Cuento de Eloy M. Cebrián: Las luciérnagas

 

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Skyline de Tokyo. Fuente de la imagen

 

Eloy M. Cebrián es autor de una vasta obra literaria que abarca la novela para adultos y la narrativa juvenil. Su última novela es El juego de los muertos, una historia de género fantástico en torno al mundo del espiritismo. Como autor de narrativa breve ha recibido numerosos galardones. Sus relatos se han recogido en los libros Las luciérnagas y 20 cuentos más y Comunión, y figuran en importantes antologías del relato español contemporáneo. Sus colaboraciones semanales en prensa han aparecido recopiladas en los dos volúmenes de La Ley de Murphy. Es, además, traductor literario ocasional y desde el 2000 codirige la revista de creación literaria El Problema de Yorick.


Hoy nos ofrece un cuento de ambiente carveriano: “Las luciérnagas”.

Cuento de Eloy M. Cebrián: Las luciérnagas

Acaba de despertarse y tiene frío. Ya es octubre. Debería usar un pijama para dormir, pero no quiere resignarse a la victoria de este largo y oscuro otoño. En otro tiempo habría buscado el cuerpo de su mujer bajo las sábanas, se habría ce­ñido a él para volver a adormecerse a su abrigo. Ahora ya no le tienta la idea. Tampoco siente el impulso de buscar los pies de ella con los suyos. Ése era el juego favorito de ambos: cuatro pies buscándose en la tibia penumbra de la cama, jugando a hacerse cosquillas, como una camada de cachorros. Pero sabe que si ahora lo intenta, su mujer se apartará, probablemente con un gruñido de disgusto. Además, los pies de ella parecen haber perdido el calor de otro tiempo. A veces los toca por casualidad y los siente como dos trozos de mármol. La oye roncar suavemente a su lado, con un sonido agudo y sibilante, como el vapor escapando de una olla a presión. Se encuentra en lo más profundo de su sueño. Prefiere no molestarla.

Se levanta y busca a tientas las zapatillas y la bata. Se estremece de frío. La ventana está cerrada a cal y canto. Así y todo, nota la habitación surcada por co­rrientes de aire, como si la habitaran fantasmas. La sensación de frío aumenta con­forme avanza por el pasillo a oscuras. Conoce a la perfección cada centímetro de su casa. Podría recorrerla hasta en sueños sin tropezar una sola vez. Pero la oscu­ridad, apenas atenuada por la débil luz rojiza que se cuela desde la calle, es muy densa esta noche, tanto que las sombras parecen a punto de condensarse en cuer­pos sólidos. Por eso, mientras recorre el pasillo, su mano derecha se agita delante de su cara, igual que la de un ciego despojado de su bastón. Con la izquierda tan­tea la pared y cuenta los vanos de las puertas, una… dos… tres… hasta llegar a la cocina.

Piensa que no debería beber tanto. Así al menos se ahorraría esta sed que lo abrasa, este sabor a podredumbre que le llena la boca cuando despierta en mitad de la noche. Abre la nevera y le azota la cara un hálito frío impregnado de olor a moho. Mientras traga medio litro de agua helada, recuerda que de joven nunca se despertaba por las noches. Su sueño era entonces uniforme y profundo, un largo espacio negro que se prolongaba hasta bien entrada la mañana siguiente. Ahora la noche es para él una sucesión de avatares, breves períodos de agitada duermevela que se alternan con pesadillas, episodios de angustia que sirven de preámbulo a prolongadas crisis de insomnio. Una vez lo consultó con su médico. Le recetó un somnífero, pero el prospecto desaconsejaba su ingestión con alcohol, así que deci­dió no tomarlo. El agua helada le provoca un pinchazo de dolor en una muela con caries. Se le escapa un gemido. Después se encamina hacia el cuarto de baño para orinar. A mitad del camino, suena el timbre del teléfono.

Se sobresalta y el corazón empieza a latirle muy deprisa. Golpea como un tambor contra sus costillas y casi puede notar las pulsaciones en la garganta. No hay ruido más funesto —piensa— que el de un teléfono que suena en mitad de la noche. Son alrededor de las cuatro de la mañana (no ha mirado el reloj, pero el alcohol siempre le hace despertar en torno a esa hora). Se dice que lo mejor es no contestar. Con toda seguridad se trata de algún imbécil que se ha equivocado. Pero los timbrazos perseveran y su sonido se hace cada vez más acuciante. Su mu­jer va a despertarse y le pedirá explicaciones. Corre hacia el teléfono y levanta el auricular, pero no dice nada.

—¿Antonio? —oye preguntar.

Es una voz femenina, joven, esperanzada.

Se dispone a contestar que se han equivocado de número. También piensa añadir algún comentario sobre lo torpe que hay que ser para molestar a la gente a las cuatro de la mañana. Pero ella no le deja hablar.

—Cariño mío —le dice—, sé que estás ahí, te oigo respirar. No hace falta que me digas nada. Todavía puedo sentirte a mi lado. Parece que no te hayas ido, que aún estés conmigo, cubriéndome de besos y caricias. Aún te noto dentro de mí, amor. No, no digas nada. Quería sólo darte las gracias y decirte lo feliz que soy, lo hermoso que ha sido follar contigo esta noche.

Él cuelga el teléfono muy despacio. Mientras lo hace, puede oír todavía la voz de la muchacha, como un dulce zumbido que se aleja. La cara le arde de ver­güenza. Durante largos segundos observa el aparato. Se da cuenta de que está a la espera, anhelando que vuelva a sonar. No ocurre nada. Entonces mira hacia abajo y contempla la triste erección que asoma entre los faldones de su bata.

La cajetilla está escondida tras el quinto tomo de la enciclopedia. La dejó ahí hace un año, cuando dejó de fumar, pensando que sería una buena forma de pro­bar su fuerza de voluntad. Extrae un cigarrillo y se lo lleva a la boca, donde lo nota como un cuerpo extraño. Comienza a salivar casi al instante. La cerilla arde con un chasquido y una pequeña nube tóxica. Cuando está a punto de encender el pitillo, lo piensa mejor y sale a la terraza, pues no quiere que su mujer lo cubra de improperios al notar el olor del tabaco.

El frío afuera es casi intolerable y él comienza a tiritar violentamente, pero eso le trae sin cuidado. Prende por fin el cigarrillo y aspira la primera calada. El humo le hace sentir un suave mareo, una placentera sensación de abandono. Apoya los codos en la barandilla y fuma en silencio mientras recuerda la voz y las palabras de la chica.

En otros balcones y ventanas, como una bandada de otoñales luciérnagas, relucen las ascuas de docenas de cigarrillos.


Eloy M. Cebrián, Comunión, Ed. Alfaqueque, Murcia, 2009

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