Óscar Collazos, una escritura tan insondable como el mar

Óscar Collazos

Por Ernesto Bustos Garrido

Dicen que la geografía a veces marca a los escritores. El colombiano Óscar Collazos  (1942-2015) vivió frente a dos mares. Primero donde nació, en Bahía Solano, un pequeño pueblo costero que mira al Pacífico, y luego en Cartagena de Indias en 1998, de cara al Caribe, donde ya siendo adulto hizo docencia y periodismo de diario, sin parar de escribir literatura. En estos grandes espacios, de infinitas dimensiones y profundidad, Collazos puso su mirada, pretendiendo hallarle un significado a su movimiento eterno. Descubrió que el horizonte más que una línea demarcatoria era un convite para ir más allá. Construye entonces una escritura amplia, transgresora de las verdades oficiales y la fija en los modos de sentir y hablar de la gente, esa gente apaleada por la guerra y por los zarpazos de los poderosos. Y los dibuja tal cual son, con sus fortalezas, pero principalmente con sus debilidades, esas formas de vivir que se ocultan o se niegan. Para ello emplea el lenguaje coloquial de las barridas que lo rodean. Por lo mismo que en sus cuentos y novelas hay violencia, pero más que nada desahogo.

El siguiente texto lo demuestra con creces. Dos hermanas que comparten el mismo hombre, pero que recelando a diario la una de la otra, por años, terminan por autodestruirse.

Se llama “Ceremonias de fuego” y forma parte de una antología preparada por el mismo Collazos donde reúne diez narraciones de diez autores consagrados, entre ellos Gabriel García Márquez y Alvaro Mutis, además de él mismo. La antología es del año 1977 y salió bajo el sello Bruguera.


cuento, Óscar Collazos

Ceremonias de fuego (fragmento)

Oscar Collazos (1942-2015)

No sabía de dónde había llegado, qué traía en esa pesada maleta que parecía inclinarlo hacia el suelo con su gesto de fatiga y expectación, ni qué pasaba por su cabeza cuando recorría las calles, distraído, como un niño, como un loco. “Un extranjero”, empezaron a decir, y detrás del extranjero iban y venían muchachos, hablándole con palabras que quizá no comprendía, sonidos que iban distorsionando para quedar en música monótona, en cantaleta repetida hasta el fastidio.

Había desembarcado un día –¡sabrá Dios qué día! –, pero por sus ojos se sabía que buscaba algo. Y tú, Alfonsina, que te morías de las ganas de verlo cuando pasaba frente a mi ventana, que era la ventana desde donde se le veía pasar.

–Hazte un lado, decías. Déjame verlo.

Y alzabas la vista sobre mis hombros, para verlo, “¿Verdad que es buen mozo?”, preguntabas, sabiéndolo perfectamente, cuando ya te habías respondido con tu secreta y retenida excitación. Y yo, silenciosa, empezaba a adivinar que un día vendría a nuestra puerta, dejaría su maleta en la acera, tocaría y nos hablaría, así no lo comprendiéramos.

Entonces algunas de esas tardes, te hice salir de mi cuarto y en la soledad que aseguré trancando puertas y ventanas, tapando los minúsculos orificios de las paredes, empecé a desnudarme, a contemplarme con temor, a llevar las manos sobre mi cuerpo, como si verificara su vida, los restos de un aliento detenido en la inmovilidad, en esa falta de calor que parecía envilecerme en la indiferencia. Me desnudé, extendí mi cuerpo en la cama y al cerrar los ojos sentí que empezaba a ser poseída por un deseo que no contaba con presencia física alguna, puro deseo convertido en calor en ese vértigo que me sorprendía al abrir los ojos y sentir un poco de vergüenza, tal vez el enrojecimiento de mis mejillas o ese rápido temblor que me impedía volver sobre las ropas y ponerlas en el orden de mi piel.

“Alfonsina, no seas imprudente, se va a dar cuenta de que lo miramos”, te decía. Y era porque yo sola quería verlo, aunque supiera que él también nos veía detrás de sus espejuelos oscuros. “Ay María Concepción, no seas golosa: déjame probar a mí también”, decías. Y yo: “Deja esas groserías, por Dios, que se va a dar cuenta”. Y tú, Alfonsina, reías: esa risa tan tuya. “No veo nada decente en estar espiando a un extraño detrás de las ventanas”, murmuraste. Y no era otra cosa que tus celos, tus emperrados celos: querías para ti toda la ventana, ese espacio cómplice de nuestra afiebrada curiosidad: querías que mis ojos fueran tus ojos para verlo y desearlo a tu antojo.

“Para mí, María Concepción, que un par de mujeronas como nosotras no deberían estar en estos corrinches”, decías. Y así fue, Alfonsina: por mucho que ahora lo niegues, yo fui quien lo trajo a vivir a esta casa, la primera en sonreírle, en meterlo a calentar mis sábanas, a recorrer y morder y estremecer mi cuerpo, la primera en abrirle las puertas, en darle de comer, en vestirlo, en llevarle el desayuno en las mañanas, despojada de toda vergüenza. Siempre habías dicho que preferías morir con el cuerpo lleno de telarañas antes que darte a un mugroso cualquiera. “Indios y negros”, decías, una manada de indios y negros es lo que nos rodea”. Yo aprovechaba tu decisión, porque tampoco iba a enterrarme con un cualquiera, que era lo único triste y desolado que nos quedaba. Ahora, por mucho que insistas, fui yo: tú empezaste a desearlo cuando él se paseaba desnudo por la casa, cuando gritaba desde mi habitación a cada instante.

Diez narradores colombianos-Antología 1977. Selección de Óscar Collazos. Editorial Bruguera S. A. Barcelona – España

Libros de Óscar Collazos

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