La dama de blanco, de Wilkie Collins

La dama de blanco, de Wilkie Collins
La dama de blanco, de Wilkie Collins

La dama de blanco, de Wilkie Collins

Por Ernesto Bustos Garrido

Mr. Fairlie es un anciano un tanto excéntrico en la novela La Dama de blanco, del monumental escritor inglés, Wilkie Collins. Contemporáneo de Charles Dickens, cultivó con él una intensa amistad literaria que se tradujo en mutuos aportes en la escritura y en la concepción de los personajes.

El señor Fairlie vive recluido en una habitación de su castillo o mansión de sesenta o más recámaras. llenas de cortinas y ventanas cerradas. Colecciona monedas antiguas y láminas de pinturas famosas, pero también es propietario de algunas manías notables como su fobia la luz del sol. Vive encerrado en las penumbras de su cuarto y ha dado instrucciones a la servidumbre para que no abran cortinas; no desea que la claridad o los rayos del sol toquen directamente en el ojos. Esto lo enfurece. Tampoco le agrada que hablen muy fuerte, porque cualquier ruido taladra sus oídos y lo descompone. Mr. Fairlie es un solterón maniático y desde luego un poco ermitaño, que es además el propietario de esa mansión de la aldea de Limmeridge (Cumberland) en compañía de una sobrina, Miss Laura Fairlie, hija de un hermano mayor ya fallecido, y otra sobrina, que no es tal: Marian Halcombe, al parecer es media hermana de Laura. También está Mrs. Vesey, una singular criada o ama de llaves. La primera de las jóvenes es rubia, delgada, transparente, muy bella, pero algo delicada de salud, y deberá casarse con un hombre mayor de extraña conducta y pasado. En cambio, la seudo sobrina es el polo opuesto: alta, muy bien plantada en sus formas, recia personalidad, piel muy obscura y un aspecto que no es agraciado al estilo clásico. Hasta esa residencia llega contratado por el solterón, el joven Walter Hartright, quien deberá reparar, clasificar y ordenar sus láminas de grandes pintores y luego mandarlas a enmarcar, y a la vez enseñar pintura y dibujo a las dos mujeres de la mansión, con una excelente paga de por medio. Mr. Fairlie carga con muchos misterios en su vida y con una personalidad de obscuras aristas. Su retrato, trazado por la pluma de Collins, es exacto y certero. Hay profusión de características físicas, colores y actitudes. No es fácil, y menos en esos años, usar esta paleta de circunstancias para moldear el perfil de los personajes. Muchos narradores caían en un barroquismo pesado o en la imprecisión. Collins lo consigue. La siguiente es la descripción que Collins hace, a través del joven Hartright, de Mr. Fairlie, al introducirlo en la trama de esta novela elogiada sin reservas por Jorge Luis Borges.

(De la novela La Dama de Blanco –Woman in white– escrita por Wilkie Collins en 1859-1860)

 *****

Mr. Fairlie by John Abbott

“La edad de Mr. Fairlie cuando lo vi, podría haber sido razonablemente computada en más de cincuenta años, pero no menos de sesenta. Era barbilampiño, de rostro enjuto, de expresión cansada y de transparente palidez, aunque no ostentaba arrugas. Su nariz era grande y ganchuda; sus ojos, de una turbia tonalidad azul grisácea, grandes prominentes y un tanto rojos hacia el borde de los párpados; su cabello era escaso, suave, y de ese matiz ligeramente arenoso que es siempre el más reacio a transformarse en gris. Vestía una levita oscura, hecha de una tela más delgada que el paño, y un chaleco y un pantalón inmaculadamente blancos. Sus pies, de una pequeñez femenina, se hallaban recubiertos con medias de seda color anteado y unas chinelas pequeñas, femeninas, de cuero color bronce. Dos sortijas adornaban sus blancas y delicadas manos; dos anillos cuyo valor debía ser extraordinario. Su apariencia era frágil, lánguida y superrefinada; trascendía un algo singular y desagradablemente delicado”.

A su hijastra Marian Halcombe la describe así:

–Era alta, aunque no en demasía; garbosa y bien desarrollada, sin ser gorda; su cabeza se asentaba sobre sus hombros con suelta y flexible firmeza; su talle perfecto para el gusto de cualquier hombre, abarcaba el diámetro justo y no estaba deformado por ningún corsé. Moví (el narrador es Hartright) a propósito una de las sillas y se volvió súbitamente. La ágil donosura de cada movimiento de sus miembros y de su cuerpo en general, despertaron en mí un deseo, vehemente de contemplar con claridad su rostro. Cuando se apartó de la ventana, me dije: “La dama es morena”. Se aproximó más y cuando avanzó unos pasos, pensé: “La dama es joven”. Se aproximó más aún. Pensé: ¡La dama es fea! Jamás la bella promesa que implica un cuerpo hermoso se vio tan asombrosa y extrañamente defraudada por el rostro y la cabeza que coronaban el todo”.

Finalmente, las líneas para su hija Laura Fairlie (vista por el joven maestro de pintura Walter Hartright, nos la muestran así:

–Vimos que el único aposento del cenador se hallaba ocupado por una joven. Estaba cerca de una rústica mesa mientras volvía con ademán ausente las hojas de un pequeño álbum de bocetos. Era Miss Fairlie. El dibujo acuarelado que hice de Laura Fairlie más tarde, y donde se le ve en la misma actitud y lugar en que la contemplé por vez primera, se halla sobre mi escritorio mientras escribo estas líneas. Al mirarlo, desde el oscuro fondo verde-castaño del cenador, surge ante mí, radiante, una ágil y juvenil figura que luce un simple vestido de muselina en el que alternan amplias franjas de una delicada tonalidad azul y blanca. Una toquilla de la misma tela ciñe, estrechamente, formando rizos, sus hombros, y un pequeño sombrero de color paja natural cubre su cabeza y arroja una sombra perlina sobre la parte superior de su cara. Su cabello es de color castaño, tan pálido y tenue que se confunde, aquí y allá, con la sombra de un sombrero. Lo lleva, sencillamente, partido y estirado hacia atrás, descubriendo las orrejas. Las cejas son un tanto más oscuras que el cabello y sus ojos tienen esa límpida y suave tonalidad azul turquesa que tan a menudo han cantado los poetas y tan pocas veces es dable ver en la vida real.

(La Dama de Blanco, Editorial Andrés Bello, 1986).

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