Cuento de Karel Čapek: Como en los viejos tiempos

Cuento, Karel Čapek, Como en los viejos tiempos
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Cuento de Karel Čapek: Como en los viejos tiempos

A casa de Eupator, cestero y ciudadano de Tebas, que sentado en el patio tejía sus cestos, se dirigía su vecino Filágoros, el cual le gritó ya desde lejos: —¡Eupator, Eupator! Deja tus cestos y escúchame, porque ocurren cosas terribles. —¿Dónde hay fuego? —preguntó Eupator, e hizo un movimiento como si quisiera levantarse. —Esto es peor que si hubiera fuego —dijo Filágoros—. ¿Sabes qué ha ocurrido? Quieren acusar a nuestro estratega Nicomas. Algunos dicen que es culpable de un complot tramado con los de Tesalia y otros aseguran que se le acusa de ciertas relaciones con el Partido de los Descontentos. ¡Ven en seguida! ¡Vamos a la Plaza! — ¿Y qué voy a hacer allí? —preguntó Eupator indeciso. —Es terriblemente importante — habló Filágoros—. La Plaza está llena de oradores; unos aseguran que es inocente, mientras los otros dicen que es culpable. ¡Ven a oírlos! —Espera —dijo Eupator—, en cuanto acabe este cesto que tengo empezado. Y dime: ¿de qué es culpable, en realidad, ese Nicomas? —Eso es, precisamente, lo que no se sabe —refirió el vecino—. Se dice esto y lo otro, pero las autoridades callan, porque parece ser que todavía no se ha terminado de hacer las investigaciones. Mas en la Plaza hay un alboroto… Tenías que verlo. Algunos gritan que Nicomas es inocente… —¡Espera un momento! ¿Cómo pueden gritar que es inocente, si no saben claramente de qué se le acusa? —Eso no importa. Cada uno ha oído algo y habla sobre lo que sabe. Todos tenemos derecho a hablar de lo que oímos ¿no es eso? Yo creo que Nicomas nos quería traicionar con los de Tesalia; uno de allí lo decía, y contaba que un conocido suyo había visto no sé qué carta. Pero otro hombre decía que es un complot contra Nicomas y que él sabe muchas cosas… Se dice que hasta está complicado en el asunto el gobierno de la localidad. ¿Me oyes, Eupator? Ahora la cuestión es… —Espera —le interrumpió el cestero—. Ahora la cuestión es: ¿Son nuestras leyes, que nos hemos dado nosotros mismos, buenas o malas? ¿Ha hablado alguien sobre esto en la Plaza? —No; pero ahora no se trata de eso, sino de Nicomas. —¿Y dice alguien en la Plaza, si los funcionarios que están investigando el asunto de Nicomas, son justos o injustos? —No; de eso no ha hablado nadie. —Entonces, ¿de qué se ha hablado? —¡Si ya te lo he dicho! Sobre si Nicomas es culpable o inocente. —Oye, Filágoros, si tu mujer discutiera con el carnicero sobre si le había dado o no una buena libra de carne, ¿qué harías? —Le daría la razón a mi mujer. —¡No lo creas! Verías si el carnicero usa buenas pesas. —Eso lo sé sin necesidad que me lo digas, hombre… —¿Lo ves? Y después mirarías si estaba la balanza en orden. —Tampoco eso necesitabas decírmelo… —Me alegro mucho. Y si las pesas y la balanza estuvieran en orden, verías lo que pesaba el pedazo de carne y en seguida te darías cuenta de si tenía razón tu mujer o el carnicero. Es extraordinario, Filágoros, que la gente sea más lista cuando se trata de un pedazo de carne, que tratándose de asuntos públicos. ¿Es culpable o inocente Nicomas? Eso se verá en la balanza si ésta está en orden. Pero si se quiere pesar bien, no se debe soplar en los platillos de la balanza para que se inclinen a uno u otro lado. ¿Por qué afirmáis que los funcionarios que han de juzgar el caso de Nicomas son tramposos o qué sé yo qué? —¡Eso no lo ha dicho nadie, Eupator!

—Creía que no teníais confianza en ellos… Pero si no tenéis motivo para desconfiar, ¿por qué demonios sopláis en los platillos de su balanza? O es porque no tenéis interés en que se descubra la verdad, o porque os aprovecháis del asunto para poderos dividir en dos bandos y disputar. ¡Que os parta un rayo a todos, Filágoros! Yo no sé si Nicomas es culpable o inocente, pero todos vosotros sois culpables, por el simple hecho de que os gustaría violar la justicia. ¡Hay que ver lo malo que es el mimbre este año! Se tuerce como si fuera cuerda, pero no tiene ninguna consistencia. Necesitaría una temperatura más cálida, Filágoros, pero eso está solamente en la mano de los dioses, y no en poder nuestro, de los hombres.

Texto extraído de su libro Apócrifos.

 

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