La autenticidad en la literatura

Juan Villoro
Juan Villoro. Fuente de la imagen

Esto no es un texto discursivo sobre la autenticidad en la literatura. O sí lo es, bien mirado… Se trata de un minúsculo ensayo –si se le puede llamar así– dentro de una ficción: El testigo (XXII Premio Herralde de Novela), novela de ese primer espada de las letras mexicanas que es Juan Villoro (para mí, uno de los mejores escritores latinoamericanos). En este caso, cabe recordar que quien diserta sobre la autenticidad (o verosimilitud) literaria no es Villoro exactamente, sin uno de sus personajes. (Aconsejo como lectura complementaria “No hay que confundir al narrador con el autor“, donde se recogen reflexiones literarias sobre este tema del escritor cubano Andrés Casanova).

Este breve texto de Villoro demuestra que la ficción puede ser una vía de expresión didáctica tan eficiente como el propio ensayo. 

[…] “Julio recordó una lejana sesión en el aller de Orlando Barbosa. Él había leído un inolvidable cuento infame. El taller se celebraba las noches del miércoles, en el piso 10 de Rectoría, las oficinas que habían dejado libres los burócratas; por los ventanales se veía la sombra del estadio olímpico. El resto del campus era una mancha negra. Nunca antes Julio había puesto tanto de sí mismo como en el relato que leyó ese miércoles. Escribió con desolladora franqueza, confiado en la virtud intrínseca de la autenticidad. La trama copiaba la relación con su prima. Describió el vello púbico de Nieves, erizado juno a los labios vaginales, terso y muy escaso en el monte de Vnus, con un dejo de talco que recordaba a la niña de otros tiempos. Ningún cuento suyo sonó tan falso como esa confesión genuina. Los más aventajados del taller no creyeron una palabra: Julio era virgen. Faltaba veracidad, olor a cama, semen, el sexo abierto como un caracol enrojecido, según proclamaba un poeta recién premiado con el Casa de las Américas. Aunque estaba prohibido defenderse, él balbuceó algo sobre el meollo del asunto y Orlando Barbosa lo atajó con un albur: “Lo que a esta mujer le falta es precisamente meollo”. Durante tres o cuatro sesiones agraviantes a Julio le dieron el Meollo.

La tarde en que descubrió que la verdad descrita con minucia no es siempre literaria, el Vikingo tuvo la generosidad de cancelar la sonrisa con que oía los textos, su rictus de solidaridad en la derrota (“a mí sí me gusta”). El cuento ni siquiera ameritaba esa compasión. Juan Ruiz se limitó a pasarle un brazo por la espalda. Lo acompañó los diez pisos de horror que los separaban de la planta baja. ¡Qué asesina podía ser la memoria! Hasta unos segundos atrás, Julio tenía presente su inolvidable cuento infame, pero había olvidado la mano decisiva del Vikingo que lo ayudó a salir del edificio sin desplomarse. […]

Juan Villoro, El testigo (fragmento).
Anagrama 2004

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