Rubén Darío, cien años de su muerte

 

Rubén Darío,

Felix Rubén García Sarmiento es el verdadero nombre del poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916). Es el fundador del modernismo y su influencia aún corre por las venas de la literatura de habla hispana en todo el mundo. Este año se cumple el primer centenario de su fallecimiento. Habrá ceremonias y discursos por doquier. Narrativa Breve entrega este hermoso texto como homenaje a su talento y señorío en las letras.

Ernesto Bustos Garrido

La matuschka

(Fragmento)

Rubén Darío

 

¡Oh, qué jornada, qué lucha!

Habíamos, al fin, vencido; pero a costa de mucha sangre. Nuestra bandera, que el gran San Nicolás bendijo, era, pues, la bandera triunfante. Pero ¡cuántos camaradas quedaban sin vida en aquellos horribles desfiladeros!

De mi compañía nos salvamos muy pocos. Yo, herido, aunque no gravemente, estaba en la ambulancia. Allí se me habían vendado el muslo que una bala me atravesó, rompiéndome el hueso. Yo no sentía mi dolor: la patria rusa estaba victoriosa. En cuanto a mi hermano Iva, lo recuerdo muy bien: al borde de un precipicio recibió un proyectil en el pecho, dio un grito espantoso, y cayó soltando el fusil, cuya bayoneta relampagueó en la humareda. Vi morir a otros: al buen sargento Lernoff; a Pablo Tenivich, que tocaba y cantaba aires populares y que alegraba las horas del vivac, a todos mis amigos.

Me sentía con fiebre. Ya la noche había entrado, triste, triste, muy triste, y al ruido de la batalla sucedió un silencio interrumpido sólo por el “¡Quién vive!” de los centinelas. Se andaba recogiendo heridos, y el cirujano Lazarenko, que era calvo y muy forzudo, daba mucho que hacer a sus cuchillos, aquellos largos y brillantes cuchillos guardados en una caja negra, de donde salían a rebanar carnes humanas.

De repente alguien se dirigió al lugar en que me encontraba. Abrí lo que la fiebre persistía en cerrar, y vi que junto a mí estaba, toda llena de nieve, embozada en un mantón, la vieja Matuschka del regimiento. A la luz escasa de la tienda la vi pálida, fija en mí, como interrogándome con la mirada.

–Y bien –me dijo–: decidme lo que sabéis de Nicolás, de mi Nicolasín. ¿Dónde le dejaste de ver? ¿Por qué no vino? Le tenía sopa caliente, con un poco de pan. La sopa hervía en la marmita cuando los últimos cañonazos llegaron a mis oídos. ¡Ah!, decía yo. Los muchachos están venciendo, y en cuanto a Nicolasín está muy niño aún para que me lo quiera quitar el Señor. Seis batallas lleva ya, y en todas no ha sacado herida en su pellejo, ni en el de su tambor. Yo le quiero, él me quiere; quiere a su Matuschka, a su madre. Es hermoso: ¿Dónde está? ¿Por qué no vino contigo, Alexandrovitch?

Yo no había visto al tambor después de la batalla. En el terrible momento del último ataque debía haber sido muerto. Quizá estaría solo y lo traerían más tarde en la ambulancia. El chico era querido por todo el regimiento.

–Matuschka, espera. No te aflijas. San Nicolás debe proteger a tu pequeño.

Mis palabras la calmaron un tanto. Sí; debía de llegar el chico. Si estaba herido, sería levemente. Ella lo asistiría y no le dejaría un solo instante. ¡Oh, oh! Con el schnaps de su tonel le haría estar presto en disposición de redoblar tan gallardamente como sólo él lo hacía, cada alborada. ¿No es verdad, Alexandrovitch?

Más el tiempo pasaba, Ella había salido a buscarle por las cercanías, le había llamado por su nombre, pero sus gritos no habían tenido más respuesta que el eco de aquella noche sombría en que aparecían como fantasmas blancos los picos de las rocas y las copas de los árboles nevados.

 

*** Extraído de Cuentos, de Rubén Darío. Espasa-Calpe S.A. Madrid – 1978


Ernesto Bustos GarridoErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios, Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, funda-mentalmente en La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta y setenta fue Secretario de Prensa de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta transformarse en escritor.


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