Cuento de Antonio Báez: [Adán en palacio]

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Palacete de Madrid. Fuente de la imagen

Adán llegó por la tarde al centro de la ciudad con una idea pegajosa que le rumiaba en la sesera. Quizás no fuese una idea, quizás estaba siguiendo la indicación de un oráculo, cuando buscó y preguntó varias veces por la calle, hasta que dio con ella y se encontró delante del número once en Jesús del Monte. Era un palacete con entrada a un garaje y varias cámaras de seguridad que enfocaban hacia el exterior. Pero Adán ya era a esas alturas todo un experto. Se limitó a esperar. Encontró su oportunidad cuando anocheció. Escaló un muro, se coló por una ventana y desde ella cayó al suelo de un pasillo, desde el que comenzó a deambular: primero llegó a la cocina, encendió una pequeña luz que había en la campana extractora, se abrió una botella de vino y se sirvió una copa, cortó un poco de queso para comer y en la operación, puesto que utilizaba un cuchillo específico que nunca había manejado, se hizo un corte en la mano por el que sangró bastante. Se lavó la herida, pero los utensilios de cocina, los paños y las cubetas del fregadero, todo lo que tocó, quedaron como si alguien hubiese descuartizado allí a un inocente. Luego recogió un mechero, pero como no encontraba cigarrillos volvió a salir y fue paseándose y asomándose a diferentes habitaciones. Entró en un cuarto de baño y, aunque sabía que tirar de la cadena era una imprudencia, ese mínimo sentido del decoro, que en casa ajena se reforzaba por el pudor, le llevó a apretar el botoncito. Aguantó la respiración durante aquellos segundos que duró la tormenta de agua, el estruendo en mitad de la noche, pero no ocurrió nada, todo el mundo parecía dormir placenteramente en su cama. Sin embargo, cuando fue inspeccionando los dormitorios se dio cuenta de que estaban vacíos. Quizás no había nadie en casa. No obstante, no dejó de ser todo lo sigiloso que podía. En una habitación tropezó con un cenicero de pie, que cayó al suelo y se partió por la mitad. Finalmente llegó a un dormitorio en el que enseguida supo que había alguien, porque al abrir la puerta le vino ese fato a rancio, en el que se encuentra una mezcla de olores corporales, tabaco, alcohol y hasta restos de comida. Se le ocurrió que era el lugar ideal para encontrar cigarrillos, con uno solo le bastaba. Alguien roncaba. En la mesilla de noche había una bandeja. Se sentó en la cama y en ella estuvo fumando hasta que la anciana, bien entrada la mañana, abrió los ojos y lo descubrió.

–Buenos días, dijo la mujer.

–Buenos días, dijo Adán.

–¿Es usted el enfermero?, preguntó ella.

–Sí, soy su nuevo enfermero. ¿Cómo ha dormido, señora?

–Mal, mal, mal.

–No diga eso, señora, he estado velando su sueño y ha dormido usted a pierna suelta. A las siete y media se tiró usted un pedo de campeonato y tuve que abrir las ventanas, pero no me extraña, cenó usted anoche sardinillas, después se tomó un whisky y supongo que también su cigarrito, ¿no?

–Más o menos, está hecho usted un sherloch holmes.

–Bueno, pues lo único quitarle las sardinillas, lo demás le sienta a usted de puta madre.

–El último enfermero no era como usted.

–Tutéeme.

–Usted a mí no. El otro no dijo ni una palabrota en seis años.

–Sí, eso sí que lo tengo, soy malhablado, pero un excelente profesional.

–¿Qué le ha pasado en la mano?

–Insisto en lo del tuteo. Me herí anoche cortando queso.

–Pues vaya chapuza que te has hecho ahí.

–Sí, es que yo soy más bien un teórico, socrático peripatético, en la práctica la torpeza física me traiciona.

–Pues tú a mí no me pones las inyecciones.

–No se preocupe por eso, señora, lo mismo las inyecciones ni le hacen falta. Habrá que valorar.

–A ver si vas a saber más que el médico, me las recetó para dos semanas.

–Lo estudiaremos, le dijo Adán y luego le guiñó un ojo.

En ese momento sonó el teléfono. Doña Elpidia Aguirre llamaba todas las mañanas a su madre, antes de comenzar con sus obligaciones representativas y políticas o en un interludio de las mismas.

–Buenos días, hija, estoy aquí entretenida con mi nuevo enfermero, un ser muy curioso.

Adán llevaba el habitual parche pirata, la tez morena de quien pasa mucho tiempo al aire libre, el pelo largo recogido en varias coletas, una servilleta enrollada en la mano que tapaba la mutilación de su índice y la herida reciente, además del vestuario de mercadillo, lo que en conjunto le daba ese aire de perroflauta desnortado, que la Señora y sobre todo su hija, doña Elpidia, aborrecían.

–Tenemos que hablar con el seguro médico.

A Adán le sonrió. Él dijo:

–Bueno, señora, lo recojo todo.

Cuando Adán salió de la habitación con la bandeja la Señora le dijo a su hija, ante quien las fuerzas de orden público se cuadraban:

–Llama a la policía, este majadero es un intruso. No parece peligroso, pero por si las moscas me he medito el abrecartas en las bragas.

La patrulla encontró multitud de rastros y huellas del paso de Adán por el palacete. Doña Elpidia dormía allí en contadas ocasiones, pero el suceso se filtró de una forma confusa hacia la prensa y las primeras noticias informaban de que el intruso había estado observando el sueño de la presidenta de la comunidad y de que, al despertar ésta, había iniciado con ella un diálogo sobre cuestiones políticas. Había resultado del todo inofensivo, pero había puesto en evidencia las medidas de seguridad protocolarias, lo que provocó que en los días sucesivos los contertulios de todas las cadenas radiofónicas y televisivas hablaran y opinaran del episodio, como si fuesen las cotorras de una corrala de vecinos.

Ni doña Elpidia Aguirre ni su madre echaban en falta nada. No sabían si el asalto domiciliario se había debido a una cuestión política, relacionada con el movimiento del 15 M, a un sabotaje de la ultraizquierda o de los anarquistas, puesto que  era evidente que el móvil no tenía nada que ver con el robo, o se trataba de un pirado. Doña Elpidia encontró en el suelo aquel pajarito de lentejuelas azules, adorno de un tocado, que unas semanas atrás ella misma había arrojado por la ventanilla de su automóvil. Lo cogió sorprendida y de repente se sintió inundada por un marasmo de interrogantes e incertidumbres. Ya no tenía el pajarito de Lesbia entre sus plumas aquella etiqueta con la dirección de la casa que había guiado a Adán. No le dijo, de momento, nada a su madre.

 

(Fragmento de la novela de Antonio Báez La magia de los días).

Cuestionario literario: Antonio Báez

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