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Entrevistas en la mochila: Theodoro Elssaca

 

Theodoro Elssaca
Theodoro Elssaca en su estudio de la Fundación Iberoamericana que preside. Foto: Aldo André Gadal.

Entrevistas en la mochila

Hoy con Theodoro Elssaca

 

Theodoro Elssaca, chileno, poeta, escritor, ensayista y artista visual, se sintió fascinado desde muy joven por la imagen y la palabra. Comenzó estudiando estética y diseño en la Universidad Católica de Chile. Se inició en pintura con el maestro Ciccarelli, luego en literatura y finalmente en fotografía.

Cuando tenía 17 años y estudiaba con Ciccarelli, realizó un dibujo que tituló “Autorretrato premonitorio”. “Con el tiempo, me iré pareciendo a él”, aseguró.

Entre sus libros destacan Viento sin memoria, El Espejo Humeante-Amazonas y Travesía del Relámpago. Actualmente trabaja en una serie de relatos escritos en prosa poética, una continuación del estilo de su reciente libro Fuego contra Hielo.

Theodoro Elssaca recibió en 2014 el premio Poetas de Otros Mundos que otorga el Fondo Poético Internacional. “Estamos ante una de las voces poéticas vivas hispanoamericanas más densas y relevantes de entre siglos XX y XXI”, dijo el español Ángel Guinda en la ceremonia de entrega. Guinda leyó en ese acto parte de su ensayo titulado Travesía poética de Theodoro Elssaca. Se trataba de la primera edición del premio.

Esta entrevista ha sido realizada por el periodista Ricardo García-Huidobro, sobrino- nieto del gran Vicente Huidobro. La edición para España es de Gloria Díez. La primera pregunta de Ricardo es inquietante, García-Huidobro se interesa por el acceso a la poesía de Elssaca en “esta vida”.

 

 

Theodoro Alssaca
Gonzalo Rojas (Premio Cervantes 2003), a la derecha de la foto, en el estudio de un joven Theodoro Elssaca (en el centro). A la izquierda, el pintor Pepe de Rockha. La fotografía está tomada en 1985, en Madrid

-¿Cómo llegaste a la poesía en esta vida?

-El asombro. La inagotable capacidad de asombro, me abrió puertas insospechadas hacia todo ese mundo que está detrás, lo que he llamado en un ensayo “aquella columna de humo, casi imperceptible, que sostiene al sentido”.

En esos primeros años quise rasgar la realidad y atravesar al otro lado del azogue del espejo.

 

-¿Hubo estímulos en tu entorno?

-Mi abuelo Teodoro puso todos sus medios e ingenio para fundar el Teatro Nacional de Puente Alto, la pequeña localidad donde nací, que en aquella época era un campo frondoso que hoy ha sido alcanzado por la ciudad. Mis primeros recuerdos son estar de pie, tras una butaca porque sentado no alcanzaba a visualizar el escenario.

Eso me llevó a ver las revistas de teatro de la época, zarzuelas, flamenco, fado y ópera, hasta los documentales de cine, los legendarios informativos alemanes de UFA y lo mejor del Cine Arte. Ver a Fritz Lang, Fellini, Hitchcock, Orson Welles y más adelante a Lynch, Passolini, Greenaway, Herzog y Tarkovsky fue un alimento altamente poético.

Hay que considerar que la mayoría de estos cineastas eran escritores, guionistas, fotógrafos, diseñadores y músicos, y esa hondura de conocimientos traspasaban por osmosis el umbral del niño que yo era.

 

-¿Cómo son esos primeros recuerdos?

-Habitábamos una vieja casona, protagonizada por un piano, al que llegaban a tocar ilustres personajes, así también como el saleroso tío Seleman Lahsen, que tocaba riendo al estilo de García Lorca, las piezas de Manuel de Falla, Federico Mompeau, Albéniz o Rabel, mientras disfrutaba el vino y recitaba a Neruda con el tono perfecto o cantaba alegre como Zorba el Griego.

Ya instalados en Santiago, yo escribía y pintaba, rodeado de libros, transformándome en temprano y omnívoro lector. Encontré al peruano César Vallejo, con sus versos trágicos y premonitorios en los que ya anunciaba su propia muerte, siendo todavía un joven desconocido en su ignoto Santiago de Chuco. También recuerdo haber leído al olvidado poeta ecuatoriano Alfredo Gangotena, que al igual que nuestro Huidobro, llega a París y escribe sus versos en francés.

 

Aprender con exiliados españoles

-¿Quiénes fueron tus maestros?

-Estudié en el pequeño Colegio Kent, cuyos profesores eran intelectuales españoles que habían llegado exiliados a Chile en el Winnipeg, aquel legendario barco capitaneado por Neruda y Delia del Carril. El rector era muy severo, don Alejandro Tarragó, quien nos hacía aprender de memoria la primera parte de El Quijote y algunos poemas de diversos autores. Además coleccionaba postales y reproducciones de cuadros de grandes autores como Goya, Rembrandt o Cézanne, sin duda eso me influyó bastante. También estaba el crítico Antonio Romera, que nos presentó al historiador Leopoldo Castedo. Lo principal fue haber tenido de maestro en literatura al valenciano Vicente Mengod, considerado como el literato que más sabía de poesía en Chile, autor de Historia de la literatura chilena, cuya primera edición es de la época en que yo era su alumno. Siempre he honrado a mis maestros, no importa si están vivos o muertos, también he continuado un diálogo, a veces imaginario, con ellos. Por este motivo uno de mis mejores relatos lo dediqué al enigmático Mengod.

-¿Qué camino seguiste después del colegio?

-A los diecisiete, antes de estudiar literatura, entré a Ingeniería Civil en Química, y a través de Hernán Castellano Girón supe que en la escuela de la Universidad de Chile existía un Departamento de Humanidades, donde daba clases Nicanor Parra, otro literato que venía de las ciencias y que en su juventud había querido ser pintor, como su gran amigo Carlos Pedraza. En sus clases descubrí a Pezoa Véliz, el poeta que vivió en la calle Viana de Viña, al que Neruda llamó “el mejor poeta de Chile” y que murió sin publicar ningún libro. También nos guio hacia las obras de Carlos Williams, Augusto D´Halmar y Thomas Merton, entre otros. Al culminar la clase, continuábamos dos horas más con Parra en una fuente de soda por calle Ejército, donde se hablaba del Grupo la Mandrágora, en torno a una suculenta cazuela. La apasionante tertulia seguía recordando a su amigo Vicente Huidobro, su volcánico enemigo Pablo de Rokha y la guerrilla literaria que animó varias décadas, para deslizarse indagando sobre Los Runrunistas, el Grupo de los Diez o la Colonia Tolstoyana.

-¿Qué significó ese temprano encuentro con la obra de estos autores?

Me impulsó a frecuentar los círculos literarios, donde encontré la amistad de viejos tan notables como Martín Cerda, Alberto Rubio, Mario Ferrero, Emilio Oviedo, Carlos Ruíz-Tagle, Roque Esteban Scarpa, Fernando Alegría y Francisco Coloane, entre otros, que fueron mi entrada al lenguaje en todas sus posibilidades significativas, eufónicas, plásticas y simbólicas que constituyen hoy mi camino.

 

Theodoro Alssaca
Roberto Matta, Theodoro Elssaca y Rafael Alberti en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1987.

Lo peor es el hastío

-En tu formación hay ocho años de universidad y más de diez de especialización en Europa ¿Cómo sientes eso?

-Lo siento en cada iniciativa que abordo. En cada palabra que escojo o idea que elaboro, hay detrás un fundamento que sostiene la estructura o disciplina de trabajo que te entrega ese proceso, que continúa cada día de la vida. El que cree que ha llegado está muerto. Sin humildad es imposible seguir aprendiendo. Gonzalo Rojas me dijo una tarde en el café “Theodoro, lo peor es el hastío”.

Por otra parte he tenido el privilegio de contar con magníficos maestros: a Jaime Blume en la historia y los mitos; a Milan Ivelic y Gaspar Galaz en arte actual; a Fidel Sepúlveda en la filosofía del arte-vida; Rasdoslav Ivelic en literatura; Carlos González en indigenismo; Stefan Löebell en fotografía; Luis Cecereu, Pepe Román y al “cura” Rafael Sánchez en cine; Sergio Montero en historia del arte; Gastón Soublette en filosofía oriental. Luego en Alemania, conocí a Octavio Paz. Asistí a clases de Armando Uribe en La Sorbonne de París. Y en Madrid a las conferencias de: Dámaso Alonso, José María Valverde, Benedetti, Adonis, García Márquez, Jorge Amado, Onetti y Rafael Alberti. Sería imposible explicar en breve el background que ha significado el contacto con las obras y sus autores, tanto literarias, musicales o visuales.

-¿Te identificas con alguna corriente poética?

-Las múltiples lecturas y experiencias me llevaron a valorar las distintas corrientes poéticas, que en su hondura representan una postura, una manera de pararse frente al mundo y por ende un pensamiento.

Visité y mantuve amistad con poetas tan disímiles como Enrique Gómez-Correa, que se relacionó con Bretón y Magritte; Eduardo Anguita, autor de la polémica Antología de Poesía Chilena Nueva; Jorge Teillier, a quien le he dedicado un extenso poema sobre los trenes del sur; Enrique Lihn, con quien alcancé a leer en el Hospital Ramón Barros Luco en la peor época de nuestros anni di piombo; Humberto Díaz-Casanueva, a quien recibí en París y en Barcelona, en 1984.

De alguna manera, hay algo, una semilla invisible de todos esos encuentros, lecturas y afectos. Se percibe la evolución natural en mi escritura desde fines de los años ´70 hasta la actualidad, que ha ahondado en aspectos filosóficos y antropológicos, desde el Locus amoenus hasta los mundos del desamparo, la pérdida, el dolor y la tragedia, y que, según los críticos, ha entrado a una fase donde un nuevo ingrediente tuerce esas visiones llegando al humor soterrado, más implícito que explícito.

-¿Cómo ha experimentado esta nueva fase creativa?

-Esta nueva época, incorpora un mayor espectro de sensaciones y posibles lecturas que se potencian en cada verso, abriendo distintas posibilidades de lectura, manifestadas en poemas como: “Fulgor de Relojes”, donde cito a Goya y Poe; “Florencia”, sugestión y tormento; en “Té Blanco”, evoco a Li Tai Po, la meditación Zen y Lao Tse; “Didáctico”, el juego del abecedario; “La Aparición de la Mora Palíndroma”, que incluye un diálogo con Parra y el culteranismo de Góngora; o “Árbol de las Palabras”, donde aludo a Heidegger, Cervantes y Shakespeare.

-Gabriela Mistral decía que “Lo que el alma hace por su cuerpo es lo que el artista hace por su pueblo” y Vicente Huidobro decía que “El Poeta es un pequeño Dios”. ¿Qué papel juega para ti el poeta en este mundo?

-El poeta tiene la responsabilidad social y cultural de llevar a las personas a ampliar la visión. En lo cotidiano, va más allá con su mirada al punto de ver las capas ocultas bajo la apariencia. También alza la voz y protesta, porque algunas veces es necesario denunciar. Hay una reflexión de la condición humana, y un camino donde se plasman trabajos que se entregan como un regalo. Son ofrendas para que otras personas despierten sus capacidades del asombro. A través de ello pueden transportarse a otras realidades, a la inmanencia de los universos paralelos.

Sándor Márai ha dicho “La literatura es algo más que arte, la literatura es una respuesta, un comportamiento ético.”

Planteo que el poeta es transformador, renovador. Alquimista del mundo.

 

-¿Cuál y cómo fue su primer amor?

-El contacto con la realidad profunda de los elementos, la tierra, en todas sus formas; el viento arremolinado que levanta plumas, polen y aromas que son presencias en el aire; el fuego prometeico, generador de la transfiguración, hasta la obra forjada con palabras originales del origen, palabras de barro, que contiene agua y se cristaliza al fogón en su proceso matérico, agua que corre por las venas sanguíneas del planeta.

Y en este amor, decidí sembrar mi semilla poética en un surco de fuego. Es el fuego convocante en torno al cual surgió el rico crisol de las culturas con la potencia ritual que hemos perdido.

El vuelo del halcón

-En su Antología española, Travesía del Relámpago, existe un poema llamado Aramí que habla de una “…leona estoica / ceremoniosa y meditativa / la cabellera / la cabellera llena de soles” ¿A quién se refiere en este poema?

-Ella representa el arcano de la perfección del vuelo del halcón peregrino. Aramí es mi hija arquitecta, pianista, pintora, cuyas virtudes me superan en todo sentido. El poema fue escrito como celebración de la vida, en los días mismos de su alumbramiento. También está el poema “La Fragua”, dedicado a Alexander, mi hijo compositor y músico. Para él escribí otro poema que permanece inédito y que surge onírico, porque lo soñé varias semanas antes que los médicos lo anunciaran y por ello esa poética se hermana con la profecía.

-Que impresionante, nunca pensé que esos textos tuvieran relación con sus hijos

-Ellos suscitaron esos presagios. Hoy la célula esencial que forma el tejido social está disuelta. La familia es el cobijo que hemos perdido. Es un refugio necesario y la disfuncionalidad que hoy padecemos refleja la importancia de cuidar, proteger, valorar la posibilidad de cultivar un hogar. La primera formación, la entrega, el clan, la tribu, el encuentro en torno a la sabiduría de los mayores, que muestran y guían. Es la manera de formar personas armónicas.

-Respecto a los Premios en Poesía, usted considera que le hacen un bien o un mal al poeta ¿Existe algún riesgo de caer en un ego poco fructífero al recibir un galardón?

-Siempre un reconocimiento significa un estímulo para quienes han conquistado una madurez interior. Los premios son necesarios porque la poesía, que siempre es la cumbre de las artes, como apunta Hegel, requiere de un apoyo visible que de alguna manera ayude a proyectar esas obras en medio del ruido ensordecedor que hoy nos acecha.

-¿Cuáles son los alcances de la poesía en la cotidianeidad?

-Es usual escuchar que “este cuadro es muy bueno, tiene poesía” o al contrario “a esta película le faltó poesía”, o “esta pieza de Chopin tiene poesía”, o incluso “los paisajes lluviosos del sur tienen poesía”. La poesía está impregnada en las otras artes y en el entorno.

Sin poesía no hay vida.

-¿Cuál es el poeta que más lo ha influido a usted y por qué?

-No hay nadie, ningún autor, que no tenga influencia de quienes le precedieron. Las obras surgen del talento y la honda formación. Sin embargo, para mí es imposible definir un solo autor como la influencia principal. En el caso de Mistral sabemos que hay influencia de Rabindranath Tagore, al que también sigue Neruda, con elementos de Rubén Darío y Walt Whitman, así como en Huidobro están Rimbaud y Lautremont. Todos nos hemos formado en esas raíces. Somos el torrente de los muertos que nos precedieron.

Hay múltiples lecturas, pero en los inicios estuvo Nicanor Parra y la abolición de los límites; Vicente Huidobro y el juego genial y surrealista; Humberto Díaz-Casanueva y los enigmas; Jorge Teillier y el universo lárico; Neruda y sus raíces americanas; Gonzalo Rojas y el eros, lo tanático y lo numinoso. Sin embargo, yo no podría identificarme con un poeta que más me ha influido, porque mi travesía tiene desde el comienzo y en general otros elementos, que integran la reflexión antropológica y filosófica.

Según los críticos, en mi trabajo también hay guiños de Bécquer, de Poe, Rilke, Baudelaire, Saint John-Perse… Por otra parte en todos los escritores hay influencia de Cervantes y Shakespeare, aunque no lo sepan.

En fin, afortunadamente hay varias líneas diversas dentro de un mismo espíritu de la escritura, que ha ido fluyendo de manera natural, como un océano al que arriban diversos ríos. Es una evolución permanente que solo culminará con el último latido.

-En su Caligrama “Poetanía”, uno puede vislumbrar un Norte en el Sur. ¿Qué motivó dicha obra?

-El paso por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, dirigida por el visionario Alberto Cruz, donde estudié diseño industrial y trabajé a fines de los años ´70 en la construcción de la Ciudad Continental Abierta “Amereida”. Es un concepto que surge a partir de América y la Eneida, del Eneas de Virgilio. Esa iniciativa enarbolada por el poeta Godofredo Iommi ha sido iluminadora.

Theodoro Elssaca con el también Premio Cervantes Juan Gelman, en casa de Pablo Neruda, en Isla Negra.
Theodoro Elssaca con el también Premio Cervantes Juan Gelman, en casa de Pablo Neruda, en Isla Negra.

Antes de ser parido

-¿Qué ha significado la poesía en su vida?

-Toda mi vida se ha sustentado en el acontecer poético. Le ha dado sustancia y sentido a cada día. En el Ars Poética (publicado por Ediciones Vitruvio, Madrid) declaro: “Antes de ser parido, ya era poesía”. Allí, explico que desde el líquido refugio interior, por el que hemos pasado, escuché el rojo timbal del corazón de mi madre, mezclado con las notas del piano. Ella, joven y genial concertista, cruzó de súbito al otro lado del espejo y premonitoria, me dejó sus canciones. Desde ese hondo pozo surgió como matemática y música la poesía que sigue fluyendo.

-¿Qué sensaciones, qué vivencias le produce escribir poesía?

-Internamente, me provoca una indescriptible fascinación. Se sabe además que la mayor actividad sináptica la produce el acto de la escritura creativa. Por otra parte saber que la poesía es inútil en términos transaccionales o monetarios, me seduce aún más. Es realmente una entrega por una necesidad visceral. Eso es muy atractivo. Es un desafío constante que afronto, porque de no hacerlo mi filosofía de arte-vida perdería su sentido.

-¿Cómo ha influenciado en su escritura la veta de artista visual, y en especial la de fotógrafo antropológico?

Ha significado un constante viaje a los orígenes. Un descubrir que no conduce siempre a las respuestas, sino la mayoría de veces, a formularse más preguntas. He retratado el fenotipo humano, en Oceanía: Micronesia, Polinesia, Melanesia y convivido con tribus en la espesura de la Amazonia. Indagué en el legendario carnaval de Venecia con sus influencias bizantinas. Desde Andalucía, cruzando por El Peñón de Gibraltar, me interné al África por la depresión norte del Sahara, los Tuareg y Bereberes, hasta las regiones del centro, Eritrea y Etiopía, junto al Golfo de Adén, en el Índico, génesis de la vida humana, que luego de un largo periplo de millones de años, protagonizado por homínidos como el Australopithecus Africanus, que dieron paso al Homo Neanderthalensis en el Pleistoceno hasta el holocénico Cromagnon, del Mesolítico, llegarían en su cadena evolutiva y trashumancia a habitar Europa, cruzando el refinado tamiz del Cercano Oriente que hoy conocemos como el mundo árabe, que nos ha legado su rica cultura, la invención del cero y cerca del doce por ciento de las palabras del español que usamos.

Esas investigaciones y experiencias impregnan buena parte de mi escritura.

-En el libro La línea azul, Ennio Moltedo Ghio escribió el ensayo “Canto para celebrar a Theodoro Elssaca”, publicado en forma póstuma por Ediciones Altazor, donde refiere su expedición amazónica y alude al Dante y Virgilio, con citas textuales en italiano, para referirse a su obra.

-En un recital Cristian Warnken, que no alcanzó a conocerlo, me abrazó y dijo emocionado “qué precioso texto te escribió Ennio Moltedo”. Le pregunté ¿Dónde lo has leído? –“Por ahí anduve investigando, es un tremendo autor”, me dijo, y cambiamos de tema. Dos años después, me llamó el editor de Altazor, para referirse a lo mismo, y hace poco me enteré de la publicación de ese texto subyugante, que alguna vez Moltedo me había enseñado, mientras lo escribía.

Poco antes de su muerte dejó resuelta la maqueta de ese libro afinado y con instrucciones. Con Ennio habíamos participado de un recital en la Biblioteca Severín y compartido años de conversaciones inolvidables con Allan Browne, Juan Luis Martínez, Hugo Zambelli y otros autores, en el desaparecido Café Bavestrello, verdadera sede cultural de Valparaíso.

El texto de Moltedo alude a mi expedición al Amazonas, donde murieron los tres amigos que me acompañaban: el botánico, el ornitólogo y el antropólogo. Fue un naufragio en el río más ancho, profundo y caudaloso.

Junto al cadáver de Fausto, mi compañero botánico, hice el juramento de seguir adelante. Estuve desaparecido más de dos meses. Comí gusanos y semillas. A punto de fallecer y con la fiebre de incontables picaduras, fui hallado por una tribu poco contactada, los Sharanahua. Testigo de sus rituales de iniciación y acuciado por las visiones de esa otra realidad, comencé a escribir con la pluma de su ave sagrada, el paucar, y como tinta utilicé la sangre aún tibia de los animales recién sacrificados. Esa experiencia poetizada dio lugar cerca de veinte años después al libro El Espejo Humeante-Amazonas. También me refiero a los Aguaruna, los Asurini, y otras tribus. El libro reproduce más de setenta de los simbólicos petroglifos que rescatamos. Desde la mayor biodiversidad del planeta, incrusto en el texto los nombres de ríos, animales, pócimas y ritos, como testimonio de la milenaria tradición chamánica de América.

Estos cuentos hacían falta

-Sabemos que además del reciente Premio Poetas de Otros Mundos, ha recibido otros importantes reconocimientos, como el Premio Mihai Eminescu, por su prosa, durante el Primer Festival Literario de Craiova, en Rumanía. Háblenos de su narrativa.

Estoy dedicando bastante tiempo a la prosa.

El nuevo libro se llama Fuego contra hielo, es el fuego creativo, la conversación con alma, la amistad, la lectura fruitiva, el encuentro con el otro, que derrite el hielo deshumanizador de la indiferencia, los témpanos de la muerte.

Son treinta relatos que surgen de mis viajes. Es una prosa poética que aborda historias centradas en Estambul, La Habana, Buenos Aires o Ciudad de México; así también hay otras referidas a Valparaíso, Tunquén, Chiloé o San Pedro de Atacama. El libro lleva una obertura del Dr. Alberto Infante, radicado en Ginebra, que ha llamado “Cuentos de Viajero y de Viajes” y una presentación de Antonio Skármeta, que comienza diciendo “Estos cuentos hacían falta…”.

-También ha destacado en sus ensayos, traducidos y publicados a varios idiomas.

-Con motivo del centenario de nuestro Premio Cervantes, Nicanor Parra, la Universidad Mariana de Colombia me encomendó un ensayo sobre el antipoeta, que escribí desde adentro. El comité editorial decidió publicar mi ensayo en español, inglés y francés, por considerarlo “tan bello como impactante”. Ahora lo estoy actualizando para una editorial de Alemania.

Luego está el ensayo sobre Gonzalo Rojas, también Premio Cervantes de Poesía, a quien conocí en el Madrid de comienzos de los ochenta. Considero que para un poeta y/o prosista es importante la investigación, el cruce de ideas y la reflexión que permite el ensayo. He presentado una ponencia sobre Raúl Zurita que me solicitó la Université du Littoral Côte d’Opale, en su Simposium en Boulogne Sur Mer, Francia. También estuve bastante en París, participando en mesas redondas y lecturas.

-¿Qué significa para usted el arte de escribir?

-Escribir involucra de manera implícita un compromiso con el otro.

Las ideas se sustentan en palabras.

El escritor tiene una responsabilidad enorme, porque además de ser creativo, debe entregar un contenido, una sustancia que despierte la reflexión que permanece latente en nuestras palabras.

Las revistas literarias son muy importantes, por lo tanto, debemos apoyar esta iniciativa heroica de la Revista Quinchamalí, que se levanta como auténtica voz y pone en valor nuestra riqueza cultural, destacando las iniciativas relevantes que no le interesan a los medios masivos de comunicación.

Es una lucha constante, donde la mayoría de los medios busca el shock inmediato, el infarto del alma.

-¿Recibe a otros autores que buscan aprender?

-Nunca terminamos de aprender. Somos eternos aprendices. Con frecuencia recibo y guío a otros autores. Les recomiendo lecturas en la línea personal de sus intereses. Incluso reviso algunos textos y sugiero mejoras respetando sus estilos. Es un trabajo de taller literario para motivar a las nuevas generaciones y mantener encendida esta antorcha. Cuando el tiempo lo permite y si lo merece, escribo algún prólogo.

El lúcido Bachelard escribió “La lectura es una crítica a la existencia”, eso es bastante evocador.

Mi experiencia desde muy joven en el taller del gran sonetista Miguel Arteche me introdujo en el sistema endecasilábico, la percepción del ritmo y el sonido. Luego participé del taller de Guillermo Trejo, donde aprendí el valor de la rigurosidad en la búsqueda de la elección de la palabra precisa. El año ´93 dimos juntos un recital a dos voces, en Concepción.

En la prosa ha sido diferente, la amistad con el escritor y diplomático Enrique Araya, autor de la hilarante novela La luna era mi tierra, me mostró la expresividad de lo tragicómico. Las conversaciones con el cronista Lafourcade, la chispa en la palabra. Guillermo Blanco, las formas del ensayo. Walter Garib, la maestría de señalar el detalle imperceptible.

La nostalgia chilena

 

-¿Cree usted que la idiosincrasia chilena está emparentada con la melancolía?

-En el concierto latinoamericano, he observado vivencialmente la tradición de los carnavales. Son un impulso celebratorio dentro de la penuria, un intento por romper la pobreza de la realidad ramplona con el anonimato de las mascaradas, la música y danza, que se extienden en geografía y tiempo. Sin embargo, ese fenómeno cultural que apela a la ancestralidad se ve menos en nuestro país, en desmedro de un sentimiento algo más introvertido, de actitud nostálgica.

Hay un estado de estupefacción, lindero del escepticismo y el desquicio. A nuestra sociedad le faltan instancias creativas de catarsis.

-¿Dónde está la luz al final del túnel en Chile y Latinoamérica? ¿Dónde y bajo qué camino ve usted esperanza? 

-La única esperanza es el cambio cultural.

Es necesario que todos accedan a la educación y el arte. He tenido la oportunidad de vivir en Alemania, donde hay más de trescientos teatros de la ópera, ello significa que de manera transversal las personas pueden conocer obras de alta calidad, donde se encuentran con la música sinfónica, la pintura a través de las escenografías, la literatura en los parlamentos, el vestuario de época y las ambientaciones, la actuación, los efectos lumínicos, en fin, que les permite una amplitud mental, una proyección de vida, de país y de futuro y tal vez por ello es que Alemania es la cabeza de la Comunidad Económica Europea. Las personas se nutren desde una base cultural muy poderosa.

En Francia he visto funcionar el Centro Nacional del Libro, que consta de veinte comisiones: poesía, prosa, arte, traducciones, vida cultural, librerías y otras.

México tiene una política del libro que funciona bastante bien, con impacto social evidente, al punto de bajar los problemas de corrupción. Incluso se dejan libros en el metro, los hospitales, la policía, las cárceles y se lleva la música clásica a los mercados, plazas y parques.

Nosotros contamos con una importante red de bibliotecas públicas, en línea, pero faltan las motivaciones. Hay una suerte de descoordinación, que tenemos que resolver. Mientras, el libro y la cultura son sometidos al canibalismo de la lógica de mercado.

Hay infinidad de otros ejemplos y países que han descubierto hace siglos que cuando la cultura y los libros se imponen como rasgo esencial, la nación se proyecta con claridad y fuerza.

América Latina posee una exuberancia cultural y grandes riquezas naturales, pero somos parte de sociedades donde los intereses e imperativos economicistas, tecnológicos y militares, obstaculizan el desarrollo de las personas.

Eso eclipsa el afecto necesario para la arborización de las neuronas. Cristaliza la atrofia de las neuronas espejo.

-¿Cuál es su visión de la problemática ecológica en el panorama actual en el mundo?

-Hemos llegado a los límites de la depredación, expoliación y exterminio.

Por otra parte hay una inversión muy fuerte por enviar naves al espacio para salir del basural en que han convertido a nuestro pequeño planeta, el único hogar que conocemos. Esos viajes no han prosperado. Me queda la esperanza de que ante ese fracaso puedan unirse los distintos poderes en pugna para intentar equilibrar el desastre que hoy llamamos “cambio climático”, que ha causado el derretimiento de los cascos polares, lo que nos está llevando al fin del mundo que conocemos.

El poema Selva de mi sur lo culmino diciendo “tal vez la humanidad / no merezca seguir viviendo”.

-En esta situación ¿Cuál es el aporte de los escritores?

-Hace unos días recibimos a Jennifer Clement en la Fundación IberoaAmericana, ella es la Presidenta del PEN Internacional. Estamos organizando el primer encuentro latinoamericano a fin de propiciar una nueva visión que nos permita accionar en torno a causas universales, como manifestar la voz del silencio, la libertad de expresión y la defensa de la tierra que habitamos.

 

-¿Podría explicarnos qué es el PEN Internacional y Nacional?

El PEN es una asociación de escritores que fue fundada en Londres en 1921. La sigla resume: Poesía, Ensayo, Narrativa. En este movimiento han participado grandes autores como: George Bernard Shaw, Joseph Conrad, H.G. Wells, Thomas Mann, Arthur Miller, André Gide, Anatole France y otros. Está presente en más de cien países y en el nuestro fue creada en 1935, por escritores como Carlos Silva Vildósola, Eduardo Barrios, Juan Emar, Antonio de Undurraga, María Flora Yáñez y Amanda Labarca. Hace un tiempo me eligieron como director del PEN Chile y me siento profundamente honrado por este cargo, la lista de directores previos me intimida y me desafía.

 

-¿Cómo se coordinan y trabajan escritores de más de cien países?

-En torno a reuniones de trabajo regionales y cada año un congreso mundial.

El 82º Congress Pen International, 2016 se realizará en Galicia y pretende ser el puente entre Hispanoamérica y el mundo de la lusofonía, con la participación de más de doscientos cincuenta escritores.

Trabajamos con varias comisiones, en la promoción de la lectura, el rescate de las lenguas en extinción, etc. Lo central es la defensa de la libertad de expresión y de los autores presos por sus ideas, por ello hemos realizado varios actos culturales y salvamos la vida del poeta palestino Ashraf Fayed, acusado de apostasía y sentenciado a ochocientos azotes y la decapitación por sus poemas.

 

El poder de la palabra

-¿Tan feroz puede llegar a ser la palabra?

-Baste recordar que cuando Goethe publicó la obra Las penas del joven Werther, muchísimas personas enfrentadas a ese texto desolador decidieron suicidarse.

Este año daré una ponencia sobre el ardiente poder de la palabra, en el Festival de Madrid.

-¿Qué percibe en los nuevos contenidos?

-Actualmente sufrimos una crisis de contenidos. El poema es una obra de arte y Occidente ha perdido toda conexión con los componentes esenciales del arte, en los que existe algo eterno.

Mircea Eliade habla de la “muerte iniciática” -que significa el fin inmediato de la ignorancia- como etapa necesaria para renacer a una dimensión más elevada del ser, y nos indica la búsqueda de nuestras raíces perdidas en la sabiduría del oriente. Desde una perspectiva antropológica, es evidente que el “hombre moderno” rechaza conocerse a sí mismo, como origen de una concepción del mundo y una forma de vida. Así hemos llegado al caos globalizado, el que podría ser la necesaria “muerte iniciática”.

Es la frágil esperanza que me anima.

-¿Qué mensaje daría a los jóvenes que se inician en la escritura?

Es importante no tener ansiedad por publicar. Alguna vez Gonzalo Rojas me dijo “Theodoro, exprime el limón hasta el final”.

En otra ocasión Humberto Díaz-Casanueva me habló de lo lejos que se encuentra la poesía de las teorizaciones.

Rafael Alberti me dijo en Madrid “Tienes que alejarte, échate hacia atrás como lo hace el pintor, para ver en su conjunto lo que está pasando con su cuadro. Distánciate y en la totalidad escarba en la escena. Guarda por un tiempo el poema, incluso olvídalo, debes dejarlo enfriarse. Cuando ya estás en otras vivencias o escrituras, puedes volver sobre él. Entonces uno descubre nuevas formas para el poema, otros matices que habitan en la sonoridad de las palabras, en sus significados”.

Y Borges –en una conversación a la que fui convocado por el poeta alemán Peter Weidhaas- me hizo notar que más que leer tanto es necesario aprender a leer bien.

Estas sentencias influenciaron mi camino.

-¿Qué se viene en su horizonte creativo?

-Entre los nuevos proyectos en curso, se encuentra otro libro de cuarenta relatos breves (que lo espera la editorial Verbum, en Madrid). La poesía de siempre, que surge de súbito y será recogida en una nueva antología de pronta edición. La novela vivencial de Amazonia, que es esperada por un editor de Buenos Aires.

También está el proyecto más extenso en el tiempo, de los brevísimos haiku, filosóficos y sintéticos, surgidos desde el espíritu japónico de la “senda” del monje budista zen, Matsuo Basho, que comencé a escribir cuando conocí a Borges, quien nos habló del haiku en la primera mitad de los ochenta, en un encuentro en la Frankfurter Buchmesse.

En este horizonte creativo siempre están los viajes, he sido nuevamente invitado por la Universidad de Salamanca, que tiene la impronta de don Miguel de Unamuno y del poeta místico Fray Luis de León, donde daré un recital y ponencias sobre literatura y autores de Chile, en el marco del XIX Encuentro de Poetas Iberoamericanos.

Y Theodoro Elssaca se despide alegando que debe hacer sus valijas.

 

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