Cuento de Carlos Arturo Truque: Vivan los compañeros

Carlos Arturo Truque

Gabriel García Márquez, Carlos Arturo Truque
Gabriel García Márquez abraza a Carlos Arturo Truque

Carlos Arturo Truque nació en Condoto (Chocó-Colombia) el 28 de octubre de 1927 y murió en Bogotá en 1970. Estudió la primaria en Buenaventura. En Cali cursó el bachillerato. También estudió un año de ingeniería. Colabora en revistas estudiantiles con el seudónimo de Charles Blaine. En 1953 obtiene el premio Espiral por su libro Granizada. En 1954 obtiene el tercer lugar en el concurso de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia, con el cuento “Vivan los compañeros”, donde Gabriel García Márquez, logra el primer lugar.

Ernesto Bustos Garrido

[Para comprender el porqué de la publicación de este cuento, aconsejamos a los lectores leer previamente “El cuento que le dio al Gabo su primer premio literario”, escrito por Ernesto Bustos Garrido].

Niños guerrilleros en Tolima (1953)
Niños guerrilleros en Tolima (1953)

Cuento de Carlos Arturo Truque: Vivan los compañeros*

Habíamos hecho una jornada dura. En Morichalgrande sorprendimos una partida del Gobierno, y la copamos. Perdimos cinco hombres y cargamos con un herido.

Era una costumbre, cuando podíamos hacerlo, arrastrar nuestras bajas; pero no lo hacemos en esta ocasión por miedo a que, amparado por la oscuridad, algún fugitivo haya llevado la alarma al pueblo. Huimos; no queremos combate franco. Va el herido con la tropa. Galopamos a marchas forzadas, para reunirnos al amanecer con el comando del “Negro” Ayala.

Nuestra partida, alguna vez de cien hombres, se ha visto reducida a veinte y, de común acuerdo, decidimos sumarnos a las guerrillas del “Negro” Ladino.

Durante esta marcha nadie habla; pero creo que todos tenemos los pensamientos puestos en el morichal, en los compañeros caídos.

Sentimos el dolor de los honores militares acostumbrados.

Me cruzan, en rápida sucesión, los recuerdos de la vida azarosa que nos tocó compartir.

Laverde, Osorio, Díaz, Gamboa, Rivas, y tantos otros caídos en noches sin estrellas, con las pupilas quietas en la oscuridad: sabed que estáis siendo citados en el orden del día y que vuestras bocas mudas se desatarán en la insurgencia de nuestros fusiles.

—Me oye, ¿capitán Laverde?

—Escucha, ¿teniente Gamboa?

—Ahora vamos, general Osorio, general de cien estrellas, a reunirnos con el “Jetón” Ayala. Es noche, y solo se escuchan los cascos de las bestias cuando pisan el llano.

Silencio. No se oye el tiple del “Paisa” Ríos, ni Díaz tiene más tiempo para el último bambuco. Tenemos a “Florito” herido. Va tras de mí, y arrastro su caballo de la brida. Buen valiente es el hombre, general… No le he oído una queja en el camino.

Recuerdo, general, cuando diezmados en el asalto a El Encanto, al otro día, después de contadas las bajas me llamó:

—¡Estudiante…!

—¡Firme, mi general!

Se mantuvo indeciso delante de mí; luego dijo, entrelazando su brazo a mi espalda:

—Quiero hablarte de algo, Estudiante… ¿Sabes que estamos acabados?

—Sí, mi general; lo sé…

—¡Mejor! —continuó—. Quisiera… Te ordeno que…

Supuse, por la vacilación, que no era usted hombre de andarse por las ramas, que me iba a pedir algo difícil. El tono de mando se le quebró, general, y oí su voz de hombre, de campesino bueno, la voz que la violencia le había arrebatado, vuelta de nuevo al alma verdadera, diciéndome:

—¿No ve…? Caramba, es que no puedo ni hablar. Eso pasa cuando uno es tan bruto… ¿Ve…? ¿Por qué no te largás ahora? Esto no es pa’vos, hombre. ¿Qué hacés aquí? Ya que nos llevó el diablo, salvate vos, pa’ que algún día contés todo lo que hemos sufrido nosotros.

Había surgido otro en usted, general; otro distinto al hombre seco, enérgico y sin sonrisa, tan igual a una fiera, a quien yo  conocía.

Pensé en la lucha tremenda entre esos dos seres, vivientes en un mismo cuerpo, disputándose las risas y las maldiciones; el sin término entre lo que es y lo que debiera ser.

Y, junto a esa, pienso en la otra voz, la fuerte y tremenda, quebrada por la ira; esa con que nos contaba él cómo le mataron a su muchacho en Antioquia. Siempre terminaba:

—Y así jué, pues; lo mataron, la mamá murió de pena, y aquí me tienen, pues, verraco con este fusil.

Hacía una pausa para señalarme y agregaba:

—Así era. Delgado y brincón; como éste, como el Estudiante…

Entonces se hacía el silencio y cada cual se adentraba en su alma, a no dejar cicatrizar las heridas. A palpárselas, a hacerlas arder, para tener una razón clara y dolorosa del existir.

No me marché en aquella ocasión, general, y sigo con la chusma, más al oriente, a meterme adentro el corazón anchuroso y bravo del Llano.

¿En qué sitio estaría bien sin los otros? Aquella vez le desobedecí; ahora le pido perdón. No pude hacerlo, ni quería tampoco.

Pensaba en todos los compañeros, en Florito, a quien haría feliz enseñándole a leer, y en todos aquellos que luchan y lucharon, y cayeron a mi lado sin dolor y sin pena.

Delante de mí tenía la cara ancha de Florito, rogándome:

—Enséñame, Estudiante, enséñame —repetía tercamente.

Le prometí: leerás. Quién sabe si podrá hacerlo, porque la muerte se ha empeñado en no dejarme cumplir la palabra.

Aquí lo arrastro, detrás mío, atravesado en la silla de su caballo, partido el cuerpo por una bala, quebrado como la pizarra que se robó en el asalto a Las Piedras. Cómo nos reímos del pobre cuando apareció con ella, explicando que la había hallado en el pueblecito que arrasamos, después de vencer la terca resistencia de los defensores.

—Es pa’ que el Estudiante me enseñe —se disculpó al mostrarla.

Desde ese día, en los instantes en que el ajetreo de la lucha lo hacía posible, le enseñaba a leer y a escribir. Fueron tan breves estos momentos, que sus progresos alcanzaron apenas el abecedario, pero nunca leyó una frase completa y de corrido.

—Aquí lo llevo, general, y quién sabe si pueda…

****

Ha empezado a lloviznar. Es una lenta garúa, metida en los rostros, acompañada de un viento frío que se cuela hasta el sitio en donde nos duelen los ausentes.

Terrible la marcha.

Empezamos a perder el Llano, la cosa verde e inmensa, y ganamos una vegetación de arbustos y matorrales; estos se enredan, a trechos, en la culata del máuser, cuando no se enroscan y espinan las piernas.

Distante, llega el sonido del agua que corre; a la nariz asoma el olor de la tierra llovida, de comarca fresca, de río abierto para los belfos de las bestias que triscan impacientes los yerbajos húmedos.

Hacemos alto en el vadeadero de Vueltarredonda y damos de beber a los caballos. Se prende, aquí y allá, un fósforo y quedan alumbrando a relampagazos las luciérnagas rojas de los tabacos encendidos. A como da lugar bajamos a Florito y lo tendemos en el suelo.

Una voz de hombre del Llano me dice, con acento de joropo, después de inspeccionar al herido:

—Ejte Florito se va a voltiá; quiera Dioj que no; pero a me se jace que al hombre ejte no vabé quien lo pare.

Lo aparto con rabia y doy luz a un fósforo.

Inclinado sobre Florito, veo el pecho lleno de sangre, la boca entreabierta y los brazos inmóviles. Los ojos permanecen cerrados.

—Aún no, Estudiante —explica con grande esfuerzo, cuando abre los párpados y me reconoce. Comprendo lo que quiere hacerme saber. Son efectos de las palabras torpes del llanero.

—Sí, Florito; todavía no. No morirás de ésta. ¿Me entiendes?

No responde. Se apaga la cerilla y me estoy de rodillas palpándole el pulso. Va llegando la gente a preguntar cómo está, encendiendo cerillas para verle la cara.

—¡Qué vas a morirte! —le repiten.

Pero estoy cierto que ninguno deja de exclamar para sí:

—Lo que es éste, se va a morir.

Alguno viene a anunciarme que Barrera, el hombre que reemplazó al general Osorio, quiere verme. Suelto el pulso de Florito y me dejo guiar hasta el lugar en donde este se encuentra.

—Sentate, Estudiante —me pide al llegar.

Ocupo lugar a su lado.

Barrera se acuesta y pone, imagino, los ojos hacia arriba, como acostumbra al tomar una decisión.

—Siento mucho —comienza— lo que le han hecho a Florito y a los otros, que fue pior… No debes andar ya más con nosotros…

Cualquier día, como decía el dijunto de mi general Osorio, que en paz descanse, te dejamos puai tirao en un morichal o te trairemos a la grupa de un potro como al Florito. A uno, ¡pues qué!, no le importa nada. Hasta es mejor que lo maten, porque siquiera descansa. Pa’ qué más vida, si no tiene uno nada; estos hijueperras lo acabaron todo.

Ahí nomás está Osorio, que ya descansó. Él pa’ qué quería la vida, sin su muchacho y sin su vieja. Y así estamos todos como hoja que el viento arranca del palo, pa’ ya nunca más volver. Pero a vos no te han hecho nitica. Sos un muchacho que juega a la guerra y se divierte.

Hacé de cuenta que ya jugastes bastante y te cansastes. ¿Querés…? Hemos reunido toda la plata que tenemos pa’ que alcancés a llegar a tu casa. ¿Te parece bien? —Luego baja la voz y prosigue con tristeza:

—Cuando llegués le das un beso a tu viejita. Le decís que te mandamos nosotros. ¿Oístes?

*****

No me atrevo a hablar. Oigo, siento, miro cómo va y viene la punta del tabaco que fuma Barrera. Del costado a la boca, de la boca al costado. Cuando lo pone en la boca, la punta se aviva y puedo ver la cara de líneas precisas y la curvatura del pico de ave rapaz en que termina su nariz.

Es una cara hermosa la del general Barrera. Apenas vislumbro vagos contornos, pero completo el rostro mentalmente; sé que en la frente debe tener el cabello arremolinado y en la mitad de ella, horizontales, tres arrugas vigorosas, hondas como canales, repetidas, perpendicularmente, en las comisuras de los labios. Pienso en sus manos, que no tiemblan al apretar el gatillo, ni vacilan al sostener el fusil. Pienso en las manos gemelas, en los rostros hermosos y fieramente iguales que han luchado conmigo, hombro a hombro, y exclamo resuelto:

—No importa… Iré con ustedes, estemos como estemos.

Barrera se incorpora y hace sentir su aliento cálido muy cercano al mío:

—No siás loco. Es mejor que nos hagás caso. El Llano no es pa’ vos, mocito. Es bravo y prende como mujer; te coge y cuando lo querés soltar, zas, ya te tiene cogido.

—No, no —repito—. Voy con la chusma a buscar a Ayala.

—Eso es cosa tuya, Estudiante… En todo caso…

Debió dibujar un gesto y alejarse, sin completar la frase. No mucho rato después, escucho la orden seca de continuar la marcha.

Cargamos de nuevo al herido. Crujen los aperos al trepar los jinetes y presto se deja oír el ruido de aguas chapoteadas.

Al cruzar el río quedamos en tierras de Ayala y esperamos ser interceptados por cualquiera de sus patrullas. Ya uno de los  nuestros había sido encargado con anticipación de buscar el contacto. Deben estar atendiendo el paso de nuestras bestias. Se dice que Ayala es capaz de sentir un galope a diez millas de distancia.

El Llano es tierra plana, ardua y compleja, es cuestión suya. Lo sabe el negro engreído, y la defiende pulgada a pulgada. Nadie pone los pies en ella sin su permiso. El Gobierno lo apellida bandolero y le manda soldaditos y aprendices de la escuela de Muzú para que se divierta. El general Ayala ríe. Ríe y le devuelve, con bárbaro entendimiento del humor, los uniformes tintos en sangre. Guarda algunos otros para mimetizar sus gentes, cuando lo precisa. Por algo le dicen “La pantera del Llano”.

Paramos. En la oscuridad, pregunto al primero que siento al lado:

—¿Qué pasa?

—No sé —contesta—. He visto una luz que se enciende y se apaga, pero no sé de qué se trata. Parecen señales.

—¿Dónde las viste?

—Por allá; se apagó hace rato… Ahí está otra vez… Mírala — continuó después de una pausa.

La busco y la hallo. Es al oriente; se enciende y se apaga con intencionada alternabilidad. Son las señales de Ayala. Dice que diez millas adelante tiene el campamento y que han mandado un guía a nuestro encuentro. Debemos esperar.

—So animal —mascullo a quien tengo al lado—. Son las señales de Ayala. ¿Cómo es que no las entiendes?

—¡Quietos! —grita Barrera—. Preparen las armas, por si es una trampa.

Desmontamos y se riega con nitidez el sonido de armas desaseguradas. Aguardamos media hora con los nervios tensos, pensando que de cualquier sitio puede surgir un disparo. Pasa otra media hora, y lo mismo.

Alguien desliza a mi oído:

—Oigo un galope. ¿Lo estás oyendo vos?

—No; no oigo nada—. Presto oídos, pero nada.

—No lo oigo —le contesto muy bajo.

—Pues yo lo estoy oyendo clarito, clarito —asevera él.

Muchas veces en mi vida he sentido miedo. Por eso sé que ahora lo tengo. Un miedo tremendo, de morir en este preamanecer oscuro, para ya nunca más ver el cotidiano milagro de la primera luz.

Aprieto el acero frío del cañón y me hago, en serio, el razonamiento que se hace Osorio riendo:

—La que no es pa’ uno, no es pa’ uno; y la que es pa’ uno ni se siente.

Y en ese momento escuché los cascos que mi compañero quería hacerme escuchar minutos antes.

—¿Quién va? —pregunta una voz recia.

—La revolución —contestan en el mismo tono.

Al punto se evaporan mis temores. Aseguro el fusil y monto a la silla. Se repite el chocar de aceros y el crujir de correas. Sigue nuestra marcha.

El mismo Ayala nos recibe en una choza, sin piso, alumbrada por una sorda lámpara de gasolina. Tal vez sea su cuartel general.

No es Ayala el hombre que había forjado mi imaginación. Es alto, pero no da la sensación de hombre fuerte. Tiene los brazos muy largos, pero delgados y con venas protuberantes; la cara es igualmente delgada y huesosa, de color negro ceniza, característica de negro enfermo. Ríe mucho, para estarlo, y hace bromas a medida que Barrera nos hace pasar, uno a uno, para ser presentados:

—Este es el Estudiante —le dice al tocarme el turno.

Me planto delante del hombre, a la usanza militar.

Ríe el hombre con risa de niño grande.

—Deja eso, niño, deja eso —exclama sin dejar de reír—. Tá bueno para los señoritos eso que tiene Laureano, pero pa’ nosotros…

¡Qué va chico! ¡Qué va…!

Sosiega su risa e inquiere:

—¿Por qué te dicen Estudiante?

Es Barrera quien responde por mí:

—Estaba estudiando pa’ dotor; se voló cuando empezó la fiesta, y aquí lo ve.

Ayala vuelve a reír. Luego exclama muy serio:

—Aquí servirá de mucho. Puede curar los heridos y enfermos.

Perdemos gente por esa razón más que por las balas; muchos han podido salvarse pero el cuero rara vez sana solo; y ya que hablamos de eso, si traen algunos, pueden poner aquí los heridos. Es la única choza que tiene luz.

Y se marchó.

Barrera manda traer a Florito. Le colocamos en un improvisado lecho de pajas, sobre el suelo. El herido abre unos ojos hermosos y susurra:

—Ahora, Estudiante, ahora…

—Ahora, ¿qué? —le pregunto.

Ahora —contesta—, la pizarra, Estudiante… Ya no doy más, general —dice mirando a Barrera.

A este vuelvo los ojos, el único que conoce la historia, y le veo inclinar la cabeza, hurtándome las miradas. La choza se había ido llenando con la curiosa tropa de Ayala.

Uno pregunta al oír algo que no entiende:

—¿Qué es lo que quiere?

No tengo tiempo para contestarle. Lo dejo sin respuesta y salgo del bohío. Al regresar, traigo la pizarra. La pongo a la luz y escribo en letras grandes: “Vivan los compañeros”…

Incorporo luego al herido, y, con gran dificultad, le hago deletrear la frase escrita, una vez y otra vez, hasta oírlo decir con claridad:

—Vivan los compañeros.

Guarda silencio mientras, cansado, inclina la cabeza sobre el lecho. Desde allí exclama, con los párpados cerrados, con tono de ensoñación y gozo, como si ya no sufriera, como si se hubiera insensibilizado ante el dolor:

—¡Vivan los compañeros…! Qué bonito, Estudiante: Vivan los compañeros… Si me curara lo repetiría todos los días de esta puerca vida… Me oyes, ¿Estudiante?

Se queda inmóvil. De los ojos cerrados salen dos lágrimas. Parece dormido, pero no lo está. Todavía un leve movimiento del brazo.

Luego, nada. Ahora sí, duerme. Y no despertará.

Un agua tibia corre por mis mejillas. He llorado también, sin darme cuenta; pero al hacerlo, después de tanto tiempo, me he sentido más hombre. He sentido el retorno de algo que creí muerto para siempre. Lo mismo que debió sentir Osorio la noche en que me pidió el abandono de las guerrillas: el regreso a mí mismo, como compensación tardía de esa dualidad del hombre y su camino.

Al abandonar la choza, me enfrento, al oriente, con la primera raya blanca, como leche espesa, de la alborada. Entonces corro y abro los ojos a Florito, para que sus pupilas sepan, como lo están sabiendo las mías, que ya empieza el amanecer.

*** Tercer lugar del Concurso literario de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia. Julio 1954

 

 

Notas

Moriche: Árbol de la América intertropical, de la familia de las Palmas, con tronco liso, recto, de unos ocho decímetros de diámetro y gran elevación. Del tronco se saca un licor azucarado potable y una fécula alimenticia, y de la corteza se hacen cuerdas muy fuertes.

También: Pájaro americano, domesticable, más pequeño que el turpial, de pluma negra y luciente y muy estimado por su canto.

Mauser: Nombre comúnmente utilizado para denominar a la fábrica alemana de armas Mauser-Werke Oberndorf Waffensysteme GmbH y su línea de fusiles de cerrojo. Fue fundada por los hermanos Wilhelm y Paul Mauser en 1872 en Oberndorf am Neckar, Alemania.

Belfos: Adjetivo y sustantivo: Que tiene más grueso el labio inferior que el superior. También nombre que se da a los labios del caballo y otros animales.

 

ernesto-bustos-garrido Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios, Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, funda-mentalmente en La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta y setenta fue Secretario de Prensa de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta transformarse en escritor.

 

 

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