‘La misoginia del bolero’, por Enrique Gallud Jardiel

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Boleros. Fuente de la imagen

 

Las conclusiones a las que hemos llegado tras un estudio detenido de la letra de setecientos ochenta y cuatro boleros (que han llevado al equipo que ha elaborado esta investigación al borde de la meningitis cerebral) es que las mujeres son inferiores, ya no diremos al hombre, sino incluso a algunos cuadrúpedos pastantes.

No compartimos esta opinión y esperamos no ofender a las lectoras, que nos perdonarán por abordar este tema tan peliagudo y en extremo desagradable, pero la crítica textual de dichos boleros no deja lugar a otras interpretaciones.

Veamos algunos ejemplos tomados al azar de nuestro estudio, que publicaremos en breve en un número monográfico sobre la mujer que prepara la prestigiosa revista de sociología Hundred and Twenty Cocktails for All Occasions, que publica la prestigiosa y conocidísima Universidad de Carson City, Nevada. (O al menos nos han asegurado que lo van a publicar. Esperamos que cumplan su palabra.)

Las mujeres no tienen conversación. Este es un hecho que se desprende de gran cantidad de letras bolerísticas. El enamorado no consigue arrancarles una palabra que merezca la pena ser escuchada y tiene que buscarse interlocutores debajo de las piedras, como cuando dice:

Anoche hablé con la luna.

¡Me dijo tantas cosas…

que quizás esta noche

vuelva a hablarle otra vez!

Eso es lo mejor que puede hacer por la noche, teniendo en cuenta el nivel intelectual de su media naranja.

Además, las mujeres no entienden el lenguaje simbólico y el amante se ve obligado a ofrecerles una traducción consecutiva inmediata de sus palabras y gestos.

Dos gardenias para ti.

Con ellas quiero decir

«¡Te quiero!, ¡Te adoro!

¡Mi vida!»

De no hacerlo así, ella se quedaría sin saber qué demonios significaba que él le regalase gardenias u otras flores cualesquiera.

Algunas amadas pecan también de abúlicas y sosas. Parece que no hacen absolutamente nada, salvo ser relativamente guapas y estar ahí. El enamorado se inspira en ellas, pero tiene que ponerlo todo de su parte, porque la otra ni pestañea. Citamos literalmente:

 

Aquellos ojos verdes

serenos como un lago

en cuyas quietas aguas

un día me miré…

Y además:

No saben la tristeza

que en mi alma han dejado…

O sea, que la tipa ni se entera de la misa la media ni de lo que está sucediendo en el corazón del pretendiente.

La mujer muestra, eso sí, un componente religioso del que uno no se puede librar, aunque sea de la cáscara amarga. Va en el «pack»:

¡Mira que eres linda,

qué preciosa eres..!

Estando a tu lado

verdad que me siento

más cerca de Dios.

A partir de aquí ya sabe el enamorado que acostarse con la bella le va a suponer como contrapartida que los domingos ella le arrastrará a misa. Esto, sin embargo, tiene su parte positiva, pues la beatería de la dona

le servirá al hombre para justificar posibles infidelidades futuras sin que pueda comprobarse lo contrario. Es una cuestión de fe:

Mujer,

si puedes tú con Dios hablar

pregúntale si yo alguna vez

te he dejado de adorar.

Así planteado el asunto, mientras Dios no hable y le contradiga, el amante se libra de posibles ataques de celos y de todo tipo de reproches.

El resultado de todo esto es que, en caso de ausencia, a la mujer tampoco se la echa mucho de menos, se diga lo que se diga.

Te he buscado

dondequiera que yo voy

y no te puedo hallar…

O sea: él no va a ningún sitio especial a buscarla. Se limita a echar una ojeada de paso en los sitios a los que tenía que ir de todas formas («dondequiera que yo voy»), por si ella estuviera allí por un casual, pero sin apartarse de su itinerario previsto.

El género femenino es muy interesado y el amante se tiene que defender de su materialismo insistiendo una y otra vez en que él no tiene ni un duro:

Porque no tengo fortuna

esas tres cosas te ofrezco:

alma, corazón y vida y nada más.

 

Las mujeres tienen, además muchos otros defectos patentes. Llegan tarde a las citas o directamente te dan plantón: «Esta tarde vi llover, vi gente correr / y no estabas tú.» Transmiten incultura: «Contigo aprendí / que la semana tiene más de siete días.» Si alguna tiene algún conocimiento, es totalmente limitado: «Esperanza, / sólo sabes bailar cha-cha-chá.» Su actividad intelectual no produce ningún fruto y deja mucho que desear: «Estás perdiendo el tiempo / pensando, pensando.» Te convierten en un esclavo de sus caprichos, en un pelele sin personalidad: «Si tú me dices «¡Ven!» / lo dejo todo.»

Resumiendo: al final el amante acaba escarmentado y harto de la mujer, por lo que decide no repetir la experiencia aunque le paguen:

Solamente una vez

amé en la vida,

solamente una vez

y nada más.

En otra ocasión estudiaremos las milongas, un género injustamente olvidado también por la crítica.

Cuestionario literario: Enrique Gallud Jardiel

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1 comentario en “‘La misoginia del bolero’, por Enrique Gallud Jardiel”

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