El viejo debate: armas y letras

Escritor Guillermo Díaz-Plaja
Escritor Guillermo Díaz-Plaja

En un subcapítulo de El oficio de escribir, Guillermo Díaz-Plaja analiza la dualidad entre el cultivo del cuerpo y el de la mente. En su opinión, solo cuando alcancemos la armonía entre ambos, podremos pensar que  el Renacimiento ha llegado.

Para profundizar en sus reflexiones culturales y sociológicas, Díaz-Plaja regresa a tiempos pretéritos para rescatar al hombre de armas, que por lo general –el caso de Garcilaso aparte– no era afecto a las letras, para luego regresar al momento en que fue publicado el libro, en 1969, cuando ese hombre de armas tendría su representación en el deportista.

 


El viejo debate: armas y letras

“Un buen periodista barcelonés, Guillermo Sánchez, ha puesto el dedo de su excelente oficio en la llaga de un tema realmente fecundo. Al plantear las relaciones entre la cultura y el deporte, realizando una educativa encuesta marginal para averiguar a qué altura se hallan las inquietudes espirituales de los profesionales del esfuerzo muscular, ha incidido en un tema secular, tan rico en consecuencias que es uno de los ejes de la meditación humana a través de los siglos.

Decía el infante don Juan Manuel que en su época –el siglo XIV– había solamente tres clases de hombres: oradores, defensores y labradores; huelga que digamos que los “oradores” eran las gentes de la retórica, es decir los “intelectuales”, mientras que los “defensores” eran los soldados, las gentes de armas o “gendarmes”, si conserváis la nobleza inicial de la palabra francesa.

Vale decir, con esto, que la bifurcación entre los dos oficios o “menesteres”, como entonces se decía, era absoluta y total, y basta con observar documentos de la Alta Edad Media para hallar linajudos barones cuya destreza en las armas les había impedido aprender a firmar siquiera uno de esos documentos sobre pergamino, en los que su signatura se sustituye por un garabato o una cruz.

Cada tiempo tiene sus perfiles. Y bien sabrían excusarse –si fueran interrogadas– aquellas almas militares con el pretexto de que el moro acechaba y no había tiempo que perder en esas minucias de la letra manuscrita sobre la que se fatigaban los “clérigos” de tan exclusiva manera que, como bien sabéis, la palabra “cultura” se decía también “clerecía”.

Para que la cultura progrese necesita “exclaustrarse”, volverse laica; dejar de ser patrimonio eclesiástico y ensanchar más allá de las oraciones litúrgicas en el atropellado latín que conserva más el misterio que el decoro de la antigua lengua de Roma. Solo cuando las gentes de armas se incorporen a las letras habrá llegado el Renacimiento. Pero para ello es necesario que la Humanidad invente algo más sutil y delicado. Es necesario que invente la ciudad. El burgo. Es precio que las gentes –ya tranquilas del fragor de la guerra– desciendan de sus altas soledades encastilladas, y fabriquen la cotidianidad de la convivencia pacífica, industrial y mercantil. Hace falta inventar el luo para que la artesanía tenga en qué ocuparse, complicando las cosas en la línea de lo fantástico y de lo suntuario.

Entonces se verá cómo no era posible mantenerse encadenado a los temas necesarios y vigentes –la salvación del alma, por vía del rezo; la salvación del cuerpo por vía de la espada-. Que había que hallar la línea del ocio, la ruta, cada vez más amplia y enriquecida, del “solaz”, de la distracción honesta, de los juegos del espíritu.

Para ello, volvamos a decirlo, era necesario la aparición de la ciudad y de sus burguesías, utilizando en sentido recto esa palabra tantas veces proferida en sentido envilecedor.

Una vez asentada esta “zona media” en la que puede establecerse la convivencia, puesto que a ella pueden “descender” los barones, como pueden escalarla los siervos de la gleba, los caminos de la cultura están francos para cualquier caminante.

Se demostrará entonces que puede existir una criatura ejemplar que sea capaz de manejar, con la misma soltura, la espada y el endecasílabo.

Pero esto es ya Renacimiento. Según los tratadistas de aquella época, el hombre ejemplar, el “cortegiano”, debía ser igualmente diestro con la espada que con la pluma. El modelo podría ser Julio César; para la Antigüedad, aquel ser extraordinario tan capaz de hacer la historia como de escribirla. Para los tiempos renacentistas –tan deseosos de “vivir” la Antiguedad–, cualquiera de los capitanes que escribieron poemas; bastaría para servir de paradigma, un hombre: Garcilaso de la Vega.

Pero aquello no fue sino “el sueño de una noche de verano” (yo diría “de primavera”, por el aire adolescente que circula por la época), un ideal de perfección que se desvaneció muy pronto. Al llegar el siglo XVII la función de las letras empieza a separarse de la milicia. “Quien llamó hermanas a las armas de las letras poco sabía de sus abalorios, pues no hay linaje de cosas más distintas que decir o hacer”. Esta frase es de Quevedo y tiene una fuerza terrible porque, apoyándose en ella, el satírico clava su fulminante saeta sobre la llaga abierta de su tiempo. Precisamente por haberse separado los dos menesteres fundamentales del hombre, las cosas de la patria han entrado en ese tremendo declive que los demás –basados en una España alegre y confiada– no perciben. El “intelectual” se empieza a separar del hombre de las armas, y como es lógico, sus puntos de vista empiezan a cambiar. Una nube de melancolía se cierne sobre los horizontes; y a los “intelectuales” les va a tocar el poco grato papel de agoreros de los males públicos o de desaforados buscadores de fórmulas regeneracionistas.

Pero no es ahí donde quería llegar. El problema se produce en otros países cuyas características no exigen ni aquellos pronósticos ni estas medicinas. Lo que acontece es otra cosa: el saber se ha tornado exigente. La cultura que cabía en cien libros fundamentales empieza a multiplicarse, diríamos que monstruosamente. El hombre que “dominaba”, con una mente enciclopédica, “todo” el saber debe batirse en retirada, para guarecerse en el refugio de una parcela cultural cada vez más pequeña. Ha nacido el especialista y con él –la frase es de Ortega– “la barbarie de la especialización”. El hombre nuevo sabe tanto de su territorio de hormiga que ha perdido el concepto del horizonte en que se mueve.

A la visión general y abarcadora sucede una estricta atención a un pequeño reducto sobre el que, a su vez, va creciendo el diluvio de los incesantes descubrimientos sucesivos. ¿Qué hará el hombre, con su “vita brevis” ante una “ars” cada vez más “longa” y complicada? Recluirse en su laboratorio, en su biblioteca, renunciar a todo lo demás inscrito en una especie nueva de orden monástica de la ciencia, que le exige la total entrega. ¡Fugaz ensueño, el de la total actividad del hombre que el Renacimiento había soñado! Por su parte, ¿no es evidente que el culto al esfuerzo físico se ha convertido en una profesión y exige la entrega total también al enfrentamiento diario y a una entrega casi ascética a esa misma profesionalidad?

El hombre moderno es, pues, un radical desequilibrio, al que se le exige decidirse en un sentido con absoluta decisión. Sólo en un futuro el ser humano podrá pensar en la visión integral del ser: este futuro se avizora ya en las sociedades más progresivas: aquellas a las que la perfección creciente del instrumental del trabajo las permite ir creando, cada vez más, largas horas de ocio. Con cinco de jornada laboriosa, es más fácil devolver al hombre su equilibrio físico-intelectual”.

Guillermo Díaz-Plaja

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