Cuento de Carlos Maleno: Túneles

Cuento, Carlos Maleno

Durante un oscuro periodo de mi vida fui La máquina de sexual. Después fui La máquina sexual 2 y luego, por último, La máquina sexual 3: the return. Mi vida siempre ha sido atravesar una serie de túneles oscuros intercalados por breves travesías de aparente, aunque quizás real, claridad. Después de atravesar uno de esos túneles, cuando hubo que postergar durante varias semanas el inicio del rodaje de La máquina sexual 3: the return, después del colapso producido por el abuso de psicotrópicos y antidepresivos y después del hospital, en una luminosa y aséptica clínica fue cuando conocí a Nina. Ella ya se recuperaba, flotaba en las mañanas de luz y yo me hundía. Ella me sujetó el vaso de plástico lleno de agua cuando mi mano temblaba tanto que acercarlo a mis labios era una tarea casi imposible. Ella me sujetó el vaso y mi mano y, como en la canción de Nacho Vegas, me dio de beber y de repente, en un instante de luz cegadora, frente a mí: su pelo de oro y su bellísima cara y ella lo fue todo.

Ella.

Ella, simplemente Nina.

Luego: Nina X.

Pero eso viene luego (detalles más adelante).

Fue durante esa estancia en la clínica de rehabilitación, cuando por primera vez en mi vida, y quizás la circunstancia de que mi vida, lo que por entonces llamaba mi vida, no valía absolutamente nada para mí, me sinceré verdaderamente con alguien. Alguien que fue Nina, al atardecer, cuando la luz se iba y todo adquiría un tono rojizo, y las palabras pesaban y contenían algo verdadero y no eran gemidos inconexos de un ser atemorizado y con miedo a morir. Y es que realmente, y esto es muy duro comprenderlo, hasta que no se tiene la certeza de que uno pronto va a morir, y lo asume con naturalidad, no se dicen las cosas como son, consecuentemente, de verdad, con la densidad con la que brotaban de mis labios ajados en aquellas tardes rojizas, bajo los ficus elástica, del patio de la clínica (acompañémosla ya, llegados a este punto con su adjetivo correcto) psiquiátrica.

Así caí, sin querer, sin darme cuenta, perdidamente enamorado de Nina.

Luego, Nina X.

Pero eso de Nina X, no fue hasta cuando salí de la clínica, mucho después de que ella saliera. Cuando ya nunca pensaba volver a ver a aquella mujer, de la que en fondo nada sabía. Cuando me encontré con el cuerpo desnudo y mojado de una mujer con una máscara veneciana, saliendo de una piscina y caminando hacia mí, a través de un patio también, extrañamente, lleno de ficus elástica, y lleno de cámaras, técnicos de iluminación…etc., durante el rodaje de La máquina sexual 3: the return. Y ella que caminó hacia mí con piernas infinitas y blancas y apartó la máscara de su rostro y era ella: Nina; entonces Nina X. ¿Quién se lo podía esperar? Claro…todos. Todos menos yo.

Aquel fue, digámoslo así, un rodaje difícil.

Algunos pequeños altercados. Algunas discusiones. Algún actor –yo- agarrando por el cuello a otro actor enmascarado. Algún actor –otra vez yo- llamando cerdos a todo el equipo de dirección. Nina llorando, arrojando su máscara a la piscina, y Nina dejando para siempre de ser Nina X.

Y aquí empezó mi vida con Nina y el fin de mi carrera de estrella del cine porno y el comienzo de una breve pero feliz etapa de mi vida.

Me hice vegetariano y tuvimos pájaros, muchos, unos, otros, que iban y venían de sus jaulas de puertas abiertas, como los centros comerciales en rebajas, y todo fue genial, maravilloso. Incluso me reconcilié con mi antiguo director, al que invitamos a comer a nuestra pequeña casita en las afueras que teníamos alquilada junto con Sandra, la hermana de Nina. Tomamos verduras a la brasa, a la sombra de, otra vez, los ficus elástica, que Nina se empeñó en plantar en recuerdo –decía- del jardín de la clínica que nos unió, aunque creo yo que más bien fue un especie de nostalgia inconsciente de aquella escena de la piscina, de la última, y a la vez primera, película juntos.

No digo que fuera fácil, no digo que no tuviéramos nuestras diferencias, nuestras recaídas, mis huidas a mi pequeño estudio del centro que no conseguía vender. No, no fue fácil, pero al final nos apoyábamos el uno en el otro y en el fondo fuimos felices.

Fuimos felices soñando juntos un futuro, soñando una familia y que comprábamos esa casita que teníamos alquilada. Yo soñaba cada tarde, mientras rodeaba anuncios de trabajo del periódico con un bolígrafo rojo, esperando que Nina volviera a casa del trabajo que le había conseguido una amiga suya de dependienta en una de tantas tiendas de ropa de moda.

Pero ya dije antes que mi vida siempre ha sido atravesar una serie de túneles oscuros, intercalados por breves travesías de aparente, aunque quizás real, claridad. Y entonces, de golpe: uno de esos túneles… o más bien sería correcto decir que el golpe ocurrió al salir de uno de esos túneles. Uno de esos túneles interminables, en invierno, dejando atrás la carretera nevada, que te hacen tensarte como conductor, poner alerta tus sentidos, pero que son tan largos que poco a poco te adaptas a su oscuridad, a sus lámparas eléctricas en los laterales, a la reverberación del ruido de los motores, y entonces te sientes adaptado, y ves la luz al final, y el reflejo de la luz en la nieve, en la blanquísima nieve, y ya no es tan malo, tan peligroso, tan tétrico, ese inmenso túnel con toneladas de piedra y tierra sobre ti, y entonces le hablo a Nina. Le digo no se qué gracioso y ella se ríe y yo miro como se ríe y pienso que quisiera que entendiera que siento cuando la veo sonreír así, y entonces ella ya no ríe y yo, en ese instante, comprendo que las cosas no marchan bien. Miro a la carretera y de repente hay un ruido muy fuerte, fuertísimo. Y todo se vuelve negro. Una inmensa negritud.

La negritud del mármol sobre la nieve.

Pero eso lo leí mucho más tarde, cuando leía poesía y cuando estaba impotente y cuando tenía una bolsa para orinar y cuando me trasladaban de un sitio a otro en silla de ruedas. Y cuando, a veces, en soledad, acariciaba el contorno de aquella máscara que Nina, entonces Nina X, llevaba en su rostro mientras salía de aquella piscina, bajo la sombra de los ficus, y caminaba hacia mí, y sus piernas me parecían infinitas y, entonces, se descubría el rostro y me miraba y comenzaba mi vida.

Yo una vez fui La máquina sexual, lo demás tampoco había cambiado mucho. Seguía viviendo con Nina y con su hermana en la casita alquilada de las afueras y esperaba cada tarde a que Nina regresara de su trabajo de dependienta de una tienda de ropa de moda. Aunque ya no buscaba trabajo subrayando con tinta roja los anuncios del periódico. Ya no hacía falta.

Por entonces comencé a leer sobre todo poesía y también a algunos novelistas, casi todos franceses (lo cual no tiene ninguna explicación lógica, lo de que sean franceses). Lo cierto es que tras el accidente entré en lo que sería el breve pero brutal tercer túnel de mi vida, pero gracias a una serie de medicamentos que ya nunca he podido abandonar, y sobre todo a Nina, logré dejar atrás este nuevo periodo oscuro. Así que leer fue y es mi principal ocupación ahora que el rumbo de las cosas es distinto, ahora que me conformo con otras cosas, con otros pequeños sueños, con otros pequeños placeres.

Como el placer de leer una frase bien escrita tras otra, un montón de palabras que me hacen evadirme de mi situación, como beber un gin-tonic a la sombra de nuestros ficus elástica, como acariciar el cuerpo desnudo de Nina, ignorando el deseo, ignorando mi condición de hombre impotente sexualmente y sentirme parte de su piel, de su ser.

Quizás no sea un tema muy conocido pero se ha escrito mucho de esto, del deseo no satisfecho, de la transformación del deseo en otra cosa: ¿en amor? Quizás no sea esto muy natural. De hecho tengo la certeza de que no lo es. Imagino que Nina y yo vivimos en el bosque, en un tiempo prehistórico, o no tanto, da igual, y entonces… ¿qué oportunidades tendría un hombre como yo, un hombre que no puede andar, que no puede reproducirse, que no puede buscar por sí mismo alimento? Ninguna.

Así son las cosas. En el fondo todo es más primitivo de lo que parece.

Así son las cosas -le digo a Jude y él me mira muy serio, tan serio que todos mis problemas ahora me parecen minucias, cosas graciosas, al lado de su mirada.

-Pero eso es el amor, y el amor es lo primigenio, lo pretérito a todo, al hombre también- me dice Jude -¿Qué importa que sea o no natural? ¿Qué importa la biología en todo esto?

El nombre real de Jude no importa (tampoco), aunque ni siquiera él sabe que Nina y yo le llamamos así. Jude apareció en nuestras vidas hace unos meses. Apareció de repente con Sandra, la hermana de Nina, y ella nos lo presentó como su amigo, y yo malinterpreté su amistad, aunque el tiempo me ha demostrado que entre ella y Jude no hay nada, al principio sólo amistad y ahora quizás nada, y Jude ahora, en cambio, es mi amigo.

Jude también, como yo, está perdidamente enamorado de Nina. Aunque él no sabe que Nina y yo lo sabemos o pienso que no lo sabe.

Le llamamos así por el personaje protagonista de la novela de Thomas Hardy Jude, el oscuro. Porque realmente es igual a él, un atormentado muchacho con un gran complejo de pueblerino que viene a una gran ciudad en busca de otra cosa, intentando dejar atrás la vulgaridad de su familia, un muchacho inteligente pero con apenas la educación elemental, aunque este complejo le ha hecho, no ya leer, sino devorar cualquier libro que se ha puesto a su alcance.

Y ahora que Nina se ha impregnado de mi afición literaria y lee casi al mismo ritmo que yo, Jude ve en ella a esa mujer de belleza sofisticada y a la vez culta. Y es evidente para mí que Jude está secreta y perdidamente enamorado de Nina. Lo cual me parece razonable y comprensible.

El caso es que Jude viene a mi casa a hablar de libros. Hablar de libros y tomar gin-tonics mientras escuchamos los discos de, por ejemplo, Nick Drake o Vic Chesnutt. Por eso somos amigos. Nos gustan las mismas cosas. La misma atormentada música, los mismos atormentados escritores, incluso a los dos nos gustan las tormentas.

Mirar las tormentas con dos tazas de té en nuestras manos.

(O un poquito de whiskey)

Tormenta de tormento, diría Javier Corcobado, y nosotros, a estas alturas, estamos tan pasados de vueltas como él.

Pero en el fondo todo esto es irrelevante. Es irrelevante que Jude esté enamorado de mi mujer, cualquiera lo podría estar, son irrelevantes, también, estas reflexiones en torno a mi vida y que adquieren la engañosa forma de un relato.

Aunque lo que sí es relevante es el hecho de que hace tres días vomité, de madrugada, una gran cantidad de sangre en el wáter. Lo cual Nina desconoce, así como desconoce que adelanté mi revisión periódica a la que me someto cada cierto tiempo tras el accidente.

Mi doctor me dijo, y es una lástima que se pierdan la sincera sonrisa con que pronunció la frase, algo así como que la terrible contusión había provocado un proceso degenerativo que alteraba mis niveles de no sé qué… y de… y además

Más o menos que estoy jodido.

Jodido y ahora aquí en mi pequeño estudio vacío, sentado en mi silla de ruedas con el ordenador portátil en mi regazo, escribiendo estas frases. Escribiendo y pensando en Nina. Sin duda ella se merece alguien mucho mejor que yo. Quizás no sea Jude, aunque él en el fondo es como yo, y con el mismo complejo de pueblerino y de persona vacía que yo. En el fondo yo soy Jude.

 Jude, el oscuro actor porno.

Ahora caigo en la cuenta de que ya han pasado ¿cuánto?, ¿cinco o seis días?, ¿una semana, dos?, desde que he abandonado a Nina,  desde que le expliqué que no podía estar más con ella, que no quería ser un lastre para su vida. Le dije que lo intenté pero que a veces los planes no salen bien y que no era justo que si las cosas me habían salido así no dejase que a ella le fuesen bien. Y ahora, en este preciso momento, caigo en la cuenta de que suena el teléfono. Suena el teléfono y mi espina dorsal se tensa o más bien lo que queda de mi espina dorsal, porque pienso que quizás es ella. Deseo desde lo más profundo de mi ser que sea ella quien llame.

Pero no es Nina, es Jude.

Y Jude me dice con voz pastosa, que casi no reconozco como suya, que ha pasado algo horrible, algo que jamás debería haber pasado. Me dice que está en mi casa, en mi antigua casa –aclara- y que vaya, que vaya rápidamente.

Llamo a un taxi y voy, con toda la rapidez que un impedido como yo puede subir y bajar de su silla, entrar en un taxi, y salir de él y volver a subir en mi silla. Y abro con mi antigua llave. Tan antigua como los sueños que una vez tuve y que creí poder realizar. Y allí está Jude, llorando desconsoladamente, y no dice nada, sólo llora y balbucea. Yo entro como puedo moviéndome torpemente entre los muebles con mi silla de ruedas, llamando a Nina. La llamo por todas partes hasta que entro en el baño, y allí está ella.

Todo está aún lleno de vapor de agua que poco a poco va condensándose, chorreando por los azulejos y el espejo de la pared. Ella está en la bañera, desnuda y con su máscara veneciana en su rostro como en el día en que la vi acercarse hacia mí, saliendo de aquella piscina, bajo los ficus, ya terriblemente lejana. Como la mujer que fue, antes de mi, antes de quitar la máscara de su rostro, antes de desvelar su verdadera cara, de desvelar lo que era, lo que ansiaba ser, a mí, al oscuro actor porno que ahora la había abandonado a lo que fue, a la única salida, al único refugio de su máscara. Un fino hilo rojo muy oscuro continúa manando de sus muñecas. Su rostro está tranquilo, plácido, como si durmiese, como si se pudiese dormir con los ojos abiertos.

Tras la pequeña y empañada ventana del baño creo ver algo que no sé si creer. Muevo la silla, me acerco y limpio el vapor condensado con la mano. Está nevando. Es nieve. Nieve que cae sobre los ficus elástica y ya va formando un mantillo blanco en el suelo. Nieva y Nina está muerta.

Nina está muerta. Siento que esta frase adquiere un peso terrible, demoledor, pero a la vez, extrañamente, clarifica mi mente.

Jude continuará llorando y babeando en la sala o quizás se habrá marchado gimiendo como lo que es, un cobarde, como lo que yo mismo era pero que ya no soy, pienso. Así que cierro la puerta con el pestillo y busco en mi chaqueta hasta que por fin encuentro mi i-pod. Busco la lista de reproducción adecuada, que he ido confeccionando durante estos últimos días, para tener todo dispuesto por si llegaba el momento oportuno.

Me desnudo torpemente. Tan torpemente como lo puede hacer un inválido impotente con una enfermedad degenerativa que se desnuda frente a una hermosa mujer y se introduce en la bañera con ella.

El agua está aun tibia.

Miro por la ventana y miro la nieve. Aparto la máscara del rostro de Nina. Luego miro los ojos abiertos de Nina. Pienso en cerrarlos pero luego pienso que no, que me voy a quedar así, mirándolos.

Busco la cuchilla, que encuentro en el suelo, junto a la bañera y hago dos profundas incisiones separadas unos centímetros en cada una de mis muñecas.

Me coloco los auriculares y escucho la lista seleccionada. Tracklist for my dead, la he titulado.

Sí, sí, ya sé.. Pero es que en inglés me sonaba mejor. Perjuicios, supongo.

La lista de reproducción comienza con una introducción de Györgi Ligeti, sigue con un poco de Bach, luego una oscura versión del I let love in de Nick Cave interpretada por Chelsea Wolfe, para dejar paso a la gran voz de Mina Mazzini, primero cantando su versión de Balada para mi muerte, Non credere, después. Mientras, el agua se ha ido enfriando, así como las piernas de Nina, entrelazadas con las mías.

Nina, me sigue mirando con sus ojos sin vida y yo le digo, bajo, con un susurro que la amo, que la amo muchísimo, que es la mejor chica que jamás habría soñado tener, y que lo siento mucho, que siento todo mucho, muchísimo y que ya no hay nada, que después no habrá nada y entiendo que me lo digo a mi mismo y aunque me siento ya muy débil, entro en una especie de desesperación y entonces suena en mis auriculares Ancora, ancora.

Y miro a los ojos a Nina y entiendo que ya está bien, que ya es hora de morirse.

Pero no me muero.

Y mi dramática lista de reproducción Tracklist for my dead llega a su fin.

Y comienza a sonar la siguiente lista.

Party song list.

Hay que joderse.

Y comienza una melodía pop de los Arcade Fire: suena Tunnels. Win Butler canta algo así como: Si la nieve entierra mi vecindario  / Cavaré un túnel desde mi ventana hasta la tuya / Nos encontraremos en medio de la ciudad / Y desde que no hay nadie a nuestro alrededor / Dejamos crecer nuestro pelo, / Y olvidamos todo lo que conocíamos / Nuestra piel se hace más gruesa / Por vivir afuera, en la nieve. Luego sigue: Rompes todos los esquemas en mi mente / Y a medida que el día oscurece / Te oigo cantar un himno dorado / Purifico los colores, purifico mi mente / Y extiendo las cenizas de los colores sobre mi corazón.

Y yo, La máquina sexual, el oscuro actor porno, me muero con la música pop de los Arcade Fire en mis oídos.

Y entro en el cuarto y definitivo túnel de mi vida. Es un túnel muy largo y oscuro, que atravieso como flotando, aunque entiendo que estoy corriendo, que mis piernas reaccionan y puedo correr, y al final del túnel me parece ver un resplandor, una luz intensa a la que me acerco a toda velocidad.

Sin duda debe tratarse del reino de los cielos.

Pero no.

Es un disco club y tocan en directo Tunnels, los Arcade Fire, pero su vocalista no es Win Butler, sino un tipo muy flaco con barba que viste con túnica y caigo en la cuenta de quién es. También caigo en la cuenta de que es Nina la que toca la guitarra y hace los coros. Está preciosa. Lleva puesto un vestido verde ajustado muy muy sexy.

Y estoy absolutamente seguro de que es la mejor chica que jamás habría soñado tener.


Carlos Maleno (Almería 1977) es autor de las novelas Mar de Irlanda (2014), recomendada por Enrique Vila-Matas y La rosa ilimitada (2015). Ambas publicadas por Sloper. Ha colaborado en las revistas literarias La bolsa de pipas y Quimera. Próximamente su primer libro Mar de Irlanda será publicado en EE.UU. por Dalkey Archive Press. (Blog) (Facebook)


Cuestionario literario: Carlos Maleno

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1 comentario en “Cuento de Carlos Maleno: Túneles

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