Cuento de Luis Pescetti: Nunca me voy a olvidar de aquella vez…

Cuento, Luis Pescetti, Nunca me voy a olvidar de aquella vez...
Luis Pescetti. Fuente de la imagen.

Cuento de Luis Pescetti: Nunca me voy a olvidar de aquella vez…

Nunca me voy a olvidar de aquella vez en que me encontraba en un hermoso pueblo del interior. Había llegado después de cabalgar durante ocho días. Nos encontrábamos un poco cansados, Julián, mi caballo y yo. Recuerdo que le dije:

–Oye, Julián, ¿no te parece que sería bueno detenernos un poco?

–…

–¿Qué te parece este hermoso pueblo del interior?

–… Cuando íbamos hacia el hotel, al pasar frente al bar, un hombre salió volando hacia mí. No tuve tiempo de reaccionar, me tumbó del caballo. Me levanté de un salto y, tomándolo del cuello, le tiré una trompada. Él volteó su cabeza hacia un lado y mi puño siguió de largo. Los dos rodamos por el piso, volví a tomarlo con mis manos y al ver que no reaccionaba pensé:

–¡Santo cielo, está muerto!

¿Qué podía hacer con ese cadáver? Yo no lo había matado, era evidente; pero, ¿quién me iba a creer? ¿A quién iba a convencer de que ni siquiera había alcanzado a darle una piña? Además él me atacó primero. Ya me veía yendo al juicio:

(Yo) –Mire, señor Juez, él me atacó, yo sólo llegaba al pueblo con Julián.

(Juez) –¿Quién es Julián?

–Mi caballo, su señoría.

–¿Un caballo con nombre de persona? ¡Usted es un hombre muy extraño!

–No, Señor Juez, lo que ocurre es que es como si hablara…

–¿¡Un caballo que habla!?

–¡Oh, no! ¿Para qué habré dicho eso?

–¡¿Me toma por un imbécil o qué?!

–Sí, Su Señoría.

–¡Con que me toma por un imbécil!

–No, Su Imbécil, digo sí, ¡quiero decir que sí, que es como si hablara!

Cuando estaba pensando todo esto y ya me veía irremediablemente preso para toda la vida, oí que alguien me hablaba:

–¡Eh, usted! ¡Devuélvanos el muñeco!

–¡¡¡¿¿¿El muñeco???!!!

–Sí.

Mi susto no me había dejado ver que sólo se trataba de un muñeco. Adentro del bar estaban filmando una película del Oeste. Les devolví su maldito muñeco y nos fuimos hacia el hotel. Yo venía persiguiendo a mi archisuperenemigo, el malvado y pérfido Roque Rufián. Bajé de Julián y entré al hotel. ¡Tremendo chasco! ¡No existía el tal hotel! ¡Solamente la pared del frente! Otra vez la maldita película. Salí del hotel. (bah, de la pared).

–Oye, Julián, ¡este pueblo es una farsa!

Dije, pero Julián no estaba, tan sólo las riendas atadas al palo y una nota:

“Si quieres Bolver a Ver al cabayo deja tu arma en el pizo y Be asia el Var. Roque Rufián”.

Sí, tenía tremendos errores de ortografía. El muy maldito había raptado a mi querido Julián, yo estaba que volaba de la furia. Como no llevaba armas conmigo, directamente me fui hacia el bar. Cuando llegué ya no estaba, lo acababan de desarmar.

–¿¡Qué pasa aquí!? (pregunté).

–Ya terminamos de filmar, nos vamos, estamos cargando todo en los camiones.

Eso era terrible. Roque me había dicho que fuera al bar, pero el maldito bar ya no existía. ¿Qué hacer? Levanté la vista y me rasqué la cabeza para pensar un poco. En los camiones estaban cargando maderas, cajones, luces, cámaras, partes de la escenografía. Era un gran movimiento de gente por todas partes.

Pasaban actores disfrazados de indios, de vaqueros, muchos caballos, carretas antiguas, dos sheriffs, un astronauta, tres car… ¿Un astronauta? ¿Qué hace ese maldito astronauta en una película de vaqueros?

Una idea como un relámpago se me cruzó por la cabeza. ¡El tal astronauta es Roque Rufián! Me lancé tras él. El ambiente que hay al terminar una filmación, ustedes lo saben mejor que yo, es tan especial que nadie se asombra de ver a un tipo persiguiendo a un astronauta. Debían pensar que estábamos festejando o algo así. La cosa es que se subió en un enorme tubo de dentífrico; en realidad era un auto al que habían camuflado para hacer la propaganda de una pasta dental. Roque no conseguía poner el motor en marcha. Eso le hizo perder un tiempo valioso, yo lo estaba alcanzando, se daba vuelta nerviosamente y me miraba a través de la escafandra. Salté encima del tubo de dentífrico justamente cuando arrancó y aceleró bruscamente. Quedé medio colgado, arrastrándome; él aceleraba con todo y se daba vuelta para ver si yo todavía seguía allí. No aguanté más y me solté, corrí peligro de haberme golpeado con alguna roca. Tuve la suerte de rodar hasta otra cosa preparada, también, para una propaganda. Un gran zapallito. Verde, perfecto, idéntico a un zapallito de verdad, sólo que era una moto muy veloz. Creo que lo usaban para hacer la publicidad de unas sopas. Me subí de un salto, temía que se demorara en arrancar, pero no, lo hizo inmediatamente. En ese momento pasó uno de los actores por ahí y, creyendo que yo también estaba festejando el final de la filmación, me dijo:

–¡Eh, vení­te a brindar con nosotros!

Y me puso una peluca de indio de las que se habían usado en la película. Ni le contesté. Puse primera y aceleré a fondo, lo llené de tierra al pobre tipo. Era una moto estupenda, quise sacarle todo el revestimiento que le habían colocado pero debido a la gran velocidad (estaba yendo a más de doscientos Km por hora) cada movimiento se tornaba peligroso, así que ni siquiera intenté quitarme la peluca. (Ahora que lo pienso, la situación para quien no supiera lo que estaba pasando era bastante cómica: un enorme tubo de dentífrico conducido por un astronauta era perseguido por un zapallito veloz conducido por un indio).

El tubo era más estable que mi moto, pero mucho más lento en las curvas. Mi zapallito tenía la forma ideal; no tardé en ponerme a la par. Le grité que se detuviera ahí mismo, pero el muy maldito se rió burlonamente y empezó a tirar el tubo encima de mi zapallito. Estábamos yendo a más de trescientos por hora, el menor descuido te despedaza en el aire. Una y otra vez me dio topetazos que hicieron peligrar mi estabilidad. Pero tanto se confío en que me iba a hacer caer, que inclinó demasiado el tubo y la punta de adelante tocó el suelo, se clavó, dio tres trompos en el aire y cayó dado vuelta, explotando e incendiándose. Se salvó porque al tumbar salió despedido y el traje de astronauta amortiguó su caída. Clavé los frenos de mi zapallito y me arrojé encima; antes de que reaccionara le quité la escafandra y lo tomé por el cuello:

–¡¿Qué hiciste con Julián?!

–Lo escondí en uno de los camiones de la Cinematográfica. (Estaba tan atontado por el golpe que ni siquiera atinó a defenderse).

De un salto me subí al zapallito, que había quedado con el motor encendido, girando sobre sí mismo, y fui tras los camiones, que ya habían partido. Los alcancé rápidamente. Se detuvieron. Revisamos uno por uno. Escondido detrás de una pared de escenografía, encontramos al pobre Julián. Lo liberamos. Le di un abrazo enorme, les agradecí a los del camión, monté en Julián y galopamos hasta donde había dejado a Roque; pero ya no estaba, en el apuro por hallar a mi caballo ni se me ocurrió maniatarlo. Había dejado un mensaje: “Nos volveremos a ver”. Hice un bollito con el papel y lo arrojé al fuego.

–Seguro, y esta vez te atraparé, ¿no es verdad, Julián?

–…

Miré hacia donde había estado el pueblo y no quedaba más que una construcción; lo demás era puro campo. Nos acercamos. Era una especie de bar y hotel. Unas pocas mesas con algunos clientes. Ordené un fardo de pasto y un balde de agua para mi caballo; pedí una habitación y me senté a comer. La muchacha que atendía el lugar era sencillamente hermosa y simpática. Busqué alguna excusa para acercarme a conversar, me pasé la mano por la cabeza, para arreglarme un poco el pelo, y ahí me di cuenta de que todavía tenía puesta la peluca de indio. Ella lo encontró muy gracioso y se puso a reír; entonces yo también.

–¿Cómo te llamás? (pregunté).

–Juliana, ¿y vos? (hermosa voz, sí señores).

–Yo, Luis; y mi caballo… (lo pensé bien) y mi caballo todavía no tiene nombre.

(Extraído de su libro El pulpo está crudo. Anagrama, 2002)

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