que trabajaba no era posible resolverlo, Me pagaban tres pesos por nota diaria y cuatro por editorial cuando faltaba alguno de los editorialistas de planta, pero apenas me alcanzaban. Traté de hacer un préstamo, pero el gerente me recordó que mi deuda original ascendía a más de cincuenta pesos. Esa tarde cometí un abuso del cual ninguno de mis amigos habría sido capaz. A la salida del café Colombia, junto a la librería, me emparejé con don Ramón Vinyes, el viejo maestro y librero catalán, y le pedí prestados diez pesos. Sólo tenía seis.

Ni mi madre ni yo, por supuesto, hubiéramos podido imaginar siquiera que aquel cándido paseo de sólo dos días iba a ser tan determinante para mí, que la más larga y diligente de las vidas no me alcanzaría para acabar de contarlo. Ahora, con más de setenta y cinco años bien medidos, sé que fue la decisión más importante de cuantas tuve que tomar en mi carrera de escritor. Es decir: en toda mi vida.

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Mapa de Macondo
Mapa de Macondo

 

Las implicancias del viaje

El citado viaje desde Barranquilla hasta el pueblo de Aracataca (vecino a la Ciénega), donde el joven periodista efectúa la declaración de principios de hacerse escritor para toda la vida, tuvo lugar a las siete de la noche del sábado 18 de febrero de 1950. Gabriel, de 23 años, y su madre vestida de riguroso luto como él mismo lo estipula.

El citado viaje –mitad en lanchón, mitad en tren– está también consignado y dibujado en las primeras páginas de su novela Los funerales de mamá grande. En el cuento “La siesta del martes”, Gabriel García Márquez narra un viaje en tren a través de la misma geografía del viaje real del joven periodista con su madre. En este cuento las protagonistas son una niña de pocos años y su madre. Se dirigen a un pueblo perdido en la sabana a visitar la tumba de un hijo de la mujer, presumiblemente el padre de la niña, muerto de un balazo al tratar de robar en una casa del pueblo.

Las mayores coincidencias entre el viaje real y este del cuanto “La siesta del martes” reside en el paisaje, en la atmósfera del relato y en el traqueteo del tren sobre las gastadas vías. Se advierten también cercanías con el ritmo de la narración y el empleo del lenguaje de otros tantos cuentos suyos, donde cada palabra, cada adjetivo, cada hipérbole y cada retruécano, son la música exacta para una prosa hecha de realidad y magia.

Sin embargo, a esas alturas, tempranas sin duda, ya estaban esbozados los cimientos de su obra culmen. Aquel mismo año de 1950, ya de regreso del viaje a Aracataca, Gabriel García Márquez publica en El Heraldo de Barranquilla lo que sería un anticipo de su obra más celebrada: Cien años de soledad. Se trata de un cuentito de un par de páginas que tituló “La hija del coronel” y que lleva el subtítulo entre paréntesis (Apuntes para una novela). En esos bisoños renglones arrancados a dos dedos en su viaje máquina de escribir, anuncia, quizás sin tenerlo muy claro o quizás no decidido todavía, la decisión fundacional de construir la historia más fascinante surgida de las entrañas de América Latina.

El siguiente es el cuento embrión de “Cien años de soledad”.

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Ernesto Bustos Garrido Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile) es periodista de la Universidad de Chile, donde impartió    clases así como en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha  trabajado en diversos medios informativos, fundamentalmente en La Tercera de la Hora. Fue editor y  propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar.

 Amante de los viajes y de la escritura, admira a Pablo Neruda, Gabriela  Mistral, Nicanor Parra,  Vicente Huidobro, Francisco Coloane, Ernest Hemingway, Cervantes, Vicente Blasco Ibáñez, Pérez  Galdós, Ramiro Pinilla, Vargas Llosa, García Márquez, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.

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