Cuento breve recomendado: “Plaza de España”, de Arturo Barea

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escritor Arturo Barea, Plaza de España
Escritor Arturo Barea

Arturo Barea vivió muy de cerca los hechos anteriores y simultáneos a la contienda nacional, lo cual se advierte en su trilogía La forja de un rebelde, hasta hoy su obra más conocida, popularizada por una serie televisiva hace algunos años.

Precisamente fue la Guerra Civil española la que marcó su quehacer humano, profesional, artístico y literario. Barea se sintió, como tantos otros españoles de la época, atraído por la causa republicana. Como hombre de su tiempo adoptó un papel activo ante los desastres que le tocó vivir. Su posición es, fundamentalmente, la de un testigo que refiere los episodios que sufrió, ya sea de forma directa o indirecta; pero no se conforma sólo con esto, sino que, en muchas ocasiones, adopta una postura de marcado signo comprometido, al defender su ideología republicana. Por todo ello, Arturo Barea es uno de los escritores que tuvo que partir al exilio.

Valor y Miedo (1938) es un compendio de narraciones breves unidas temáticamente por el hilo conductor que es la Guerra Civil española. La integran veinte relatos que pueden considerarse verdaderas crónicas literarias e, incluso, periodísticas de su tiempo. A pesar de su número, relativamente extenso, presentan una uniformidad no sólo en cuanto a contenido, sino también en cuanto a forma.

La ideología de Arturo Barea aparece resumida de forma implícita en el último relato titulado “Plaza de España”, que alude al monumento de Cervantes instalado en la plaza madrileña. Es el relato que le da unidad al libro. Nos habla de Sancho y de Quijote como las dos vertientes de la vida humana. Cervantes, con ellos, nos muestra que los hombres de distinta ideología y carácter pueden necesitarse, pueden llevar a cabo una tarea común y pueden, al fin, ser amigos.

Barea, pues, intenta hacer lo mismo que Cervantes y se pregunta por qué deben enfrentarse los hermanos en una lucha absurda y despiadada, si pertenecen a una misma raza y tienen unos mismos intereses. Barea, en plena desazón y en pleno cataclismo nacional, eleva un canto a la vida, a la esperanza, a la fraternidad. Por eso nos acerca a la pareja más solidaria que una mente humana jamás pudo imaginar, Sancho y Quijote.

Anabel Sáiz Ripoll

Quijote y Sancho en la Plaza de España (Madrid)

 

Cuento PLAZA DE ESPAÑA, de Arturo Barea (España,1897-1957)

Existe en Madrid una plaza de España y en la plaza un monumento a don Quijote. Don Quijote sobre Rocinante y Sancho sobre Rucio, se encuentran delante de un obelisco que remata la bola del mundo. Don Quijote y Sancho dan cara a la Casa de Campo; al paseo de San Vicente por cuya cuesta un día de noviembre de 1936 subieron los moros y los tanques alemanes. No remataron la cuesta y tuvieron que retroceder hasta la Casa de Campo, donde hoy está el frente.

La plaza de España con la estatua de don Quijote y la de Sancho es hoy zona de guerra de Madrid.

¿Qué me importa que seas de bronce, tú, y lo sea tu escudero y lo sean su burro y tu caballo? Plasmó en ti, un genio, la raza mía. Te dio vida de ficción tan viva y tan fuerte que te convertiste en realidad. Te conocen en el mundo a través de todos los mares y vas tan unido al nombre de mi Patria que te fundieron en bronce, porque en la plaza de España, en Madrid, sólo tú debías estar. Tú y Sancho, tu escudero.

Nunca mejor que hoy estás aquí. Fíjate: solo. La plaza de España está desierta. Los “follones y los malandrines” tiran tantas bombas que te has quedado aquí, solo en la plaza de España. Solo, no, con Sancho. Os han puesto unos sacos terreros a los pies. Tú no los precisas. A Sancho le sirven de consuelo, pero piensa más en que tu recia figura que se interpone entre él y el frente le servirá de protección. Has extendido una mano que ha contenido al invasor frente a ti, en la cuesta de San Vicente y sigues enhiesto y sereno de cara a la lucha.

Quien te colocó aquí y así no supo lo que hacía. Pero hoy se ve claro. Frente a ti está la invasión y tu mano diestra alzada para el golpe. Detrás de ti se eleva un obelisco que remata el globo terráqueo. Entre el mundo y los bárbaros, interpones tu figura y la de Sancho.

Sancho, amigo; no te enfades. Eres socarrón y cómodo. Llevas las alforjas repletas y la bota llena. Te gusta sestear con Aldonza. Detrás del Loco Sublime, marchas regruñendo contra sus aventuras bélicas. Tienes miedo. Pero no le abandonas. Vas detrás del ideal. Por encima de tus sueños de lucro, de tus herencias, de ínsulas Baratarias, el Caballero de la Triste Figura es tu Dios y le sigues, y le curas, y le ayudas. Apaleado, apedreado, escarnecido por rústicos y por señores, Sancho, le sigues, le ayudas y le curas. Cuando muere Alonso Quijano, todos, hasta él mismo, reconocen su locura. Menos tú. Porque para ti nunca fue loco. Fue sublime. Sobre Rocinante triste, con orejas gachas, va don Quijote a conquistar rutas y desfacer entuertos. Alza su mano y detiene las hordas. Detrás, Rucio levanta sus orejas filosóficas y marcha lentamente. Sancho encima contempla tranquilo Castilla.

Y las cuatro sombras de bronce, síntesis de España, se yerguen con la bola del mundo detrás, amparada por ellos. Avanzan sin miedo y sin tacha de frente al invasor. Aquí en la plaza de España, regada de obuses se han quedado solos. Don Qujote y Sancho Panza.  Yo he venido esta tarde a hablar con ellos. Estoy en la plaza de España. Detrás tengo la bola de mundo que confía en mí,español, mezcla de Quijote y Sancho.

¡Y me siento de bronce!

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