Entrevista a Eloy M. Cebrián

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Eloy M. Cebrián. Imagen cedida por el autor

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Eloy M. Cebrián

(Escritor)

Al principio los premios literarios eran mi acicate principal. Luego dejé aparcada esa faceta de mi actividad. La ansiedad que me creaba, junto con la frustración creciente, estaban perjudicando gravemente mi prosa y mi inventiva. Me di cuenta de que empezaba a escribir pensando en premios y en jurados, lo que iba en detrimento de la calidad de mi trabajo y de mi disfrute personal. Sin embargo, he descubierto que un premio literario no ganado puede ser un buen trampolín para que una editorial se fije en una novela y decida publicarla.

E.M.C

Eloy Miguel Cebrián Burgos es el nombre completo del autor albaceteño que firma sus libros como Eloy M. Cebrián. Y ha firmado muchos, desde que en 1998 publicara en la Diputación de Albacete Memorias de Bucéfalo. El reinado de Filipo.

Compagina su trabajo de profesor de instituto con la creación literaria. Ganador de numerosos premios, ha escrito novelas y relatos y se mueve con igual soltura en la literatura para adultos como en la juvenil.  El fotógrafo que hacía belenes (Premio Francisco Umbral), Los fantasmas de Edimburgo, Madrid, 1605 (escrita en colaboración con Francisco Mendoza), y su continuación, Madrid, 1616, son algunos de sus títulos más celebrados.

Es columnista de La Tribuna de Albacete, donde publica sus artículos de opinión semanal, algunos de los cuales han sido recopilados en dos volúmenes que llevan por título La ley de Murphy. Desde 2000 es codirector de la revista literaria El Problema de Yorick, que ha dedicado su último número a la figura del carismático librero Juan Valero Collado, fallecido recientemente.

Su última novela, El juego de los muertos, es una recreación fantástica del mundo del espiritismo.

Charlamos hoy con Eloy M. Cebrián sobre su variada y extensa obra.

Francisco Rodríguez Criado: En 1998 publicaste tu primer libro. Han pasado dieciocho años desde entonces, suficientes para echar la vista atrás. ¿Qué balance haces de estos años entregados al oficio de escribir?

Eloy M. Cebrián: Si tuviera que empezar de nuevo, sabiendo lo que ahora sé, me lo pensaría dos veces. Con el tiempo he comprobado que la escritura es una amante exigente que te quita tanto como te da. Muchas veces pienso en lo estupendo que sería vivir sin escribir, volver a ser un lector y limitarme a disfrutar de lo que escriben otros. Sin embargo, a estas alturas no soy capaz de concebir mi vida ni mi persona si no es dándole a la tecla, por lo que me imagino que no hay vuelta atrás. Estoy casi convencido de que el éxito masivo ya no está a mi alcance, que tendría que ser mucho más joven y dedicar mucho más tiempo y empeño a la tarea. Pero estoy satisfecho de algunos de los libros que he escrito, y puede que me quede algún que otro buen libro en el tintero.

 

F.R.C.: Hacer carrera de escritor no es, en la mayoría de los casos, una tarea sencilla. ¿En qué medida te han motivado los premios literarios para seguir escribiendo?

E.M.C: Al principio los premios literarios eran mi acicate principal. Luego dejé aparcada esa faceta de mi actividad. La ansiedad que me creaba, junto con la frustración creciente, estaban perjudicando gravemente mi prosa y mi inventiva. Me di cuenta de que empezaba a escribir pensando en premios y en jurados, lo que iba en detrimento de la calidad de mi trabajo y de mi disfrute personal. Sin embargo, he descubierto que un premio literario no ganado puede ser un buen trampolín para que una editorial se fije en una novela y decida publicarla. Fue lo que ocurrió, por ejemplo, con Los fantasmas de Edimburgo y con Madrid, 1605. Pero sin duda mi mejor experiencia como escritor ha sido disfrutar de la confianza de una editorial hasta el punto de recibir el encargo de escribir una novela con compromiso de publicación. Entonces fue cuando empecé a sentirme realmente un profesional.

F.R.C.: Cuando te sientas a escribir una novela o un cuento, ¿sabes desde el principio si va a ser una narración para adultos o para un  público juvenil?

E.M.C: Hace tiempo que no escribo relatos, y que yo recuerde solamente he escrito uno pensado para chavales. Normalmente sé de antemano cuándo una novela va a estar dirigida al público juvenil y cuándo al público adulto. La forma de concebir y tratar la historia suele ser distinta. Solamente en el caso de Bajo la fría luz de octubre, sin duda mi novela más exitosa, escribí sin pensar en lectores de una edad determinada, aunque una vez tomada la decisión de que fuera un libro dirigido al público juvenil, decidí volver sobre mis pasos y hacer algunos cambios. En cuanto al trabajo en sí, me marco los mismos niveles de exigencia en un caso que en el otro.

F.R.C.: Has dedicado dos libros a la figura de Miguel de Cervantes. Hagamos un poco de especulación: como especialista en su figura y obra, ¿cómo te imaginas a Miguel de Cervantes si en vez de ser un autor emblemático del siglo de Oro publicara sus libros en pleno siglo XXI?

E.M.C: Disculpa que te lleve la contraria, pero no me considero en modo alguno un especialista en Cervantes, sino un novelista que ha procurado hacer los deberes al abordar un proyecto de ficción sobre una persona real, de biografía más o menos conocida, en una período histórico bien documentado. Quien sí es un especialista es Francisco Mendoza, que firma ambos libros conmigo. Él trabajó como documentalista, pues la trama contemporánea de ambas novelas gira en torno al coleccionismo de libros antiguos, y Paco es un reputado bibliófilo y ha publicado excelentes ensayos, tanto especializados como de divulgación. Yo me encargué de la parte puramente creativa, y en todo momento traté a Cervantes como un personaje, es decir, como una construcción. Procuré, por supuesto, no escribir nada contrario a los hechos conocidos, pero a partir de esa premisa me tomé grandes libertades. Si te soy sincero, creo que al crear a “mi Cervantes” no pude evitar la vena autobiográfica. Ya sabes, los tormentos del escritor, la agonía de sentirse atrapado en una novela larga sin tener la menor certeza de que el trabajo vaya a merecer la pena, las zancadillas y vicisitudes que todos los escritores hemos sufrido, los piques con otros compañeros de oficio, la eterna pelea con los editores… Todas esas cosas aparecen en la novela, y no creo que fueran sustancialmente distintas en época de Cervantes y ahora. Por eso creo que mi experiencia personal ha sido valiosa. Otra cosa característica que adivino en Cervantes (y que especialistas como Francisco Rico corroboran) es que probablemente, hacia el final de su vida, se sentía una antigualla. Un viejo combatiente que ve cómo sus batallas de juventud no han servido para nada, que es consciente de que el gran imperio de la cristiandad por el que él luchó se derrumba por culpa de la corrupción y la mala administración. También, un joven poeta que soñó con la gloria literaria y el éxito en los escenarios, y que solo ha cosechado popularidad en un género menor, con una novela cómica. Sin embargo, lejos de rendirse, Cervantes insistió en rematar sus proyectos literarios. En el prólogo del Quijote apócrifo, Avellaneda se burla de él por viejo y por lisiado. Pero a Cervantes, lejos de desanimarle, esto le sirvió de acicate. La segunda parte del Quijote la terminó apenas unos meses antes de morir. El día anterior a su fallecimiento, en plena agonía, dictaba la dedicatoria del Persiles. En ese sentido, creo que dio un gran ejemplo de tesón y de dignidad. Él estaba muy orgulloso de su pasado militar, pero creo que no dejó de luchar durante toda su vida.

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F.R.C.: Conozco muchos profesores que se quejan de lo poco que leen sus alumnos. Intuyo que por lo general los adolescentes tienen por referentes a actores, músicos, deportistas… no a escritores. Para tus alumnos del instituto, ¿eres el novelista enrollado o el profesor friki que emplea su tiempo libre en escribir libros?

E.M.C: Creo que ni una cosa ni otra. Es verdad que a veces les hablo a mis alumnos de mis libros publicados y de mis proyectos en marcha (sobre todo de los dedicados al público juvenil). Pero esto tampoco ocurre con mucha frecuencia, pues no soy profesor de lengua y literatura, sino de inglés, y mi asignatura no se presta demasiado a ello. Lo que sí hago con frecuencia son encuentros con alumnos de otros centros para hablarles de alguno de mis libros. Creo que en esos casos no me ven como profesor (aunque yo siempre recalco que lo soy), sino como un tipo raro que escribe. Sin embargo, mi experiencia como profe me ha sido tremendamente útil para enfrentarme a este tipo de público, que no siempre colabora de buen grado. En cuanto a los referentes de los chavales, es evidente que un escritor que ni siquiera es muy conocido no constituye precisamente un modelo a imitar. Siempre te preguntan cuánto tiempo empleas en escribir tus libros y cuánto dinero ganas con ellos. Cuando les dices que el escritor recibe en torno al diez por ciento de lo que ellos han pagado por el libro (descontando el IVA) les parece una actividad que no merece la pena. Pero siempre hay algunos bichos raros entre ellos que te miran con admiración por haber sido capaz de urdir la historia que acaban de leer, y que luego se acercan a preguntarte qué pasos deben dar para llegar a publicar, porque ya han hecho sus pinitos en la escritura. Cuando ves ese brillo característico en los ojos de un chaval, lo das todo por bien empleado. En realidad, en este aspecto la escritura y la enseñanza están emparentadas. Un único buen lector, al igual que un buen alumno, hacen que todo este lío tenga sentido, que merezca la pena.

F.R.C.: Vi hace poco una entrevista en la que el periodista y escritor Gregorio Morán opinaba que España no tuvo suerte con la novela en el pasado siglo. Citaba alguna novela de Cela y de Martín Santos, la última etapa de Rafael Chirbes y un cuento largo de Max Aub. Y poco más. ¿Crees que a los escritores españoles no se les da bien la novela? ¿Se están publicado grandes novelas en España hoy día?

E.M.C: Es difícil hablar del presente inmediato con perspectiva, porque las grandes novelas tienen que pasar primero el filtro del tiempo. Pero me parece una afirmación muy exagerada. La España del siglo XX sufrió el tremendo golpe de la guerra civil, el exilio y la dictadura, y con todo aparecieron en ella algunas novelas prodigiosas, como La colmena o Tiempo de silencio. Antes de la guerra tenemos a Unamuno y Baroja. Y en época más reciente a autores fabulosos que están aún en activo, como Juan Marsé, Juan José Millás, Javier Marías y Eduardo Mendoza. Te confieso que por mi formación y mis gustos me siento más cerca de la narrativa anglosajona, pero esos nombres (y no se trata de una lista exhaustiva) desmienten la afirmación de Morán.

F.R.C.: Muchas personas opinan que es más difícil escribir un buen cuento que una buena novela. Dan por válida la teoría según la cual  la novela, género caudaloso, se le perdonan con más benevolencia algunas imperfecciones que están terminantemente prohibidas en un cuento, pues este no soporta fisuras. ¿Estás de acuerdo?

E.M.C: En parte, sí. Pero también depende de lo que entendamos por difícil cuando hablamos de escritura literaria. En buena medida creo que la afirmación tiene algo de eslogan publicitario, y que el género breve, aun siendo admirable, ha sido mitificado en exceso. La gran mayoría de narradores escriben novelas antes o después, y creo que ese es un hecho muy significativo. Algunos de los nombres más punteros de la narrativa española actual empezaron como cuentistas, pero se han consagrado como novelistas (así, de pronto, se me ocurren los nombres de Jon Bilbao, Matías Candeira, Sara Mesa y Nuria Labari). Siempre se menciona el ejemplo de Borges, pero creo que la predilección de Borges por la narrativa breve y la poesía venía también condicionada por su ceguera y las dificultades que ello le suponía a la hora de abordar proyectos más largos. En lo que no voy a caer nunca es en la petulancia de decir que los relatos son ejercicios o ensayos que desembocan necesariamente en una novela. Se trata de artes y técnicas emparentadas pero distintas, y no creo que una de las dos revista más dificultad que la otra.

F.R.C.: Hace poco leí tus quejas sobre la organización de la última edición de la Feria del Libro de Albacete. ¿Podrías decirnos qué falla, en tu opinión, en esta feria o en otras similares?

E.M.C: Lo que falla es que no existe una feria del libro en esta ciudad. Y me refiero a lo que entendemos normalmente por una feria del libro, es decir, un escaparate de novedades y un lugar de encuentro con los editores y los autores. Tenemos una feria del libro usado y de ocasión que con el tiempo se ha vuelto algo decadente. Sin embargo, a diferencia de otras capitales de Castilla-La Mancha de menor población (Cuenca, Toledo) quienes deciden las políticas culturales por estas latitudes no creen en el potencial cultural de Albacete. Lo que tenemos es una única jornada que coincide con el Día del Libro, en la cual las librerías de la ciudad colocan algunos puestos en la calle, sin presencia de editoriales y sin visitas de autores (salvo algunos de los de aquí). Y este año no tuvimos ni eso, porque todo se malogró por culpa de la lluvia. Lo que no suelen faltar son cuentacuentos, actuaciones musicales, mimos, pasacalles y todo ese tipo de pachangueo, que queda mucho más vistoso que un señor firmando sus libros dentro de una caseta, pero que tiene poco que ver con la literatura. También suele haber visitas de los colegios, que es el momento en que el alcalde y su cortejo aprovechan para hacerse la foto de rigor. En fin, una pena. Porque te aseguro que el potencial de esta ciudad es grande, y que no faltan buenos autores que reciben galardones importantes y reconocimiento a nivel nacional.

F.R.C.: Como decía en la introducción, el último número de la revista que codiriges, El problema de Yorick, está concebido como un homenaje literario a la figura del librero Juan Valero Collado. De lo cual me alegro, porque la figura de los libreros no está siendo lo suficientemente valorada y merecen todo nuestro respeto: al fin y al cabo son el último eslabón entre el autor y el lector. Las noticias que nos llegan sobre las librerías no son nada halagüeñas: en los últimos años han desaparecido demasiadas. ¿Los aprietos que están afectando al sector de las librerías se explican por el impacto de la crisis económica o crees que hay otras razones de peso?

E.M.C: La crisis ha influido, sin duda. Y la prueba es que el sector remonta tímidamente conforme lo peor va quedando atrás. Sin embargo, estoy convencido de que el sector editorial necesita una renovación profunda. Hay que encontrar fórmulas nuevas. Han pasado los días de las grandes tiradas y del libro pensado como objeto de consumo masivo. La industria editorial tiene que diversificarse, salir a buscar su público y ofrecerle a cada lector lo que busca. Las editoriales independientes han entendido eso mucho mejor que las grandes editoriales. Las que han tenido el heroísmo y la constancia de resistir van viendo sus esfuerzos recompensados poco a poco. Por otro lado, las librerías tienen dos grandes enemigos. Me refiero a Amazon y al ebook. En cuanto a Amazon, creo que la receta pasa por volver al modelo de librero que encarnaba Juan Valero: el librero experto que conoce a sus clientes y que, cuando ve una novedad, sabe a quién va destinado ese libro. Los libreros-dependientes deben pasar a la historia. Las librerías deberían también especializarse y buscar la calidad por encima del mero consumo, incluso en ciudades pequeñas como la mía. Para el libro como objeto de consumo ya están Amazon (que no distingue entre vender libros y teléfonos móviles) y El Corte Inglés (que cojea del mismo pie). Creo que ningún auténtico lector acude a una librería donde solo va a encontrar los últimos premios Planeta y la última novela de Dan Brown junto a dos o tres best-sellers estereotipados más. Hay que ofrecer algo más. Calidad, servicio, actividades como presentaciones y lecturas y un ambiente que propicie los encuentros y la conversación. Lo que observo en mi ciudad es que las instituciones han fracasado estrepitosamente en el apoyo y fomento a la lectura, y que esa labor la están haciendo los libreros en colaboración con los autores.

Me he referido también a los ebooks, y aclaro que me refería al fenómeno de las descargas piratas. Ahí me considero incapaz de brindar ninguna fórmula. La falta de respeto por la propiedad intelectual es un mal endémico de este país, una cuestión educativa. A la gente la cultura le parece muy bien, pero mejor si es gratis. En fin.

F.R.C.: ¿Vivimos mejores tiempos para la lírica ahora, en 2016, o cuando empezaste a escribir?

E.M.C.: Creo que aquellos tiempos eran mejores. Pero, claro, las cosas se embellecen cuando las miramos a través del prisma de la nostalgia. Probablemente los tiempos no sean tan distintos y más bien soy yo quien ha cambiado. Ahora sé más, tengo más experiencia en estas lides, y uno no puede evitar cierto fatalismo teñido de cinismo.

 

F.R.C.: En tu último libro, El juego de los muertos, haces una incursión en el mundo del espiritismo. Arthur Conan Doyle era en su vida privada un entusiasta de los (presuntos) fenómenos asociados al espiritismo. No obstante, no me parece que sea este un tema muy común entre los escritores. Tengo curiosidad por saber de dónde proceden tus conocimientos sobre este tema, y qué motivación te ha llevado a escribir una novela de estas características.

E.M.C.: Recuerdo dos novelas fantásticas sobre este asunto: Arthur y George, de Julian Barnes (el Arthur del título es precisamente Conan Doyle) y Afinidad, de Sarah Waters. Pero mi interés por el tema arranca de mucho antes, casi desde la infancia. Ocurre que en mi familia existe cierta tradición espiritista. Mi abuela materna y su madre (a la que conocí) ejercieron como médiums, por lo que conozco este mundillo de primera mano. De todos modos, el espiritismo fue una moda muy popular desde finales del XIX hasta la guerra civil. Se consideraba una especie de alternativa “racional” a la religión convencional, por lo que tuvo seguidores entre la burguesía y las clases ilustradas. Como asunto literario, a mí me parece fascinante. Soy muy aficionado a la narrativa de género y siempre había querido escribir una novela de terror. El juego de los muertos ha sido mi intento de jugar a ser Stephen King.

 

F.R.C.: Y para terminar, una pregunta de tipo local. Parece ser que Albacete está proliferando la escritura del haiku, hasta el punto de algunos dicen que es la capital del haiku en España. ¿Te consta tanta afición en tu ciudad natal, y en caso afirmativo a qué se debe?

E.M.C.: La pregunta me hace gracia, porque soy muy consciente de la popularidad de la que goza el haiku por estas soledades manchegas. Lo que no sabía es que este asunto hubiera trascendido ese modo. El arranque de este movimiento tiene nombre y apellido, y me refiero al poeta y bibliotecario Frutos Soriano, que desde joven cultiva esta esta estrofa japonesa y el modo de ver el mundo que se asocia con ella. En torno a él surgió un grupo de forofos del haiku que ha ido creciendo con el tiempo, un certamen literario, publicaciones, recitales y demás. Creo que se trata de un ejemplo estupendo de la vitalidad cultural de esta ciudad, y también de sus posibilidades.

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