Cuento de Pedro Juan Gutiérrez: Yo, el más infiel

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Los edificios de La Habana se agrietan entre el olvido y pasado esplendor.

 

Después de leer treinta y tantos cuentos de Pedro Juan Gutiérrez en Trilogía sucia de La Habana el olor a semen, axila y entrepierna es tan fuerte que uno debe salir al balcón a tomar aire puro. Son todos, en su mayoría, relatos, donde la temática que ronda la escritura es el sexo. Pero también el autor habla de miseria, de hambre, de desesperanza o del conformismo. La rebeldía tanto del escritor como de alguno de sus personajes no alcanza para saltar al vacío o montarse en una balsa y partir hacia las costas de Miami.

Hay mucha resignación en esa gente que todavía vive bajo los designios de la revolución de Fidel. Por lo mismo, lo que queda para sobrevivir o mal vivir, es templar. Todo el mundo templa, es decir todo el mundo hace el amor aunque al hacerlo pongan en riesgo la vida, ya que has comido poco, has trabajado como cerdo y apenas tienes energías para respirar y que en el caso de los hombres que se te ponga dura la pinga por un milagro de Dios. Es bastante prosaica la temática del libro, pero agarra, envuelve, porque hay humor, mucha ironía y las pinceladas exactas para darse cuenta, casi “en vivo y en directo”, que los cubanos tienen la sangre muy caliente y unos deseos de gozar incorruptibles. El cuento seleccionado se titula “Yo, el más infiel”. En él el protagonista, que también se llama Pedro Juan como el autor, viene saliendo de la cárcel después de haber sido condenado por exhibicionista y atentar contra las buenas costumbres. Al regresar a su covacha, en la azotea de un viejo edificio cercano al Malecón de La Habana, encuentra que su pareja se ha empatado con otro hombre. A él no le queda más que ver las cosas con la mirada de la razón. ¿Cómo exigirle fidelidad a la mulata Isabel, si él es un puto del carajo?

Ernesto Bustos Garrido

 

 

Pedro Juan Gutiérrez
Escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez

Cuento de Pedro Juan Gutiérrez: Yo, el más infiel

Rezo a Oggún

 

Oggún chibiriki alá oluó

kobo kobu, oké babá mí

suí kiniki kualo to ni guá

Osun du ró gággo lá bo síe. Ago

 

Lo grandioso de la cárcel es que aprendes a estar tranquilo, solo contigo mismo, en un pequeño espacio, y no necesitas más. Al mismo tiempo, despliegas toda tu astucia de lobo solitario para que los otros hambrientos no te canibalicen e invadan tu espacio. Aprendes a quedarte quieto, sin hacer nada, sin esperar nada, y te olvidas del tiempo y de todo lo que sucede allá afuera. Eso mismo hacen muchos animales. Entrar en letargo. Invernar.

De ese modo, inconscientemente, construyes un caparazón que te protege. Un duro cascarón protector que aprender a usar con mucha eficacia. De repente, un día te llaman a una oficina, te hacen preguntas estúpidas para rellenar un papel, y entonces te dicen: “Su condena queda reducida en cinco años y seis meses. Prepare sus pertenencias. Esta tarde será puesto en libertad”.

No lo hacen por buenos y nobles. Están obligados a escarbar entre lo mejorcito que tienen aquí y soltar un poco, porque ya esta cárcel tiene el doble de reclusos de los que admite. Además, no tienen comida, ropa, zapatos, ni trabajo para tanta gente.

Bueno, me liberan esa tarde. Salgo a la calle. Voy al mismo cuartucho donde viví siempre. Llevo dos años y medio ausente. Llego silencioso, me paro en la puerta y miro en la oscuridad interior: Las cosas han cambiado un poco. Isabel tiene otro hombre y están ocupando los dos cuartos: el de ella y el mío. No perdió tiempo. Se asustan. Parece que he salido de la cárcel con la expresión amenazadora, sombría, calculadora que forma parte de aquel cascarón. Dicen cosas incoherentes. No les entiendo. Isabel dejó de ir a verme a la prisión a los tres meses. Es decir, hace dos años y tres meses que no nos vemos ni sabemos nada uno del otro. Ni recordaba bien su cara. Ahora no sabe qué hacer y pide disculpas. No me interesa nada. Sólo estuvimos juntos unos meses. Talvez un año, no recuerdo. Me agarraron atrás de aquel hotel, enseñándole la pinga a una turista vieja, anhelante de sexo duro, y me jodí. No tengo que ver nada con Isabel, sólo que a ella le encanta hacerse la esposa. Cuando me visitaba en la cárcel me decía cosas como “cuando hacíamos el amor”, “te voy a esperar siempre”. Yo me reía en su cara y le decía: “¿En qué tú andas que hablas tan fino? Pareces una señora elegante. Tú estás empatada con algún tipo educado que se habla así, y lo repites como una cotorra de mierda”. Ella se ponía colorada, bajaba la vista y negaba. Pero al poco tiempo se perdió. Hasta hoy. Se deshace en explicaciones.

–Ya Isabel. No tienes que explicarme nada. No te he preguntado ni cojones. Desocupa esto. Voy a dar una vuelta y regreso dentro de una hora.

–No te vayas, Pedro Juan. Enseguida desocupamos.

–Me voy. Te voy a dar tiempo para que limpies bien y quites esa peste a perfume de maricón que hay aquí.

El tipo no se dio ni por enterado. Me gusta andar belicoso, como buen hijo de Oggún. Cuando me vean tranquilo ya estoy apestando.

Bajé la escalera y me senté en el muro del Malecón. Estoy demasiado silencioso y solitario para quedarme en la azotea del edificio con el barullo de los vecinos en cuento me descubran: “Ah, Pedro Juan, al fin regresaste”. Enseguida aparecen las botellas de ron y las tumbadoras y se arma la fiesta. No. No estoy para fiestas ni para ron. Para ser exacto: llevo dos años y medio sin probar el ron, sin tocar los tambores batá, sin probar mariguana ni café. Y sin templar las mujeres. Cogerle el culo a un maricón o rayarme una paja no es igual. En fin, estoy amargado. Lo mejor es quedarme solo porque si me pinchan salto. Y no me conviene tener ni el más mínimo problema.

Ya es casi de noche y es el último día de agosto. Un calor y una humedad sofocantes. De repente el tiempo comienza a cambiar. El cielo se cubre de nubes negras, macizas y pesadas. Un viento norte repentino refresca y trae un olor ligero. Una extraña luz plateada se apodera del mar y de los edificios. Jamás había visto esto desde que nací aquí mismo, hace cuarenta años. Arriba todo negro, brutal, como chorros de plomo. Abajo, todo luminoso, plateado y leve. Es un saludo bello para Oggún. Y siento un escalofrío. Me pide ron y tabaco. Ya se lo puedo dar. De algún lugar tengo que sacar un vaso de aguardiente y un buen puro para compartirlo con él en mi cuarto. Espero que Isabel no haya tocado el caldero y los hierros de Oggún, porque la mato.

De repente empieza a llover. Con mucho viento. Un diluvio. Me empapo en un segundo. El agua me refresca y me quedo sentado en el Malecón. El mar está tranquilo como un plato y la luz plateada va desapareciendo poco a poco. La lluvia arrecia mucho más. Cierro los ojos y sólo siento y oigo el agua cayendo. Y la libertad. En ese momento me doy cuenta de que estoy libre otra vez y que puedo hacer lo que quiera. Puedo moverme, salir corriendo. Puedo decir algo seductor a una mujer, seguirla, enamorarla y acostarme con ella esta misma noche.

Me siento libre y feliz y me invade la alegría. Y sigue lloviendo a cántaros sobre mí. La lluvia y la oscuridad de la noche avanzan.

Al rato amaina un poco. Ya es de noche. Voy al edificio. Subo los ocho pisos, hasta la azotea. Ya el cuarto está libre. Isabel me da la llave y trata de conversar de nuevo conmigo. Me tiene miedo.

–¿Por qué te mojaste así?

–¡A ti qué te importa!

–Déjame buscarte una toalla.

–No. Vete.

–Bueno.

Entro al cuarto. No hay nada. Sólo el mismo colchón destripado que dejé sobre un camastro. En un rincón, dentro de una caja de madera, están los hierros de Oggún. Voy hasta allí, golpeo tres veces la madera, saludo, le pido perdón por no salir a buscarle ron y tabaco. Lo digo que espere hasta mañana. Apago la bombilla. Me tiro sobre el colchón. Cierro los ojos y ahí está Isabel otra vez, llamándome y tocando la puerta. Le abro. Me alcanza un vaso de aguardiente y un tabaco. No se atreve a entrar y se queda en la puerta.

–¿Y esto?

–A mí no se me olvidan tus costumbres.

Intento rechazarlo, pero ya ella regresó a su cuarto. ¡Cómo sabe esta cabrona! Tanteo en medio de la oscuridad y enciendo de nuevo la bombilla. Voy hasta el cajón de Oggún. Los hierros están cubiertos de polvo y telarañas. Los rocío con un buche de aguardiente y los saludo. Hay que entrar en confianza de nuevo. Otra vez Isabel en la puerta:

–¿Tienes fósforos?

–No.

–Toma.

Me los alcanza. Y se queda. Le encanta hacer la mamita buena, zorra de mierda.

Doy fuego al tabaco y soplo el humo sobre los hierros. El resto es para mí. Isabel está de pie, mirándome.

–Me gusta verte así. Bebiendo ron y fumándote un tabaco.

La miro y no le contesto.

–Ese muchacho ya se fue. No era nada serio.

–No me interesa tu vida. No me hagas más cuentos.

–Te guardé un plato de comida. Para luego.

–¿Tienes más aguardiente?

Fue a su cuarto y regresó con media botella. Me sirvió.

–¿Tienes miel de abeja?

–¿Pa’ los hierros?

–Sí. La está pidiendo desde que entré aquí.

–No tengo. Pero mañana salgo temprano y te la traigo.

Me quedé en silencio, disfrutando el placer de estar en mi cuarto, con la cazuela de Oggún, bebiendo aguardiente, fumando, y con una buena hembra a mi lado, loca porque yo le dé un pingaso esta noche. Empezó a tronar. Me asomé a la puerta. Mi cuarto y el de Isabel son los únicos que tienen vista al Caribe en esta azotea. El resto es un laberinto construido con tablas podridas y pedazos de ladrillos, donde la gente se asfixia de calor, entre la mierda y el hambre.

Había una tormenta eléctrica a lo lejos, sobre el mar. Sólo se veían los relámpagos de luz. El diluvio se había transformado en una llovizna espesa, sin viento. Sobre las tejas de fibrocemento de mi cuarto se escuchaban esas gotas como un suave chaparrón. Una música imperturbable. Me pareció que hacía muchos años que mi alma había abandonado mi cuerpo y ahora estaba regresando. La sentía invadiendo cada rinconcito de mi sangre y mi carne.

Isabel se había sentado en la cama. Esperaba por mí. Sólo de mirarla tuve una erección inmediata. Me seguía gustando esa mulata. Después de todo ¿qué fidelidad puedo exigir yo? El más infiel de los mortales.

Cerré la puerta. Nos desnudamos despacio. Nos abrazamos y nos besamos. Estrechando bien juntos. El corazón se me aceleró y casi se me sale una lágrima. Pero la contuve. No puedo llorar delante de esta cabrona. La penetré muy despacio, acariciándola, y ya estaba húmeda y deliciosa. Es igual que entrar en el paraíso. Pero tampoco se lo dije. Es mejor quererla a mi manera, en silencio, sin que ella lo sepa. Fin

*** Cuento incluido en el libro Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez. Anagrama. Colección Compactos 1998 y 2012. Páginas 290 al 294. Barcelona–España.

Hierros de Oggun
Hierros de Oggunuan

Nota: Oggún es una deidad africana que tiene la misión de velar por los hierros. Se dice en Cuba que Oggún es el dios de loa ingenieros, de los artífices en metales, de los forjadores y herreros. Los hierros de Oggún son una serie de instrumentos para practicar la santería africana. El principal es una cazuela (una gran olla de fierro) donde se cocinan las brujerías y las maldades; también las creencias y esperanzas de los devotos.


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