Cuento breve recomendado: “Amina”. Cuento infantil

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cuento, amina
Fotografía de Nieves con Denver, el perro de sus nietas más pequeñas Blanca e Inés, que siempre escucha con ellas los cuentos  de la abuela.

 

Cuento breve recomendado. “Amina”. Cuento infantil.

 

CUENTOS POPULARES DE TRADICIÓN ORAL

He publicado en esta sección de Cuentos Breves Recomendados del blog Narrativa Breve muchos cuentos populares de tradición oral, de muy diferentes países. Fue Ramón Menéndez Pidal (1864-1968) quien recalcó la importancia de la expresión tradición oral para designar un tipo de literatura –mitos y leyendas, romances, canciones y baladas y, desde luego, cuentos– y distinguirlo de lo puramente popular, es decir, la simple recepción o aceptación por el pueblo –sin ninguna intervención por su parte– de una obra en cuanto que satisface sus gustos. La palabra tradicional se refiere a la reelaboración oral por medio de las variantes introducidas por muchos individuos, no coetáneos sino sucesivos, que son la forma en que el pueblo como colectividad interviene en la composición literaria. El pueblo es autor mediante ese perenne fluir de las variantes y no tiene nombre porque es el inmenso anónimo; su único nombre –como decía el citado estudioso– es legión y su fecha son los siglos.

 

LOS RECOPILADORES DE LOS CUENTOS POPULARES DE TRADICIÓN ORAL

Estos cuentos populares de tradición oral, en un momento determinado y, en muchos casos, debido al interés por preservarlos y dadas las posibilidades ofrecidas por los medio de impresión, fueron recogidos, fijados por escrito y publicados por numerosos recopiladores en todo el mundo. Algunos de los más conocidos son: en Francia Charles Perrault (1688-1703), en Alemania Los hermanos Grimm (Jacob Ludwign 1785-1863 y Wilhelm Karl 1786-1859), en Dinamarca, Hans Cristian Andersen (1805-1875), en Rusia Alexander Afanásiev (1826-1871), en Italia Italo Calvino (1923-1985) y en España Aurelio M. Espinosa (1880-1958), Antonio Rodríguez Almodóvar (1941) y, más recientemente, José Mª Guelbenzu (1944). Todos recordamos cuentos muy famosos, recogidos y fijados por escrito por estos recopiladores: “La Cenicienta”, “La Bella Durmiente”, “Caperucita Roja”, “Blancanieves y los siete Enanitos”, “El Gato con botas”, “La Bella y la Bestia”, “Hänsel Gretel”, “Vasilisa la Bella”, “El peral de la tía Miseria”, “Blancaflor”…

Hansel y Gretel
Hansel y Gretel. Ilustración del pintor y grabador Ludwig Richter (Alemania, 1803-1884) para el cuento de los hermanos Grimm “Hansel y Gretel”

 

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Fotograma de “La petite Blanche Neige”, película de 1910

 

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Ilustración de Gustave Doré (Francia, 1832-1883) para el cuento “Caperucita Roja”, en la versión de Charles Perrault

 

 

Cenicienta
Cenicienta

 

Sin embargo, es necesario hacer una importante precisión. Estos y otros recopiladores han procedido de dos maneras: o bien han realizado su propia versión con formas narrativas personales, a partir de la estructura genuina del cuento tradicional; o bien han realizado lo que se denomina la “versión facticia” de un cuento –o de cualquier otra manifestación literaria de tradición oral–, elaborada a la vista de varias versiones tradicionales y recogiendo rasgos de unas y otras en busca de la ideal; de tal manera que el resultado es una versión que no existe en la tradición real: es el resultado facticio (no natural) de un cuidada selección que ha recogido lo mejor de cada una de las versiones tradicionales que el recopilador ha tenido presentes.

 

CUENTOS POPULARES (INFANTILES) “LITERARIOS”

Empleo la denominación de cuentos populares (infantiles) literarios para referirme a los escritos por famosos autores, en los que también se pueden contemplar dos situaciones distintas. En el primer caso, me refiero a autores que crean ex nihilo, es decir, sin partir de ningún cuento popular de tradición oral, pero con una temática infantil y un esmerado cuidado formal. Un ejemplo paradigmático es el cuento titulado “El gigante egoísta” del escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900).

 

El gigante egoísta
El gigante egoísta

 

En el segundo caso, los escritores, partiendo de un cuento popular tradicional crean muy libremente un cuento literario. Véanse dos ejemplos significativos, publicados en mi sección Cuentos Breves Recomendados, de Narrativa Breve: un relato del escritor ruso Alexander Pushkin (1799-1837) titulado “La zarevna muerta y los siete guerreros”:

El otro ejemplo, “[Sancha]” del escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928):

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Fotografía actual del Llano de Sancha, (Pla de la Sanxa), en la Albufera Valenciana, y que, según la leyenda, debe su nombre a la serpiente Sancha

 

 

LOS ABUELOS QUE “INVENTAN” CUENTOS PARA SUS NIETOS

Muchos abuelos –y también padres– han contado y siguen contando famosos y conocidos cuentos a sus hijos o nietos, según la tradición oral en el sentido estricto antes explicado. Es decir, los narran, viva voz, y nunca los cuentan exactamente igual, pues introducen, sin percatarse, cambios en la expresión, “sin que esta transmisión distinta afecte por lo común a una determinada estructura narrativa, la cual se mantiene incólume, por mucho que pueda variar el cuento en todo lo demás” (A. Rodríguez Almodóvar). En definitiva, esos padres o abuelos pertenecen a ese “inmenso anónimo” –aunque en este caso con nombres y apellidos concretos– al que se refería Menéndez Pidal, al introducir continuos cambios en ese acervo común. Se podría hablar en estos casos de “cuentos siempre distintos, pero siempre iguales”.

Otros abuelos, sin embargo, no “cuentan” sino que leen los cuentos de un libro donde se han recogido y fijado por escrito. No ponen nada por su parte excepto una lectura lo más expresiva posible –¡y no es poco!– que pretende con la propia voz –acompañada muchas veces con el lenguaje corporal– expresar las diversas emociones que emanan del texto: la textura de las propias palabras, las distintas voces de los personajes, la cadencia o rapidez, las pausas, la musicalidad y, en definitiva las variaciones de intensidad que subyacen en el texto escrito y que tienen que emanar de su lectura. De tal manera que los niños deber percatarse, por la voz de sus abuelos, de todo el mundo de sentimientos que existen en el texto del cuento. La lectura expresiva es todo lo contrario a una lectura “de corrido”.

Nieves D. Taboada es periodista y excelente poeta, madre cariñosa e inteligente y, sobre todo, abuela muy querida de ocho nietos que, con los ojos muy abiertos, paladean, asombrados, los hermosos cuentos de su abuela. Son cuentos de creación propia, pero que, por el tema y la forma narrativa, se acercan a los cuentos populares de tradición oral. Tiene un amplio repertorio –algunos ya publicados– que conserva como precioso tesoro y que, seguramente, los hijos de sus nietos y los hijos de los hijos de sus nietos transmitirán a sus descendientes en una larga cadena, en este caso, de tradición familiar.

Curiosamente también en el caso de sus cuentos la abuela Nieves ha empleado la forma oral de transmisión y la forma de lectura de los cuentos posteriormente escritos.

Sobre el cuento Amina la propia Nieves ofrece claras explicaciones en su introducción, explicaciones que comentaré, relacionándolas con los cuentos populares de tradición oral.

A partir de los estudios del ruso Vladímir Propp (1895-1970) [Sobre un corpus de cien cuentos populares maravillosos del rico folclore ruso, recogidos por Afanásiev, Vladimir Propp, en su conocido trabajo Morfología del cuento (1928) -uno de los libros de mayor influjo en los estudios sobre el cuento popular-, fue el primero que descubrió, en la aparente diversidad de estos cuentos tradicionales, una estructura formal muy definida, demostrando que la elaboración de este tipo de narraciones era mucho menos espontánea o casual de lo que en principio se podría pensar. Los estudios de Propp han traspasado los límites del rico folclore de la Madre Rusia y han servido de fecundo modelo de análisis para otros muchos cuentos tradicionales de todo el mundo], la denominación muy corriente de «cuentos de hadas» se trasforma y deviene en el de «cuentos maravillosos», propio de todas las culturas y de todos los pueblos. Entre los variados tipos de relatos breves populares, ellos son los verdaderos cuentos; o, como dice el mismo Propp, «cuentos en el sentido propio de esta palabra».

Los cuentos maravillosos describen un mundo localizado en un pasado alejado y no bien definido –un bosque, un castillo…– y evocan un universo ingenuo y con frecuencia deslumbrante donde, según Tzvetan Todorov (conocido filósofo, lingüista, historiador y crítico literario de expresión y nacionalidad francesa, aunque nacido en Bulgaria, 1939) lo sobrenatural tiene derecho a existir. Cualquiera que escuche o lea estos cuentos debe convertirse en un niño y sumergirse sin ninguna estridencia en ese mundo distintos del que le rodea y con muy distintos valores. Allí aparecen seres maravillosos –buenos o malos– y situaciones fantásticas con total naturalidad.

Todos los demás cuentos populares de tradición oral –costumbristas, realistas…–, pese a que haya hermosos e interesantes ejemplos, quedan apagados por el resplandor de los cuentos maravillosos.

Estos cuentos comienzan con una fórmula inicial de apertura.  Bruno Bettelheim (Austria 1903-1990), autor de Psicoanálisis de los cuentos de hadas, 1976, otro hito en los estudios de los cuentos maravillosos, concluyó que estos cuentos ejercen una función liberadora y formativa en la mentalidad infantil y la dotan de apoyo moral y emocional. Al identificarse con los mismos personajes de los cuentos, los niños comienzan a experimentar sentimientos de justicia, fidelidad, amor, valentía, no como lecciones impuestas, sino como un gozoso descubrimiento, como parte orgánica de la aventura de vivir.] los comienzos de los cuentos maravillosos sugieren que lo que se va a contar no pertenece al aquí ni al ahora que conocemos: «Érase una vez…», «En un lejano país…», « Érase una vez un viejo castillo en medio de un enorme y frondoso bosque…»

Érase una vez...
Érase una vez…

 

Amina comienza “Érase una vez…” y en el párrafo siguiente “Esta historia sucedió hace muchos muchos años, en un país muy lejano…”.

[Hay muchas fórmulas y muy distintas de apertura; como curiosidad indico esta más elaborada que las corrientes, citada por el norteamericano Stith Thompson (1885-1990, otro famoso estudioso del cuento popular) a propósito de un cuento maravillosos ruso: «En los tiempos pasados, cuando el mundo de Dios estaba todavía lleno de espíritus, brujas y ninfas, cuando todavía corrían ríos de leche, cuando las orillas de los arroyos estaban hechas de gachas y perdices asadas volando sobre los campos…»]

Cuando una abuela empieza “erase una vez” se da a sí misma tiempo para pensar qué va a narrar… –escribe Nieves– y también –digo yo– cómo lo va a contar, qué palabras va a emplear; lo que me lleva al escritor mexicano Alfonso Reyes, quien evocaba a un narrador popular de su niñez que, cuando se le pedía que contase un cuento, se concentraba y decía: voy a recordar las palabras. El cuento, añadía Reyes, era para él un poema en prosa; ese hombre era un legítimo narrador de historias o «Tusitala», como llamaban a Robert L. Stevenson los isleños de Samoa.

En todos los cuentos maravillosos, el final de la historia también se marca mediante alguna fórmula que cierra y sella el cauce narrativo: «Y vivieron felices y comieron perdices y a mí me dieron con los huesos en las narices», «Y colorín colorado este cuento se ha acabado». Esta última es la escogida por nuestra abuela Nieves para cerrar Amina.

[A propósito de la deliberada vaguedad de los comienzos de los cuentos maravillosos y de esta última fórmula final, que recoge Nieves y es, una de las más empleadas, el escritor venezolano, aunque nacido en España, José Antonio Martín recordaba en un libro suyo, el cuento que le había contado cierto día su hija Adriana, cansada y aburrida la niña de que su padre siempre le estuviese pidiendo un cuento –parece ser que los contaba muy bien:

«Había una vez un colorín colorado».

En un artículo mío, publicado hace ya mucho tiempo en Ciudad Seva, titulado «Los viejos -y siempre nuevos- cuentos populares», incluía esta sorprendente e ingeniosa salida de la niña y terminaba la cita con esta, creo que oportuna, reflexión: Se trata del cuento popular más breve y el más largo y caudaloso que se pueda imaginar, pues esas tres primeras palabras y las tres últimas encierran todos los cuentos maravillosos del mundo.

José Antonio Martín me dio las gracias en un mail por la cita y mi reflexión final, y me dijo que su hija Adriana estaba estudiando en Madrid y que quería conocerme. Y por aquel entonces, mi mujer Paz y yo nos encontramos con Adriana –una chica muy graciosa, ingeniosa y guapa– y pasamos una tarde muy agradable en una cafetería del centro de Madrid.

En los cuentos maravillosos aparece un elemento mágico que confiere al protagonista un poder sobrenatural. En el caso de Amina es el conejo blanco de angora.

Obviamente, el principal elemento fantástico en Amina es que los animales hablan y, todavía más: la presencia favorable de la vieja sabia Tana o que la acción se concentra en el personaje principal, la niña Amina, que actúa siempre de manera correcta.

Está pues claro que el cuento de Nieves es un cuento maravilloso.

¿Se cumplen en él las famosas funciones, propuestas por el citado Propp como elemento constitutivo de los cuentos maravillosos?

La respuesta se la dejo a Marta Cerviño Solana, la nieta de Nieves que por primera vez escuchó el cuento “Amina” de labios de su abuela Nieves y que hoy, muchos años después, es Graduada en Ciencias y Lenguas de la Antigüedad, conocedora y gustadora, pues, de mitos y cuentos clásicos.

Creo que la abuela Nieves podría hacer suya la siguiente reflexión del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) al finalizar su cuento “La noche de los dones”:

Los años pasan y son tantas las veces que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si sólo recuerdo las palabras con que la cuento.”

 

Como coda final, dos textos, creo, interesantes, y un famoso poema muy pertinente:

 

[LOS CUENTOS MARAVILLOSOS Y LOS NIÑOS]

El niño necesita que se le dé la oportunidad de comprenderse a sí mismo en este mundo complejo con el que tiene que aprender a enfrentarse, precisamente porque su vida, a menudo, le desconcierta. Para poder hacer eso, debemos ayudar al niño a que extraiga un sentido coherente del tumulto de sus sentimientos. Necesita ideas de cómo poner en orden su casa interior y, sobre esta base, poder establecer un orden en su vida en general. Necesita —y esto apenas requiere énfasis en el momento de nuestra historia actual— una educación moral que le transmita, sutilmente, las ventajas de una conducta moral, no a través de conceptos éticos abstractos, sino mediante lo que parece tangiblemente correcto y, por ello, lleno de significado para el niño.

El niño encuentra este tipo de significado a través de los cuentos de hadas. Al igual que muchos otros conocimientos psicológicos modernos, esto ya fue pronosticado hace muchos años por los poetas. El poeta alemán Schiller escribió: «El sentido más profundo reside en los cuentos de hadas que me contaron en mi infancia, más que en la realidad que la vida me ha enseñado»

Bruno Betelhein (Austria, 1903-1990)

 

 

[LA LECTURA EN EL PRIMER AÑO DEL NIÑO]

Desde un punto de vista literario, se puede observar cómo la lectura va acompañando el desarrollo afectivo y cognitivo del niño, ofreciéndole un variado repertorio de textos y lenguajes que responden a su proceso psíquico. Por ejemplo, durante el primer año de vida, la lectura está profundamente ligada a lo poético. En esa “con-versación” incesante entre madre e hijo, mientras el niño trabaja en silencio incorporando las voces de sus seres queridos, va fluyendo también, en la voz de la madre, el torrente de la tradición oral: esos “libros sin páginas” que ella inscribe en la memoria poética del niño. La primera experiencia de lectura literaria está anclada en las resonancias afectivas del lenguaje y reposa sobre su función expresiva (rítmica musical, y connotativa), presente en las nanas, en los arrullos y en los juegos de balanceo que recrean ese drama inicial de la presencia- ausencia.

Yolanda REYES (Colombia, 1959)

 

 

Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan solo lo que he visto

y he visto

que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos

que el llanto del hombre lo taponan con cuentos

que los huesos del hombre los entierran con cuentos

y que el miedo del hombre…

ha inventado todos los cuentos.

Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Pero me han dormido con todos los cuentos

y sé todos los cuentos.

León Felipe (España, 1899-1986)

 

Miguel Díez R.

***

 

Esta no es una pieza literaria ni lo he pretendido nunca. “Amina” es un cuento espontáneamente narrado una noche para que, Marta, la mayor de mis nietos, una niña de tres años inquieta y vivaracha, se rindiera al sueño con placidez. No era el primero que le contaba, pero éste le gustó muy especialmente, tanto, que para darle vida le hice un vestido de princesa, y el conejo y la ardilla de peluche aún están sobre alguna cama.

Cuando una abuela empieza “erase una vez” se da a sí misma tiempo para pensar qué va a narrar; solo tiene unos minutos así que, mientras describe y da nombre al protagonista (el nombre es muy, muy importante sea persona, animal o cosa) va tejiendo la historia, que en realidad se forma a sí misma y, a veces, una pregunta o sugerencia del niño hace que discurra por uno u otro camino. No da tiempo a pulir las frases ni la edad del auditorio permite exhibir un lenguaje elaborado, hay que recurrir a la mímica y las canciones para conseguir una mayor fuerza narrativa. Frecuentemente ellos me imponían su criterio sobre el aspecto de los protagonistas, o se negaban a que hubiera algo que no fuera de su agrado: “No y no –decía Blanca, la más pequeña de mis nietos– la princesa no era gorda”, ante mi intento de mostrar la belleza en el interior de las personas.

“Amina” tiene, como casi todos los cuentos para mis niños, un valor didáctico en el conocimiento de los nombres y costumbres de algunos pájaros, aunque para Marta, que iba a cumplir cuatro años, no era posible mucha información. También procuré cuidar el aspecto educativo, recalcando la actitud solidaria de la niña que, a pesar de su impaciencia por lograr la vuelta de los pájaros, “pierde” un tiempo para cuidar a la anciana enferma, una buena obra que se le remunera con las claves para conseguirlo. Y la moraleja reside en atribuir el éxito de la misión a la actitud de Amina, que intenta convencer a los pájaros de su vuelta, pidiéndoselo “por favor”, no como el rey y sus soldados que varias veces, quisieron imponerlo por la fuerza y no lo lograron.

Esta no fue mi última narración, porque llegaron otros siete nietos que las exigían continuamente. Pulsaban un botón de mi blusa como si fuera un aparato electrónico: “Un cuento”. Más tarde tuve que escribir “Amina”, así como otros de los cuentos preferidos, porque los niños no permitían que, al contárselos una y otra vez, cambiara un lugar, un hecho o un nombre. David o Guillermo corregían: “Abuela, no era así”.

Fueron muchos los cuentos creados según la edad del niño y la situación: fantásticos, religiosos, didácticos, absurdos, humorísticos, casi siempre con moraleja; hubo hasta una serie algo provocadora, protagonizada por dos niños reales y desastrosos, que tuvo gran éxito, y aún me piden un nuevo capítulo; pero es imposible escribirlos todos, ya no me acuerdo. Me gusta pensar que revivirán en la memoria de mis nietos cuando, una noche, su hijo les pida un cuento antes de dormir.

Nieves D. Taboada

 

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Nieves D. Taboada (España, 1934)

Érase una vez una niña llamada Amina que, como otras niñas, tenía un padre y una madre que la querían muchísimo, una abuelita que le contaba preciosos cuentos de países lejanos y un hermano que aún no sabía hablar bien. Vivía en una casita pequeña, iba al colegio, estudiaba y jugaba con un montón de amigos y amigas, pero, sobre todo, le gustaba leer y pasear por el campo.

Esta historia sucedió hace muchos, muchos años, en un país muy lejano. En la ciudad donde vivía Amina todo el mundo estaba triste porque no había pájaros y en los jardines no se oía un solo trino.

Los más viejos decían que habían oído contar a sus abuelos que hacía mucho tiempo, palomas, golondrinas, estorninos y gorriones anidaban en los aleros de los tejados y en los parques se podía ver mirlos, jilgueros, pinzones, herrerillos, colorines…

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Pero no se sabe si por una enfermedad, una epidemia o quizá un extraño hechizo, todos los pajarillos huyeron a un bosque lejano. Allí, a ese bosque lejano, iban los criados del rey a capturarlos con enormes redes y llevarlos a la ciudad. Los asustados pajarillos se escapaban como podían, una y otra vez, y, si los metían en jaulas, los pobrecitos aparecían muertos al día siguiente.

Todos los habitantes deseaban ver en el cielo el vuelo de los pajarillos y oír sus trinos al despertar, pero nadie sabía cómo resolver este problema.

Amina miraba muchas veces en un libro los dibujos y las fotografías en color de los pájaros y los distinguía perfectamente. Y un día dijo a sus padres:

–Me gustaría ir al bosque y hacer que vuelvan los pájaros.

–Tú eres muy pequeña –respondió su mamá–, ¿cómo vas a hacerlo?

–Se lo preguntaré a la abuelita, que sabe muchas cosas.

–Los mejores cazadores del Rey no lo han conseguido. Qué va a saber la abuela.

Pero Amina un día se lo dijo a su abuelita y ella le aconsejó que fuera a visitar a Tana, una amiga suya, mucho más vieja que ella, que vivía en las afueras de la ciudad. Tenía fama de sabia y muchos vecinos le pedían consejo. La niña convenció a su madre para que le dejara ir a visitar a la anciana.

Llegó a la pequeña casita rodeada de árboles frutales y llamó varias veces, pero nadie le abrió; empujó suavemente la puerta y encontró a Tana, echada en su cama porque estaba enferma. Amina empezó a contarle por qué había ido, pero a la anciana se le cerraban los ojos de cansancio y le dijo:

–Hija mía, me encuentro mal, ni siquiera he comido. Vuelve otro día y te atenderé con mucho gusto.

–No –dijo Amina–, yo me quedaré a cuidarla hasta que esté buena. Ahora le voy a hacer una sopa riquísima. Ya verá qué bien le va a sentar.

–Gracias, gracias, veo que eres una buena niña.

Dos días después Tana, ya curada, escuchó la petición de Amina y le dijo:

–Eres muy valiente, pero no te creas que es fácil lo que te propones. Por haber sido tan buena conmigo te voy a dar unos trucos para ayudarte en lo que quieres hacer

–¿Qué trucos? –se impacientó la niña.

–Piensa en esto: Los servidores del rey han traído los pájaros a la fuerza.

Silbó dos veces y apareció en la cocina un precioso conejo blanco de angora, tenía tanto pelo que parecía una bola blanca y suave, sus gigantescas orejas se movían inquietas y corría muchísimo.

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–Él te guiará por el bosque y te llevará hasta la ardilla Cucú, que trepa ágilmente a los árboles y conoce a todos los pájaros.

Amina preparó unos bocadillos para ella y comida para que la viejecita descansara tranquila y, dándole las gracias, partió. El conejo iba delante, pero caminaba a grandes saltos y Amina casi no podía seguirlo. Durmieron en una cueva y por la mañana, muy temprano, el conejo la llevó a ver a la ardilla. La encontraron royendo una nuez, sentada al pie de un nogal. Era muy graciosa, con los ojillos vivos y su vistosa cola más grande que ella.

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El conejo blanco era muy buen amigo de ella y se saludaron, contentos de verse.

–¡Hola, Cucú!, qué raro que no estés subiendo y bajando, como siempre –dijo el conejo

–Es malo comer y saltar a un tiempo –respondió la ardilla–. A mí también me parece raro que no estés zampando una enorme zanahoria –y los dos se reían–: Ja ja ja, je je je.

El conejo le explicó lo que quería la niña y Cucú le contestó que la ayudaría con una condición, “que las cosas se hagan como se deben hacer”.

Amina se quedó pensando profundamente en las palabras de la vieja Tana y en las de la ardilla Cucú: ” Los criados han usado la fuerza”. “Hay que hacer las cosas como se deben hacer”.

La niña dijo a Cucú:

–Voy a pedir por favor a los pajaritos que vuelvan a mi ciudad, porque todos estamos tristes sin sus cantos. Queremos despertar con sus trinos y oírles por la tarde despedir al sol, y que sus plumas de colores adornen nuestro árboles

–Así, así –decía Cucú mientras saltaba nerviosamente de un arbusto a otro-, yo te ayudaré, yo te ayudaré.

Al poco tiempo de emprender su camino por el bosque, oyeron los trinos de la alondra, el pájaro más madrugador. La ardilla subió ligera por el tronco de un altísimo álamo y saludó a los pájaros.

–¡Hola!, mamá alondra, papá alondra. ¡Qué preciosos polluelos! ¿Querrían ustedes ir a la ciudad de Amina? Está deseando que canten las alondras en sus jardines.

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Y desde abajo Amina gritaba:

–¡Por favor, por favor, preciosa alondra! ¡todos estamos tan tristes sin pájaros!

Las alondras dijeron que sí, dejaron sus nidos y echaron a volar tras ellos.

El cuclillo estaba en lo alto de las ramas con su característico canto “cucú, cucú” y la ardilla daba vueltas desorientada, mirando a todos lados

–¿Quién me llama, quién me llama? ¡Oh!, es usted señor cuco ¡Qué simpático canto! –y trepaba deprisa por el tronco. Amina le rogaba que les siguiera.

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Así durante todo el día Cucú, incansable, subió y bajó de los árboles, y el conejo buscó entre los juncos a la orilla del río o en los matorrales del monte. Llamaron a la oropéndola, el verderón, el mirlo, el jilguero, el colorín, el petirrojo, mientras la niña pedía por favor que les acompañaran.

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Todos volaron tras ellos formando una deliciosa algarabía. Cuando ya oscurecía y los pajarillos callaron, se oyó el trinar del ruiseñor. Amina, Cucú y el conejo no se atrevían a hablar maravillados por la belleza de su canto.

Cayó la noche, hacía un poco de frío. Amina abrazada a su conejo blanco, llegó al pie de un árbol donde estaba el señor búho, con sus enormes ojos abiertos, muy quieto y pensativo.

–”Uh, uh” –ululó, y la niña pensó que era un saludo bien bonito. Cucú repitió la invitación, mientras Amina suplicaba:

–Por favor, señor búho, nos gustaría tanto que honrara con su sabiduría nuestras noches –El búho abrió sus grandes alas y levantó el vuelo dispuesto a seguirlos.

Volvieron cansadísimos a la casa de Tana. La niña le contó a la anciana todo lo sucedido y después pudo descansar, arropada en una cama, mientras todos los pajarillos dormían apiñados en los árboles del jardín.

A la mañana siguiente Amina se levantó muy temprano, dio las gracias a Tana por sus consejos y le prometió visitarla con frecuencia. Se despidió con muchos besos de Cucú y del conejo blanco, diciéndoles que eran sus mejores amigos y seguida por el vuelo de cientos y cientos de aves entró en la ciudad.

Sus padres –que ya estaban un poco preocupados– la abrazaron muy contentos.

–Lo has conseguido, lo has conseguido –decían emocionados mientras la llenaban de besos.

Los trinos despertaron al Rey. Se asomó a la ventana y vio pasar bandadas de pajarillos que cruzaban el cielo. La alegría no le dejaba hablar.

–Id enseguida a ver qué ha sucedido – pero la noticia ya había corrido por toda la ciudad

–Señor, una niña ha logrado que los pájaros vuelvan.

–¿Una niña? Traedla a mi presencia inmediatamente.

Amina, acompañada de sus padres, entró tímidamente en la sala del palacio real.

–Acércate –y el monarca la besó con cariño–. ¿Cómo te llamas?

–Amina.

–Explícame cómo has conseguido traer tantas aves sin trampas ni redes.

–Señor, simplemente, se lo he pedido por favor.

–Claro, claro, se lo has pedido por favor. ¡Qué lección nos has dado! Pídeme lo que quieras y te lo concederé.

Amina no quería nada, pero como el rey insistía, le pidió un vestido de princesa. Se lo trajeron enseguida. Era de color marfil, adornado con seda turquesa y delicados encajes, un broche de perlas en la cintura, y un largo velo de tul dorado.

Amina, muy contenta, le dio las gracias al Rey.

Y viendo el rey que la niña no era ambiciosa ni egoísta, regaló a la familia una bonita casa con un jardín lleno de árboles, donde por siempre cantaron los pájaros.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

al-final

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