Cuento de Margarita Schultz: El gato de Malka

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Cuento de Margarita Schultz: El gato de Malka

De regreso del cementerio, Lilka buscó la gata de su madre para darle leche y comida. Empezó a recorrer la casa llamándola como Malka solía hacerlo. Lilka fue siempre la gran seguidora de su madre en eso de amar a la gata Kotka. Las demás hermanas, salvo Agnieszka, eran más bien indiferentes. Comenzaron llamándola Kot, pero como llamar gato a un gato no era muy amistoso, resolvieron añadirle el diminutivo, y así se nombró a Kotka, Gatita.

La gata había llegado un día al patio central de adoquines de la casa. Nadie supo bien cómo, a menos que se hubiera colado adentro en alguno de los momentos en que se abría el portón de la calle para que entrara el carro de dos caballos que solía traer las provisiones o hubiera llegado en alguno de los carros, precisamente. Kotka era color café con leche; unas rayas más oscuras le daban un aspecto atigrado. En seguida se acercó a Malka, como intuyendo que ella era el alma de la casa. Y no estaba equivocada. Se entabló desde el principio entre ellas un lazo que parecía ir de mano a piel, de oído a ronroneos, de corazón a corazón, de mente a mente.

Kotka en la cocina cuando Malka preparaba sus comidas o sus conservas para el invierno, Kotka en la falda de Malka cuando Malka se sentaba ante la ventana del segundo piso a ver nevar, Kotka detrás de Malka todo el día y aún en la alfombra a los pies de la cama hasta que, dormida su dueña, trepaba y se hacía un ovillo junto a la barandilla de los pies.

¡Kotka, Kotka! –llamaba Lilka siguiendo con un chasquido repetido con los labios como quien tira un beso. ¡Kotka, Kotka!

La casa se sentía vacía sin Malka allí. La madre solía hablar con voz firme pero sin levantar el tono. Una gran calma emanaba de su robusta figura que parecía proteger a todos y a todo. Se veía siempre bien peinada con su rodete amarrado en la nuca o sobre su coronilla. Su pecho protuberante apenas se disimulaba con la pechera de encaje sobre la tela del vestido. Y un delantal cubría invariablemente sus mejores prendas cuando se ocupaba de las tareas en la gran cocina, de azulejos blancos en las paredes, y piso en damero.

La muerte de Malka fue tan inesperada como veloz. Confabularon para ello un profundo corte en un dedo con una cuchilla filosa en un descuido al preparar pescado, la falta de importancia dada al corte, la inexistencia de un médico cerca, en medio de la feroz nevada, y la gangrena avanzando veloz hacia todo el cuerpo, desde el dedo atado con un lienzo, que rápidamente enrojecía por la sangre. El médico llegó muchas horas después, y fue demasiado tarde. Nada pudo hacer para salvar esa vida.

Despidieron a la madre, en una sencilla ceremonia en el cementerio, con la familia y un par de vecinos, apenas reconocibles arrebujados como estaban en sus gorros y abrigos. Nada Más. Unas flores frescas fueron dejadas sobre esa lápida que por ser nueva estaba muy blanca. Otras tumbas cobijaban flores ya marchitas, cubiertas por la nieve reciente. Decoraba sus lápidas el diseño hecho por la humedad, los años, las lluvias, las nieves… De regreso del cementerio, nadie había encendido las chimeneas de los cuartos.

En la amplia casa solo se oía ahora la voz de Lilka repitiendo –¡Kotka, Kotka!

Agnieszka, ahora en Buenos Aires, seguía pensando como viva a su madre. La recordaba en la despensa, disponiendo conservas en los estantes para cuando el invierno clausurara las ganas de salir a la calle nevada. La muchacha, tan lejos de su lugar natal, casi podía oler el kapusniak, esa sustanciosa sopa de col que tanto le gustaba, su aroma elevándose por la cuerda del vapor. La recordaba doblando las sábanas bordadas, blanquísimas, en el interior del gran mueble de madera oscura. Y seguiría pensándola de ese modo hasta que llegara la carta. La carta que no se podía creer y parecía contar un cuento de otros, un cuento de un triste y amargo libro de cuentos. Esa carta que avivaría el fuego del sentimiento de culpa. Agnieszka nunca se consoló de haber dejado a sus padres allá, en la Varsovia natal.

¡Kotka, Kotka! Continuaba Lilka por los pasillos de la casa. Pero la gata no estaba allí. Y su leche seguía intacta en el platillo azul sobre el piso en damero de la cocina.

A los llamados de Lilka sólo respondía la ausencia y el silencio.

Pasaron unos días y las hermanas fueron al cementerio a honrar la memoria de su madre. Compraron a la entrada un hermoso ramo de flores y con ellas se encaminaron hasta la tumba de Malka. Al llegar sintieron la impresión más grande de esos días. Las muchachas se tomaron de las manos buscando apoyo mutuo… Kotka yacía sobre la lápida de Malka, casi muerta ella también por la inanición… yacía débil, como si fuera apenas un paño sin estructura. Lilka corrió a buscarla y en eso dejó caer las flores que se desparramaron en el suelo. ¡Kotka, Kotka, Kotka! Le decía entre lágrimas mientras la alzaba del suelo y la envolvía en su pañoleta que se quitó de los hombros…

Kotka se recuperó gracias a los cuidados de Lilka. Desde ese día en la casa se siguió una arcaica costumbre abandonada. Una costumbre que disolvía los límites entre los dos mundos, el de los vivos y el de los muertos: dejaban un asiento libre a la mesa, por si Malka quisiera llegar. Y tal vez lo hacía, porque Kotka se instalaba de inmediato en esa silla.

 

 

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