París era una fiesta

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París era una fiesta

Las democracias occidentales están muy lejos de banalizar el mal, como reprochaba Hannah Arendt a los nazis gregarios de la Alemania de los años 30, pero los recurrentes atentados terroristas cometidos en Europa han sentado las bases de otro vicio: el de la costumbre. Los terroristas podrán cambiar ciertos aspectos de su hoja de ruta, pero cuando tienen éxito ya sabemos lo que va a suceder a continuación: dolor e indignación, recuento precipitado de víctimas, declaraciones de los políticos criticando los atentados al tiempo que informan de inminentes represalias, cierres de fronteras, exposición de velas y flores para homenajear a las víctimas, defensa de las comunidades islámicas pacíficas o incitación al odio hacia ellas, interpretaciones del Imagine de John Lennon, rezos a Dios y al Diablo, entrevistas en los medios de comunicación a especialistas en la yihad, cruce de reproches entre miembros de partidos políticos… Tampoco faltan, cómo no, acusaciones a las democracias occidentales por parte de algunos ciudadanos occidentales que vienen a decir, con estas palabras u otras similares, que tenemos lo que nos merecemos.

En cierto modo el terrorismo siempre gana. No solo siembra el pánico y trunca la vida de decenas o centenares de inocentes, también consigue desunir a los ciudadanos de bien, a los que enfrenta de manera cainita pese a que todos aseguran defender los valores de la democracia.

En los tiempos de Hemingway y Fitzgerald, París era una fiesta y el icono de la generación perdida. Hoy es tristemente una úlcera donde el mal, el dolor y la indignación han vuelto a hacerse costumbre.

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