Cuento de Francisco Rodríguez Criado: Primera novela

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Tras escribir FIN no lo dudé dos veces: imprimí la novela, la introduje en un sobre y me marché a la oficina de correos para enviarla a Xorpescu, una editorial del norte que presta dedicación especial a los escritores noveles. “¿Urgente?” “No, correo ordinario”, respondí. Al fin y al cabo, no había que esperar demasiada fortuna de aquel envío. Volví rápidamente a casa para reanudar actividades metafísicas que últimamente tenía abandonadas (fregar los platos, planchar la ropa, cambiar las sábanas…); justo en el momento de abrir la puerta sonó el teléfono. Una voz varonil y campanuda al otro lado de la línea me preguntó si yo era Francisco Rodríguez. Contesté afirmativamente. Querían tratar el tema de mi novela.

–¿Qué novela? -pregunté.

–¿No nos ha enviado usted una novela para su posible edición?

–Sí… pero la he enviado hace cinco minutos. Es imposible que haya llegado ya.

El editor (supuse que era Juan Llanos en persona) no mostró el menor síntoma de asombro. Según él, el tiempo es un concepto abstracto que aún no se ha estudiado a fondo y es normal que de vez en cuando nos dé alguna sorpresa. No alegué nada al respecto, de tan embobado como estaba. Dije sí. Sí a todo. Un “sí” esperanzador. Solo veía talones millonarios y viajes y guapas mujeres solicitándome autógrafos y favores íntimos. Las condiciones me parecieron buenas, excelentes, quizá porque cuando uno es un autor novel no sabe qué es, editorialmente hablando, bueno o malo.

–De acuerdo –concluyó–, pondremos ahora mismo en marcha la máquina de las letras –metáfora con la que daba a entender que la novela, mi primera novela, iba a pasar en breve a la imprenta.

Colgué el teléfono sin saber qué pensar. Todo parecía un sueño. Desconcertante aunque hermoso. 

Descolgué otra vez el auricular y llamé a mi madre para comunicarle la nueva. Sus estallidos de alegría retumbaron en mis oídos.

–Voy ahora mismo a decírselo a la abuela.

–Mamá, la abuela vive en Boston. Te va a costar un riñón la conferencia.

–Es igual, un día es un día. Por cierto, ¿qué vas a comer hoy?

(¿Comer? Ni siquiera había desayunado).

Mi madre se despidió al poco con unas palabras llenas de afecto; respiré profundamente, como si hubiese retenido el aliento durante siglos. Fui a la cocina con la intención de preparar café y un par de tostadas. Pero, al encender la tostadora, sonó otra vez el teléfono.

Aún recuerdo aquella última llamada. Era mamá, ahora embargada por un terrible sentimiento de dolor. La abuela había muerto tras un infarto. Falleció antes de llegar al hospital. Al parecer estaba leyendo tranquilamente cuando se desplomó al suelo. Me quedé sin habla. Mi madre sacó fuerzas de donde no había y añadió con la voz entrecortada: “Estaba leyendo tu novela. Había comentado a las vecinas lo orgullosa que estaba de ser la abuela de un famoso autor de bestsellers”.

Mi madre no dijo nada más; yo tampoco. El tiempo posee sus propios mecanismos, es un concepto abstracto y a veces da sorpresas. No hay que darles más vueltas al asunto.

Regresé a la cocina y apagué la tostadora. Me senté en una silla, apoyé los codos en la mesa y me eché a llorar desconsoladamente.

Durante los últimos días he repasado, quién sabe por qué, mis inicios como escritor. Cosas del azar. Yo estaba sentado en el banco de un parque, esperando a una amiga, y como esta no llegaba me entretuve escribiendo unas frases en mi cuaderno de inglés. Aquel fue mi primer cuento. Un par de folios, nada del otro mundo, pero una obra literaria a fin de cuentas. Mi amiga llegó con una hora de retraso; al parecer una de las ruedas de su coche había sufrido un pinchazo. Yo no le di la menor importancia a su retraso (y, menos aún, a mi cuento), pero ahora sé, y lo sé para el resto de mis días, que de no ser por aquel maldito pinchazo mi abuela aún seguiría viva.


Francisco Rodríguez Criado, Siete minutos, La bolsa de pipas, Mallorca, 2003

 

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